Entre el fuego y la distancia - Capítulo 62
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Capítulo 62: CAPÍTULO 62 — CUANDO DOS HISTORIAS SE ENCUENTRAN
El Café Sorella tenía ese olor que Luna ya podía reconocer con los ojos cerrados: café recién molido, pan dulce, un toque de vainilla barata y, a ciertas horas, nostalgia. Esa tarde, la nostalgia venía de ella.
Había lavado la misma taza tres veces sin darse cuenta. El agua corría, la esponja hacía círculos, pero su mente seguía atrapada en la frase que le había dado vueltas toda la noche:
“Tenemos que dejar de vernos. Te prefiero viva.”
Brandon tenía esa forma cruel de cuidar: se rompía él, cortaba, desaparecía… y dejaba los pedazos en manos de quien decía proteger.
—Te vas a quedar sin esmalte en esa taza, ¿sabés? —comentó Sofía desde la máquina de espresso.
Luna parpadeó, como si regresara de golpe.
—¿Qué?
—Llevás diez minutos sobándola como si fuera lámpara mágica —señaló Sofía—. Y claramente el genio no te está concediendo ningún deseo.
Luna dejó la taza en el escurridor y se apoyó en la barra.
—¿Alguna vez sentiste que tu vida se partía en “antes” y “después” sin que te pidieran permiso? —preguntó.
—Todo el tiempo —respondió Sofía—. Generalmente, el “después” llega con alguien que sabe usar bien los ojos y mal las promesas.
Luna iba a contestar, pero la puerta del café se abrió con el sonido suave de la campanita. Instintivamente, miró hacia la entrada, esperando ver a Brandon. Su pecho se tensó… y luego se soltó.
No era él.
La mujer que entró no tenía cara de cliente casual. Traía el cabello recogido en un moño desordenado, una mochila cruzada al pecho, jeans gastados y una chaqueta ligera. No llevaba maquillaje, pero sí unas ojeras profundas. Sus ojos, sin embargo, eran lo más alerta que había visto Luna en semanas: se movían por el local, revisando ventanas, salidas, ángulos muertos.
Más que entrar a un café, parecía estar evaluando un escenario.
—Buenas tardes —dijo Luna, obligándose a sonreír—. ¿Mesa o barra?
La mujer la miró como si confirmara algo que ya sospechaba.
—Busco a Luna —dijo—. Me dijeron que trabajaba aquí.
—Soy yo —respondió, con un pequeño sobresalto—. ¿Nos conocemos?
—No —negó ella—. Pero tenemos demasiadas personas en común.
Hizo una pausa—. Me llamo Valeria.
El nombre le pegó como un golpe en el estómago. No porque lo reconociera de primera mano, sino por el eco de otra voz: la de Lucas, en la cama del hospital, con dificultad para hablar.
“Él no fue el primero que marcaron… antes estuvo una chica. Valeria. Alrededor de Diego todo se quema.”
Luna tragó saliva.
—¿Diego? —se le escapó.
Los ojos de Valeria se afilaron un poco, interesada.
—Veo que vamos a ahorrar tiempo —dijo—. ¿Podemos hablar en algún lugar… menos lleno de oídos?
Sofía apareció a su lado, como si hubiera olido el cambio de atmósfera.
—Mesa del fondo —propuso—. Yo cubro la barra.
Le guiñó un ojo a Luna, bajito—: Si esa mujer viene a cobrarte un riñón, yo llamo a la policía.
Luna intentó sonreír, pero el corazón le latía demasiado rápido.
La mesa del fondo era la más alejada de la entrada y de la barra. Desde allí se veía la puerta, la calle y el reflejo en el cristal. Valeria eligió sentarse donde podía mirar todo sin voltear mucho la cabeza. Luna se sentó enfrente, nerviosa, con las manos entrelazadas sobre sus rodillas.
—Gracias por venir —dijo Valeria—. Sé que es raro que una desconocida aparezca de la nada pidiéndote una charla “privada”.
—Raro ya es mi estado normal —respondió Luna—. ¿Qué quieres de mí?
Valeria la observó unos segundos, como midiendo cuánto podía decir.
—Me dijeron que Brandon confía en ti —empezó—. Que fue a buscarte al café cuando todo empezó a salirse de control. Que contigo habla diferente.
Luna miró hacia la barra, donde Sofía fingía estar muy ocupada con el azúcar.
—No sé si “confía” es la palabra —contestó—. Hace poco decidió que lo mejor era desaparecer. Lo suyo es… cortar.
—Lo entiendo —dijo Valeria, con una sonrisa triste—. Diego hizo lo mismo.
Apartó la mirada un instante—. La diferencia es que, cuando reapareció, lo hizo con sangre en la camisa y un sobre negro en mi puerta.
El estómago de Luna se contrajo.
—¿Un sobre… con un círculo rojo? —preguntó.
Valeria se inclinó hacia adelante.
—Entonces ya los viste.
Luna asintió, despacio.
—Creí que era algo de él —admitió—. De antes. De cosas que no me correspondía preguntar. Cuando aparecieron los círculos, Brandon dijo que alejarse de mí era lo más seguro. Que yo no tenía que cargar con eso.
Valeria se rió, pero sin alegría.
—Diego dijo lo mismo —confesó—. Que si se iba, me sacaba de su línea de fuego. Y mira dónde estoy ahora: en un café, hablando contigo, sabiendo que ya tengo más marcas de las que me dijo.
Sacó algo de la mochila: un sobre negro, idéntico al que Luna había visto. Lo dejó sobre la mesa, entre ambas.
—Esto llegó a mi puerta —continuó—. Por fuera, el círculo. Por dentro, una foto antigua de los dos. Tomada de lejos, hace años, sin que lo notáramos. Y una frase: “Algunos lazos son difíciles de cortar. No nos obligues a hacerlo por ti”.
Luna sintió un escalofrío subiéndole por la espalda.
—A mí no me dejaron foto —dijo, en un hilo de voz—. Solo el símbolo. Como si eso bastara.
—Para ellos, basta —contestó Valeria—. Significa “ya te vimos”. “Ya sabemos dónde encajas en su debilidad”.
El ruido del café parecía lejano. Luna se dio cuenta de que estaba apretando tanto las manos que se le marcaban las uñas en la piel.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó—. ¿Qué necesitas de mí, exactamente?
Valeria se tomó unos segundos antes de contestar.
—Que dejemos de vivir esto como si fueran historias separadas —dijo—. Brandon por un lado, Diego por otro, tú en tu café, yo en mis ruinas.
Bajó la voz—. Ana pidió vernos juntas.
El nombre cayó como una piedra.
Luna parpadeó.
—Ana… está muerta.
—Oficialmente, sí —respondió Valeria—. No en la práctica. No para ellos. Y no para Brandon.
Algo se apretó dentro de Luna que no sabía que seguía ahí: un pequeño puñal de celos mezclado con miedo.
—¿Qué quiere? —preguntó—. ¿Qué pretende ahora?
—No lo sé aún —admitió Valeria—. Solo dijo una cosa: “Ya no alcanza con que ellos sepan. Es hora de que ellas vean lo que está pasando”.
La miró fijamente—. No sé tú, pero yo ya estoy harta de que me mantengan en la oscuridad “para mi bien”.
Luna respiró hondo.
—¿Cuándo?
—Mañana —dijo Valeria—. Muelle tres, en el puerto. Seis de la tarde. Solo nosotras.
Se encogió de hombros—. Podés no ir. Fingir que esta conversación no pasó. Volver a servir café, esperar que Brandon vuelva cuando haya “arreglado todo”.
Luna pensó en el mensaje sin responder, en la voz de él temblando por teléfono, en la foto frente al hospital, en la frase “controlá a tu chica”.
—Si no voy —dijo—, igual seguirán viniendo, ¿no?
—Sí —contestó Valeria—. Solo que entonces te van a encontrar sola.
Las dos se quedaron calladas un momento.
Sofía les hizo una seña desde la barra, preguntando con los ojos si todo iba bien. Luna levantó un pulgar, aunque por dentro tuviera el estómago revuelto.
—Tengo miedo —admitió, al fin.
—Yo también —respondió Valeria—. Pero el miedo ya está. Lo único que podemos decidir es si nos paraliza… o nos mueve.
Luna miró el sobre negro, luego a Valeria.
—Voy a ir —dijo—. No prometo no temblar, ni no arrepentirme. Pero voy a ir.
Valeria asintió, con algo parecido a alivio en los ojos.
—Entonces mañana —confirmó—. Y, Luna…
—¿Sí?
—Si en algún momento sentís que esto empezó por amor —dijo Valeria, con un extraño brillo en la mirada—, acuérdate de algo: lo que lo mantiene es otra cosa. Lo que lo salva… casi nunca es el romance.
Luna no supo si eso la consolaba o le dolía más.
Valeria se levantó. Guardó el sobre, la mochila, su miedo bien escondido entre capas. Antes de salir, se giró.
—Tranquila —añadió—. No vamos a estar solas. El problema es que tampoco vamos a estar solo nosotras.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Luna sintió que algo se había movido definitivamente de sitio. Como si la historia que hasta ese día ocurría en los mensajes de madrugada y en un balcón concreto, de pronto se hubiera abierto hacia un tablero más grande.
Sofía se acercó con dos cafés.
—Te vi la cara desde allá —dijo—. Eso no fue una conversación normal.
—No —respondió Luna, rodeando la taza con las manos—. Creo que acabo de aceptar una invitación a meterme en un lío enorme.
Sofía sonrió, aunque preocupada.
—Entonces hazme un favor —dijo—. Cuando todo esto sea un bestseller, acuérdate de decir que tu compañera de barra merecía un agradecimiento.
Luna dejó escapar una risa breve. La primera en horas.
No sabía si iba a terminar viva, rota o en paz. Lo único que sabía, mientras miraba el sobre imaginario que ya sentía en el bolso, era que había cruzado una línea.
Y que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba huyendo.
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