Entre el fuego y la distancia - Capítulo 66
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Capítulo 66: CAPÍTULO 66 — PRIMER PASO DENTRO DE LA FÁBRICA DE SOMBRAS
La sala dos era más una especie de sala de espera improvisada que una oficina. Había una mesa larga, diez sillas plegables, una impresora vieja y un fondo blanco colgado a medias en la pared.
Cuatro personas esperaban ya allí: dos hombres con chalecos del logo, una mujer con una carpeta y un tipo joven que miraba el móvil sin levantar la cabeza.
En una esquina, una cámara de fotos sobre un trípode.
—Tomen asiento —dijo la mujer de la carpeta, sin mucho interés—. Vamos rápido que hoy vamos tarde.
Valeria y Luna se sentaron juntas. Podían escuchar sus propios corazones.
—Van a recibir un pase temporal de apoyo logístico —explicó la mujer—. No tienen que preguntar nada, no tienen que firmar nada, no tienen que tocar nada que no se les indique. Van con la cuadrilla tres. Si pierden el pase, se quedan afuera. ¿Entendido?
Todos murmuraron un “sí” apagado.
—Cuando les llame, pasan, se ponen delante del fondo, miran a la cámara y no sonríen —añadió—. A las once salen las camionetas. No se atrasen.
Uno de los hombres del chaleco resopló.
—Ni siquiera para sonreír nos pagan —bromeó.
Nadie se rió.
Luna miró de reojo a Valeria.
—Me siento en examen de conducir —susurró—. Solo que si fallo aquí, no pierdo un papel… pierdo la vida.
—No exageres —murmuró Valeria—. Igual solo perdemos la dignidad.
La puerta se abrió sin avisar.
Ana entró.
Llevaba el cabello recogido en un moño tenso, gafas sin aumento y una carpeta gruesa bajo el brazo. El chaleco que llevaba no tenía logo visible, pero el aire cambió cuando apareció. Los dos hombres se enderezaron. La mujer de la carpeta bajó la mirada.
—¿Ya están los pases? —preguntó Ana.
—Casi, licenciada —respondió la mujer—. Solo faltan ellas.
Ana encaminó su mirada hacia Luna y Valeria. Ni un gesto de reconocimiento. La voz le salió fría, profesional.
—De pie —ordenó—. Una por una.
Valeria fue primero. Caminó hacia el fondo blanco. El chico de la cámara levantó la máquina.
—Nombre —dijo.
Valeria se quedó congelada medio segundo. Ana intervino sin mirarla.
—Personal eventual: Torres —dijo, como quien recita una lista—. Solo apellido.
El flash se disparó.
Luna sintió que las piernas le pesaban cuando le tocó el turno.
—Apellido —dijo el chico, listo.
Luna abrió la boca… y se quedó en blanco.
Ana habló antes.
—Morales —dijo—. Rúbrica M-23. Apúrate, que no estamos en un estudio de moda.
El flash la cegó un instante.
Regresó a su asiento con las rodillas temblando.
—Pensé que me iba a salir “Luna café con leche” —susurró.
—A mí se me iba a escapar “Valeria paranoica” —respondió la otra.
Las identificaciones salieron por la impresora pocos minutos después: tarjetas blancas con foto, un código y un apellido genérico.
Torres. Morales.
—Su pase va fijado aquí —dijo la mujer, señalando el pecho—. No se lo quiten. No se lo intercambien. Si alguien les pregunta algo que no sepan, respondan con la frase “tendría que consultarlo con logística”. Y se callan. ¿Entendido?
Asintieron.
Ana se acercó entonces, por primera vez a menos de un metro.
—Cuadrilla tres, conmigo —anunció.
Salieron al patio trasero del edificio.
Entonces las vieron.
Tres camionetas blancas, limpias, idénticas, con el mismo logo aburrido en los costados. Los motores estaban apagados, pero un par de hombres revisaban neumáticos, puertas, compartimentos.
El aire olía a gasolina, polvo y algo más… algo metálico.
—Camioneta uno va al norte —explicó Ana—. Dos y tres, trayecto combinado. Papelería. Cajas. Ninguna pregunta. Ninguna parada no autorizada.
Miró a Luna y Valeria—. Ustedes dos con la tres. Personal de apoyo. Inventario, recepción, sello.
Luna sintió un mínimo alivio.
Al menos irían juntas.
Pero el alivio duró poco.
Un hombre corpulento, con barba de días y mirada desconfiada, se acercó al grupo.
—Hay cambio —anunció—. Nos falta alguien en la dos. Necesito a una de estas para equilibrar.
Señaló con un gesto vago hacia ellas.
El estómago de Luna se encogió.
Ana lo miró, calculadora.
—No estaban esos cambios en el esquema —dijo—. Se supone que logística—
—Logística soy yo cuando faltan manos —cortó el hombre—. Si no envío la dos con equipo completo, me revientan a mí. ¿Cuál de las dos sabe contar rápido?
Valeria abrió la boca para decir algo, pero Luna la tomó del brazo.
—Yo —dijo ella—. Trabajo contando cosas todos los días. Monedas, cafés, propinas. Puedo ir.
Se sorprendió a sí misma diciendo esas palabras. Pero el miedo a quedarse completamente sin control la empujó a dar ese paso.
El hombre la escrutó un segundo.
—Morales, camioneta dos —ordenó—. Torres, te quedas con la tres. No se pierdan.
Ana apretó la mandíbula. Era un cambio imprevisto, pero no podía pelearlo sin levantar sospechas.
—Está bien —dijo al fin—. Que se queden con esos cambios. Igual el destino es el mismo.
Luna y Valeria se miraron.
Nada de lo que habían planeado incluía separarse.
Valeria tomó aire.
—Si ves una salida, aunque sea pequeña —dijo en voz muy baja—, no hagas nada heroico sola. Solo memoriza. Y vuelve.
Luna asintió.
—Lo mismo te digo.
El reloj del patio marcó las once menos cinco.
Los motores arrancaron.
Dentro de la camioneta dos, el aire estaba cargado del olor a cartón y tinta. Había cajas apiladas, sujetas con cinchas. El espacio trasero tenía un pequeño banco plegable junto a la puerta lateral. Ahí se acomodó Luna, con la espalda pegada al metal.
Dos hombres iban adelante: el conductor y un copiloto que revisaba una tablet.
—Morales, ¿no? —preguntó el copiloto, sin girarse—. ¿Primera vez?
—Sí —respondió ella, intentando que la voz no le temblara.
—Solo sigue instrucciones —dijo él—. Si alguien hace preguntas, dices que eres personal temporal. Si alguien insiste demasiado, nos llamas a nosotros. Y no te asomes por la ventana más de lo necesario. Hay gente muy curiosa.
El conductor rió, pero no sonaba amable.
—Y gente que hace demasiadas fotos —añadió.
Luna tragó saliva.
Miró el pase colgando de su pecho y tuvo ganas de arrancárselo.
En la camioneta tres, Valeria se sentó entre dos cajas abiertas, intentando no mirar demasiado el contenido. Carpetas, sobres, archivadores.
El hombre corpulento que había pedido el cambio se subió al lado de la puerta.
—Aquí no me toca ningún papelito mojado, ¿entendido? —advirtió—. Todo lo que llegue tarde, me lo cobran a mí.
—Y tú nos lo cobras a nosotras —pensó Valeria, pero no lo dijo.
Ana no se subió a ninguna de las dos. Se quedó en el patio, supervisando, con un auricular pequeño en la oreja.
Justo antes de que cerraran la puerta de la camioneta tres, sus ojos se encontraron con los de Valeria.
No fue una mirada tranquilizadora.
Fue una que decía: “ya estamos dentro. Ahora aguanta.”
Las puertas se cerraron.
El convoy salió a la calle.
Y, lejos de ahí, en el despacho donde las cámaras contaban historias, una nueva señal se encendió en una pantalla:
MORALES – TORRES – ACTIVO
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