Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Entre el fuego y la distancia - Capítulo 60

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Entre el fuego y la distancia
  4. Capítulo 60 - Capítulo 60: CAPÍTULO 60 — EL LUGAR DONDE NADIE ESTÁ REALMENTE SOLO
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 60: CAPÍTULO 60 — EL LUGAR DONDE NADIE ESTÁ REALMENTE SOLO

El Mirador Norte era una de esas cafeterías “de moda” donde la gente iba más a ser vista que a tomar café.

Ventanas de cristal del piso al techo. Terraza. Plantas colgantes. Música ambiental lo bastante alta para sentirse cómodo, lo bastante baja para poder negociar sin que nadie sospechara.

Perfecto para lo que “ellos” querían.

Y, por desgracia, perfecto para lo que Diego y los demás necesitaban hacer.

1. Llegadas escalonadas

Diego fue el primero en llegar.

Caminaba con la serenidad estudiada de alguien que no quería parecer ni demasiado relajado ni demasiado alerta. Llevaba ropa sencilla, una chaqueta ligera y uno de los vendajes oculto bajo la manga.

Entró, contó las mesas, ubicó salidas.

Pidió un café que sabía que no iba a tomar.

Se sentó en una mesa que le permitiera ver buena parte del local sin parecer un guardia de seguridad.

Diez minutos después, entró Brandon.

No los miró.

Solo pasó junto a él, rumbo a otra mesa más cercana a la barra, donde tendría mejor ángulo para escuchar sin llamar la atención.

Luna llegó disfrazada de rutina.

Cabello recogido, mochila al hombro, portátil bajo el brazo. Saludó automáticamente al barista como cualquier cliente de siempre, pidió un latte, preguntó por la contraseña del wifi y se fue a sentar a una esquina estratégica, en segunda fila, donde podía ver casi toda la sala reflejada en la ventana.

Lucas estacionó afuera, del lado contrario, con el motor apagado, pero listo.

Repasó la ruta de escape en su cabeza, una y otra vez.

Valeria fue la última.

Había insistido en ir “como ella misma”. Nada de gafas oscuras ni gorra.

Entró con paso firme, aunque el corazón le latía tan fuerte que sentía que todos podían oírlo.

No miró a Diego.

Ni a Brandon.

Ni a Luna.

Pidió un té.

Se sentó en una mesa aparentemente aleatoria, pero que había calculado con Diego la noche anterior: a media distancia de la puerta y de la mesa donde, supuestamente, debía sentarse Claudia.

Se sentía como estar sentada encima de una mina… esperando a ver si alguien la pisaba.

2. Claudia entra en escena

Claudia llegó puntual.

Tan puntual, que Diego supo que aquello no era buena señal.

Las personas que tienen miedo llegan temprano.

Las que tienen el control, llegan cuando quieren.

Ella entró como si el lugar fuera suyo.

Traje claro, blazer colgado del brazo, perfume caro que se notaba incluso en un lugar lleno de aromas de café. Se detuvo un segundo al escanear el local.

Diego sintió el vértigo incómodo de ser “revisado”.

Durante ese segundo, tuvo la absurda sensación de que ella podía verlo a través de todos los disfraces, todas las capas, todos los silencios.

Claudia eligió mesa.

Protocolo simple: cerca de la ventana, con la espalda protegida por la pared.

Marcos llegó cinco minutos después.

No parecía el mismo hombre que había compartido desayunos con Valeria.

Estaba más tenso, más viejo, más… usado.

Cuando Claudia lo vio, sonrió con cordialidad envenenada.

—Llegaste —dijo—. Eso ya es un avance.

Marcos se sentó enfrente, con cuidado de no mostrar el temblor de las manos.

—Estoy cumpliendo —respondió—. Vos dijiste que si venía, esto podía terminar.

Claudia ladeó la cabeza, como si evaluara una mercancía.

—Todo termina de una forma u otra, Marcos —contestó—. La cuestión es cómo.

Luna, desde su esquina, apenas se atrevía a respirar.

Podía verlos reflejados en el cristal.

Podía ver la mano de Claudia tocando la carpeta que había apoyado sobre la mesa.

Podía ver la rigidez en los hombros de Marcos.

También podía ver, a través del reflejo, a Diego tomando sorbos mínimos de su café ya frío… y a Brandon fingiendo revisar el menú.

Parecía que todo estaba bajo control.

Y eso, precisamente, era lo que la inquietaba.

3. La tercera silla

—Antes de hablar de tu libertad —dijo Claudia, abriendo la carpeta—, tenemos que hablar de la nuestra.

Marcos frunció el ceño.

—¿La suya?

Claudia deslizó una foto hacia él.

Era el almacén incendiado.

—Vos sabés que ese incendio no se quedó en chisme de barrio —dijo—. Hay informes, hay nombres, hay testigos que desaparecieron. Y hay gente muy nerviosa con la idea de que la historia pueda repetirse.

Marcos tragó saliva.

—Yo no tuve nada que ver con eso —replicó—. Mis negocios iban por otro lado.

—Tus negocios siempre fueron más grandes de lo que creías —respondió ella—. Aunque no te lo dijeran.

Marcos iba a contestar algo, pero se detuvo cuando vio una sombra acercarse a la mesa.

Una tercera persona.

Diego se tensó en su silla.

Luna dejó de escribir en el teclado.

Brandon bajó el menú, fingiendo acomodarse.

Valeria apretó el borde de la taza.

La persona que se acercó no era un desconocido.

Tampoco era uno de los hombres encapuchados.

Ni uno de los policías corruptos que Marcos temía.

Era una mujer.

Con el cabello recogido.

La mirada cansada, pero firme.

Ana.

Diego sintió que el tiempo se partía en dos.

Era ella.

La que había “muerto”.

La que le había enviado notas.

La que estaba “adentro”.

Y ahora, estaba entrando a una reunión que ninguno de ellos sabía que iba a tener un tercer invitado.

Ana se sentó con una naturalidad que solo se aprende cuando has firmado demasiados pactos con el miedo.

—Gracias por esperarme —dijo, mirando a Claudia—. El tráfico estaba insoportable.

Claudia sonrió, sin humor.

—No te preocupes —respondió—. Ellos sabían que llegarías.

La palabra ellos cayó como un trueno silencioso en todas las mesas que, sin saberlo, estaban involucradas.

Diego sintió algo nuevo.

Una mezcla de alivio —estaba viva—

y terror —estaba con ellos—.

O eso parecía.

Luna, que no conocía su rostro, solo vio cómo los ojos de Diego se transformaban de golpe.

Y supo que, quienquiera que fuera esa mujer, acababa de abrir una grieta nueva.

—

4. La jugada que nadie tenía escrita

—Entonces… —dijo Marcos, intentando recuperar el hilo— ¿por qué hay una tercera persona en la mesa?

Ana lo miró con calma.

—Porque lo que vos sabes —dijo— no alcanza para calmarlos. Y lo que yo sé… tampoco es suficiente si ustedes siguen improvisando.

Claudia dejó caer una frase como quien suelta veneno en un vaso de agua:

—Diego ya debe estar aquí cerca.

El corazón de Diego se detuvo un segundo.

Valeria contuvo el aire.

Luna sintió que el estómago se le encogía.

Brandon clavó las uñas en la palma.

—Si está aquí —continuó Claudia—, significa que todavía cree que puede controlar el tablero. Y si vos estás aquí, Marcos, significa que todavía creés que tenés algo que negociar.

Ana tomó la carpeta.

Sacó otra hoja.

La dejó en medio de la mesa, boca abajo.

—Ellos dicen que llegó la hora —murmuró.

—¿De qué? —preguntó Marcos.

Ana dio la vuelta al papel.

Era una foto.

Esta vez no era un almacén.

Ni un hospital.

Ni una puerta con sobres negros.

Era un café.

Un barista.

Una chica detrás del mostrador.

Luna.

Y detrás de ella, desenfocado, Brandon.

Claudia sonrió de lado.

—De elegir —dijo—. Porque si ellos no son los que se esconden… alguien va a tener que pagar el precio.

Diego sintió un calor subiéndole por la nuca.

No habían ido solo por Claudia.

Habían ido por la amenaza.

Por el mensaje.

Por el recordatorio de que para “ellos”, cualquier corazón podía convertirse en moneda de cambio.

Y justo en ese momento, mientras todos procesaban lo que había sobre la mesa, sonó una alarma de auto afuera.

Muy fuerte.

Muy insistente.

Lucas, en el carro, vio una figura acercarse al vehículo con un movimiento demasiado decidido para ser un simple curioso.

—Mierda… —susurró, buscando la llave.

Cuando bajó la mano al asiento, lo vio.

Un sobre.

Negro.

No había estado ahí un minuto antes.

Lo tomó.

En la solapa, escrito a mano, había solo dos palabras:

PRIMER AVISO.

Lucas levantó la vista hacia la cafetería.

Y entendió que ese encuentro no era el comienzo…

Era la advertencia.

I tagged this book, come and support me with a thumbs up!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo