Entre el fuego y la distancia - Capítulo 49
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Capítulo 49: CAPÍTULO 49 — EL TERCER AVISO
Las piezas se mueven al mismo tiempo
Brandon llegó al departamento con el ceño fruncido y el teléfono aún caliente en la mano.
—Me llamaron del hospital —dijo—. Lucas habló con un detective nuevo. Le mostraron unas fotos de la terminal. Lo están usando para presionar.
Luna se levantó del sofá.
—¿Fotos de qué? —preguntó.
—De Marina. De contenedores. De un camión que coincide con los que vimos en el anexo azul —respondió—. Están moviendo algo grande. Y lo están haciendo ver como si todo hubiera empezado el día del incendio.
Diego apoyó las manos sobre la mesa.
—No es coincidencia que todo vuelva a lo mismo —dijo—. Si Fuego Uno fue el primer experimento, esto es la versión corregida.
Valeria entró en ese momento, aún con la llamada de Marina retumbándole en los oídos.
—Ella sabe —dijo, sin rodeos—. Sabe de ustedes, del incendio, de “ellos”. Y sobre todo, sabe que la están usando para llegar a mí.
Ana, que revisaba unos papeles impresos, alzó la vista.
—Entonces tenemos tres cosas al mismo tiempo —resumió—: Marina intentando salvarte a su modo, Salvatierra decidiendo quién se quema primero, y todos ustedes dudando si dejar que el miedo maneje el volante.
Lucas, desde el otro lado de la línea —el móvil de Brandon estaba en altavoz—, añadió:
—Y un cuarto asunto: acabo de oír de boca del detective que hay un movimiento grande programado en la terminal para esta noche. Hablaron de “cerrar un ciclo”. Palabras textuales.
Plan improvisado, peligro calculado
—No podemos esperar a ver qué significa “cerrar un ciclo” —dijo Brandon—. Tenemos que ir.
—Ir ¿a qué? —replicó Valeria—. ¿A dejarnos encerrar en un laberinto de contenedores que ellos conocen mejor?
—No podemos dejar a Marina sola ahí —insistió Diego—. Ya me sacó una vez de un infierno. No voy a verla entrar sola a otro mientras yo me quedo aquí sentado.
Luna los miró a todos, con el corazón acelerado.
—Entonces no vamos como héroes —dijo—. Vamos como lo que somos: gente cansada que ya no quiere que otros decidan por ella. Eso implica preparar cosas bien. Entradas, salidas, señales. No podemos improvisar otra vez.
Ana asintió, por primera vez alineada sin peros.
—Yo puedo distraerlos desde dentro —dijo—. Mover un informe, falsificar una alerta, hacer que un equipo vaya a la bodega equivocada mientras ustedes se mueven. Pero no puedo garantizarles el camino limpio.
Marcos se acercó al plano impreso de la terminal que Lucas había mandado por foto desde el hospital.
—Aquí —señaló—, esta zona de contenedores en desuso. La llaman “cementerio”. Si yo fuera alguien que quiere hacer un trato en secreto… lo haría ahí.
Diego respiró hondo.
—Entonces ahí vamos —concluyó—. No a rescatar a nadie como si esto fuera una película, sino a poner los ojos encima antes de que todo explote.
Valeria se pasó una mano por el rostro.
—Si algo sale mal —dijo—, no quiero que nadie diga luego que no sabía en lo que se metía.
Luna sonrió sin humor.
—Creo que esa etapa la pasamos hace varios capítulos —respondió.
La terminal, de noche
La Terminal Azul Norte de noche era otro mundo.
Los reflectores pintaban el metal de amarillo sucio. El mar sonaba más cerca, aunque no se viera. El aire olía a sal, aceite y algo que Luna ya identificaba como peligro.
Entraron por un acceso lateral usando una tarjeta que Ana había “prestado” desde dentro. Marcos manejaba. Brandon iba de copiloto. Valeria, Luna y Diego iban atrás, en silencio.
—Si alguien nos detiene —dijo Marcos—, somos un equipo de auditoría sorpresa. Eso siempre asusta lo suficiente como para que prefieran no hacer muchas preguntas.
—¿Y si no funciona? —preguntó Luna.
—Corremos —respondió Brandon, sin ironía.
Lucas, desde el hospital, seguía conectado por llamada.
—Estoy viendo los movimientos en el sistema de cámaras que logré colarme —dijo—. Hay más guardias de lo normal en la zona sur. En la norte casi no hay nadie. Eso no es buena señal.
—No, no lo es —confirmó Ana, desde su posición—. Significa que creen que la acción está en otro lado. El cementerio está demasiado vacío para ser casualidad.
Marcos apagó las luces antes de girar hacia la zona menos transitada.
Kilómetros de metal se alzaban a ambos lados, como paredes de una ciudad paralela.
—Aquí —susurró Valeria—. Marina dijo una vez que le gustaba venir a esta parte cuando quería pensar. “Entre cosas abandonadas se ve mejor lo que sigue en pie”, decía.
Marcas en el metal
Caminaron entre los pasillos de contenedores, guiados por el mapa que Lucas actualizaba en tiempo real.
—Dos calorías a cincuenta metros —advirtió él—. No parecen guardias. Están quietos. Tal vez esperándolos.
Diego levantó la mano.
—Nos separamos aquí —dijo—. Brandon y Luna conmigo. Valeria y Marcos rodean por el lado norte. Si algo parece raro, todos volvemos al punto de encuentro. No hagan heroicidades.
—Lo dice el que se lanzó contra un encapuchado armado —murmuró Valeria.
—Aprendo lento —respondió Diego—, pero aprendo.
Avanzaron.
Un contenedor azul, marcado con un círculo rojo pequeño cerca de la base, apareció al final del pasillo.
Brandon sintió que le tensaban los hombros.
—Ahí es —dijo.
Escucharon voces.
No muchas.
No claras.
Diego se asomó por el borde.
Vio a Marina de espaldas, la chaqueta amarilla fosforescente brillando bajo el foco, frente a dos hombres vestidos de oscuro. Uno hablaba. Ella tenía los brazos cruzados.
No parecía asustada.
Parecía furiosa.
—…ya les dije que las rutas que quieren usar no están limpias —se escuchó—. Hay cámaras, hay registros, hay gente mirando. Si insisten en pasar las mismas cosas por los mismos lugares, esto va a reventar.
Uno de los hombres dio un paso hacia ella.
—Por eso estás aquí —dijo—. Porque sabes cómo apagar cámaras, cambiar registros y distraer a “la gente que mira”.
Marina rió, sin humor.
—¿Y qué pasa si una de esas personas soy yo? —replicó.
El hombre hizo un gesto.
Alguien detrás levantó algo que brilló bajo la luz.
Diego no lo pensó.
—¡Marina! —gritó, saliendo de su escondite.
Todos voltearon.
El tercer aviso en movimiento
El tiempo se comprimió.
Marina giró, incrédula.
Valeria salió también por el otro lado, como si su nombre la hubiera impulsado sola.
—¡No! —gritó Ana, desde su auricular, demasiado tarde—. ¡No era ahora!
Uno de los hombres sacó un arma.
Luna no vio el detalle, solo el gesto.
Brandon se lanzó hacia adelante por reflejo, empujando a Diego hacia la pared.
Se escuchó un disparo.
Después, otro.
El sonido rebotó entre el metal y el mar.
Valeria corrió hacia su hermana.
Sentía que todo lo que no había dicho en años se le agolpaba en la garganta.
—¡Marina! —repitió—. ¡No te atrevás a…!
La frase quedó colgando.
Porque Marina la miró.
Una mirada rápida, llena de cosas no resueltas.
Y al mismo tiempo, algo rojo empezó a dibujarse en la manga de alguien.
No de quien esperaban.
En ese instante exacto,
cuando el tercer aviso por fin dejaba de ser solo una frase en un informe,
nadie sabía aún quién estaba pagando la cuenta
ni cuánto iba a costarles el siguiente movimiento.
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