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Entre el fuego y la distancia - Capítulo 72

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Capítulo 72: CAPÍTULO 72 — BRANDO NO SABE ESPERAR

El puerto visto desde afuera

Brandon apoyó las manos sobre la valla metálica, apretando tanto que los nudillos se le pusieron blancos.

La Terminal quedaba unos metros más allá, pero podría haber sido otro continente.

Rejas dobles, cámaras altas, guardias con chalecos de seguridad y escáner en mano. El sonido lejano de contenedores y motores.

Y ni un solo hueco evidente.

—Te dije que esto no es una bodega cualquiera —dijo Hidalgo, el oficial de la Policía Portuaria que estaba a su lado—. Lo que entra ahí adentro… o sale facturado, o no sale.

—Yo sé que entraron —insistió Brandon—. Dos camionetas con personal eventual. Necesito los registros.

Hidalgo resopló.

—Ya te los conseguí —respondió, sacando el móvil—. Pero no va a gustarte.

Del otro lado de la pantalla, un documento sencillo, casi insultantemente simple.

PERSONAL EVENTUAL — TURNO NOCTURNO.

Morales, L. — Apoyo inventario — B–3.

Torres, V. — Apoyo clasificación — Zona cinco.

Brandon sintió que el corazón se le aceleraba.

L.

V.

Luna y Valeria.

Las dos adentro del mismo monstruo.

—¿Ves? —dijo Hidalgo—. Ya estás más enterado que la mayoría. Ahora, lo que no podemos hacer es tirar la puerta abajo sin orden judicial y sin saber qué demonios vamos a encontrar.

Brandon se giró hacia él.

—Hidalgo, te lo estoy pidiendo como amigo… y como alguien que te debe un favor —dijo, intentando contenerse—. Si algo pasa ahí dentro, ni los papeles ni las cámaras van a mostrarlo. Ellos son expertos en borrar escenas.

Hidalgo lo miró con seriedad.

—También son expertos en hundir carreras —respondió—. Y la mía todavía me da de comer.

Silencio.

Al fondo, un camión aparcaba frente a una de las garitas.

Brandon apretó la mandíbula.

—Entonces dejame intentarlo a mí —dijo—. Sin uniforme. Sin placa. Yo ya estuve cerca de esto una vez.

Hidalgo arqueó una ceja.

—¿Sabés qué es lo que más me preocupa de vos? —preguntó—. Que cuando hablás de “eso”, se te nota que todavía no sabés qué tan cerca estuviste.

Brandon no respondió.

Porque tenía razón.

Había pasado años intentando no mirar de frente al recuerdo del incendio. A la lista de nombres. A los informes que Diego nunca terminaba de contar.

Y ahora todo eso volvía en forma de Terminal, de sobres, de rutas con código.

—Dame una entrada —pidió—. Cualquier cosa. Un pase de proveedor, de mantenimiento, lo que sea.

Hidalgo lo estudió largo rato.

—Tengo un proveedor de repuestos que entra a veces a revisar montacargas —dijo finalmente—. No le gusta mucho el turno de noche. Si convenzo al supervisor, tal vez pueda incluirte como ayudante en la lista.

Brandon lo miró, con una mezcla de esperanza y urgencia.

—¿Lo harías?

—Lo intentaría —respondió Hidalgo—. Pero te advierto algo: si te metés y la cagás, yo no voy a poder sacarte. Adentro mandan otras reglas.

Brandon asintió.

—Peor es quedarme aquí mirando —dijo.

Hidalgo soltó una risa seca.

—Tenés la misma cara de idiota heroico que tenías cuando te conocí —comentó—. Dame veinte minutos. Si no te escribo, te vas a tu casa, ¿entendido?

Brandon no respondió.

Porque ambos sabían que no iba a irse a su casa aunque el mensaje no llegara.

Llamadas que no pueden hacerse

De regreso en el hospital, Diego miraba el techo como si pudiera atravesarlo con la vista.

—¿Te duele? —preguntó Lucas, señalando el costado.

—Todo —respondió—. Pero no alcanza para distraerme.

Lucas se pasó la mano por el cabello.

—Ana llamó —dijo—. Va a mover cosas. No sé si eso me tranquiliza o me asusta más.

Diego apretó los dientes.

—A mí me hace las dos cosas —admitió—. Pero es lo único que tenemos.

El móvil vibró en la mesita.

Lucas lo agarró.

—Hidalgo —leyó en la pantalla—. El amigo bombero.

Diego alzó la mano.

—Ponelo en altavoz.

Lucas atendió.

La voz de Hidalgo sonó cansada.

—Tengo confirmación —dijo—. Un “técnico de apoyo” puede entrar a la Terminal con el equipo de mantenimiento en una hora. Brandon va con ellos. Será solo zona de patio y maquinaria. Nada de oficinas internas.

Diego cerró los ojos un segundo.

Una hora.

—¿Sabe él lo que arriesga? —preguntó.

—Creo que sí —respondió Hidalgo—. Y si no lo sabe, no va a escucharme igual. Solo llamé para decirte esto: si tienen una jugada que valga la pena, es ahora. Porque si entra a ciegas, lo van a detectar en menos de diez minutos.

Diego miró a Lucas.

—Ana está dentro —dijo—. Puede abrirle puertas.

—También puede cerrarlas —replicó Lucas.

Hidalgo suspiró.

—No me digan cómo logran que una “muerta” les responda el teléfono —gruñó—. Prefiero no saberlo. Solo… intenten que esto no acabe en un informe que yo tenga que negar haber leído.

Colgó.

El silencio volvió.

Diego agarró el borde de la cama con fuerza.

—Una hora —repitió—. Una hora con Brandon adentro, dos mujeres moviéndose sin saber quién las mira, Ana jugando a tres bandas, y nosotros clavados acá.

Lucas se inclinó.

—Podés estar clavado —dijo—. Pero eso no significa que estés quieto.

Diego lo miró.

—¿Qué proponés? ¿Rezar?

Lucas negó.

—Proponemos lo de siempre —respondió—. Le damos a la gente que está adentro la única cosa que allá vale más que el dinero.

—¿Cuál?

—Información —dijo—. Si Ana nos dio nombres desde la Terminal… nosotros podemos darle otros desde afuera.

Un rostro entre sombras

Brandon metió las manos en los bolsillos de la chaqueta de trabajo prestada.

El chaleco fluorescente le quedaba un poco grande, pero servía. En el pecho, un logo simple: empresa de mantenimiento industrial.

Hidalgo le había conseguido un pase plástico con código de barras y su foto mal impresa.

—Técnico auxiliar —leyó en voz baja.

El supervisor de la Terminal lo observó desde la garita de entrada.

—¿Es la primera vez que entra? —preguntó, escaneando el pase.

Brandon recordó la regla.

“Siempre es tu primera vez.”

—Sí, señor —respondió—. Me mandan a revisar montacargas en zona de contenedores.

El supervisor lo midió con la mirada.

—Allá no hay nada que arreglar que no esté en la lista —advirtió—. Si se pierde, se queda quieto y espera. No se hace el héroe.

Brandon tragó saliva.

Demasiado tarde para eso.

—Entendido.

La reja se abrió con un chirrido.

El interior de la Terminal se alzó frente a él como una boca.

Mientras cruzaba, pensó en Luna, en Valeria, en el incendio que seguía repitiéndose en distintos formatos.

Y en la idea, casi absurda, de que tal vez esta vez podría salir de ahí con algo distinto a cenizas.

No sabía que, a pocos metros, una cámara giraba unos grados más de lo habitual para seguirlo.

Ana, desde la sala de control, frunció el ceño.

—Bienvenido al laberinto, Álvarez —murmuró—. Veamos si aprendiste algo desde la última vez que te quiso tragar.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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