Entre el fuego y la distancia - Capítulo 61
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Capítulo 61: CAPÍTULO 61 — CUANDO EL AVISO LLEGA DEMASIADO TARDE
Lucas se quedó con el sobre en la mano, el corazón golpeándole el pecho como si quisiera salir.
No abrió la puerta.
No encendió el motor.
No hizo nada de lo que instintivamente quería hacer.
Llamó.
—Brandon —dijo en cuanto su hermano contestó—, tenemos un problema.
Dentro del Mirador Norte, el murmullo de la gente seguía igual.
Nadie gritaba.
Nadie corría.
Nadie sospechaba que, en algunas mesas, se estaba hablando de vidas como si fueran fichas.
Brandon se llevó el celular a la oreja, haciendo como que revisaba un mensaje cualquiera.
—Decime —murmuró.
—Me dejaron un sobre en el carro —dijo Lucas—. No vi quién. No fueron más de diez segundos. Dice “primer aviso”.
Brandon tragó saliva.
—¿Está sellado? —preguntó.
—Sí.
—No lo abras todavía.
Diego, desde su mesa, lo observaba de reojo. No escuchaba, pero reconocía el gesto: alguien daba noticias que no eran buenas.
Luna, en su rincón, veía el reflejo de todo en el cristal. No entendía detalles, pero el cuerpo le decía que algo acababa de cambiar.
Valeria tenía la mirada fija en Ana.
No quería parpadear.
Temía que, si lo hacía, ella desapareciera otra vez.
1. Conversaciones cruzadas
—¿Quiénes son ellos, exactamente, para vos? —preguntó Marcos, mirando a Ana—. Porque no mentamos el mismo nombre con el mismo miedo.
Ana apoyó los codos en la mesa.
—Para vos —dijo—, son los que te lavaron el dinero cuando no sabías que el agua venía de muy hondo.
Para Claudia, son los que le pagaron por desaparecer nombres de documentos oficiales.
Para Diego… —se detuvo apenas un segundo— son los que dejaron que se quemara un equipo entero con tal de borrar rastros.
Valeria sintió un puñal en el pecho.
Sabía lo del incendio.
Sabía lo de los compañeros muertos.
Pero escucharlo así, tan frío, la revolvió.
—¿Y para vos? —preguntó, sin poder contenerse.
Ana la miró.
—Para mí son… la casa y la celda al mismo tiempo —respondió—. Los que me sacaron viva del fuego… y los que me dijeron cuánto vale cada respiración que doy desde entonces.
Luna se inclinó un poco hacia delante, tratando de oír.
No conocía a Ana, pero algo en su voz le sonaba familiar.
Ese tono de quien ha sobrevivido a algo que todavía no termina.
Claudia golpeó la mesa suavemente con la uña.
—No estamos aquí para terapia grupal —dijo—. Estamos aquí para saber si Marcos va a seguir siendo útil… o si vamos a tener que usarlo como ejemplo.
Marcos palideció.
—Puedo darles lo que quieren —dijo, rápido—. Nombres. Movimientos. Cuentas. Pero necesito garantías.
Ana lo miró como se mira a un niño que pide que no llueva en temporada de huracanes.
—Aquí nadie tiene garantías —dijo—. Lo único que podemos negociar es cuánto tardan en venir por nosotros.
2. El sobre se abre
En el carro, Lucas respiró hondo.
No había sido militar.
No había pasado por incendios.
No había infiltrado organizaciones.
Pero sabía una cosa: si alguien se toma el tiempo de dejarte un sobre en el carro, no es para enviarte flores.
—Lo voy a abrir —dijo, antes de que Brandon pudiera detenerlo.
Rasgó la solapa.
Dentro no había una carta larga.
Ni una amenaza escrita en detalles.
Solo una impresión de foto… y una frase corta.
La foto mostraba la terraza de la cafetería desde arriba, como si estuviera tomada desde algún piso más alto, o desde una cámara de seguridad.
Se veían varias mesas.
En una, Claudia, Ana y Marcos.
En otras, personas “cualquiera”.
Y en tres, más específicas, se distinguían lo suficiente los perfiles:
Diego.
Valeria.
Luna.
Y, en un ángulo, la sombra de Brandon.
La frase, abajo, decía:
¿CREÍAN QUE NO LOS VÍAMOS?
A Lucas se le secó la boca.
—Bran… —susurró— nos tienen a todos en la misma foto.
Brandon apretó el celular.
—Salí de ahí ya —ordenó—. Encendé el carro. No te quedés parado.
—¿Y ustedes?
Brandon miró el local.
Miró la puerta.
Miró a Luna.
—Nosotros… vamos a terminar esta escena como si no supiéramos nada —dijo—. Si salimos corriendo ahora, confirmamos que estamos jugando en su tablero.
Diego recibió el resumen en un susurro cuando Brandon pasó junto a su mesa camino a la barra.
No movió un músculo.
Solo cambió ligeramente de postura, como quien se acomoda.
Por dentro, sentía cómo se desmoronaba cualquier ilusión de “ventaja”.
No estaban espiando una reunión.
La reunión los estaba espiando a ellos.
3. El precio de quedarse
—Entonces —dijo Claudia, cerrando la carpeta—, volvamos a lo que vinimos.
Marcos, ellos quieren que les demuestres que seguís de su lado.
Marcos sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Cómo? —preguntó—. Ya les dije que no tengo más dinero, más cuentas, más nada. Solo tengo…
Claudia lo interrumpió.
—Tenés acceso —dijo—. A gente. A lugares. A confianza.
Ana sacó otro papel.
Valeria vio cómo lo deslizaba, pero esta vez no alcanzó a ver la imagen.
Diego sí.
Alcanzó a distinguir, de reojo, la fachada de un edificio que reconoció.
No por bonita.
Sino porque había pasado por ahí demasiadas veces en las últimas semanas.
El café donde trabajaba Luna.
—Ellos quieren un gesto —explicó Ana—. Algo pequeño. Nada que te meta en la cárcel. Nada que te manche las manos de sangre directa.
Marcos no respondió.
Porque sabía que esa clase de frases siempre venía seguida de algo que, tal vez, no manchaba sus manos… pero sí destruía las de alguien más.
—Quieren que les ayudes a… —Ana dudó medio segundo, como si buscara la palabra menos cruel— …marcar territorio.
Valeria dio un paso involuntario hacia la mesa.
No podía escuchar todo.
Pero sabía leer cuerpo.
Marcos estaba al borde del colapso.
Ana estaba demasiado tranquila para alguien que no tuviera miedo.
Claudia jugaba con la cucharita del café como quien espera que el tiempo haga su trabajo.
Luna, sin darse cuenta, llevó una mano al collar.
Brandon apretó el vaso.
Diego sintió que el mundo se volvía demasiado pequeño.
—¿Qué significa “marcar territorio”? —preguntó Marcos, con la voz apenas.
Claudia sonrió.
—Un accidente —dijo—. Una noche. Un susto. Nada “grave”.
Ana no desvió la vista de él.
—Solo necesitan que alguien entienda que, estén donde estén, ellos pueden hacer que las cosas… se calienten un poco.
Marcos tragó saliva.
—No —susurró—. No voy a hacer eso.
Claudia inclinó la cabeza.
—Entonces alguien más lo hará —respondió—. Pero no van a necesitarte para negociar nada. Ni tu silencio. Ni tu libertad.
Ana lo miró en silencio.
Y fue en ese silencio donde Marcos entendió algo espantoso:
No le estaban pidiendo solo un favor.
Le estaban dando una opción sobre quién iba a pagar.
Si él decía que sí, tal vez podía suavizar el golpe.
Si decía que no…
Ellos no iban a dejar de actuar.
Solo iban a actuar sin avisar.
—¿Dónde? —escuchó que preguntaba, casi sin reconocerse.
Ana deslizó por fin la hoja a la vista.
Marcos vio la dirección.
Y sintió que la poca sangre que le quedaba en la cara desaparecía.
Valeria no alcanzó a leer los detalles.
Pero reconoció la expresión de un hombre que acaba de ver el nombre de alguien que le importa demasiado en la boca del lobo.
Luna, desde su esquina, sintió un escalofrío sin motivo aparente.
Brandon, en la barra, cerró los ojos un segundo.
Diego, en su mesa, supo antes de ver las letras que no iba a gustarle lo que venía.
La hoja decía:
CAFÉ SORELLA.
UNA NOCHE CUALQUIERA.
UNA PEQUEÑA LECCIÓN.
Café Sorella.
El lugar donde todo había empezado para Diego y Valeria.
El lugar que, hasta ese momento, todavía era recuerdo… y refugio.
Y ahora, estaba a punto de convertirse en escenario.
4. Últimas miradas antes de que cambie el tablero
La reunión no duró mucho más.
Marcos no dijo “sí”.
Pero tampoco dijo “no”.
Claudia entendió que tenía lo que necesitaba.
Ana se levantó con discreción, como si se fuera a cualquier cita más.
Claudia salió después de pagar, dejando un billete generoso sobre la bandeja.
Marcos se quedó sentado, sin poder levantarse.
Diego, Brandon, Valeria y Luna mantuvieron su actuación hasta el final.
Terminaron sus bebidas.
No se miraron demasiado.
No se fueron juntos.
No dijeron “nos vemos en la salida”.
Cada uno salió por una puerta distinta, en momentos distintos.
Pero al final del día, todos sabían una cosa:
“Ellos” habían dejado de amenazar en abstracto.
Ahora tenían nombre de lugar.
Hora aproximada.
Y algo que ninguno podía soportar:
un recuerdo lindo a punto de mancharse.
Lucas los recogió en diferentes puntos de la calle, sin hablar.
Solo cuando estuvieron los cinco en el carro —Diego, Valeria, Luna, Brandon y él— se atrevió a decirlo:
—Si no hacemos nada, van a ir por el Café Sorella —murmuró—. Y no solo somos nosotros los que vamos allí.
Luna apretó la mano de Brandon sin pensar.
Valeria miró por la ventana, con la garganta cerrada.
Diego sintió una certeza fría, limpia, brutal:
No podían seguir solo reaccionando.
Pero para adelantarse a “ellos”, iban a tener que hacer algo que ninguno quería hacer:
Usar el fuego…
antes de que el fuego los usara a ellos.
Y mientras el carro se perdía entre las luces de la ciudad, alguien en un edificio sin nombre marcaba una fecha en un calendario.
No muy lejana.
No muy discreta.
La noche en que el Café Sorella iba a dejar de ser solo un lugar de reencuentros…
Para convertirse en una advertencia para todo el que intentara vivir entre el fuego y la distancia.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com