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Entre el fuego y la distancia - Capítulo 52

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Capítulo 52: CAPÍTULO 52 — NOCHE AZUL: ENSAYO GENERAL

Invitaciones y líneas finas

Las invitaciones a Noche Azul no llegaban por correo.

Llegaban en sobres negros, discretos, entregados en manos conocidas que sabían a quién poner nervioso y a quién halagar.

Marcos dejó uno sobre la mesa del comedor.

Llevaba su nombre con caligrafía perfecta, tinta plateada.

—Esto me lo mandaban antes como premio —dijo, sin rastro de orgullo—. Ahora solo lo veo como evidencia.

Valeria lo tocó con la punta de los dedos.

El papel era más grueso de lo que parecía. Adentro, un horario, una lista de “participantes destacados”, un código QR sin explicación.

—Yo no estoy en la lista —dijo Diego.

Ana apareció en la pantalla del portátil, iluminada por la luz azul de su oficina.

—Porque tú no eres invitado —explicó—. Eres mercancía. Alguien va a sugerir llevarte como ejemplo de “caso resuelto”. Les encanta la narrativa del hombre que se quemó en su propia culpa.

Brandon, con el brazo en cabestrillo improvisado, se recostó en la silla.

—¿Y nosotros? —preguntó—. ¿Qué somos ahí dentro?

Ana sonrió sin humor.

—Los daños colaterales que todavía no han sabido cómo encajar en el relato oficial —respondió—. Pero eso puede cambiar si les dan un motivo para ponerles otro nombre.

Marina responde

El teléfono de Valeria vibró.

Un mensaje encriptado que Lucas había ayudado a descifrar.

“Voy a ir. No por ellos. Por ustedes.

No me esperen en la entrada. Si algo sale mal, que no los encuentren a mi lado.

M.”

Diego se pasó la mano por la cara.

—Es igual de terca que tú —dijo.

Valeria se permitió una sonrisa breve.

—Gracias —respondió—. Lo tomaré como cumplido.

Luna miró el conjunto de caras alrededor de la mesa.

—Está bien —dijo—. Supongamos que logramos entrar: Marcos por invitación, Ana por dentro, Marina como “activa observada”, ustedes como acompañantes. ¿Qué hacemos ahí? ¿Gritarles en medio del cóctel “sabemos lo del incendio”?

Brandon negó con la cabeza.

—Eso los fortalece —dijo—. Los convierte en víctimas de “una campaña de desprestigio”. Necesitamos algo que haga que una parte del público empiece a dudar aunque no entienda por qué.

Lucas levantó la voz desde el altavoz.

—Transmitan —sugirió—. O graben desde dentro. Si algo aprendí de esto es que ellos tienen control sobre casi todas las versiones… menos sobre la primera imagen que sale sin filtro.

El ensayo

Ana movió unos archivos en su pantalla.

—Les puedo conseguir acceso al sistema de sonido de una de las salas pequeñas —dijo—. No a la principal, pero sí a una donde van a llevar a ciertos invitados a “presentaciones exclusivas”. Si alguien hablara ahí, aunque fuera unos minutos, más de uno tendría que voltear la cabeza.

Valeria pensó en la voz de Marina.

—Ella no es de discursos suaves —advirtió—. Si la dejamos sola con un micrófono… puede decir cosas que no podremos recoger después.

Diego la miró.

—¿Y si eso es justamente lo que hace falta? —preguntó—. Alguien que no les tenga miedo ni ganas de negociar.

Luna se acercó a la ventana.

La ciudad seguía ahí, ajena, con luces que no sabían que se estaba decidiendo algo en un departamento cualquiera.

—Propongo algo —dijo—. Hagamos un ensayo. Ahora. Cada uno dice, en voz alta, la una cosa que no dejaría de decir si tuviera solo un minuto frente a quienes han manejado nuestra vida desde atrás del telón.

Los miró, uno por uno.

—Sin adornos. Sin palabras bonitas. Solo la verdad que más les dolería escuchar.

Hubo un silencio incómodo.

Brandon fue el primero.

—Les diría que por cada “aviso” que mandan, crean a alguien dispuesto a quemarles el teatro —dijo, despacio—. Que no sabemos de leyes ni de política, pero sí de perder. Y que alguien que ya lo perdió todo… es lo único que de verdad debería asustarlos.

Diego habló después.

—Les diría que Fuego Uno no fue un “accidente interno” —dijo—. Que yo estaba ahí, que vi cómo cerraron salidas antes de que empezara el incendio. Que prendieron fuego a personas como si fueran documentos viejos. Y que, por mucho que lo maquillen, los muertos no se acomodan tan fácil en sus informes.

Valeria se aclaró la garganta.

—Yo les diría que me buscaron como “punto débil”… y tenían razón —confesó—. Pero que se equivocaron al pensar que eso me iba a romper. Que el amor no me hace dócil, me hace peligrosa. Y que si creyeron que iba a quedarme quieta viendo cómo tachan nombres, no me conocen en lo más mínimo.

Luna se abrazó a sí misma.

—Yo les diría que quisieron convertir mi miedo en su mejor arma —dijo—. Que pensaron que con una llamada, un sobre, un golpe a alguien que quiero, me iban a mandar de vuelta a mi vida pequeña. Y que, sin querer, me enseñaron algo: que no soy tan frágil como pensaba. Y que ya nunca más voy a servir café como si nada cuando sé que, al otro lado de la barra, ustedes deciden quién vive tranquilo y quién no.

Marcos apretó la invitación en la mano.

—Yo les diría que me usaron muy fácil —admitió—. Me dieron una silla cómoda, un sable de cristal y me dejaron creer que mandaba algo. Y que lo único que yo hacía era barnizar sus decisiones. Les diría que me tomó demasiado darme cuenta… pero que ya lo hice. Y no pienso volver a sentarme.

Lucas, desde el teléfono, cerró el círculo.

—Yo les diría que la próxima vez que golpeen a alguien para mandar un mensaje, se aseguren de que no quede vivo —dijo—. Porque hay cosas que se recuerdan mejor con el cuerpo que con la memoria. Y cada cicatriz que dejaron… hoy les está hablando desde este altavoz.

Ana, al final, habló desde su oficina fría.

—Y yo les diría que su error fue creer que nadie de dentro podía cansarse —dijo—. Que siempre habría alguien esperando un ascenso para seguir tragando. Pero incluso los monstruos se llenan. Y cuando pasa… empiezan a escupir.

El lema que no estaba en la invitación

Cuando terminaron, no hubo aplausos.

Solo una sensación extraña, como de haber dicho algo que no se podía recoger.

Valeria miró la invitación de Noche Azul.

El papel brillaba, impecable, pretendiendo que todo era glamour, inversiones, progreso.

Tomó un bolígrafo.

Encima del logo, escribió despacio:

“Donde aprenden que no estamos hechos para huir.”

Diego lo leyó por encima de su hombro.

—¿Es tu lema? —preguntó.

—Es el nuestro —respondió ella.

Luna sonrió, cansada, pero con una luz nueva en los ojos.

—Entonces ya tenemos algo claro —dijo—. No vamos a esa noche a pedir permiso. Vamos a recordarle a esa gente que no somos archivo, ni informe, ni colateral.

Brandon asintió.

—Vamos como lo que somos —añadió—. Los que quedaron vivos de todo lo que ellos creyeron controlado.

Afuera, la ciudad seguía su rutina sin imaginar que,

en una gala donde todo estaba pensado para lucir perfecto,

alguien iba a colarse con un guion que nadie había aprobado.

Y si algo habían aprendido todos hasta ahora,

era esto:

Cuando el fuego alcanza el telón…

no hay forma elegante de seguir fingiendo que la obra va bien.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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