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Entre el fuego y la distancia - Capítulo 48

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Capítulo 48: CAPÍTULO 48 — LO QUE MARINA HIZO MIENTRAS TODOS CREÍAN QUE SE HABÍA IDO

La terminal donde todo se mueve

La Terminal Azul Norte no estaba hecha para ser bonita.

Era puro metal, contenedores apilados, grúas inmensas, sirenas, radios, frío pegado a los huesos aunque fuera pleno verano. El mar allá al fondo, más oscuro que azul, parecía observar sin intervenir.

Marina caminaba entre filas de contenedores marcados con números que solo ella y unos pocos entendían.

Llevaba botas, chaleco, el cabello recogido en un moño que se le soltaba siempre y la pulsera roja en la muñeca, pegada al reloj.

Un trabajador se acercó con una tabla electrónica.

—Jefa, hay un contenedor que no figura en el registro de hoy —dijo—. Viene con código de la nave 6B, pero…

Marina revisó rápido.

—Déjeme verlo —respondió—. Si no está en el sistema, no existe. Y si existe sin estar, alguien quiere que no preguntemos.

El hombre asintió, nervioso.

Ella sonrió un poco.

—Tranquilo, no es la primera vez —añadió, más suave—. Solo no toques nada hasta que yo llegue, ¿ok?

Mientras caminaba, sacó el celular del bolsillo. Tres mensajes sin abrir. Todos del mismo número encriptado.

“Llamada pendiente, M.

Hoy. 20:00. Noche Azul.”

Borró las notificaciones sin contestar.

—No esta vez —murmuró.

Valeria, antes

A kilómetros de ahí, Valeria caminaba por una calle que no pisaba desde hacía años.

Diego iba a su lado, sin invadir su espacio, pero sin dejar que lo hiciera sola.

—Aquí vivíamos —dijo ella, señalando un edificio descascarado—. Allí nos peleábamos por quién iba a lavar los platos, quién se sentaba al lado de mamá, quién usaba la computadora vieja para hacer trabajos.

Diego la escuchaba como se escucha algo que importa, no por curiosidad, sino por respeto.

—Ella siempre quería irse —continuó Valeria—. No de la casa, sino… más lejos. Estudiar afuera, trabajar en otra ciudad, hacer algo que tuviera sentido. Yo… me quedé. Me parecía más razonable cuidar lo que ya teníamos.

Se detuvo frente a un árbol pequeño que apenas sobrevivía en medio del concreto.

—El día que se fue, dejó una nota en mi almohada —dijo—. “Cuando deje de tener miedo de ser la que soy, vuelvo. Mientras tanto, cuídate, aunque no quieras que lo haga”. La rompí. Ni siquiera la guardé.

Diego la miró.

—Todavía podés escribirle otra cosa encima —dijo, con suavidad—. Nadie dijo que una hermana solo tiene derecho a un gesto definitivo.

Marina, después

En la terminal, el contenedor “fantasma” estaba apartadito, como si supiera que no debía llamar mucho la atención.

Marina pasó la tarjeta por el lector.

La puerta se abrió con un chirrido pesado.

Dentro, no había mercancía.

Había cajas más pequeñas, selladas, con marcas que ella no conocía y nombres de empresas que sí: las mismas que había visto en correos, licitaciones, contratos “ajustados”.

En una de las cajas, un círculo rojo pintado a mano.

Marina cerró los ojos un segundo.

—Claro —murmuró—. Cómo no.

Sintió que alguien se apoyaba en el marco del contenedor.

—Tenía que ver cuánto tardabas en encontrarlo —dijo una voz masculina, calma.

Marina se giró.

Salvatierra estaba allí, sin bastón esta vez, solo con las manos en los bolsillos como si hubiera salido a dar un paseo.

—Pensé que te gustaba delegar —respondió ella, midiendo cada palabra.

—Hay cosas que prefiero ver en persona —replicó él—. Sobre todo cuando involucran a gente que insiste en imaginar que puede jugar en dos bandos.

Marina sostuvo su mirada.

No iba a bajar los ojos primero.

—Si estoy aquí es porque tu gente me necesitó para ordenar su desastre —dijo—. Nadie movía estos contenedores sin que se perdiera algo por el camino. Yo solo hice que el robo fuera más eficiente.

Salvatierra sonrió con esquina de la boca.

—Y, de paso, mandaste información a otros lados —añadió—. No soy ingenuo, Marina. Sé que Fuego Uno no se habría calentado tanto si alguien no hubiera soplado.

Ella no respondió.

El silencio fue confirmación suficiente.

—Te di dos avisos —continuó él—. El primero, cuando sacamos a cierto amigo tuyo de entre las cenizas y decidimos mirar hacia otro lado. El segundo, cuando tu nombre apareció en un informe interno y yo mismo lo borré.

Sacó de su bolsillo una hoja doblada.

—Este es el tercero.

Marina sintió que el pulso le subía a las sienes.

—¿Qué es? —preguntó, aunque una parte de ella ya lo sabía.

—Un recordatorio de que, por muy lejos que quisieras irte, siempre te quedaste demasiado cerca de algo —respondió él—. De tu hermana, por ejemplo.

Nombres cruzados

Marina le arrancó la hoja de la mano.

La desplegó.

Vio el nombre de Valeria.

Vio su foto, recortada de alguna red social vieja.

Vio notas, fechas, la palabra “observación” subrayada.

Y, por primera vez en años, perdió el control de la voz.

—Ella no tiene nada que ver en esto —dijo—. Yo me fui justo para eso.

Salvatierra ladeó la cabeza.

—Por eso mismo nos llama la atención —replicó—. La gente que se va “para proteger a otros” suele hacer cosas interesantes. Tus movimientos no pueden entenderse sin verla a ella. No te engañes.

Marina cerró la mano alrededor del papel.

No lo rompió.

Todavía.

—¿Qué esperas que haga? —preguntó.

Salvatierra la miró con un interés casi científico.

—Quiero ver qué eliges —respondió—. No te voy a dar instrucciones detalladas. Eso lo hacemos con los peones. Y tú aún no eres eso. Hoy, solo quería ver tu cara cuando leyeras su nombre.

Se giró para irse.

Antes de salir del contenedor, se detuvo.

—Ah, y otra cosa —añadió—. Tus amigos nuevos están moviéndose más de la cuenta. Si quieres que tu hermana siga respirando, tal vez es hora de que dejes de jugar sola.

Marina lo vio alejarse entre las filas de metal y lluvia.

Cuando se quedó sola, miró otra vez el papel.

Valeria.

Diego.

Luna.

Brandon.

Nombres que no conocía, pero que empezaban a conectarse en su cabeza.

Doblando la hoja con cuidado, pensó en algo que no decía en voz alta desde que se fue de casa:

“No voy a dejar que decidan por mí a quién amo y a quién pierdo”.

Y esa frase, que había sido impulso para marcharse, se convirtió en detonante para algo distinto:

No huir.

No esta vez.

Una llamada que se cruza con otra

Esa misma noche, mientras Valeria y Diego volvían al departamento con el barrio viejo aún pegado a la piel, el teléfono de Valeria vibró.

Número desconocido.

—No contestes —dijo Diego, por reflejo.

Ella dudó.

Respondió.

—¿Aló?

Silencio.

Respiración al otro lado.

—Valeria —dijo una voz que sonaba como un recuerdo—. No cortes. No tengo mucho tiempo.

Valeria sintió que las piernas le fallaban.

—¿Marina…?

Diego se detuvo en seco.

Del otro lado de la ciudad, en la terminal, Marina apretaba el celular contra la oreja, mirando por encima del hombro, sabiendo que probablemente la escuchaban.

—No preguntes dónde estoy ni por qué llamo hasta ahora —dijo—. Solo escuchá: no firmes nada, no aceptés nada, no vayas a Noche Azul.

Valeria se apoyó en una pared.

—Ya estamos metidos, Marina —susurró—. Muy metidos.

Un silencio corto.

Después, una exhalación que parecía un insulto contra sí misma.

—Entonces voy a tener que meterme yo también —dijo Marina—. Antes de que el tercer aviso caiga donde no corresponde.

Lo que ninguna de las dos sabía

es que, mientras hablaban,

una tercera llamada se estaba haciendo en paralelo,

y no venía de ninguna de ellas…

sino de alguien que ya había decidido cuál sería el siguiente movimiento sobre el tablero.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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