Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Entre el fuego y la distancia - Capítulo 46

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Entre el fuego y la distancia
  4. Capítulo 46 - Capítulo 46: CAPÍTULO 46 — UN TRATO DENTRO DEL TRATO
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 46: CAPÍTULO 46 — UN TRATO DENTRO DEL TRATO

Ensayar una mentira que tiene que parecer verdad

Los días siguientes fueron una coreografía extraña.

El Meridiano “cerró por reformas”.

Una nota discreta en la puerta, unas fotos en redes sociales con paredes peladas, cajas apiladas y un pie de foto neutro:

“A veces hay que parar para volver mejor.

Nos vemos pronto.”

Para los clientes, era solo un descanso.

Para quienes sabían leer los mensajes ocultos, era otra cosa.

Esa misma noche, un video borroso empezó a circular en grupos pequeños, en chats que no se mezclan con la superficie:

imágenes de un hombre siendo metido a un coche a la fuerza, un rostro medio tapado, un portón oxidado cerrándose.

Nada explícito.

Nada que pudiera rastrearse fácil.

Justo lo suficientemente crudo para que pareciera real.

—No me gusta verte ahí —murmuró Luna, viendo la captura congelada donde el perfil de Elías se deformaba con el movimiento.

—No me encanta ser protagonista de mi propio secuestro —respondió él—. Pero si funciona, mejor esto que la versión original.

Brandon revisaba los metadatos que Marcos se había encargado de manipular.

—No hay nada que los lleve directo a nosotros —dijo—. Solo lo que ellos ya sabían.

Ana, al otro lado del chat encriptado, mandó un solo mensaje:

“Recibido. Arriba lo compraron.

Primer movimiento: aprobado.”

Diego exhaló despacio.

—Estamos dentro —dijo—. Querámoslo o no.

Las grietas adentro

Ana había aprendido a caminar por los pasillos de ese edificio como si no existiera.

Sabía quién llegaba tarde, quién se iba antes, quién se robaba minutos en el baño para llorar, quién tenía la mirada del que ya no cree que haya salida.

Ahora, además, tenía que fingir que nada de lo que pasaba afuera le tocaba.

El hombre del bastón revisaba un informe cuando ella entró con la carpeta de Elías.

—Rojas ya no es un problema —dijo Ana, dejándola en la mesa—. Hay material de sobra para disuadir a cualquiera que pensara seguir su ejemplo.

Salvatierra asintió, sin mirar todavía.

—¿Reaccionaron como esperabas? —preguntó.

Ana eligió sus palabras con cuidado.

—No del todo —dijo—. Hubiera sido más fácil que lo entregaran o lo dejaran caer. Pero improvisaron. Eso significa que no son tan previsibles como creíamos.

—Y eso te gusta —comentó él, por fin levantando la vista.

Ana no lo negó.

—Me gusta que no huyan al primer empujón —respondió—. Son más útiles así.

Salvatierra se levantó, apoyándose levemente en el bastón.

—Los problemas útiles son los únicos que vale la pena conservar un tiempo —dijo—. Siempre y cuando recuerden quién marca el ritmo.

Abrió otra carpeta.

Dentro, varias fotos.

Diego saliendo del hospital.

Valeria discutiendo con Marcos en una esquina.

Brandon y Luna caminando demasiado cerca.

Lucas entrando a una comisaría por la puerta trasera.

—Este grupo tiene algo que los demás no —murmuró—. No son soldados. No son delincuentes profesionales. Son… gente que estaba en otra cosa y que ahora se aferra a cierta idea infantil de justicia.

Cerró la carpeta.

—Eso los hace peligrosos —añadió—. Y, por ahora, entretenidos.

Ana sintió un nudo en el estómago.

—¿Cuál es el siguiente nombre? —preguntó, cambiando el enfoque.

Salvatierra sonrió apenas.

—Lo verás cuando ellos lo vean —respondió—. A mí también me gusta observar cómo reaccionan en tiempo real.

El costo invisible

En el departamento, mientras tanto, nadie dormía bien.

Valeria se despertaba a mitad de la noche con el sonido imaginario de golpes en la puerta. Diego soñaba con fuego, pero esta vez no era solo él el que salía o no salía del almacén: veía las caras de todos mezcladas con humo.

Brandon tenía el reflejo de revisar el teléfono cada media hora, esperando que ningún mensaje empezara con “siento decírtelo, pero…”.

Luna fingía normalidad en el café, ahora cerrado para el público y convertido por momentos en sala de reuniones encubierta.

—No sabía que resistir también cansa —dijo una tarde, sentada en una mesa con Valeria, mientras revisaban anotaciones.

Valeria sonrió, cansada.

—Te sorprendería la cantidad de energía que se va solo en seguir de pie —respondió—. Pero también hay otra cosa.

—¿Cuál?

Valeria jugueteó con la cucharilla.

—Que por primera vez en mucho tiempo siento que el miedo no es lo único que decide —dijo—. Y eso, aunque sea agotador, también da un poco de aire.

Luna asintió.

—A veces pienso que estoy loca por haber ido a Noche Azul —admitió—. Y luego recuerdo quién me dejó el sobre en la puerta, y se me pasa.

Pequeñas fisuras, grandes decisiones

Marcos y Lucas se encontraron solos una noche, revisando papeles en el salón.

No eran amigos.

Pero el silencio empezaba a resultar más incómodo que algunas palabras.

—No pensé que acabaría en algo así a los treinta y tantos —dijo Marcos, intentando bromear, sin conseguirlo del todo—. Tenía una vida bastante programada.

Lucas se apoyó en el respaldo de la silla.

—Yo sí me lo imaginaba —respondió—. No esto exactamente, pero algo torcido. Cuando creces viendo cómo siempre mandan los mismos, empezás a entender que el juego está mal desde que ponés la ficha.

Marcos lo miró.

—¿Y por qué no te fuiste? —preguntó.

Lucas se encogió de hombros.

—Porque uno también tiene cosas que no puede dejar atrás —respondió—. Mi mamá, mi hermano… ahora todos ustedes. No es tan fácil cortar y ya.

Marcos bajó la vista hacia los papeles.

—Se supone que yo sabía negociar —dijo—. Y mírame ahora: intentando hacer un trato dentro de un trato dentro de otro trato.

Lucas sonrió, por primera vez desde hacía días.

—Tal vez este sea el único en el que vale la pena no salir ganando —comentó.

Se quedaron callados, pero la frase quedó flotando en el aire.

El siguiente sobre

Pasó una semana desde el “secuestr0” de Elías.

Demasiado tiempo, según Brandon.

Muy poco, según Diego.

Luna medía el pulso de las cosas por otra regla:

el número de veces que sentía que alguien la miraba en la calle, que un coche reducía la velocidad más de la cuenta, que una conversación se cortaba cuando ella entraba.

Un martes por la tarde, al regresar al edificio, vio algo distinto en el buzón.

No un sobre negro.

Un sobre blanco.

Sin sellos oficiales. Sin remitente.

Solo su nombre.

Lo abrió ahí mismo.

Dentro, una sola hoja.

“Bien jugado.

El primer movimiento ha sido aceptado.

Aquí tienen el segundo nombre.

No se acostumbren a elegir.”

Y, debajo, una dirección de correo y una palabra:

“ANEXO: AZUL”

Luna sintió que el corazón se le aceleraba.

Subió las escaleras casi corriendo.

—Llegó algo —anunció, dejando la carta sobre la mesa frente a los demás.

Marcos abrió el portátil.

Diego se inclinó detrás. Valeria a su lado. Brandon apoyó las manos en el respaldo de la silla. Lucas cruzó los brazos.

Escribieron la dirección en el navegador.

Una página minimalista, sin logos, sin nada.

Solo un botón que decía:

“Descargar archivo”.

Marcos hizo clic.

El archivo se abrió.

Fotos. Nombres. Rutas.

Un mapa de la ciudad con puntos marcados en azul.

Brandon frunció el ceño.

—¿Qué es todo esto?

Ana respondió desde la puerta, donde había aparecido una vez más sin hacer ruido:

—Es lo que ellos llaman “anexos” —dijo—. Información extra. Una prueba de que confían… o de que los tienen agarrados por otro lado.

Diego amplió la imagen.

Un nombre resaltado en la lista.

No era un desconocido.

No era un político.

No era un mafioso.

Era el nombre de alguien que no esperaban ver ahí.

Alguien que conocían demasiado bien.

Valeria se llevó la mano a la boca.

—No puede ser… —susurró.

En la pantalla, en letras claras, estaba escrito:

MARINA CAMPOS

Hermana de Valeria.

Desaparecida de su vida hacía años.

Y, al parecer, muy lejos de estar fuera de todo esto.

El segundo nombre no era solo un objetivo.

Era un espejo.

Y nadie estaba listo para lo que iba a mostrar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo