Entre el fuego y la distancia - Capítulo 55
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Capítulo 55: CAPÍTULO 55 — CUANDO LA VERDAD EMPIEZA A CORRER MÁS RÁPIDO QUE EL MIEDO
Control de daños
La reacción fue inmediata.
—Por favor, apaguen sus teléfonos —pidió Salvatierra, con una cortesía tensa—. Hay información sensible que puede sacarse de contexto.
Nadie obedeció del todo.
Algunos bajaron el brillo de la pantalla.
Otros fingieron guardar el móvil, pero lo dejaron vibrando en el bolsillo.
Una mujer joven susurró a su compañero:
—Ya tiene más de mil reproducciones.
Valeria sintió un escalofrío.
Ana hablaba en el auricular:
—No es mucho todavía —dijo—. Pero para un video con quince segundos de vida… es un incendio en miniatura.
El guardia que había avanzado hacia la consola se acercó ahora a Marina.
—Señorita, acompáñeme —ordenó.
Marina lo miró de arriba abajo.
—Si me voy, se van conmigo —dijo.
Y señaló a la sala entera.
—Todos ustedes —añadió— fueron invitados a vender esta historia. Algunos sabían más, otros menos. Pero sabían suficiente como para sospechar. Y no lo hicieron. Así que si quieren sacarme por la puerta de atrás, háganlo mirando a la cámara.
Valeria se dio cuenta entonces: Marina llevaba un pequeño pin en el vestido. No era adorno. Era lente.
Ana confirmó:
—La estoy viendo en HD —dijo—. Todo está quedando registrado.
El pasillo que se estrecha
Brandon recibió un mensaje de Lucas.
“Video replicado en tres cuentas. Una cayó, las otras siguen. Envié respaldo a un periodista que me debe favores. No hay vuelta atrás.”
El pasillo fuera de la sala empezó a llenarse de hombres de seguridad. No corrían. Caminaban rápido, con esa falsa calma que dice más que cualquier grito.
—Nos van a intentar sacar por separado —murmuró Brandon.
Luna se acercó a él.
—Entonces no nos separamos —dijo.
—Eso va a hacer todo más evidente —replicó él.
—¿Y desde cuándo queremos ser invisibles? —respondió ella, mirándolo fijo.
Marcos paga su entrada
Dentro de la sala, Salvatierra cambió de táctica.
Dejó el micrófono.
Se colocó frente a la mesa, más cerca del público.
—Entiendo que esto puede ser impactante —dijo—. Y lamento profundamente que alguien aquí esté atravesando una crisis emocional. Pero se los digo como siempre se los he dicho: nosotros estamos del lado de la ley. Quien afirme lo contrario, deberá demostrarlo.
Marcos se puso de pie.
Sus rodillas temblaron, pero no se notó.
—Yo puedo ayudar con eso —dijo.
Todos lo conocían.
No era un extraño.
Era “uno de los suyos”.
—Marcos —sonrió Salvatierra, aliviado—. Qué bueno que intervienes. Siempre has sido una voz de sensatez.
Marcos tragó saliva.
—Durante años firmé informes donde decía “sin evidencia concluyente de responsabilidad interna” —confesó—. Informe tras informe. Y cada vez que pregunté más, me dijeron lo mismo: “no conviene abrir eso ahora”.
Miró a la sala.
—Me convencí de que era lo mejor. Para la empresa. Para el país. Para mi carrera. Pero nunca fue mejor para la verdad. Y desde hace tiempo no duermo bien —añadió, sin adornos—. Así que sí. Si necesitan a alguien que declare cómo se lavaron ciertos informes… empiecen por mí.
Un murmullo más alto que todos los anteriores recorrió la sala.
Salvatierra perdió, por primera vez, la sonrisa.
—Estás confundido —dijo, con voz baja.
—Estoy cansado —corrigió Marcos—. Confundido estuve todos estos años.
Valeria lo miró.
Por primera vez, sintió que él estaba realmente a su lado, no solo sosteniéndole la mano.
Cerrar la jaula
En el pasillo, Diego vio cómo dos guardias más se colocaban en los extremos.
—Nos quieren acorralar —murmuró.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Luna.
Ana respondió desde la consola remota:
—Hay una salida de servicio al fondo del ala. No está en los planos que ellos usan para invitados… pero sí en los de proveedores. Brandon y Luna, bajen por ahí. Valeria, Diego, Marcos, quédense treinta segundos más. Marina no puede salir aún sin que parezca que huye.
—¿Y tú? —preguntó Valeria.
Ana sonrió con cansancio.
—Yo tengo que terminar de borrar mis huellas —dijo—. Y asegurarme de que el video no dependa de que ninguno de ustedes llegue vivo a casa.
La frase cayó pesada.
—No digas eso —pidió Luna.
—No lo digo por dramatismo —aclaró Ana—. Lo digo porque conozco a esta gente. Su mejor opción no es matarlos… es desacreditarlos. Pero por si se ponen creativos, prefiero que el archivo ya no esté en mis manos cuando empiecen a buscar culpables internos.
Un guardia se acercó a Brandon.
—Señor, esta área va a quedar restringida. Le voy a pedir que vuelva al salón principal —dijo, cortés.
Brandon sonrió sin humor.
—Claro —respondió—. ¿Me acompaña, por favor?
Caminó junto a él unos pasos… y en la primera esquina, giró hacia la escalera de servicio.
—No es por ahí —advirtió el guardia.
—No para ustedes —replicó Brandon, empujándolo contra la pared y corriendo hacia abajo.
—¡Brandon! —gritó Luna, siguiéndolo.
La chispa que falta
En la sala, la tensión había llegado al punto en que cualquier movimiento podía romperla.
Marina seguía con el micrófono en la mano.
Valeria supo que, si no hacía algo más, Salvatierra iba a recuperar el control por inercia. Estaba acostumbrado a eso.
Se puso de pie también.
—Quiero hacer una pregunta —dijo, en voz alta.
Salvatierra la miró con fastidio contenido.
—Adelante.
—Si está tan seguro de que lo que oímos es un montaje —dijo Valeria—, ¿aceptaría detener Noche Azul una sola noche para que esto se aclare antes de seguir firmando acuerdos?
Alguien en la sala murmuró “tiene sentido”.
Otra persona asintió.
Sed de orden.
Sed de no sentirse cómplice.
Salvatierra calculó rápido.
—La vida sigue, señorita —respondió—. No podemos paralizar un evento de esta magnitud por una grabación anónima.
—La vida sigue —repitió Valeria—. Sí. Pero las vidas de los que estuvieron en ese almacén no. Y cada día que ustedes siguen celebrando como si nada, es una patada más a quienes no tuvieron ni siquiera una salida de emergencia.
Hubo un aplauso aislado.
Luego otro.
No fue clamor.
Fue algo peor para ellos: un inicio.
Los guardias empezaron a moverse más nerviosos.
Ana habló casi en susurro:
—Es momento de salir —dijo—. Ya hicieron más ruido del que esperaba.
Valeria miró a Marina.
—¿Vas a venir? —preguntó.
Marina apretó el micrófono, luego lo dejó suavemente sobre la mesa.
—No ahora —respondió—. Si salgo con ustedes, me convierten en la “traidora romántica”. La hermana manipulada por un ex guardia resentido. Déjame seguir aquí un poco más. Puedo ver cosas que desde afuera no ven.
Diego negó.
—No me gusta la idea.
Marina sonrió, triste.
—Nunca te gustó que yo tomara decisiones sin pedir permiso —dijo—. Pero casi siempre estuve viva gracias a eso.
Valeria sintió que se le cerraba la garganta.
—Te estamos dejando otra vez atrás —susurró.
—Esta vez es diferente —contestó Marina—. Esta vez sabes dónde estoy.
Una alarma suave sonó a lo lejos.
No era de incendio.
Era una señal interna.
Ana se tensó.
—Acaban de cerrar parte del sistema de puertas automáticas —advirtió—. Si no salen ahora, los van a hacer dar vueltas en círculos hasta cansarse.
Valeria miró a Diego, a Marcos, a la puerta.
Sabía que cada segundo que pasaban ahí dentro le daba tiempo a Salvatierra de recomponer la máscara.
—Nos vamos —dijo, más para sí misma que para los demás.
Y mientras salían de la sala, sintiendo miradas de sospecha, de admiración y de miedo clavarse en sus espaldas, una notificación más se encendió en cientos de teléfonos dentro y fuera del hotel:
“#FuegoUno” empezaba a subir en tendencias.
Ellos aún no tenían un plan completo,
no sabían quién iba a caer primero,
ni cómo se vería el mundo cuando todo terminara.
Pero por primera vez,
la verdad empezaba a moverse más rápido que el miedo.
Y ahí,
justo ahí…
es donde las historias que parecían imposibles
empiezan de verdad.
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