Entre el fuego y la distancia - Capítulo 44
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Capítulo 44: CAPÍTULO 44 — LÍNEAS QUE YA NO VUELVEN A SER RECTAS
Mañana de resaca sin alcohol
El amanecer no trajo alivio.
Solo más claridad… y eso dolía.
En el departamento de Valeria había tazas de café a medio terminar, papeles abiertos, ojeras profundas y una sensación de que todos, de alguna forma, se habían pasado de la línea sin saber exactamente cuándo.
Diego apoyaba el hombro bueno en la pared, mirando por la ventana sin ver nada. Luna tenía las manos alrededor de una taza fría, como si aún pudiera sacarle calor. Brandon caminaba de un lado a otro, con pasos cortos, como un animal enjaulado. Lucas estaba sentado en el borde del sofá, con la mirada perdida pero atento a cada palabra. Marcos, un poco apartado, se sostenía la frente con una mano.
Valeria era la única de pie en medio del salón.
—Tenemos dos cosas claras —dijo, rompiendo el silencio—. Uno: no somos invisibles para ellos. Dos: dejar todo como está no es una opción.
Nadie la contradijo.
Brandon fue el primero en hablar.
—Yo no voy a convertirme en verdugo de nadie —dijo—. Y no voy a dejar que usen a Luna como mensajera.
Luna lo miró de reojo.
—Ya me usaron —respondió—. El problema es qué hacemos ahora con lo que sabemos.
Diego se giró al fin.
—Lo que sabemos es poco —dijo—. Un nombre, un bar, una propuesta que parece más una trampa que una salida. Si vamos a jugar, necesitamos ver más cartas.
Marcos respiró hondo, como si estuviera a punto de lanzarse al agua fría.
—Yo… puedo ayudar con eso —dijo, sin levantar mucho la voz.
Todos se volvieron hacia él.
Valeria lo miró con una mezcla de cansancio y algo parecido a curiosidad.
—Habla —pidió.
Marcos se humedeció los labios.
—La inversionista de la que les hablé —empezó—, la que reapareció hace semanas… no es solo una ex. Es enlace de Salvatierra en mi empresa. No lo dice así, pero es evidente. Ella decide qué proyectos pasan, qué contratos se “ajustan”, qué licitaciones se pierden. Y cada vez que algo no cuadra, aparece un sobre, una llamada.
—¿Cuánto tiempo llevas metido en eso? —preguntó Diego, directo.
Marcos sostuvo la mirada, sin huir.
—Más de lo que quiero admitir —respondió—. Al principio era “solo un favor”. Después, “solo un ajuste”. Y cuando quise detenerlo… ya estaban demasiado adentro. Tenían números de cuentas, nombres, correos. Podían arruinar a la empresa, a la gente que trabaja conmigo, a mi familia.
Valeria apretó la mandíbula.
—Y a mí —añadió.
Marcos no negó.
—Y a ti —confirmó—. Por eso acepté cosas que no debí aceptar. Y por eso estoy aquí. Porque Noche Azul, el bastón, los sobres… no son solo su problema. También son míos.
Lucas lo miró con una mezcla rara: no lo soportaba del todo, pero entendía la sensación de estar atado por algo más fuerte que el miedo.
—¿Qué sabes de los “objetivos”? —preguntó—. De esa gente a la que quieren “limpiar”.
—Que algunos son basura, sí —admitió Marcos—. Tipos que juegan sucio dentro de lo sucio. Pero otros… son solo piezas incómodas. Obreros que vieron algo, contadores que hicieron preguntas, socios que se arrepintieron tarde. Para ellos no hay diferencia: ruido es ruido.
Una visita que nadie oyó llegar
El timbre sonó en ese momento.
Todos se tensaron.
Brandon se adelantó, pero Diego lo detuvo con un gesto.
—Yo abro —dijo—. Si algo sale mal, ellos me quieren muerto desde hace más tiempo.
Valeria rodó los ojos, a pesar de todo.
—No vuelvas eso un argumento —murmuró.
Diego abrió.
Era un repartidor, empapado por la humedad de la mañana, con una caja delgada bajo el brazo.
—¿Valeria Campos? —preguntó, leyendo desde el papel.
—Sí —dijo ella, poniéndose de pie.
—Entrega —el tipo le extendió una tablet—. Firme aquí.
Valeria firmó con la mano temblorosa aunque intentó disimular.
Cuando cerraron la puerta, el silencio volvió a hacerse denso.
La caja no tenía logo.
Solo una esquina marcada con un pequeño círculo rojo.
Más pequeño que los de los sobres anteriores.
Casi discreto.
Valeria lo puso en medio de la mesa.
—¿Alguien más siente que acaban de entrar a nuestra casa sin quitarse los zapatos? —murmuró.
Diego tomó una navaja de cocina. Rompió la cinta.
Dentro había una carpeta gris, sin identificaciones. Y, encima, una nota manuscrita, con una caligrafía impecable:
“Para quienes aún creen que pueden elegir.
Primer nombre.
No es personal.
Todavía.”
Luna sintió un escalofrío.
—Qué amables —dijo, con ironía temblorosa—. Hasta nos numeran las pesadillas.
Diego abrió la carpeta.
En la primera página, una foto.
Todos la reconocieron al mismo tiempo.
Fue Brandon quien dijo el nombre en voz alta:
—Elías Rojas.
Luna sintió que el piso se inclinaba.
Elías.
El dueño del café.
El hombre que le había dado trabajo cuando llegó sin nada.
El que le guardaba el turno cuando ella tenía que irse antes o llegar tarde.
El que siempre pagaba al contador tres días antes “por si acaso”.
El que, a veces, miraba la puerta con miedo, aunque no lo dijera.
—No puede ser —susurró ella—. Él no es… no es como ellos.
Diego pasó la hoja.
No eran solo fotos.
Había extractos de cuentas, gráficas, correos impresos, movimientos de dinero que no tenían que ver con café ni con croissants.
Marcos se acercó más.
—Está recibiendo pagos triangulados —dijo—. De las mismas empresas pantalla que nos obligan a contratar a nosotros. No es un peón tan chico como parece.
Luna negó con la cabeza.
—Seguro lo empujaron —dijo—. Él no haría esto por gusto.
Lucas señaló un párrafo subrayado.
—Mirá esto —leyó—: “Filtró información sobre uno de los almacenes. Responsable indirecto de pérdidas en operación codificada como FUEGO UNO”.
Diego sintió cómo se le helaba la espalda.
—Fuego Uno… —murmuró.
El incendio.
Su incendio.
Brandon lo notó.
—¿Qué significa?
Diego todavía tenía la carpeta en las manos, pero la piel le hormigueaba.
—Significa que cuando ardió todo, alguien de adentro habló —dijo—. Y según ellos, fue él.
Valeria apretó los labios.
—Y ahora quieren que nosotros decidamos qué hacer con Elías —dijo—. O mejor dicho: quieren obligarnos a hacerlo y mirar cómo reaccionamos.
Nadie puede salir ileso
La discusión fue larga y desordenada.
—Capaz que el soplo fue lo único valiente que hizo —dijo Luna, alterada—. Si él no hubiera filtrado nada, quizás Diego estaría muerto. Quizás tú, Brandon, nunca habrías sabido nada. No podemos juzgar sin escucharlo.
—No es un tribunal —contestó Diego—. Ellos no nos están dando la opción de “escuchar”. Quieren un resultado. Quieren saber si jugamos o no.
—Pues tal vez nuestra manera de jugar sea otra —intervino Valeria—. Nadie dijo que tenemos que hacer exactamente lo que esperan.
Marcos pensaba en voz alta.
—Si Elías es un eslabón, puede llevarnos a otros —dijo—. A nombres, a cuentas, a rutas que no conocemos. Si lo dejamos en manos de ellos, lo desaparecen y perdemos esa oportunidad.
—¿Y si nos equivocamos? —preguntó Lucas—. ¿Y si él se vende al mejor postor y termina del lado que más miedo le dé?
Diego respiró hondo.
—Yo voy a hablar con él —dijo al fin—. No como emisario de nadie. Como alguien que tiene derecho a saber por qué aquel día salí entre cenizas mientras otros no.
—Yo voy —añadió Luna—. No pienso quedarme aquí sentada mientras deciden qué hacen con el hombre que me dio de comer cuando nadie más lo hizo.
Brandon cerró los ojos.
—No me gusta —dijo—. Nada. Pero no los voy a dejar ir solos.
Valeria los miró.
—Entonces vamos todos —concluyó—. Pero no como un escuadrón suicida. Vamos a escuchar. Y después… decidimos.
Ana apareció en la puerta del pasillo, como si hubiera estado ahí desde hacía rato.
Nadie la había oído entrar.
—No van a tener todo el tiempo del mundo —advirtió—. Ellos dan un nombre, esperan un movimiento. Si tardan demasiado, se saltan la parte en la que ustedes eligen.
Diego la miró.
—¿Tú qué harías? —preguntó.
Ana sostuvo su mirada.
—Lo que me permita seguir respirando sin dejar de ser yo —respondió—. Y eso, les advierto, es cada vez más difícil.
Esa tarde, mientras el cielo se nublaba otra vez,
un grupo de personas que no se habrían sentado juntas en ninguna otra circunstancia
se preparó para ir a hablar con un hombre que tal vez era traidor,
tal vez víctima,
o tal vez las dos cosas.
Y lo único seguro era esto:
El primer nombre ya estaba sobre la mesa.
Y no había vuelta atrás.
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