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Entre el fuego y la distancia - Capítulo 65

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Capítulo 65: CAPÍTULO 65 — EL DÍA QUE YA NO SE PUEDE POSPONER

Luna abrió los ojos antes de que sonara la alarma.

Por un segundo no supo dónde estaba. Había soñado con agua oscura, con luces anaranjadas en la superficie, con voces que se perdían entre el ruido de motores. Cuando el despertador vibró en la mesita, la realidad cayó como un balde de agua fría.

Hoy.

El día del convoy.

Se quedó boca arriba, mirando el techo, con el corazón latiéndole demasiado rápido para una mañana cualquiera. El teléfono descansaba al lado de la almohada, boca abajo, como si ella no quisiera que la pantalla la mirara.

Lo encendió.

Nada de Brandon.

Ni un “buenos días”.

Ni un “lo siento, fui un idiota”.

Ni siquiera un “¿estás bien?”.

La última conversación seguía ahí, clavada como un alfiler.

Brandon:

Tenemos que dejar de vernos. Te prefiero viva.

Luna apretó los labios, tragándose el nudo en la garganta. Marcó su número. Solo dejó que sonara una vez antes de cortar.

No podía llamarlo.

No hoy.

No cuando estaba a punto de meterse en algo que él jamás le habría permitido.

Se vistió con ropa sencilla: jeans, tenis, una camiseta lisa y una sudadera amplia. Encima, una chaqueta neutra. Nada que llamara demasiado la atención. Nada que gritara “soy nueva aquí”.

Mientras se recogía el cabello en una coleta, se miró en el espejo.

—Pareces alguien que va a trabajar normal —murmuró—. Y te vas a subir a una camioneta que podría llevarte directo al infierno.

Sonrió sin ganas.

El café estaba casi vacío cuando llegó a su turno. Sofía terminaba de acomodar la vitrina.

—Pareces resaca emocional —comentó, nada más verla—. ¿Brandon?

—Brandon y… la vida —respondió Luna, entrando por detrás de la barra.

—¿Hoy tenés salida temprano, no? —recordó Sofía—. Dijiste que tenías “un trámite”.

Luna se tensó.

Se lo había dicho la tarde anterior, cuando todavía no estaba segura de si realmente iba a ir al puerto. Ahora el “trámite” tenía nombre, horario, dirección… y un riesgo que no le cabía en el cuerpo.

—Sí —confirmó—. A las diez tengo que irme. No sé a qué hora vuelvo.

—Si no volvés —bromeó Sofía—, mínimo dejá en tu testamento que me heredas tus recetas de café frío.

Luna se rió, pero el sonido le salió roto.

—Si no vuelvo —dijo—, ya sabés que no fue por una mejor oferta laboral.

Sofía la miró con más atención. Algo en su tono la inquietó.

—Ey —bajó la voz—. Si estás metiéndote en algo feo… no lo hagás sola.

Luna dudó un segundo.

Podría decirle. Podría contarle del muelle, de Ana, de La Terminal, de las tarjetas.

Pero si lo hacía, Sofía sería otra persona más en el mapa. Otro nombre que alguien podría subrayar.

—No estoy sola — respondió al final—. De verdad.

Al otro lado de la ciudad, Valeria cerró la cremallera de la mochila con manos un poco más firmes de lo que se sentía por dentro.

Había pasado la noche en casa, pero su mente se había quedado en el hospital.

En la mano de Diego apretando la suya.

En la mirada de Marcos cuando dijo “ellos ya tienen el mapa completo. Y tú estás en él”.

En el sobre negro, la foto, la frase escrita a mano.

Diego le había mandado un mensaje antes del amanecer.

Diego:

Me subieron la dosis de analgésico. La enfermera cree que estoy dormido. No lo estoy. Solo quería escribir que si no vienes hoy, igual voy a pensar en ti todo el día. No es presión. Es la verdad.

Valeria se sentó en el borde de la cama, con el teléfono en la mano.

Escribió y borró tres respuestas.

Hoy no puedo ir.

Tengo que hacer algo primero.

No esperes que me quede al margen, aunque me duela.

Al final solo envió:

Valeria:

Voy a mover algunas cosas. Luego te escribo. No hagas locuras sin mí.

Guardó el móvil en el bolsillo. No podía decirle más. No sin que él intentara levantarse de la cama y plantarse a las once en el edificio del convoy.

Y justo eso era lo que no podían permitirse.

Tomó la mochila y salió.

Diego dejó el teléfono sobre la sábana, boca arriba.

La respuesta de Valeria era corta, ambigua, pero él reconocía el tono. Era el mismo que usaba cuando estaba a punto de hacer algo que no sabía si era una buena idea, pero igual iba a hacerlo.

—¿Problemas? —preguntó Lucas desde la cama contigua.

El hermano de Brandon había sido trasladado a la misma sala que él después de la última revisión. Tenía menos cables, pero más morados.

—No —mintió Diego—. Solo… vida.

Lucas resopló.

—Eso sí es un problema —dijo.

Diego miró el techo.

Valeria iba a “mover cosas”. Brandon no contestaba el teléfono, pero algo le decía que tampoco se iba a quedar quieto.

Un pensamiento fugaz lo atravesó:

Ojalá no estén pensando lo mismo que nosotros.

No se dio cuenta de que había apretado el puño hasta que el monitor aceleró unos segundos.

La enfermera lo miró desde la puerta.

—O te relajas o te amarro a la cama —advirtió.

Diego cerró los ojos.

Relajarse ya no estaba en el menú.

El edificio parecía cualquier cosa menos lo que era.

Luna estuvo a punto de pasarse la entrada. Era una fachada gris, anodina, con un logo insulso sobre la puerta: Logística Integral N-27. Había plantas de plástico en la entrada y una recepción con cristal opaco.

Valeria ya la estaba esperando a media cuadra, apoyada en una parada de bus.

—Qué romántico lugar de encuentro —murmuró Luna al llegar—. Me dan ganas de pedir una devolución de todo.

—Yo pedí reembolso, pero no había formulario —respondió Valeria.

Las dos se miraron. Había miedo en las dos. Pero también algo distinto. Una especie de determinación quieta que no habrían sabido explicar.

—Última oportunidad para huir —dijo Valeria—. Si nos damos la vuelta ahora, nadie más tiene por qué saberlo.

Luna respiró hondo.

—Si nos damos la vuelta ahora —respondió—, igual seguirán viniendo. Y la próxima vez puede que ya no tengamos elección.

Valeria asintió.

—Entonces vamos.

Entraron.

El interior era un pasillo blanco con olor a desinfectante barato y cinta adhesiva. A la derecha, un mostrador con un guardia hojeando algo en una tablet. Llevaba un chaleco con el mismo logo del edificio.

—Buenos días —dijo, levantando la vista—. ¿Turno?

Valeria sacó del bolsillo una hoja doblada.

—Personal eventual para apoyo de salida de convoy —dijo, recitando—. Nos dijeron que nos presentaramos a las diez y media.

El guardia tomó la hoja, la miró, buscó algo en la tablet y asintió.

—Sí, aquí están —confirmó—. Proveedor externo. Sala dos, al fondo a la izquierda. Les van a tomar foto para los pases. No se separen.

Luna tragó saliva.

No había vuelta atrás.

Mientras caminaban por el pasillo, sintió que cada paso la alejaba de su vida anterior y la empujaba hacia algo que no alcanzaba a ver.

Pensó en Brandon. En Diego. En lo que dirían si las vieran ahí.

Sonrió sola, amarga.

—Por una vez —se dijo en silencio—, esto no lo deciden ellos.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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