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Entre el fuego y la distancia - Capítulo 67

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Capítulo 67: CAPÍTULO 67 — CARRETERA HACIA EL NÚCLEO

La ciudad empezó a quedar atrás en cuestión de minutos.

Luna sentía cada curva como si estuviera manejando ella. El motor vibraba debajo del piso metálico, las cajas se rozaban entre sí con un golpe sordo en cada bache, y cada frenazo la hacía aferrarse al banco con más fuerza.

Intentó contar su propia respiración.

Uno, dos, tres, cuatro.

Pero en cada exhalación, la mente se le iba a otro lugar.

Al café.

A Sofía.

A Brandon, sentado en la terraza con las manos sobre la baranda, preguntándole si quería que se quedara.

A la llamada desde el hospital.

Al “tenemos que dejar de vernos”.

—No mires por la ventana —le había dicho el copiloto.

Así que, por supuesto, miró.

Pequeños fragmentos de ciudad iban pasando: edificios viejos, murales, autopistas, un puente. Luego empezaron los almacenes, los patios con contenedores, las naves industriales sin nombre.

La tablet del copiloto vibró.

—Control —dijo él, contestando—, cuadrilla dos en ruta. Dos minutos para entrar a zona restringida.

Una voz distorsionada respondió algo que Luna no alcanzó a entender. Demasiado bajo. Demasiado lejos.

El copiloto asintió, aunque nadie podía verlo.

—Recibido. Lista actualizada —añadió.

“Lista”.

Esa palabra ya no le sonaba inocente.

En la camioneta tres, Valeria había empezado a fijarse en algo: todas las cajas tenían códigos. Algunas estaban marcadas con letras. Otras, con números y puntos.

En una esquina alcanzó a leer: T-01 / Lista Terminal / Confidencial.

Sus dedos cosquillearon.

No podía abrir nada sin llamar la atención. Pero podía mirar. Podía aprenderse las combinaciones de letras, las siglas, las marcas.

Se inclinó un poco, como si buscara acomodarse mejor.

—Ni se te ocurra ponerte curiosa —gruñó el hombre corpulento frente a ella—. A los curiosos se los come el archivo.

—Solo intento no marearme —respondió Valeria, todo lo calmada que pudo.

El hombre la miró un segundo más, luego desvió la vista.

—Esto no es tu problema —murmuró, casi para sí—. No sé por qué aceptan personal nuevo para estos viajes.

Valeria tuvo que contener una risa nerviosa.

Si supiera la verdad, habría devuelto las tarjetas.

El paisaje empezó a cambiar.

Los edificios se hicieron más bajos. El asfalto se alargó. El mar apareció a lo lejos, a la derecha, como una línea gris que se movía.

Luna sintió un escalofrío.

—¿Siempre vienen por aquí? —preguntó, con cuidado.

El copiloto se encogió de hombros.

—Depende de a dónde vaya la carga —dijo—. A veces al norte, a veces al puerto. Hoy toca ambas.

—¿Ambas? —repitió ella.

—La Terminal no es un solo sitio, Morales —explicó—. Es una red. Pero todo lo que vale pasa por las mismas manos.

Luna decidió no seguir preguntando.

Sus manos empezaron a jugar con el borde de la tarjeta sin que se diera cuenta. La banda magnética raspó su dedo.

En algún punto, el convoy redujo la velocidad. Se escuchó un pitido, como de un lector electrónico.

—Primer control —dijo el conductor.

Luna contuvo el aire.

La camioneta se detuvo.

Se escucharon pasos afuera, voces, otra vez el beep del lector.

—Cuadrilla dos —anunció alguien—. Autorizados. Pueden pasar.

El convoy siguió.

En el hospital, Brandon tiró el vaso de café a la basura.

Lucas lo miró desde la cama, con el rostro aún hinchado.

—Tenés la cara del que va a hacer algo estúpido —comentó.

Brandon lo ignoró un segundo.

La sensación llevaba una hora creciendo. Había intentado llamar a Luna. El móvil iba directo al buzón. Pensó en escribirle a Sofía, pero se contuvo. Diego dormía, o eso parecía, pero el ceño fruncido decía lo contrario.

—No contesta —admitió, por fin.

—Tal vez está ocupada —dijo Lucas.

—Luna siempre contesta —replicó Brandon—. Aunque sea con un “luego te llamo”. O con un sticker de café.

Miró el reloj.

Diez y cincuenta y cinco.

Un recuerdo se le clavó de pronto: el mensaje anónimo, la foto de Luna saliendo del hospital, el texto “controlá a tu chica”.

Y otro detalle: la mención de “mañana” en la voz de Ana. Un “mañana” donde había papeles, movimientos, listas.

—Algo está mal —dijo, en voz alta.

Diego abrió los ojos.

—Pensé que ibas a tardar un poco más en decirlo —murmuró.

Brandon se giró hacia él.

—¿Vos también lo sentís? —preguntó.

—Valeria escribe raro cuando va a hacer algo que no me quiere contar —respondió Diego—. Y hoy me escribió raro a primera hora.

Lucas se pasó una mano por la cara.

—Si las dos están haciendo “algo que no quieren contar” en el mismo día —dijo—, prepárense para lo peor.

Brandon sacó el teléfono.

—Voy al café —anunció—. Si no está allí, busco a Sofía. Si Sofía no sabe nada, voy a donde tenga que ir. No pienso quedarme sentado mientras siento que se está metiendo en un lugar donde deberían estar ustedes.

Diego se incorporó un poco.

—No puedes ir solo —advirtió.

—Tú tampoco puedes salir —respondió Brandon—. A menos que quieras que la enfermera te clave el suero en la frente.

Se miraron.

Eran la clase de hombre que se lanzaba primero y pensaba después. Y ahora estaban atrapados en camas.

—Dame una hora —dijo Brandon, cerrando el puño—. Si en una hora no sé nada, te llamo. Y entonces sí, nos saltamos todos los protocolos.

Diego asintió.

—Trato.

Las camionetas redujeron la velocidad otra vez.

Esta vez no era un control simple.

Luna sintió cómo el motor se quedaba en ralentí. Se escuchó un portón metálico deslizándose, voces de mando, pasos firmes.

—Llegamos —dijo el copiloto—. Terminal de clasificación.

Luna se acercó un poco a la ventanilla lateral, lo justo para ver.

Un complejo de naves industriales se extendía frente a ellas. No tenía carteles con nombres. Las paredes eran grises, las puertas, altas, las ventanas, pocas.

Lo único que destacaba eran las cámaras.

Muchas cámaras.

Una garita controlaba la entrada. Un hombre con chaleco oscuro y un lector en la mano revisaba cada vehículo. Otra persona anotaba algo en una tablet.

La camioneta tres se detuvo detrás de ellos.

Valeria alcanzó a ver al mismo hombre corpulento saltar al suelo, mostrar su pase, intercambiar un par de palabras y señalar hacia la zona de descarga.

Cuando la camioneta dos avanzó hasta el lector, Luna contuvo el aire sin querer.

El hombre pasó el scanner por el código de la puerta, luego por la tarjeta del conductor, luego por la del copiloto.

Entonces miró hacia atrás.

—Personal eventual —anunció el copiloto—. Morales. Apoyo de inventario.

El hombre extendió la mano.

—Pase.

Luna se acercó a la parte delantera, como pudo, y le entregó la tarjeta. Él la pasó por el lector.

Beep.

Luz verde.

—Adelante —dijo, devolviéndosela.

Luna sintió las rodillas aflojarse de alivio.

Hasta que lo vio.

Detrás de la garita, junto a la puerta de una de las naves, había un hombre de pie. No llevaba capucha esta vez. El rostro estaba descubierto. Pero su forma de estar ahí, con las manos en los bolsillos y los ojos siguiendo cada movimiento, le resultó terroríficamente familiar.

Valeria, en la camioneta tres, también lo vio cuando la suya pasó el control.

El intruso del departamento.

El que había nacido de la oscuridad del pasillo.

El que había dicho “ya es tarde para eso”.

El que había dejado a Diego sangrando.

Los ojos de él se cruzaron con los suyos.

No hubo sorpresa.

No hubo reconocimiento explícito.

Solo una ligera curva en la comisura de su boca. Una sonrisa mínima. Suficiente para decir: “sé que estás aquí. Y sé que no deberías.”

Valeria sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.

Luna, desde su camioneta, no alcanzó a ver el gesto completo, pero sí vio lo suficiente para entender que había al menos una persona allí dentro que no los veía como simples números.

Mientras los vehículos se internaban en el corazón del complejo, entre naves grises y luces frías, las dos mujeres supieron, con una certeza que no admitía maquillaje:

Habían logrado entrar.

Pero alguien las había reconocido.

Y eso, en un lugar como ese, podía ser la llave…

o la sentencia.

El portón se cerró detrás del último vehículo con un estruendo metálico.

Desde alguna parte, un ojo tras una cámara ajustó el zoom.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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