Entre el fuego y la distancia - Capítulo 54
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Capítulo 54: CAPÍTULO 54 — SALA ESTE: DONDE LA VERSIÓN OFICIAL TIEMBLA
El escenario pequeño
La sala este era más íntima que el salón principal.
Menos gente, menos ruido. Un proyector, unas pocas filas de sillas, una mesa al frente con micrófonos delicados y botellas de agua alineadas como soldados.
Salvatierra se colocó en el centro, la espalda recta, la sonrisa estándar.
—Gracias por venir —dijo—. Esta es una presentación reservada solo para quienes realmente entienden la dimensión de lo que estamos construyendo.
Valeria sintió náuseas.
Detrás de él, en la mesa, estaba Marina. No como invitada, sino como parte de la “presentación”. Tenía una carpeta frente a ella, pero las manos lejos del papel, como si temiera dejar marcas.
Marcos y Valeria se sentaron juntos en la segunda fila.
Luna se hizo pasar por asistente técnica, colocándose cerca de la consola de sonido, con un auricular extra conectado a Ana.
Brandon se quedó en la puerta, aparentando revisar una lista de asistentes.
Diego, oculto tras un panel lateral, veía a través de una rendija.
—Tranquilos —susurró Ana—. El sistema está intervenido. Cuando yo diga, el micrófono dos deja de repetir la señal principal… y empieza a amplificar lo que yo indique.
—¿Y qué vas a indicar? —preguntó Diego.
—Lo que vos no pudiste decir en Fuego Uno —respondió ella.
La narrativa oficial
Salvatierra habló de cifras, de proyectos, de “zonas recuperadas” y “comunidades reintegradas”. Cada palabra sonaba a informe ensayado.
—Muchos de ustedes conocen la historia de la Noche del Almacén —dijo, en cierto momento—. Un hecho lamentable, sin duda. Pero también un recordatorio de la importancia de contar con estructuras sólidas, de no permitir que individuos desestabilizados tomen decisiones que pueden costar vidas.
“Individuos desestabilizados”.
Valeria sintió la mirada de Diego, aunque no pudiera verlo.
Marina permanecía inmóvil.
Salvatierra continuó:
—Hoy, años después, podemos decir que ese episodio está cerrado. Hemos aprendido. Hemos corregido. Y hemos transformado una tragedia en plataforma.
Ana murmuró por la línea:
—Ese hombre es capaz de vender un incendio como un amanecer.
Luna apretó los puños.
—Señoras y señores —concluyó Salvatierra—, los resultados hablan por sí solos. Lo que pasó fue un accidente doloroso, manejado con la máxima responsabilidad. Y eso es todo lo que hay que decir.
Lo que no estaba en el guion
Ana respiró hondo.
—Ahora —dijo.
Luna presionó la tecla indicada.
Durante un segundo no pasó nada.
Y entonces… el micrófono dos, el que estaba frente a Marina, emitió un leve zumbido y se encendió, aunque nadie lo hubiera tocado.
La voz que salió de los altavoces no fue la de Salvatierra.
Fue la de un hombre joven, cansado, registrada en un lugar con eco metálico.
—“La puerta está sellada. Nos dijeron que era un simulacro, que iban a revisar el sistema. Pero hay olor a gasolina. Si alguien encuentra esto… que sepa que no fue un accidente. No fue fallo eléctrico. Cerraron las salidas antes de prender fuego. Si no salgo vivo, que al menos salga esto.”
Silencio.
La sala entera se tensó.
Valeria reconoció la voz de Diego… pero más joven, más vivo. Más desesperado.
Salvatierra frunció el ceño.
—Parece que tuvimos un problema técnico —dijo, intentando sonar calmado.
Ana no se detuvo.
Otro fragmento salió al aire:
—“Estamos atrapados. Hay gente gritando. Dijeron que era un encierro preventivo, pero la puerta sigue cerrada. Esto no es un error. Si alguien está escuchando… no les crean cuando digan que fue un accidente.”
La gente empezó a mirarse entre sí.
Un murmullo recorrió las filas.
—Luna —dijo Ana—, mantenelo abierto treinta segundos más.
Diego sentía el corazón estallarle en el pecho al oírse a sí mismo desde ese pasado que había intentado enterrar.
Salvatierra hizo un gesto casi imperceptible a uno de los hombres de seguridad.
El tipo se dirigió a la consola.
Luna dio un paso atrás, disimulando.
Ana lanzó el último fragmento:
—“Mi nombre es Diego Morales. Estaba asignado a resguardar esos documentos, no a morir por ellos. Si siguen usando mi expediente para limpiar lo que pasó… sepan que estoy muerto para ellos desde ahora. Y que si algún día vuelvo a aparecer… será para contarlo.”
El audio se cortó de golpe.
Los altavoces quedaron mudos.
Luna vio cómo un mensaje aparecía en la pantalla del sistema interno:
ACESSO DENEGADO. RUTA BLOQUEADA.
—Bueno, hasta aquí llegó mi truco —murmuró Ana—. Ahora es cosa de ustedes.
La primera fisura
La sala no estalló en gritos.
Eso habría sido fácil.
Lo que hubo fue algo peor para Salvatierra: silencio lleno de ojos dudando.
Una mujer de la primera fila levantó la mano.
—¿Qué fue eso? —preguntó—. Esa grabación… ¿es real?
Salvatierra sonrió, demasiado rápido.
—Un montaje —dijo—. Un ejemplo del tipo de campañas de manipulación con las que lidiamos a diario. Al parecer, alguien consideró oportuno usar este momento para dramatizar.
Sus palabras sonaban firmes.
Su mano, sin embargo, apretaba el borde de la mesa con fuerza.
Marina miraba el micrófono frente a ella como si acabara de ver una tumba abierta.
Valeria se incorporó un poco en la silla.
—Si es un montaje, no tendrá problema en permitir que un perito independiente revise la grabación original —dijo, con voz clara.
Varias cabezas se giraron hacia ella.
Marcos cerró los ojos un segundo, pero no la detuvo.
Salvatierra la midió con la mirada.
—Y usted es… —preguntó, con amabilidad seca.
—Alguien a quien su “accidente” estuvo a punto de dejar sin la única persona que le quedaba —respondió Valeria—. Y que ya se cansó de leer versiones limpias.
El ambiente cambió.
Ya no era solo incomodidad.
Era interés.
Desconfianza.
Curiosidad.
Una mezcla explosiva.
Marina decide
Todos esperaban que Salvatierra respondiera.
Pero quien habló fue Marina.
Tomó el micrófono que había tenido delante todo el tiempo y que, por primera vez, usaba por voluntad propia.
—La grabación es real —dijo.
Su voz sonó limpia en los altavoces.
—Yo estuve en la sala de control aquella noche —continuó—. Vi las cámaras. Vi cómo cerraron las puertas. Vi cómo algunos pedían salir y los etiquetaban como “no recuperables”. Y firmé en un documento que todo fue un fallo eléctrico.
Un murmullo más fuerte recorrió la sala.
—Si hoy estoy aquí con esta placa de “activa” —Marina sostuvo con dos dedos la identificación— es porque aprendí a repetir el guion correcto. Pero lo que escucharon ahí… es la parte que borraron.
La mano de Salvatierra se crispó.
—Marina —dijo, en tono paternal—, creo que estás confundida. Hablemos de esto en privado.
Ella lo miró como quien mira una puerta que ya no piensa cruzar.
—Ya pasé demasiadas cosas en privado —respondió—. Hoy va a ser en público.
Un guardia dio un paso hacia el frente.
Pero entonces varios teléfonos en la sala vibraron al mismo tiempo.
Notificaciones abriéndose.
En la pantalla de uno, la portada de un video subido hacía segundos.
Título:
FUEGO UNO: LO QUE NO QUISIERON CONTARTE
Publicado desde una cuenta sin nombre.
Con un audio que todos reconocían.
El que acababan de escuchar.
Ana sonrió sola frente a su monitor.
—Alguien olvidó desconectar el respaldo —susurró.
Salvatierra todavía no lo sabía,
pero en ese instante dejó de tener control total sobre la versión oficial.
Y para gente como él…
esa era la verdadera bala.
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