Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Entre el fuego y la distancia - Capítulo 64

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Entre el fuego y la distancia
  4. Capítulo 64 - Capítulo 64: CAPÍTULO 64 — TARJETAS PARA CRUZAR EL UMBRAL
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 64: CAPÍTULO 64 — TARJETAS PARA CRUZAR EL UMBRAL

El puerto tenía un olor mezcla de sal, óxido y promesas rotas.

Luna nunca había estado en el muelle tres a esa hora. El sol ya no se veía, pero el cielo conservaba un tono azul profundo, atravesado por nubes pesadas. Las luces naranjas de las farolas se reflejaban en el agua oscura, dibujando líneas que el movimiento del mar rompía una y otra vez.

Llegó diez minutos antes.

Siempre llegaba antes cuando el miedo la mordía por dentro.

Se abrazó a sí misma, más por necesidad de contención que por frío. Llevaba jeans, tenis, una sudadera amplia y la chaqueta que tanto se ponía para el café. En el bolsillo llevaba el teléfono, apagado. No quería ver la pantalla vacía, ni la última frase de Brandon flotando ahí como un fantasma.

“Tenemos que dejar de vernos. Te prefiero viva.”

—Siempre fui mala para elegir lugares bonitos —dijo una voz detrás.

Luna se giró.

Valeria se acercaba con paso firme, aunque se le notara el cansancio en los hombros. Traía una mochila, el pelo recogido en una coleta baja y la misma expresión alerta que en el café.

—Pensé que tal vez no vendrías —admitió Luna.

—Yo también lo pensé —respondió Valeria—. Pero después recordé que seguir en casa fingiendo que todo está bien nunca me ha salvado. Así que aquí estoy.

Se pusieron una al lado de la otra, mirando el agua.

Desde lejos, el puerto parecía un escenario congelado. De cerca, se escuchaban crujidos de madera, el metal de los barcos, voces lejanas, motores apagados.

—¿Le contaste a Diego? —preguntó Luna.

—No —negó Valeria—. Si se lo digo, aparece con el alta en la mano y un plan que incluye sacrificarse primero y preguntar después.

—Brandon haría lo mismo —confesó Luna—. O peor. Vendría a pelear con cualquiera sin saber ni siquiera contra quién.

Se miraron y compartieron una sonrisa breve, triste. Había algo casi reconfortante en descubrir que los hombres que las estaban desesperando se parecían tanto en ciertas cosas.

Un zumbido de motor interrumpió ese momento.

Una lancha se acercaba desde el lado menos iluminado del muelle. No llevaba bandera ni nombre visibles. Solo una figura de pie, firme, sujetándose del pasamanos como si el vaivén del agua fuera algo que su cuerpo ya tenía memorizado.

Luna sintió el corazón empezarle a latir en el cuello.

Cuando la lancha se detuvo junto al muelle, la mujer saltó con un movimiento seguro. Tenía el pelo recogido, una cicatriz fina cruzándole la ceja, una chaqueta oscura que parecía haber visto demasiadas noches y unos ojos que no se quedaban quietos.

—Llegaron temprano —comentó—. Eso siempre es buena señal.

Valeria juntó las manos.

—Ana —dijo, probando el nombre—. Se supone que estás muerta.

—He escuchado eso demasiadas veces —respondió ella—. Lo bueno de estar oficialmente muerta es que a muchos les deja de interesar si sigues respirando.

Sus ojos pasaron a Luna.

—Así que tú eres la del café —dijo—. No tenés cara de decorado. Me alegra.

—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó Luna, a la defensiva.

—Que no pareces alguien que va a quedarse quieta donde la pongan —respondió Ana, sin suavizarlo—. Y necesitamos menos gente quieta.

Valeria cruzó los brazos.

—Nos dijiste que esto no era solo “la historia de amor complicada” de nadie —recordó—. Aquí estamos. ¿Qué es entonces?

Ana se recargó en una boya metálica, como si estuviera en una conversación cualquiera y no a punto de tirarles una bomba.

—La Terminal —dijo—. Ese nombre lo han escuchado, ¿verdad?

Luna asintió sin poder evitar un estremecimiento.

—Brandon lo mencionó una vez —admitió—. O más bien, lo dejó escapar. Cada vez que quería explicar algo del incendio… el final siempre se cortaba ahí.

—Diego también habla de eso como si fuera un agujero negro —añadió Valeria—. “Ahí es donde todo llega y se pierde”.

Ana hizo un gesto vago con la mano.

—No es un edificio con un letrero grande —explicó—. Es un conjunto de puntos, rutas, sistemas, cuentas, almacenes, gente. Pero sí tiene lugares físicos donde lo intangible toma forma. Mañana, por ejemplo, a las once, sale un convoy con documentación sensible. Papeles, discos, registros. Una parte va a La Terminal.

Sacó un sobre gris de la chaqueta y lo abrió con calma.

—Necesito que entiendan algo antes —dijo—. Yo trabajé para ellos durante años. No por convicción, sino por supervivencia. Conocí gente demasiado poderosa como para inventarla, vi cosas que nadie debería ver. Y cuando quise salir, la única salida que me ofrecieron fue morirme en papel. Lo acepté.

Luna tragó saliva.

—Entonces, ¿por qué ahora? —preguntó—. ¿Por qué ayudarnos a nosotras?

Ana sacó dos tarjetas plásticas del sobre. Tenían una banda magnética, un código impreso y un logo tan genérico que precisamente por eso resultaba sospechoso.

—Porque hay límites —respondió—. Y ellos cruzaron los míos hace tiempo.

Le tendió una tarjeta a cada una—. Esto les da acceso como personal de apoyo a uno de los vehículos del convoy de mañana.

Valeria se quedó mirándola, incrédula.

—¿Quieres que nos subamos a un convoy de una organización que manda sobres negros y manda a sus hombres a hospitales? —dijo—. ¿Escuchas lo que estás proponiendo?

—¿Creen que seguir recibiendo sobres en la puerta es más seguro? —replicó Ana—. Ya están dentro del tablero. La única diferencia entre ir y no ir es si se enteran de lo que se mueve… o solo esperan el siguiente golpe.

Luna apretó la tarjeta entre los dedos.

—Nosotras no somos espías —dijo—. Ni agentes. Ni infiltradas. Somos dos mujeres que apenas están aprendiendo a respirar después de que les desordenaron la vida.

Ana la miró con algo que se parecía a respeto.

—Ustedes son exactamente lo que ellos no esperan —dijo—. Saben quiénes son. Saben lo que sienten. Y eso las vuelve peligrosas, si aprenden a usarlo.

Valeria sacudió la cabeza.

—¿Qué quieres que hagamos una vez arriba? —preguntó.

—Nada heroico —respondió Ana—. Observar. Memorizar. Escuchar. Ver dónde paran, a quién obedecen, qué puertas usan al llegar.

Se enderezó—. Yo me encargaré de que las vean como parte del personal eventual. Pero no puedo garantizar que nadie sospeche si se delatan ustedes mismas.

Luna sintió un escalofrío.

—Brandon me mataría si supiera esto —murmuró.

—Diego me encadenaría a la cama del hospital si se enterara —añadió Valeria.

—Por eso no deben decirles —cortó Ana—. No todavía.

Las dos protestaron al mismo tiempo:

—¡¿Qué?!

Ana las miró con firmeza.

—Escuchen —dijo—. No se trata de secretos por jugar. Se trata de estrategia. Si ellos saben, intentarán cambiar su lugar por el de ustedes. Eso es lo que hacen. Y eso es exactamente lo que La Terminal quiere: tenerlos a ellos en lugares predecibles.

Suspiró—. Ustedes son ficha nueva. Eso las vuelve vulnerables, sí, pero también impredecibles.

Valeria apretó los labios.

—Nos estás pidiendo que confiemos en ti más que en ellos —dijo.

—Les estoy pidiendo que confíen en ustedes mismas por una vez —corrigió Ana—. Ellos ya tomaron suficientes decisiones sin preguntarles. Esta vez, deciden ustedes.

El viento sopló más fuerte. Una gaviota pasó volando y chilló en algún punto del muelle. Un barco hizo sonar su bocina a lo lejos.

Luna miró la tarjeta, luego a Valeria.

—¿Y si sale mal? —preguntó—. ¿Si nos descubren? ¿Si se dan cuenta de que no somos quien decimos?

Ana se encogió de hombros.

—Entonces será como siempre —dijo—. Ellos intentarán usarlas para doblar a los hombres que aman.

Los ojos le brillaron un segundo—. La diferencia es que, si sale bien, tendrán algo que nunca tuvieron: información desde adentro.

Valeria sintió un peso extraño en el pecho. No era solo miedo. Era la sensación de estar, por primera vez, adelantándose un paso a quienes llevaban años jugando con ventaja.

—¿Mañana a las once dónde? —preguntó.

Ana sacó una hoja doblada y se la entregó.

—Aquí —dijo—. Edificio discreto, empresa con nombre aburrido. Los reconocerán por las camionetas blancas con el logo.

Se dio la vuelta hacia la lancha—. Si las veo allí, sabré que eligieron el fuego. Si no, seguiré sola. No será la primera vez.

Antes de subir, se detuvo.

—Ah, y algo más —añadió, sin girarse—. Si esto termina mal, si nadie cuenta bien la historia…

Su voz se volvió apenas un susurro—. Asegúrense de que quede escrito que no solo ellos sabían encender incendios.

La lancha se alejó, tragada por la oscuridad del agua.

Luna y Valeria se quedaron de pie, con las tarjetas en la mano, sin hablar.

—Esto es una locura —dijo Luna, por fin.

—Sí —respondió Valeria—. Pero seguir esperando en casa a que llamen a la puerta también lo es. Solo que ahí no lo parece.

Caminaron juntas hacia la salida del muelle.

Ninguna de las dos encendió el teléfono. Ninguna se atrevió a imaginar la cara de Diego o de Brandon si llegaran a enterarse.

Desde una azotea cercana, un objetivo de cámara las siguió hasta que desaparecieron entre las sombras de la ciudad.

Click.

Una foto más.

En el despacho sin nombre, el hombre que revisaba todas esas imágenes sonrió.

—Ya no solo se mueven ellos —murmuró—. Al fin.

Rodeó con un círculo rojo las figuras de ambas mujeres.

Abajo, en la ciudad, Luna y Valeria intentaban convencerse de que todavía podían dar marcha atrás.

No sabían —todavía— que mañana, a las once, al subir a una camioneta blanca con un logo aburrido, no solo estarían acercándose a La Terminal.

Estarían cruzando un umbral del que ya no se regresa intacta.

Your gift is the motivation for my creation. Give me more motivation!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo