Entre el fuego y la distancia - Capítulo 70
- Inicio
- Todas las novelas
- Entre el fuego y la distancia
- Capítulo 70 - Capítulo 70: CAPÍTULO 70 — LA GRIETA QUE NADIE HABÍA CALCULADO
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 70: CAPÍTULO 70 — LA GRIETA QUE NADIE HABÍA CALCULADO
Luna ya no sentía los dedos, pero siguió escribiendo como si el bolígrafo fuera lo único que la mantenía encajada en ese lugar.
—B–3–H–26. Dos unidades —cantó el del chaleco gris.
Ella anotó. La segunda hoja de inventario quedó llena.
El hombre se la quitó con un gesto brusco.
—Quedate aquí —ordenó—. Voy a registrar esto. No toqués nada. No abrás nada.
Se alejó hacia una puerta metálica marcada como “ADMIN”.
Cuando el eco de sus pasos se perdió, el silencio se hizo raro. Por primera vez desde que entró en la nave, estaba sola entre aquellas paredes de cajas.
Su pulso se aceleró.
—Tenés quince segundos —se murmuró—. Nada más.
Se movió rápido entre las estanterías, siguiendo los códigos que había anotado.
B–3–H–23.
B–3–H–24.
B–3–H–25.
Se detuvo frente a la 26.
LISTA INCENDIO — BLOQUE 2 — CORRESPONDENCIAS.
La palabra le erizó la piel.
Miró a un lado, al otro. Silencio. Solo máquinas lejanas, un portón que se cerraba en otra nave, el rumor del mar.
Levantó la tapa apenas unos centímetros.
Olor a papel viejo, a tinta reseca. Paquetes de sobres manila atados con cuerda. En la etiqueta del primer paquete se leía:
INCENDIO — INFORMES INTERNOS — SERIE A.
Iba a cerrarla.
Lo iba a hacer.
Hasta que vio la etiqueta del siguiente:
INCENDIO — TESTIGOS INCOMPLETOS — SERIE L.
La L pudo ser cualquier cosa. Pero su estómago reaccionó como si llevara su inicial escrita a fuego.
Metió la mano y sacó el primer sobre de esa serie. No tenía cinta roja, ni doble sello: solo pegamento reseco.
Su parte cuerda gritó que lo dejara. Que volviera a ser la chica que solo servía café y sonreía.
La otra parte, la que había dicho “quiero que te quedés” sabiendo que Brandon traía problemas pegados al cuerpo, fue la que decidió.
Despegó el sobre.
Una hoja, doblada en tres.
Saltó la introducción de sellos y números. Sus ojos se clavaron en un párrafo central, donde la tinta cambiaba de tono.
“Testigo: masculino. Asegura haber visto vehículo salir del almacén durante el incendio. Declaración excluida del informe oficial. Actualmente fuera del país. Conexión indirecta con objetivo ANA CASTILLO y sujeto principal D. TORRES.”
Luna sintió que el corazón le daba un vuelco.
Ana.
Diego.
Otra vez sus nombres juntos en un papel que no debería existir, guardado en una caja de un lugar que nadie se suponía que conociera.
Más abajo, una línea la dejó sin aire:
“Posible presencia de testigo vinculado a cafetería local (código CAFE–L). Seguimiento pendiente.”
Café.
L.
Su café.
Ella.
—¿Qué estás haciendo?
La voz le atravesó la espalda.
El sobre se le resbaló y quedó a medias dentro de la caja. Luna se giró de golpe.
Un hombre joven, también con chaleco gris, la observaba desde el pasillo. No era el mismo de antes. Llevaba el chaleco abierto y un casco en la mano.
—Me dijeron que no tocara nada —soltó rápido—, pero el encargado se fue y pensé que podía adelantar el conteo…
Él se acercó, levantó la tapa de la caja sin delicadeza. Bastó un vistazo al interior para saber que no era material cualquiera.
A Luna se le secó la boca.
El tipo cerró la caja de golpe.
—Error de novata —dijo en voz baja—. El conteo se hace por fuera, no adentro.
La miró un segundo más, como calibrando su miedo.
—Tranquila, Morales —añadió—. No soy de los que ven todo.
Se giró para irse, pero se detuvo medio paso.
—Un consejo: aquí adentro, la curiosidad mata más rápido que las balas. Y deja menos rastro.
Se alejó sin mirar atrás.
Luna se quedó con los dedos pegajosos por el pegamento del sobre y la cabeza hecha un torbellino.
Ya no era solo Brandon, Diego y un incendio del que hablaban en susurros. Ahora había papeles, nombres, códigos.
Y ella estaba escrita en uno.
En zona cinco, el sello golpeaba y subía, golpeaba y subía. Valeria ya no sabía cuántos sobres de la serie F había firmado.
Hasta que escuchó un ruido distinto, metálico, sobre la mesa contigua.
—Entrega urgente —anunció una voz—. Serie K. Autorización superior.
La mujer del chaleco azul —la de las gafas, la que la había interrogado— apareció de inmediato.
—Déjelos —ordenó.
El hombre dejó una caja pequeña, con un sello plateado brillante.
Valeria no pensaba mirar.
No quería mirar.
Pero sus ojos se quedaron pegados al símbolo estampado en la esquina: un triángulo invertido atravesado por una línea.
Se le tensó el estómago.
Lo había visto decenas de veces.
En correos cifrados. En contratos “reservados”. En presentaciones donde Marcos hablaba de “socios estratégicos”.
El logo de la empresa para la que él trabajaba.
La mujer azul notó hacia dónde iba su mirada.
—¿Te distrae algo, Torres? —preguntó, sin levantar del todo la vista de la caja.
—Nada —mintió ella—. Solo… me pareció familiar ese sello.
—Claro que te parece familiar —respondió la mujer—. Lo ves en las noticias, en los patrocinios, en las calles. Ellos ponen la cara bonita. Nosotros la bodega fea.
Valeria tragó saliva.
—Yo trabajé en un proyecto para ellos —se arriesgó—. Muy poco tiempo.
La otra levantó la cabeza.
—¿Ah, sí? —preguntó—. ¿En qué área?
Demasiado.
No podía decir “desarrollo”, ni “comunicación”, ni nada que conectara con su antiguo cargo.
—Solo hacía informes —respondió, encogiéndose de hombros—. Papel. Pantallas. Nada que importe aquí.
La mujer la estudió unos segundos.
—Buena respuesta —comentó—. Ser demasiado útil a veces es peligroso.
Sacó uno de los sobres K y lo sostuvo un instante a contraluz.
—¿Sabés qué tienen en común los sobres F que estás sellando y estos K? —preguntó.
Valeria negó.
—Que no son de la Terminal —dijo ella—. La Terminal solo los ve pasar. Ni los abre, ni los discute. Si llegan marcados, se distribuyen. Si vuelven, se queman. Y nadie pregunta.
—¿Quién los manda? —se le escapó.
La mujer sonrió torcido.
—Si te lo digo, vas a tener que mentir mejor de lo que mentís ahora —replicó—. Y todavía no sé si valés tanto.
Se llevó la caja K a otra mesa y se perdió entre otras filas.
Valeria bajó la mirada a su lista.
017–F — INFORME CONTACTOS — MORENO / INCENDIO / TORRES.
El logo de la empresa de Marcos en una serie K.
Su apellido en la serie F.
La Terminal no era solo un monstruo aislado. Era el puente entre el incendio, los negocios de Marcos, las amenazas de sobre negro.
Y ella estaba parada justo encima.
En el hospital, el teléfono sobre la mesita vibró. Lucas lo tomó y lo acercó a la cama.
—Número oculto —informó.
Diego lo miró.
Le dolían las costillas, el brazo, la cabeza… pero nada como la sensación de no saber qué estaba pasando dentro de la Terminal mientras él estaba clavado a una cama.
Deslizó para contestar.
—¿Sí?
Silencio.
Luego, una risa corta que conocía demasiado bien.
—Te tardaste —dijo una voz de mujer.
Diego sintió el corazón apretarse.
—Ana —susurró.
Lucas se incorporó.
—Te dije que no dijeras mi nombre —lo regañó ella—. Aquí hasta las cámaras se ponen celosas.
—¿Dónde estás? —preguntó él—. ¿En la Terminal?
Otra risa, sin humor.
—Siempre estuve en la Terminal —respondió—. La pregunta es por qué volviste vos. Pensé que te había quedado claro que salir vivo una vez no era invitación para regresar.
—No volví —dijo Diego—. Me arrastraron. Y arrastraron a otros conmigo.
Inspiró hondo.
—Entraron dos mujeres hoy —continuó—. Una se llama Luna. La otra, Valeria. Están en B–3 y en zona cinco. Necesito que…
—Que las cuide —completó Ana—. Lo sé. Las estoy viendo.
Diego apretó el teléfono.
—¿Cómo que las estás viendo?
Teclas golpeando.
—Cámara B–3, estantería H —dijo—. Luna Morales. Finge bien, pero sus manos la delatan. Zona cinco, mesa principal. Valeria Torres. Todavía no decidió si está más asustada de los sobres o de sí misma.
El mundo se le encogió.
—Ana, no las uses —pidió—. No las pongas en medio.
—Diego —suspiró ella—. Nadie “pone” a nadie aquí. Solo se les da una función. Si no se la doy yo, se la va a dar alguien menos amable.
—Entonces cambiá la función —insistió—. Abríles una puerta. Corta una cámara. Lo que sea. Pero no las dejes aquí dentro sin salida.
Hubo un silencio.
Cuando Ana volvió a hablar, su tono era más cansado.
—Vos todavía creés que esto es un tablero de ajedrez —dijo—. Blanco, negro, sacrificios nobles. La Terminal no es así. Es un algoritmo: calcula, usa, descarta.
—No somos cifras —respondió él.
—Para ellos sí —replicó ella—. Para mí… soy lo que puedo ser con lo que tengo. Y ahora mismo tengo acceso a varias cosas que les molestaría que alguien tocara.
Teclas rápidas. Un pequeño zumbido eléctrico.
—Dentro de diez minutos —añadió—, el sistema va a registrar una falla menor en B–3 y en zona cinco. Nada suficiente para evacuar… pero sí para redistribuir personal.
—¿Redistribuirlas a ellas? —preguntó Diego.
—O sacarlas del mapa por un rato —dijo Ana—. No puedo prometer mucho, pero puedo darles algo que aquí vale oro: tiempo.
Lucas lo observaba con atención.
—¿Y qué querés a cambio? —preguntó Diego.
Porque Ana nunca hacía nada gratis. Ni cuando estaba viva para el mundo. Ni ahora, que era oficialmente “muerta”.
—Quiero que cuando esto reviente —respondió ella—, te acuerdes de que no todos los que estamos adentro elegimos quedarnos. Algunos solo encontramos la manera de no desaparecer del todo.
El pitido del monitor pareció subir un tono.
—Ana…
—Cuidá tu respiración, Torres —lo cortó—. Lo vas a necesitar cuando te toque entrar de verdad.
Un último clic.
—Diez minutos —repitió—. Aprovechalos.
Y colgó.
Diego se quedó mirando la pantalla en negro.
Lucas se pasó una mano por el rostro.
—¿Confiás en ella? —preguntó.
Diego se recostó, sintiendo el dolor de la costilla como un recordatorio.
—No —admitió—. Pero confío en algo más simple.
—¿En qué?
—En que si la Terminal se inquieta, muestra dónde le duele.
En la sala de control, la mujer de las gafas —Ana, para quienes creían que llevaba años bajo tierra— observó cómo dos pequeños iconos rojos parpadeaban en el plano digital del complejo.
B–3.
Zona cinco.
—Falla menor en circuito de cámaras —leyó un técnico—. Qué raro. No teníamos nada programado.
—Centro viejo, cables viejos —improvisó ella—. Reiniciá la red. Mandá a alguien a revisar en persona. Y mientras tanto, redistribuí al personal eventual. No quiero novatos en áreas sin cámara.
El técnico asintió y empezó a enviar órdenes por radio.
Ana se quitó las gafas un segundo y se frotó los ojos.
En la pantalla, los ángulos de las cámaras cambiaron. En una se veía a Luna, recibiendo la indicación de seguir a otro pasillo. En otra, Valeria, a la que alguien señalaba la salida de zona cinco.
No era libertad.
No era seguridad.
Pero era movimiento.
Y en un lugar diseñado para que todo estuviera quieto menos las cajas, cualquier movimiento fuera de guion era una grieta.
Ana se volvió hacia otra pantalla, donde una carpeta de nombres seguía abierta.
Diego.
Valeria.
Luna.
Brandon.
Lucas.
—No saben en qué se metieron —murmuró—. Pero tampoco saben cuántos estamos esperando que alguien vuelva a encender el fuego.
Tocó la pantalla donde parpadeaban los iconos.
—Aguanten, fichas —susurró—. El tablero está empezando a moverse.
Your gift is the motivation for my creation. Give me more motivation!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com