Entre el fuego y la distancia - Capítulo 69
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Capítulo 69: CAPÍTULO 69 — CUANDO LOS NOMBRES DEJAN DE SER TEORÍA
El tiempo dentro de la Terminal parecía funcionar distinto. Ni Luna ni Valeria sabían cuánto había pasado desde que cruzaron la primera reja, pero ambas sentían lo mismo: como si llevaran horas respirando un aire prestado.
En la nave B–3, Luna pasó la hoja a la siguiente página. La mano le dolía de tanto apretar el bolígrafo, pero no podía aflojar.
—B–3–H–23. Tres unidades —cantó el hombre del chaleco gris.
Ella anotó.
Sus ojos, sin embargo, iban un paso más adelante que su mano. Ya no solo leía códigos: buscaba patrones, palabras repetidas, siglas.
LISTA VIGILANCIA.
LISTA PUERTO.
LISTA INCENDIO — BLOQUE 1.
LISTA INCENDIO — BLOQUE 3.
Brandon tenía razón.
Esto no era una “bodega cualquiera”.
Era un archivo vivo de todas las vidas que la Terminal tocaba.
—¿Vos trabajás siempre aquí? —preguntó Luna, intentando sonar casual.
El hombre soltó una risa corta.
—Nadie “trabaja siempre” aquí —respondió—. Hoy estás, mañana quién sabe.
—Me refería a… —improvisó— si siempre te toca esta zona.
—Depende de la lista que toque —dijo, sin mucha intención de conversar—. Hoy es inventario de rutas antiguas. Lo del incendio, por ejemplo.
Luna sintió un tirón en el estómago.
—¿Y por qué inventariar algo viejo? —insistió—. Si ya pasó…
Él se detuvo.
La miró por primera vez de frente.
—Porque lo que pasó una vez puede volver a pasar —respondió, en voz más baja—. Y porque los muertos no siempre se quedan donde los dejamos.
La frase le heló la piel.
“Los muertos no siempre se quedan donde los dejamos.”
—Seguí escribiendo, Morales —añadió, recuperando el tono neutro—. Vamos atrasados.
Luna obedeció.
Pero ahora cada caja con la palabra INCENDIO brillaba ante sus ojos como un faro de advertencia.
En la zona cinco, Valeria terminaba de sellar la fila de sobres F. Intentó no pensar en su apellido impreso en la lista. No pensar en el de Lucas. No pensar en la palabra INCENDIO al final de la línea.
No pensar no funcionaba.
—¿Ese sello es tuyo o de la Terminal? —preguntó una voz femenina a su derecha.
Valeria dio un pequeño sobresalto. No había oído acercarse a nadie.
Era una mujer joven, de cabello recogido en una cola alta y gafas simples. No llevaba chaleco gris, sino uno azul oscuro, con un distintivo apenas visible en el pecho.
Su sonrisa era cortés, pero sus ojos no.
—Es de aquí —respondió Valeria, como si esa fuera la pregunta más normal del mundo—. Me lo dieron al llegar.
La mujer asintió.
—No te había visto antes —comentó—. ¿Turno nuevo?
Valeria recordó la advertencia del hombre corpulento en la entrada.
“Si alguien te pregunta, siempre es tu primera vez.”
—Sí —respondió—. Primera asignación. Vengo de otra nave.
—Ajá.
La mujer ladeó la cabeza, estudiándola.
—¿Nombre?
—Torres —dijo, intentando que no sonara a confesión—. Valeria Torres.
La mujer repitió el apellido en voz baja, como probándolo.
—Bienvenida, Torres —dijo al fin—. Aquí casi nadie sabe el nombre de los otros. Si alguien te lo pregunta, es porque quiere algo más que conversación.
Valeria sintió la piel de los brazos erizarse.
—¿Y vos qué querés? —preguntó, sin rodeos.
La mujer se encogió de hombros.
—Saber quién firma sobres que no debería firmar —respondió—. Es raro que manden a alguien nuevo a la serie F.
El corazón de Valeria dio un vuelco.
—A mí me dijeron que era una ruta más —improvisó—. ¿Hay alguna diferencia?
La mujer sonrió, pero sus ojos se oscurecieron.
—Sí. Que la serie F no olvida nombres. Ni errores.
Hubo un silencio breve, cortado solo por el sonido de otros sellos estampándose a lo lejos.
—Tranquila —añadió entonces, con un tono casi amable—. Si estás aquí, es porque alguien decidió que servís. La Terminal no desperdicia recursos.
—Gracias… supongo —respondió Valeria.
La mujer iba a decir algo más, pero un radio sonó en su cinturón.
—Zona cinco, reporte de avance —se escuchó una voz metálica.
—Voy —respondió ella, llevándose el dispositivo a la boca—. Cuarenta por ciento completado.
Miró a Valeria una vez más.
—Torres —dijo—. No te pierdas. Aquí es fácil caminar derecho… y terminar en el lugar equivocado.
Se alejó.
Valeria tuvo que concentrarse para que sus manos no temblaran al retomar el sello.
Serie F.
Nombres que no se olvidaban.
En el hospital, Diego cerró el ojo, intentando calmar el zumbido en su cabeza. Lucas estaba sentado frente a él, con el brazo en cabestrillo y una venda nueva en el pómulo.
—Así que la Terminal —resumió Lucas—. Otra vez.
Diego asintió.
—Nunca se fue —dijo—. Nosotros fuimos los que nos engañamos creyendo que sí.
Lucas resopló, cansado.
—¿Y estás seguro de que ellas van ahí? —preguntó—. ¿Valeria y la barista?
—Se llama Luna —respondió Diego—. Y sí. Brandon habló con un contacto en la Policía Portuaria. Confirmó la salida de dos camionetas con personal eventual hacia la Terminal. Una tercera los seguía.
Lucas lo miró con el ceño fruncido.
—No me gusta cómo suena “personal eventual”.
—A mí tampoco —admitió Diego—. Pero es lo único que tenemos.
El silencio se estiró un momento.
El pitido del monitor marcaba un ritmo insistente, recordándole que seguía vivo por pura casualidad.
—No puedo ir —dijo Diego—. No así. Todavía no me dan el alta. Apenas me sostengo en pie.
Lucas bajó la mirada.
—Yo tampoco estoy para correr —señaló su propio cuerpo, lleno de moretones—. Además, aunque pudiéramos… no somos bienvenidos allí.
—Nunca lo fuimos —corrigió Diego—. Y sin embargo…
Se quedó pensando, la mente corriendo más rápido que su pulseo.
—El incendio —dijo al fin—. El almacén. ¿Recordás los códigos en las cajas?
Lucas lo miró como si hubiera dicho algo absurdo.
—No estaba mirando códigos, Diego. Estaba mirando cómo no me mataban.
—Yo sí —respondió él—. Vi algo que se repetía. TORRES. MORENO. ÁLVAREZ.
Lucas parpadeó.
—¿Álvarez? —preguntó—. ¿Como…?
—Como el apellido de Brandon —terminó Diego.
Se inclinó un poco hacia él, ignorando la punzada de dolor.
—Ellos no han empezado a perseguir a gente nueva —dijo—. Solo están cerrando un círculo que dejaron abierto. Nosotros ya estábamos allí.
Lucas apoyó la cabeza en el respaldo.
—¿Y qué proponés? —preguntó—. ¿Hacer nada mientras ellas caminan encima de ese círculo?
Diego miró la bandeja con suero, la puerta, el teléfono apagado sobre la mesa.
—Propongo que esta vez no vayamos solos —dijo—. No somos los únicos que quieren que la Terminal caiga.
Lucas lo miró con una mezcla de escepticismo y curiosidad.
—¿Estás hablando de la “muerta”? —preguntó, bajando la voz.
Diego asintió.
—Sí.
Ana.
La que todos habían dado por muerta la noche del incendio.
La que, según un solo mensaje encriptado, había decidido quedarse dentro.
—Si alguien puede abrirles una grieta desde adentro… es ella —añadió Diego—. Y si no lo hacemos ahora, la Terminal va a terminar de escribir la lista con nuestros nombres incluidos.
Lucas se cruzó de brazos.
—Entonces más te vale que recuerdes cómo contactarla —dijo—. Porque si no, la próxima cama de hospital es la de ellas.
A kilómetros de allí, en una pequeña sala de control sin ventanas, una mujer revisaba tres pantallas a la vez. En una, la nave B–3. En otra, la zona cinco. En la tercera, la entrada principal.
—Zoom en B–3, estantería H —ordenó.
La cámara obedeció, enfocando a Luna, que anotaba códigos sin detenerse.
—Esa no es de aquí —comentó, más para sí que para el técnico a su lado.
—La ingresaron como refuerzo de inventario —respondió él, consultando un registro—. Morales. Sin más datos.
—Nadie llega sin más datos —respondió la mujer, fría—. Solo sin papeles. Y eso siempre significa algo.
Pasó a la otra pantalla.
En zona cinco, Valeria alzaba la vista un instante, siguiendo el movimiento de alguien fuera del encuadre.
—Esta tampoco —añadió—. Torres. La de la serie F.
El técnico dudó.
—¿Quiere que las saquemos? —preguntó.
Ella se quedó unos segundos en silencio.
—No —decidió al fin—. Aún no.
Sus dedos tamborilearon sobre la mesa.
—Primero quiero saber quién las mandó.
Sus ojos se clavaron en las dos figuras diminutas, moviéndose en sincronía en dos mundos distintos del mismo monstruo.
—Y cuando lo sepa… la Terminal les recordará a todos que aquí nadie entra gratis.
Ni siquiera los que creen que solo están de paso.
Creation is hard, cheer me up!
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