Entre el fuego y la distancia - Capítulo 63
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Capítulo 63: CAPÍTULO 63 — PACTO ENTRE CENIZAS
El café del hospital sabía a agua caliente con resentimiento.
Brandon apoyó el vaso de cartón en la máquina, pero no bebió. Llevaba la misma ropa desde el día anterior, la misma tensión en la mandíbula, el mismo nudo en el pecho desde que vio a Lucas sangrando en la camilla.
El pasillo olía a desinfectante, sudor y miedo viejo. La pantalla al fondo marcaba la hora como si a nadie le importara.
—Te vas a agujerear la mano si sigues apretando así —comentó una voz a su lado.
Brandon giró la cabeza.
Diego estaba ahí, en bata, con el vendaje asomando por debajo del cabello oscuro, los ojos más hundidos pero todavía vivos. Debería estar en la cama. Claramente no lo estaba.
—Vos deberías estar conectado a una cosa de esas —dijo Brandon, señalando el monitor cardíaco del final del pasillo.
—Me escapé —respondió Diego—. No me gusta que algo que no entiende mi corazón decida cuándo late.
Brandon soltó una risa breve, sin humor.
—Tampoco te gusta hacer caso, por lo que veo.
—Nos parecemos más de lo que te gustaría admitir —apuntó Diego.
Se quedaron un momento en silencio. No eran amigos. Ni siquiera aliados, todavía. Solo dos hombres cansados que compartían la mala costumbre de no saber irse a tiempo.
—¿Cómo está tu hermano? —preguntó Diego al fin.
Brandon inspiró hondo.
—Respira. Habla poco. Hace chistes malos para que no lo vea temblar. Dice que fue “un tropiezo con mala suerte”, pero el médico contó más de tres fracturas y morados que no vienen de una pelea normal.
Se pasó una mano por la nuca—. Y lo peor es que sé que es por mí.
Diego bajó la mirada.
—Cuando quemaron el almacén —dijo—, pensé que todo se quedaba ahí. Que el mensaje era claro: “No te metas más”.
Alzó los ojos hacia Brandon—. Me equivoqué. Nunca se trata solo de uno.
Brandon clavó el vaso en el borde de la máquina.
—La policía no va a hacer nada —soltó—. Dicen que no hay cámaras claras, que Lucas no recuerda bien, que puede ser “ajuste de cuentas” cualquiera. Mientras no aparezca un círculo rojo en la puerta del comisario, ninguno va a decir el nombre que todos saben.
Diego apoyó el hombro en la pared del pasillo.
—Ellos siempre han trabajado así —dijo—. Ocupan espacios donde nadie quiere mirar. Y cuando alguien mira, se encarga de que parezca accidente.
—¿Qué viniste a decirme? —preguntó Brandon, directo—. Porque no creo que te hayas arrancado los cables solo para compartir filosofía de pasillo.
Diego lo miró, con cierta gravedad.
—Vine a proponerte algo que probablemente vas a odiar —admitió—. Pero que creo que ya es inevitable: dejar de pelear esto cada uno por su lado.
Brandon enarcó una ceja.
—¿Una alianza? —dijo, casi con ironía.
—Llámalo como quieras —respondió Diego—. Compartir información, al menos. Tú estás viendo una parte del mapa. Yo estoy viendo otra. Ellos ya nos tienen dibujados a los dos. Somos los únicos que seguimos uniendo puntos a oscuras.
Brandon dudó. En otro momento, antes del hospital, antes de la foto de Luna frente a la puerta, habría dicho que no sin pensarlo.
Ahora no estaba tan seguro.
—Ana apareció, ¿no? —preguntó.
—Sí —confirmó Diego—. Valeria la vio. Y si estoy aquí es porque sospecho que no se quedó quieta después de eso.
—Luna —murmuró Brandon.
El nombre se le escapó antes de poder contenerlo.
Diego lo escuchó.
—Ellas son nuestro punto débil —dijo—. Pero también la única razón por la que nosotros no hemos hecho locuras sin pensarlo dos veces.
Miró hacia la ventana—. Si lo que nos cuenta Ana es cierto, La Terminal ya está moviéndose. Y si tú y yo seguimos esperando a que “pase algo más claro”… eso que pase va a ser en sus vidas, no en las nuestras.
Brandon entrecerró los ojos.
—¿Qué sabes de La Terminal? —preguntó.
Diego sacó un pliego de papel doblado del bolsillo de la bata.
—Rutas —respondió—. Nombres de empresas que sirven de fachada. Placas de vehículos que han aparecido cerca de incendios, ataques, sobres negros. Horarios de movimientos.
Se lo tendió—. No es perfecto. Falta mucho. Pero todas las flechas acaban señalando el mismo punto. Uno que nadie quiere nombrar en voz alta.
Brandon no tomó el papel todavía.
—Yo tengo otra pieza —dijo—. Lucas escuchó algo mientras lo golpeaban. Uno de ellos dijo “el próximo es el de la lista de La Terminal”. No mencionó mi nombre. No mencionó el de nadie. Pero no necesitaba hacerlo.
—Entonces están acelerando —murmuró Diego.
—Y lo están haciendo usando a la gente que menos debería pagar —añadió Brandon—. Mi hermano, por ejemplo. Luna. Tu Valeria.
Lo miró fijo—. ¿Qué te hace creer que puedo confiar en ti?
Diego sostuvo su mirada sin parpadear.
—Nada —respondió—. No tienes por qué hacerlo. Igual yo tampoco confío del todo en ti.
Se encogió de hombros—. Pero confío menos todavía en seguir solo. Y mucho menos en seguir sin saber qué saben ustedes.
Brandon soltó el aire despacio.
—Tengo la sensación de que Ana va a usar a Luna —dijo—. No sé cómo, pero la conozco. Va a buscar a quien pueda moverme.
Lo miró con una mezcla de rabia y aceptación—. Y supongo que hará lo mismo contigo.
—Valeria ya está dentro —admitió Diego—. Fue a buscar respuestas al lugar equivocado y encontró la verdad correcta.
Se pasó la lengua por el labio partido—. No puedo encerrarla. No quiero. Pero tampoco voy a dejar que ellos sigan marcándola sin que yo haga nada.
Brandon miró por la ventana del pasillo. A través del cristal se veía el estacionamiento, la ciudad al fondo, un trozo de cielo sin color.
—Está bien —dijo al fin—. Trato. Compartimos lo que sepamos. Cruzamos nombres, rutas, fotos, sospechas. Si alguno descubre algo de La Terminal, el otro se entera.
—Y si uno se cae —añadió Diego—, el otro sigue.
No era un juramento solemne, pero lo sentía como uno.
Brandon tomó el papel al fin, lo desplegó y lo miró con atención. Había líneas, horarios, placas, nombres de empresas, siglas.
—Voy a pedirle a alguien que revise estas placas —dijo—. Tengo conocidos que pueden acceder a bases que no son precisamente públicas.
—Hazlo —respondió Diego—. Yo voy a intentar sacar más información del lado de Ana.
Hizo una mueca—. Con suerte, antes de que decida que ya no le resultamos útiles.
Brandon dobló de nuevo la hoja.
—Si en algún momento siento que algo de lo que haces pone directamente en la mira a Luna —dijo, sin quitarle los ojos de encima—, te lo juro, no voy a esperar a que ellos te hagan caer. Lo haré yo.
Diego no retrocedió.
—Justo iba a decir lo mismo si uno de tus arranques de héroe suicida vuelve a poner un círculo rojo en la puerta de Valeria —respondió.
Hubo un segundo de tensión… y luego una media sonrisa cansada, compartida.
No era amistad.
Era una tregua entre tipos que sabían demasiado bien lo que era perder.
Un enfermero se acercó.
—Señor Moreno —dijo, mirando a Brandon—, su hermano despertó. Preguntó por usted.
Brandon asintió y se giró para irse. Antes de doblar la esquina, se detuvo.
—Diego —llamó.
Él levantó la vista.
—¿Qué?
—Si ellas hacen algo sin contarnos —dijo Brandon—, va a ser porque ya están cansadas de esperarnos.
Diego suspiró.
—Entonces más nos vale alcanzarlas antes de que lo hagan solas —respondió.
Brandon desapareció por el pasillo.
Diego se quedó apoyado en la pared, sintiendo que el hospital se encogía.
Por primera vez, lo que le preocupaba no era su cuerpo herido, ni las cicatrices, ni los recuerdos del fuego. Era la sensación de que, en algún lugar de la ciudad, las piezas empezaban a moverse sin su mano.
Y que, cuando quisiera alcanzarlas, tal vez ya estuvieran demasiado cerca del centro del tablero.
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