Entre el fuego y la distancia - Capítulo 68
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Capítulo 68: CAPÍTULO 68 — LA TERMINAL NO PERDONA A LOS DESPISTADOS
Luna apoyó la mano en el metal frío mientras la camioneta se internaba en la Terminal. El aire cambió de inmediato. Ya no era ciudad, ni puerto común, ni zona industrial cualquiera. Era otra cosa.
Un lugar hecho para que la gente entrara sin hacer preguntas y saliera sin hacer ruido.
La camioneta dos se detuvo frente a una de las naves. Un letrero diminuto, casi invisible, marcaba la entrada: B–3. El copiloto se giró hacia ella.
—Morales, bajes con nosotros. No se separe. No hable con nadie que no lleve chaleco gris —ordenó, como si estuviera recitando un protocolo que ya había repetido mil veces.
Luna asintió, tragando saliva. Al abrir la puerta, un golpe de aire salado y olor a aceite viejo le dio en la cara. El suelo era de cemento húmedo, con marcas de neumáticos por todas partes.
Al fondo, se escuchaba el eco de otras puertas metálicas abriéndose y cerrándose. El sonido de montacargas, cajas deslizándose, voces breves.
Todo demasiado medido.
Demasiado eficiente.
Mientras bajaba, alcanzó a ver cómo la camioneta tres se desviaba hacia otra nave, más a la derecha. No podía ver a Valeria, pero supo que estaba allí. El simple hecho de saberlo fue un hilo delgado al que agarrarse.
—¡Vamos! —apremió el copiloto.
Luna caminó detrás de ellos.
La nave B–3 era más grande por dentro de lo que dejaba ver por fuera. Filas de estanterías metálicas se alzaban hasta casi tocar el techo, llenas de cajas etiquetadas, archivadores, sobres. No había polvo. No había papeles tirados. No había nada fuera de sitio.
Un hombre con tablet se acercó.
—Cuadrilla dos —dijo—. Ruta mixta. ¿Inventario parcial o total?
—Parcial —respondió el copiloto—. Entrega de cajas 17 a 25. Personal eventual para apoyo.
El hombre la miró entonces a ella.
Sus ojos no mostraron sorpresa, pero tampoco indiferencia. La escaneó con rapidez: zapatillas, sudadera, pase colgando del pecho.
—Nombre —pidió.
—Morales —respondió Luna, intentando que su voz sonara normal—. Apoyo de inventario.
El hombre asintió y marcó algo en la tablet.
—Zona tres. Estantería H. Te van a decir qué registrar y qué ignorar —indicó—. Si ves algo que no entiendas, no lo pongas en la hoja. Si ves algo que no debas ver… confía en que no lo viste. ¿Entendido?
La frase la golpeó.
“Si ves algo que no debas ver…”
Luna asintió, porque no le quedaba otra opción.
Un trabajador de chaleco gris se acercó con una carpeta en la mano.
—Conmigo —dijo, seco—. Tenemos quince minutos.
Quince minutos.
Quince minutos para mirar, comprender, memorizar, sin que nadie notara que ella no pertenecía a ese lugar.
Empezó a caminar entre las estanterías, con el chaleco gris un paso por delante y la carpeta contra el pecho. Los códigos de las cajas pasaban frente a sus ojos como un idioma desconocido.
B–3–H–17.
LISTA R–PUERTO.
NOMBRES CLASIFICADOS.
ACCESO RESTRINGIDO.
—Solo vas a anotar los códigos y las cantidades —indicó el hombre—. Nada más. Si ves una caja con sello rojo, la saltás. No existe. Si ves una con doble cinta, tampoco. Y si alguien te pregunta por qué estás aquí, decís que es tu primera vez. Siempre es tu primera vez. ¿Claro?
Luna tragó saliva.
—Claro.
Abrió la carpeta.
Dentro había hojas con columnas impresas: código, cantidad, sello de recepción. Le entregaron un bolígrafo con el logo anodino de la Terminal, como si estuviera rellenando un formulario cualquiera.
Empezaron.
—Caja B–3–H–17 —cantó el hombre, señalando una caja sin destacar—. Dos unidades.
Luna anotó.
Pasaron a la siguiente.
—B–3–H–18. Cuatro unidades.
Anotó otra vez.
A simple vista, podrían haber estado contando latas de conservas. Pero en un lateral pequeño se repetían algunas palabras: LISTAS, CONTACTOS, CRUCES, INVENTARIOS.
Y otra que le erizó la piel:
INCENDIO.
—¿Puedo preguntar algo? —se arriesgó.
El hombre ni siquiera la miró.
—No.
Luna apretó el bolígrafo con fuerza.
No podía abrir cajas. No podía detenerse demasiado. Pero podía fijarse en los códigos impresos.
En el lomo de una de las cajas leyó:
LISTA INCENDIO – NOMBRES VINCULADOS – BLOQUE 2.
El corazón le dio un vuelco.
Diego.
Brandon.
Lucas.
Marcos.
¿Cuántos nombres más podía abarcar una sola caja?
Se obligó a seguir anotando sin variar el ritmo. Si se detenía, el chaleco gris lo notaría.
Y si lo notaba, ella dejaría de contar.
Para siempre.
En la nave asignada a la camioneta tres, el ambiente era igual de frío. Valeria bajó con el hombre corpulento, que la guiaba con un gesto corto de cabeza.
—Zona cinco —le dijo—. Lo tuyo es más aburrido todavía. Toma, firmas de recepción y sellos. Si te pierdes, no preguntes. Te quedas donde estés hasta que alguien te encuentre.
—Muy tranquilizador —murmuró ella.
El hombre la miró de reojo.
—No estás aquí para estar tranquila —respondió.
La llevaron a una mesa metálica donde ya habían apilado varias cajas abiertas. Dentro no había archivos ni carpetas, sino sobres medianos, todos idénticos, numerados a mano.
—Esto va para el norte —explicó otro trabajador—. Firmas aquí, aquí y aquí. Compruebas que el número del sobre coincida con el de la lista. No los abras ni aunque se esté quemando el mundo afuera. Entendido.
Valeria tomó el sello de tinta. El gesto le recordó a días de oficina, de contratos, de proyectos sin peligros.
—Entendido —respondió.
Primera fila.
Sobre 001–A.
Sobre 002–A.
Sobre 003–A.
Firmaba, sellaba, pasaba. El proceso era mecánico, casi hipnótico.
Hasta que un número llamó su atención.
Sobre 017–F.
La letra F se repetía varias veces en la columna de la lista, siempre junto a los mismos tres términos: CONTROL, INFORME, CONTACTOS.
Valeria se inclinó apenas.
En un costado del sobre, casi borrado, alguien había escrito un nombre tan pequeño que pudo haber pasado por una mancha.
Moreno.
El apellido le atravesó la cabeza como un disparo silencioso.
Lucas.
El hermano de Brandon.
El que ya estaba en el punto de mira.
El sobre pesaba lo mismo que los otros, pero de repente se le hizo más pesado en la mano.
—¿Pasa algo? —preguntó el trabajador, notando que se detenía.
Valeria levantó la mirada.
Se enfrentó a dos opciones: decir que no y seguir como si nada… o improvisar sin delatarse.
—La tinta está casi seca —dijo, señalando el sello—. Necesito más si no quieren que quede ilegible.
El hombre resopló, impaciente.
—Voy por otra —murmuró—. No te duermas.
Se alejó hacia una mesa secundaria.
Valeria aprovechó ese segundo.
Solo un segundo.
No abrió el sobre. No podría cerrarlo sin que se notara. Pero sí bajó la vista a la lista y memorizó la línea completa:
017–F — INFORME CONTACTOS — MORENO / INCENDIO / TORRES.
Su propio apellido al final de la línea le heló la sangre.
No era solo Lucas.
Era ella.
Torres.
Valeria Torres.
El mundo dio una pequeña vuelta sobre sí mismo.
El hombre regresó con un tampón de tinta nuevo. Ella retomó el proceso, sin cambiar el gesto, sin mostrar que algo dentro acababa de romperse en silencio.
Firmar.
Sellar.
Pasar.
Mientras tanto, al otro lado del complejo, Luna seguía escribiendo códigos, nombres de listas, números.
Y sin saberlo, ambas estaban anotando partes del mismo mapa.
Un mapa en el que sus nombres no eran casualidad.
Eran coordenadas.
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