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Entre el fuego y la distancia - Capítulo 56

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  4. Capítulo 56 - Capítulo 56: CAPÍTULO 56 — CUANDO DOS HISTORIAS SE CRUZAN
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Capítulo 56: CAPÍTULO 56 — CUANDO DOS HISTORIAS SE CRUZAN

El pasillo del hospital olía a desinfectante, café recalentado… y algo más difícil de nombrar: espera.

Luna se apretó la chaqueta contra el pecho mientras seguía a Brandon. La habían llamado de madrugada, con una frase que le quemó el oído:

“Ya no puedo seguir manteniéndote al margen. Tenés que ver esto con tus propios ojos.”

No le dio detalles. Solo le mandó la dirección del hospital y un “vení sola”.

Al doblar la esquina, Luna vio una escena que no esperaba.

Una mujer estaba sentada fuera de una habitación, con el cabello recogido en un moño improvisado, la mirada perdida en el piso y un vaso de café desechable entre las manos. No estaba llorando, pero tenía el rostro de alguien que ya se había cansado de hacerlo.

Brandon se detuvo frente a ella.

—Valeria —la llamó, suave—. Te presento a Luna.

La mujer levantó la vista. Sus ojos, cansados pero alertas, pasaron de Brandon a Luna. Hubo un segundo extraño en el que ambas se estudiaron sin decir nada.

Dos desconocidas.

Dos mujeres con la misma sombra en la mirada.

—Hola —dijo Luna, con una sonrisa tímida—. Solo… vine porque él dijo que tal vez podía ayudar.

Valeria asintió, sosteniéndole la mirada un segundo más, como si intentara medir si era segura, si era una más en la lista de daños colaterales o alguien que todavía podía salvarse.

—Gracias por venir —respondió—. Nadie debería meterse en esto, pero… ya estamos todas dentro, ¿no?

La frase cayó entre las tres como una verdad incómoda.

Brandon carraspeó.

—Diego quiere hablar con las dos —dijo, mirando a Valeria—. Y Lucas también quiere que Luna entienda en qué se está metiendo.

Luna se tensó.

—¿Lucas está aquí? —preguntó.

—Sala de al lado —respondió Brandon—. Está mejor… dentro de lo que cabe.

Valeria se puso de pie, como si llevar horas esperando esa transición.

—Vengan —dijo—. Diego está más lúcido esta mañana. Y no quiero que me acusen de tomar decisiones sola.

Sonó como una broma, pero no lo era.

Era un cansancio.

Un basta silencioso.

1. Diego y el mapa que se agranda

Diego estaba semi incorporado, con la piel aún pálida, pero la mirada clara. Había papeles sobre la bandeja metálica: croquis, nombres, fechas. El monitor marcaba su ritmo con pitidos regulares que parecían acompañar cada pensamiento.

Cuando las vio entrar, se enderezó un poco.

—Así que vos sos Luna —dijo, mirándola con curiosidad—. La del café.

Luna no supo si reírse o preocuparse.

—Eso dicen —respondió.

Valeria se colocó al lado de la cama, como si su lugar ya estuviera establecido. Brandon se quedó cerca de la puerta, alerta, con ese modo de “vigía” que le había nacido desde que descubrió que la estaban observando.

Diego señaló los papeles.

—Lo que nos están haciendo no es un accidente —empezó—. No es que “nos tocó mala suerte”. Somos piezas que ellos pusieron en el tablero hace tiempo, aunque no nos diéramos cuenta.

Luna miró el papel.

Había un círculo rojo dibujado en el centro y varios nombres alrededor, unidos por líneas.

DIEGO

VALERIA

LUNA

BRANDON

LUCAS

MARCOS

ANA

CLAUDIA

Luna tragó saliva al ver su nombre allí.

—¿Por qué estoy en ese círculo? —preguntó, casi susurrando.

Diego la miró con seriedad.

—Porque te cruzaste con la persona equivocada —respondió—. Y porque el mismo grupo que intentó quemarme vivo es el que golpeó a tu cuñado y te mandó un “recado” en forma de hermano ensangrentado.

Brandon apretó la mandíbula.

—Y porque recibí esto —añadió, sacando el celular—.

Abrió la foto: Luna saliendo del hospital, captada desde lejos.

Luna sintió un escalofrío.

—Ya lo sabía —dijo—. Sabía que alguien me seguía. Pero otra cosa es verlo.

Diego inspiró despacio.

—Ellos funcionan así —explicó—. Nunca te dicen directamente lo que quieren. Te aprietan alrededor hasta que vos mismo entregás lo que más te importa.

Valeria habló por primera vez desde que entraron.

—Marcos mencionó algo anoche —dijo—. Dijo que los nombres se están repitiendo. Que los mismos que iban detrás de sus “negocios sucios” son los mismos del incendio… y los mismos de nuestros sobres.

Diego asintió.

—No son tres historias —dijo—. Es una sola. Solo que la partieron en pedazos para que creyéramos que cada quien estaba solo en su tragedia.

Luna miró al círculo rojo dibujado en el papel.

—Entonces… —dijo, despacio— si es una sola historia…

Levantó la vista.

—¿Qué parte me toca a mí?

Diego sostuvo su mirada.

—La que ellos menos esperan —respondió—. La de alguien que no estaba en el plan original.

Valeria se cruzó de brazos, incómoda.

—¿Y qué se supone que vamos a hacer? —preguntó—. ¿Un club de víctimas organizadas? ¿Hacer fila para ver quién tiene más cicatrices?

Diego la miró, suave.

—No —dijo—. Vamos a dejar de reaccionar… y empezar a movernos primero.

El silencio se hizo más denso.

Brandon habló, por fin:

—Lucas dice que Ana está viva —soltó—. Y que no está solo “viva”, sino trabajando para ellos por dentro.

Luna parpadeó.

—¿Ana? —repitió—. ¿La del incendio?

—La misma —respondió Diego—. Mi compañera. La que “murió” conmigo en el almacén.

Valeria sintió que el aire se le detenía un segundo.

—Si está adentro… —susurró— entonces hay algo que todavía no nos han mostrado.

Diego tomó el papel con el círculo.

—Exacto —dijo—. Y si Ana está viva… quiere decir que hay algo que no salió como ellos querían aquella noche.

Sus ojos se oscurecieron un poco.

—Y puede que ese “algo”… seamos nosotros.

La frase quedó flotando, pesada, peligrosa.

Luna lo entendió de golpe:

No eran solo víctimas.

Éramos errores.

Errores que alguien estaba decidido a corregir.

2. El primer acuerdo

—Quiero que lo sepás, Luna —dijo Diego, rompiendo el silencio—. Podés irte ahora. Podés hacer como que solo fue una mala racha, cambiar de ciudad, de trabajo, fingir que nada de esto existe. Tenés más posibilidades que nosotros.

Brandon giró la cabeza hacia ella, tenso, como si temiera la respuesta.

Luna lo miró a él primero.

Luego miró el círculo y su nombre escrito ahí, con tinta negra.

—Si ya estoy en su mapa… —dijo— no va a importar si me voy o me quedo. ¿No?

Diego negó despacio.

—No del todo —admitió—. Pero sí cambia algo: si te quedás, sabés con quién contás.

Luna tragó saliva.

Sentía miedo, claro.

Pero también rabia.

Mucha.

Recordó a Lucas cubierto de moretones, a Brandon con la voz rota diciéndole “te prefiero viva”, al hombre que la siguió cuando salió del hospital.

Se enderezó un poco.

—Entonces me quedo —dijo—. No nací para vivir escondida.

Brandon cerró los ojos un segundo, como si acabara de soltar un aire que llevaba retenido horas.

Diego asintió, con una pequeña sombra de respeto en la mirada.

—Bien —dijo—. Porque lo que viene ahora no va a ser fácil.

Valeria lo miró.

—¿Qué viene ahora? —preguntó.

Diego apretó la hoja con el círculo rojo.

—Ahora —respondió— nos toca a nosotros dar el primer golpe.

Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, todos sintieron lo mismo:

El miedo seguía ahí.

Pero ya no estaban solos.

Y “ellos” tampoco.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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