Entre el fuego y la distancia - Capítulo 45
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Capítulo 45: CAPÍTULO 45 — EL PRIMER NOMBRE
El café que ya no sabe igual
El Meridiano parecía el mismo de siempre.
El aroma a café recién molido, el ruido de platos, la música suave de fondo, una pareja riendo en la esquina, alguien trabajando en su portátil.
Pero para Luna, nada estaba en su sitio.
Cada detalle tenía ahora dos capas:
la que conocía y la que acababa de descubrir.
Elías estaba detrás de la barra, revisando una lista de pedidos. Una venda pequeña asomaba bajo la manga, en la muñeca. Detalle que antes habría ignorado. Ahora, no.
Luna entró primero.
Elías levantó la mirada y sonrió, de forma automática.
—Luna. Pensé que hoy te tocaba turno de tarde.
Ella tragó saliva.
—Pedí permiso —dijo—. Necesito hablar contigo.
Elías notó algo en su voz.
Sus ojos pasaron rápido por detrás de ella: Diego, Brandon, Valeria, Lucas entrando en falso desorden, como si cada uno hubiera llegado por su cuenta.
—¿Tan grave es? —preguntó, dejando la lista a un lado.
—Sí —respondió ella—. Y no quiero hacerlo aquí.
Él dudó un momento, luego asintió.
—Vayan al almacén —dijo—. Ahorita les caigo. Diego, te dejo la barra dos minutos.
Diego arqueó una ceja.
—Hace años que nadie me pide eso —dijo, intentando aligerar.
Elías le lanzó una media sonrisa.
—No es tan distinto a lo que hacías —respondió—. Solo que aquí el peligro es que se quemen las tostadas.
El almacén también guarda más cosas de las que se ven
El cuarto del fondo olía a cajas, detergente y un poco a humedad.
Luna cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.
—Ok —dijo—. Antes de que entres, necesito que sepas algo: nadie viene a hacerte daño. Pero tampoco venimos a tomar café gratis.
Brandon la miró.
—Podrías dar la bienvenida con más cariño —murmuró.
—Es el día equivocado para la diplomacia —replicó ella.
Elías entró, secándose las manos con un trapo.
—Ya me está empezando a preocupar que la gente me lleve a cuartos cerrados —dijo—. Venga, díganme qué pasa.
Diego sostuvo la carpeta gris en la mano.
La puso sobre una caja.
No la abrió todavía.
—Anoche estuvimos en Noche Azul —dijo, despacio.
Elías perdió el color del rostro.
—¿Para qué se meten ahí? —preguntó, la voz más baja—. ¿Están locos?
—Nos metieron —respondió Luna—. A mí primero. Después a todos.
Diego abrió la carpeta.
Giró la primera página hacia Elías.
La foto. Su nombre. Los movimientos de dinero.
Elías se quedó en silencio largo.
Muy largo.
—Mirá —dijo Brandon, al fin—. Sería más fácil si fingimos que esto es una novela, pero no lo es. Queremos que nos digás qué está pasando antes de que ellos decidan por nosotros y por vos.
Elías respiró hondo.
Se apoyó contra la pared.
—Sabía que iba a pasar esto —dijo, al fin—. No tan pronto, pero… lo sabía.
Luna sintió que se le apretaba el pecho.
—¿Qué sabías?
—Que cuando uno intenta joder al monstruo desde dentro —respondió—, el monstruo tarda o temprano se da cuenta.
La otra versión del incendio
Elías se pasó una mano por el rostro.
—Hace años —empezó—, alguien vino a este café con una propuesta. Un tipo trajeado, sonrisa vacía, promesa fácil. Me ofrecieron “protección” a cambio de mover dinero. Cuentas, proveedores ficticios, pagos disfrazados. Si decía que no, me cerraban el local en una semana. Si decía que sí, me dejaban trabajar.
—¿Y qué elegiste? —preguntó Valeria.
—Elegí seguir pagando salarios y alquiler —respondió—. Y odiarme un poco cada mes.
Lucas lo observaba con atención.
—¿Y lo del incendio? —preguntó.
Elías bajó la mirada.
—Durante un tiempo pensé que me iba a tragar todo sin chistar —dijo—. Pero un día llegó un pedido raro. Documentos, cajas, cierta mercancía que no tenía que ver con café. No debía saber nada, pero escuché demasiado. Escuché una dirección, una fecha, una palabra: “Fuego Uno”.
Diego sintió un golpe en el estómago.
—El almacén —susurró.
Elías asintió.
—Sabía que iba a pasar algo feo —continuó—. No qué. Solo que no era un simple trasiego. Y… hice una llamada anónima. Pensé que si la policía llegaba antes, habría ruido, registro, escándalo… y que eso frenaría algo.
Sonrió sin alegría.
—No conté con que también había gente de ellos dentro —añadió—. Se adelantaron. Llegaron antes. Y decidieron que era mejor borrar todo con fuego. Incluso a los que estaban adentro.
Diego apoyó la mano buena sobre una repisa.
—¿Sabías que había personas ahí? —preguntó, con voz contenida.
Elías lo miró directo.
—Sabía que siempre hay gente ahí —respondió—. Gente como vos. Como los que estaban contigo. Pensé que si se armaba un operativo grande, los sacarían primero. Pensé muchas cosas. Todas mal.
Luna sintió que la garganta le ardía.
—Entonces… sí, en parte fue tu soplo —dijo—. Pero el incendio no fue culpa tuya. Fue decisión de ellos.
—Eso no quita que dormí sabiendo que podía haber muertos —contestó Elías—. Y que cada vez que te ponías el delantal, Luna, yo me preguntaba si algún día ibas a enterarte de la clase de cobarde que te daba trabajo.
El trato dentro del trato
Diego cerró la carpeta.
—Nos ofrecieron algo —dijo—. Hacernos parte de su “limpieza”. Usarnos para quitarles de encima a gente como vos.
Elías soltó una carcajada seca.
—Qué eficientes. Me usan para moverles dinero, luego para soplarles pares, y al final para servir de ejemplo.
Brandon dio un paso adelante.
—No tenemos claro qué vamos a hacer —admitió—. Pero sí sabemos dos cosas: uno, no vamos a matarte ni entregarte. Dos, te necesitamos.
Elías lo miró, desconfiado.
—¿Para qué?
—Para que no seamos los únicos tarados tratando de torcerles el juego —dijo Brandon—. Sabés rutas, nombres, horarios. Y ellos ya saben que no sos leal del todo. Sos un problema para ellos. Para nosotros, podés ser otra cosa.
Valeria intervino.
—Si aceptamos su trato —explicó—, podemos fingir que cumplimos con tu “castigo” sin hacer exactamente lo que esperan. La pregunta es si estás dispuesto a que tu vida cambie de formato.
—¿Formato? —repitió Elías.
—De dueño de café cansado a testigo incómodo —señaló Lucas—. Y objetivo doble: de ellos y de cualquiera que se meta en esto.
Elías miró a Luna.
—Vos —dijo—. Si te digo que no, ¿qué vas a hacer?
Ella no parpadeó.
—Buscar otra forma —respondió—. Pero no voy a quedarme quieta mientras deciden por mí quién vive y quién no. Ya tuve suficiente de eso.
Elías suspiró, largamente.
—Siempre supe que mi mala decisión iba a pagarse caro —dijo—. Preferiría pagarla ayudando a hundirlos, no solo desapareciendo.
Se giró hacia Diego.
—¿Vos podrás con esto? —preguntó—. Saber que mi llamada fue una pieza más… aunque no la que encendió el fósforo.
Diego lo sostuvo la mirada.
Hubo una pausa larga.
—Podré —respondió, al fin—. Pero no voy a olvidarlo.
—Yo tampoco —dijo Elías.
Se estrecharon la mano.
No como amigos.
Como gente condenada a compartir una parte del mismo infierno.
Primer movimiento
El plan se armó en voz baja, entre sacos de café y cajas de vasos.
—Ellos necesitan ver que actuamos —dijo Marcos—. Eso significa que algo de lo que ocurra con Elías tiene que parecer irreversible desde fuera.
—Podemos simular un cierre por “problemas de salud” —propuso Valeria—. Pero eso no da el mensaje que ellos quieren.
—Lo que quieren es miedo —añadió Lucas—. Que los demás vean que nadie se pasa de listo.
Diego miró el almacén.
—Entonces daremos la impresión de que alguien lo golpeó de vuelta antes que ellos —dijo—. Un ajusticiamiento “anónimo”. Ellos recibirán el aviso. Elías desaparecerá un tiempo. Y mientras tanto, nos dirá todo lo que sabe.
Brandon negó, intranquilo.
—Hay demasiadas cosas que pueden salir mal —dijo.
—También las hay si nos quedamos quietos —replicó Luna.
Elías se apoyó en una caja.
—Puedo cerrar el lugar una temporada —dijo—. Alegar que me fui del país. Hay gente que me cree capaz. Si ustedes se encargan del “mensaje” correcto, quizá ellos lo compran.
Ana, que se había sumado a media conversación sin que nadie supiera en qué momento, habló desde la puerta.
—Yo puedo “confirmar” desde adentro que Elías ya no es problema —dijo—. Ajustar informes, mover nombres, borrar archivos. Pero una cosa tienen que tener clara.
Todos la miraron.
—Si juegan a engañarlos —advirtió—, no pueden equivocarse ni una sola vez. Ellos no dan terceras oportunidades.
Aun así, todos sabían que, de alguna forma,
ya habían decidido:
No iban a ser espectadores.
Aunque eso significara ensuciarse más de lo que nunca habían planeado.
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