Entre el fuego y la distancia - Capítulo 71
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Capítulo 71: CAPÍTULO 71 — RUTAS QUE NO ESTABAN EN EL PLANO
El anuncio que rompe la rutina
Un zumbido grave recorrió la nave B–3, como si el edificio hubiera decidido carraspear. Luego, el altavoz escupió una voz metálica:
—Atención: falla parcial de circuito en zona tres. Personal eventual, espere instrucciones para reubicación inmediata. Repito…
Luna levantó la cabeza del papel. El chaleco gris que la acompañaba chasqueó la lengua.
—Siempre pasa lo mismo con este sistema viejo —rezongó—. Quedate acá. No toqués nada hasta que nos digan.
Él se alejó hacia el pasillo central. Luna se quedó sola otra vez, rodeada de cajas que parecían observarla.
“Diez minutos”, había dicho Ana por teléfono a Diego. Luna no lo sabía, pero estaba en el centro exacto de esa cuenta regresiva.
El altavoz volvió a sonar:
—Personal eventual de nave B–3, estanterías G y H, dirigirse a zona de carga lateral. Repetimos: personal eventual…
Luna miró la letra pintada en el extremo del estante.
H.
—Eso soy yo —susurró.
Tomó la carpeta con las hojas de inventario y la pegó contra el pecho. Sus piernas se movieron antes de que pudiera pensarlo demasiado.
En el pasillo principal, varios trabajadores se agrupaban, confundidos. Un hombre con chaleco naranja, distinto a los grises, alzó la voz:
—Los nuevos, conmigo. Hay que moverlos antes de reiniciar cámaras. No quiero reportes incompletos.
Luna levantó la mano.
—Morales —dijo—. Zona H.
El hombre la señaló.
—Perfecto. Venís a zona de carga lateral. Te toca pegatinas y código de ruta. Más fácil que contar cajas.
Más cerca de la salida.
Más cerca de algo… o de nada.
Luna asintió, tragando saliva.
Mientras caminaban, no pudo evitar lanzar una mirada hacia una de las esquinas superiores, donde colgaba una cámara fija.
El piloto rojo estaba apagado.
“Gracias, quien sea que haya hecho eso”, pensó, sin saber que, en otra parte del complejo, Ana sonreía apenas.
Valeria sale de una lista y entra en otra
En zona cinco, el altavoz también interrumpió el golpe rítmico de los sellos.
—Falla de circuito en sector central. Personal eventual, preparar salida de nave. Nueva asignación en zona de contenedores.
La mujer del chaleco azul —la de las gafas— levantó la vista.
—Eso te incluye, Torres —dijo, señalándola con el mentón—. Deja los sobres F. Ya no son tu problema.
Valeria sintió una mezcla rara de alivio y miedo.
Dejó el sello sobre la mesa. Sus dedos estaban manchados de tinta, como si hubiera firmado demasiado en muy poco tiempo.
—¿Zona de contenedores es… afuera? —preguntó.
La mujer enarcó una ceja.
—Afuera es una palabra muy optimista —respondió—. Digamos que es la puerta antes de la puerta. Te vas a acostumbrar a las capas.
Le hizo un gesto a otro trabajador.
—Llévatela. Que no se pierda. Y que no se suba a nada que no lleve su nombre en la lista.
Valeria sintió el comentario como una advertencia más que como un chiste.
Mientras la guiaban hacia la salida de la nave, miró una última vez la mesa con los sobres K, el logo de la empresa de Marcos brillando en plateado sobre el cartón.
Todo estaba conectado.
Ella, sin saber cómo, se había metido justo en medio del nudo.
El pasillo hacia zona de contenedores olía distinto: menos a papel, más a metal y sal.
—¿Primera vez? —preguntó el trabajador, sin mirarla.
Valeria ya conocía la respuesta correcta.
—Siempre —dijo.
Él soltó una risita breve.
—No te preocupes. Hoy solo te toca revisar códigos y pegar etiquetas. Si no te preguntan nada, es buena señal.
—¿Y si preguntan? —se arriesgó.
—Mentís —respondió—. Igual que nosotros.
Dos rutas que casi se cruzan
Zona de contenedores era un patio enorme, techado parcialmente, con filas de bloques metálicos apilados como si alguien hubiera jugado a encajar cajas gigantes.
Había ruido de montacargas, voces cortas, chasquidos de candados abriéndose y cerrándose.
Luna llegó por el lado izquierdo, siguiendo al hombre de chaleco naranja. Valeria entró por el lado derecho, pegada al trabajador que la escoltaba.
No se vieron.
Al menos no al principio.
—Morales —llamó el de naranja—. Agarrá estas pegatinas. Vas a ir detrás de ese montacargas, pegando código C–L en los contenedores de esta fila. No te metas en el camino. Si un operador te grita, te apartás. No discutís.
Le puso en la mano un rollo de etiquetas blancas con un código de barras y unas siglas.
C–L–PUERTO.
Luna miró las letras.
CL.
No pudo evitar pensar en “CAFÉ–L”.
El montacargas rugió cerca, arrancando.
—¡Vamos! —apremió el hombre.
Ella corrió detrás, pegando etiquetas en cada puerta metálica que le señalaban.
Uno.
Dos.
Tres.
En el sexto, una marca roja en una esquina la hizo dudar.
—Ese no —advirtió el operario—. El de rojo va con ruta especial.
Luna asintió, sin preguntar.
Al otro lado del patio, Valeria recibía otra tarea.
—Torres —dijo su guía—. Vos vas a comprobar que los códigos de salida coincidan con los de la lista. Si el contenedor dice C–L–PUERTO y la hoja también, marcás “OK” y te movés al siguiente. ¿Entendido?
—Entendido —respondió, tomando la tabla con los papeles.
Empezó a caminar por su fila, leyendo códigos en las puertas de los contenedores y tachando en la lista.
C–L–PUERTO–01.
C–L–PUERTO–02.
El número 03 tenía un pequeño descascarado en la pintura. Lo tocó sin pensar, como si eso le confirmara que era real.
Cuando levantó la vista, vio algo al fondo.
Una figura corriendo detrás de un montacargas.
Cabello recogido, sudadera, rollo de pegatinas en la mano.
No la conocía.
Pero reconoció la expresión.
La misma mezcla de miedo y decisión que había visto en su propio espejo hacía unos días.
La mirada de ambas se cruzó por un segundo fugaz.
Y algo dentro hizo clic.
Valeria no sabía que estaba viendo a Luna.
Luna no sabía que estaba viendo a Valeria.
Pero las dos supieron lo mismo:
No eran las únicas infiltradas ahí dentro.
El montacargas giró, interponiéndose entre ellas. La momentánea ventana se cerró.
—¡Torres! —gritó alguien a su lado—. No te quedés colgada. La lista no se revisa sola.
Valeria bajó la vista a los papeles y siguió tachando.
Luna pegó otra etiqueta, tratando de no volver la cabeza.
Pero la sensación de no estar sola se le quedó pegada bajo la piel.
Ana, en la espalda del monstruo
En la sala de control, Ana observaba el mapa de cámaras mientras el técnico reiniciaba sistemas.
—Corte parcial en zona de contenedores —informó él—. Recuperando señal.
Las pantallas parpadearon. La imagen volvió, con un ligero retraso.
Ana amplió la vista de la fila central.
—Ahí estás… —murmuró, viendo a Luna con el rollo de pegatinas.
En otra pantalla, Valeria revisaba la lista con el ceño fruncido.
—Y ahí.
El técnico la miró de reojo.
—¿Son problema? —preguntó.
Ana se quitó las gafas un segundo.
—Todavía no —respondió—. De momento… son variables.
El hombre señaló una esquina del monitor, donde se veía la entrada al patio.
—Tenemos salida de camiones en veinte minutos —recordó—. Ruta C–L hacia el norte. ¿Quiere que las saquemos con el turno eventual?
Ana se quedó en silencio.
Veinte minutos.
Diego, en el hospital, mirando un teléfono que no podía usar para llamar directamente.
El despacho sin ventanas, donde otra persona —un hombre al que ella conocía demasiado bien— movía fichas con nombres que se repetían en demasiados informes.
—No —dijo al fin—. No las saques todavía. Quiero ver qué hacen cuando el monstruo empieza a moverse.
El técnico dudó, pero no insistió.
Ana volvió a ponerse las gafas.
En la cámara, el montacargas frenó de golpe. Luna casi se golpea contra la parte trasera del vehículo. Valeria se detuvo al mismo tiempo, una hoja de la lista volando de la tabla y pegándose al piso húmedo.
Las dos se agacharon, cada una en su fila, en el mismo segundo.
Parecía una coreografía.
—Muéstrenme lo que traen —susurró Ana—. Y yo veré si vale la pena encenderles algo más que luces.
Porque el tablero estaba en marcha.
Y las rutas que no estaban en el plano empezarían, por primera vez, a cruzarse de verdad.
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