Entre el fuego y la distancia - Capítulo 59
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Capítulo 59: CAPÍTULO 59 — EL DÍA ANTES DE ENCENDER LA MECHA
El hospital se fue vaciando con la noche.
Los pasillos se hicieron más largos, las voces más bajas, las luces más frías.
En una habitación del tercer piso, sin embargo, el aire no estaba quieto.
Estaba cargado.
Valeria, Luna, Brandon, Lucas y Diego se habían quedado solos, con la puerta cerrada y la sensación de que lo que decidieran ahí adentro iba a cambiar más que un par de vidas.
1. Quién entra… y quién se queda fuera
—Repitamos —dijo Diego, con la hoja de Ana extendida como si fuera un mapa de guerra—: reunión en dos días, lugar público, Claudia no es el único objetivo. Y Ana dice “no vayan solos”. Eso no es un consejo. Es una advertencia.
Brandon se pasó la mano por la nuca.
—No podemos caer todos en el mismo sitio —replicó—. Si esto es una trampa, nos levantan de un solo jalón.
—Si no vamos suficientes —contestó Diego—, no vamos a tener ojos para todo lo que pase. Ni para Claudia, ni para el otro contacto, ni para la salida.
Luna, sentada en la esquina con los brazos cruzados, habló por fin:
—¿Y si lo que quieren no es atraparlos a ustedes… sino ver quién aparece con ustedes? —preguntó—. Tipo: “vamos a poner un anzuelo, y a ver qué peces vienen pegados”.
Lucas, todavía con moretones amarillos en el rostro, asintió despacio.
—Eso suena a ellos —murmuró—. Nunca disparan solo a un blanco cuando pueden marcar a tres.
Valeria miró el papel.
—Entonces la pregunta es… —dijo— ¿quién está dispuesto a dejarse ver?
Diego la miró directo.
—Yo voy —dijo, sin dudar—. Ya me tienen en la mira. No voy a salvarme escondiéndome en un hospital.
Brandon resopló.
—Yo también —añadió—. Ya usaron a mi hermano para asustarme. No voy a quedarme viendo desde la televisión.
Valeria sintió el nudo en la garganta.
—Yo no voy a quedarme aquí sentada mientras ustedes se sientan héroes —dijo—. Si Claudia va a negociar cosas que me afectan, quiero escuchar qué vende y a quién.
—Vos no vas —soltó Diego, casi al mismo tiempo.
El choque fue inmediato.
Ella lo fulminó con la mirada.
—¿Vas a empezar otra vez con eso de “protegerme” escondiendo cosas? —disparó—. Porque te informo que ya me dejaron sobres, ya me tomaron fotos y ya casi te matan en mi calle. No estoy “afuera” de nada.
Diego apretó los puños sobre la sábana.
—Si algo sale mal, irán primero por vos —insistió—. Lo saben. Te tienen en el centro de la foto.
—Y a vos también —contestó ella—. Y aquí estás, diciendo que querés ir.
El silencio se tensó.
Luna miró a Brandon.
—Yo sí puedo quedarme fuera —dijo, con calma extraña—. Sirvo más viendo desde otro ángulo.
Brandon se giró hacia ella.
—Luna…
—No empieces —lo cortó ella—. Ya sé que tu instinto es encerrarme en una caja de vidrio, pero yo también tengo cerebro. Puedo cubrirles la espalda desde otro lado.
Diego la miró con interés.
—¿Qué tenés en mente? —preguntó.
Luna respiró hondo.
—Si el lugar es público, también va a haber mesas, gente, celulares, cámaras —dijo—. Puedo estar cerca sin estar “con ustedes”. Puedo entrar como clienta, sentarme con mi computadora, fingir que trabajo… y poner atención a los movimientos.
Lucas apoyó la idea con un gesto.
—Y yo puedo estar afuera —añadió—. Con el carro. Si algo sale mal, no es lo mismo correr sin destino que tener una ruta y un conductor listo.
Diego miró la hoja otra vez.
—Bien —dijo—. Entonces de momento tenemos esto:
Yo y Brandon adentro, cazando conversación.
Luna dentro pero sin estar “con nosotros”.
Lucas fuera, listo para sacar a alguien.
Y Valeria… —la miró— aún no lo decidimos.
Valeria tomó aire.
—No pienso quedarme rezando desde lejos —dijo—. No otra vez. Si quieren jugar a que no existo, háganlo sin mí. Pero yo ya elegí: prefiero ver el monstruo de frente.
El eco de esas palabras se quedó dando vueltas en la habitación.
Diego cerró los ojos un segundo.
Reconocía ese tono.
Era el mismo con el que él había dicho alguna vez “me quedo” antes de entrar al almacén que terminó ardiendo.
—Está bien —cedió al fin—. Pero si te digo que corras… corrés.
—Si me decís que corra sin decirme por qué, te mando al diablo —respondió ella.
Era una negociación rara.
Pero era suya.
Y por primera vez, ninguno se estaba yendo.
2. Llamadas incómodas
Horas después, el hospital dormía… pero los teléfonos no.
En el pasillo, Marcos se detuvo antes de marcar.
La tentación de no hacerlo, de desaparecer, de cambiar de ciudad, de apellido y de historia, era enorme.
Pero Claudia no se iba a evaporar.
Ni “ellos”.
Ni su pasado.
Marcó.
Ella contestó al primer tono.
—Creí que ibas a seguir huyendo —dijo Claudia, sin saludo previo.
—No estoy huyendo —mintió él—. Solo quería saber… dónde y cuándo.
—Así me gusta —respondió ella—. Directo. Cafetería Mirador Norte. Pasado mañana. Cinco de la tarde. Iré sola.
Marcos se recargó en la pared.
—¿Y después de eso… estoy libre? —preguntó.
Claudia soltó una risa suave, cortante.
—Nadie está “libre”, Marcos —dijo—. Pero si haces lo que te pidan… es más probable que sigas respirando.
La llamada se cortó.
Marcos se quedó mirando el teléfono, con la sensación de estar firmando su propia sentencia.
Lo que no sabía era que otro teléfono, a pocos metros, acababa de prenderse.
Valeria, desde el final del pasillo, había escuchado parte de la conversación.
No las palabras exactas.
Pero sí el tono.
El miedo.
La resignación.
Y el nombre del lugar.
Cafetería Mirador Norte.
No tuvo que pensarlo mucho.
Aquella noche, cuando regresó a la habitación de Diego, solo dijo una frase:
—Ya sabemos dónde empieza todo.
Nadie se atrevió a preguntar dónde iba a terminar.
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