Entre el fuego y la distancia - Capítulo 51
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Capítulo 51: CAPÍTULO 51 — LO QUE SE DICE CUANDO YA NO SE PUEDE FINGIR
El refugio improvisado
Llegaron al contenedor vacío que habían marcado como punto de encuentro: un cubo metálico olvidado, con olor a óxido y sal.
Marcos cerró la puerta desde dentro y corrió el seguro manual.
—Tenemos cinco, máximo diez minutos antes de que alguien venga a revisar esta fila —advirtió Lucas por el teléfono—. Los sensores de movimiento ya saltaron dos veces.
Luna hizo que Brandon se sentara en el suelo.
—Quitate la mano —le dijo.
—Si me la quito, esto va a sangrar más —intentó bromear.
—Y si no te la quitás, no voy a ver por dónde te remiendo —respondió ella.
Diego arrancó la manga de su propia camisa y la dobló rápido, como un torniquete improvisado.
—No es profundo —dijo, observando el tajo—. Pero está mal puesto. Tienes que ir a un hospital apenas salgamos de aquí.
Brandon soltó una carcajada seca.
—No soy muy bienvenido por allá últimamente.
Luna lo miró con una seriedad nueva.
—Pues me vas a dejar acompañarte —dijo—. Aunque sea para discutir con la enfermera.
Brandon la miró… y por primera vez esa noche, dejó de tensar la mandíbula.
Hermanas frente a frente (por fin)
Valeria se apoyó contra la pared del contenedor. Las manos le temblaban. No sabía si era por el frío del metal o por el llamado cortado de Marina.
—Ella sabía que veníamos —dijo, al fin—. Lo sabía antes de que saliéramos de casa.
Ana respondió desde el otro lado de la línea.
—Y aún así se quedó —añadió—. Eso significa que está jugando dos partidas al mismo tiempo. La suya… y la de ustedes.
Marcos se acercó a Valeria, manteniendo una distancia prudente.
—¿Querés que la saquemos de la ecuación? —preguntó—. Es decir, ¿que nos concentremos en probar lo de Noche Azul y dejemos de perseguirla?
Valeria lo miró como si acabara de sugerirle apagar el sol.
—No voy a dejar a mi hermana colgada de un hilo que yo misma ayudé a tensar —respondió—. Pasé años resentida porque se fue. No pienso agregarle “dejé que la mataran” a la lista de cosas que no le dije a tiempo.
Diego asintió, sin interrumpir.
Lucas, desde la cama del hospital, habló con voz más grave.
—Hay algo que no les he dicho —confesó—. Cuando el detective me mostró las fotos, me enseñó otra cosa: un documento interno con la foto de Marina y un sello grande, rojo, arriba.
—¿Qué decía? —preguntó Valeria.
—“Reevaluación de activo. Prioridad: terminal. Conexión directa con caso Fuego Uno” —leyó de memoria—. Si eso no es “tercer aviso”, no sé qué es.
Lo que arde por dentro
El aire dentro del contenedor estaba espeso.
Brandon cerró los ojos un segundo, luchando contra el mareo.
Luna lo tocó en la mejilla.
—¿Estás conmigo? —preguntó.
—Más de lo que debería —respondió él, dejando caer la cabeza contra la pared.
Valeria los miró de reojo. No con envidia, sino con una punzada de reconocimiento.
Sabía lo que era estar pegada a alguien que podía arrastrarte a cualquier lugar y aún así sentir que valía la pena.
Diego se sentó en el suelo frente a ella.
—Cuando todo esto empezó yo solo quería sobrevivir lo suficiente para que dejaran de buscarme —confesó, sin adornos—. Que olvidaran mi nombre, que Fuego Uno fuera una nota al pie de página. Si tú no hubieras salido por esa puerta con el bastón en la mano… probablemente lo habría conseguido.
Valeria lo miró, confundida.
—¿Y ahora? —preguntó.
Diego se encogió de hombros, lo justo que le permitían las vendas y la noche.
—Ahora ya no quiero desaparecer —dijo—. Quiero que se sepa quién prendió el primer fósforo. Quiero que se sepa quién te puso en una lista solo por ser “mi punto débil”. Y quiero que, si nos vamos a quemar, al menos seas tú quien decida dónde se pone.
Ella sintió que algo se rompía… y al mismo tiempo, algo se colocaba en su lugar.
—No me prometás que vas a protegerme —respondió—. Prometeme que no vas a soltarme a la primera explosión.
Diego sonrió por primera vez en horas.
—Eso sí puedo —dijo.
La decisión
Ana carraspeó desde el auricular.
—Me encantaría dejar que sigan con este momento —ironizó—, pero acaba de llegar un mensaje a mi bandeja cifrada. Salvatierra adelantó la reunión de Noche Azul.
Marcos frunció el ceño.
—¿Adelantar? ¿Para cuándo?
—Para ya —respondió ella—. En menos de cuarenta y ocho horas. Quiere mostrar “resultados” ante gente que no está acostumbrada a esperar.
Brandon abrió los ojos.
—¿Qué clase de resultados?
Ana dudó.
—Si estuviera en su lugar… —dijo— llevaría pruebas. De lealtad. De control. De capacidad para callar problemas. Y ustedes, mis queridos problemas, son demasiado ruidosos.
Valeria respiró hondo.
—Entonces vamos a tener que ser más ruidosos todavía —dijo—. No basta con sobrevivir a la terminal. Tenemos que llegar a Noche Azul con algo que los haga temblar aunque sonrían para las cámaras.
Luna la miró.
—¿Algo como qué?
Valeria bajó la mirada hacia su teléfono.
La llamada más reciente decía:
Marina — 0:53
—Como ella —susurró—. No vamos a Noche Azul solo a mirar. Vamos a llevar la única pieza que no pueden controlar del todo.
Lucas lanzó una exhalación incrédula.
—¿Estás hablando de usar a tu hermana como prueba? —preguntó.
Valeria negó despacio.
—Estoy hablando de ofrecerle la primera oportunidad de contar su propia versión frente a quienes llevan años escribiendo su historia por ella —respondió—. Si acepta… esto deja de ser solo un ajuste de cuentas y se convierte en algo más grande.
Diego la miró con una mezcla de orgullo y miedo.
—¿Y si no acepta? —preguntó.
Valeria apretó el teléfono en la mano.
—Entonces sabremos, por fin, de qué lado quiere arder —dijo.
Porque el tercer aviso ya no era solo una amenaza.
Era una cuenta regresiva.
Y Noche Azul…
se estaba convirtiendo en el escenario donde, por primera vez,
iban a dejar de ser víctimas para empezar a ser algo
que “ellos” nunca habían visto venir.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com