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Entre el fuego y la distancia - Capítulo 73

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Capítulo 73: CAPÍTULO 73 — LO QUE CLAUDIA NUNCA DICE GRATIS

Un bar demasiado silencioso

El bar estaba casi vacío, pero la música sonaba como si tuviera que tapar una conversación que nadie quería oír.

Marcos llegó diez minutos antes de la hora acordada. No por cortesía, sino porque no soportaba esperar en otro lugar.

Claudia ya estaba ahí.

Por supuesto.

Sentada en una mesa al fondo, con un vestido sencillo y un abrigo caro colgado del respaldo. Una copa de vino a medio terminar y el móvil boca abajo, como si no necesitara verlo para saber quién llamaba.

—Llegas tarde a tu propia ruina —dijo, sin levantarse, cuando él se acercó.

—Llegué antes de las ocho —respondió Marcos—. Como dijiste.

Ella sonrió.

—Siempre te aferras a los detalles equivocados.

Él se sentó frente a ella, sintiendo el peso en el pecho.

—¿Qué querés?

Claudia fingió pensar.

—Depende —respondió—. ¿Me estás preguntando como ex, como socia… o como alguien a quien le debés demasiados favores?

Marcos apretó la mandíbula.

—Estoy preguntando como alguien que ya no tiene mucho más que perder.

Ella levantó una ceja.

—Siempre se puede perder más —dijo, girando la copa entre los dedos—. Te lo enseñé yo misma.

Se inclinó hacia adelante.

—Hablemos del puerto.

Marcos sintió un escalofrío.

—No trabajo en el puerto —dijo—. Trabajo en una empresa que…

—Que usa el puerto —lo interrumpió—. No seas ingenuo. Ni me hagas perder tiempo.

Sacó de su bolso una carpeta delgada y la dejó sobre la mesa, entre ambos.

—Te recuerdo la situación —dijo, profesional—: hace años, tu empresa se asoció con otras muy respetables para externalizar “logística sensible”. En lugar de meterlo todo en sus propios almacenes, lo mandaron a un sitio donde nadie preguntara demasiado: la Terminal.

Marcos no dijo nada.

Sabía todo eso.

Había firmado papeles, asistido a reuniones, escuchado discursos sobre “optimización”.

Claudia siguió:

—La noche del incendio se perdió material. Mucho. Pero también se borró el rastro de operaciones que no habrían resistido una auditoría real. Tus jefes lo celebraron como una desgracia rentable.

—No fui yo quien encendió el fuego —murmuró él.

—No —admitió ella—. Pero firmaste después para reconstruir el mapa. Y eso te hace… útil.

Abrió la carpeta.

Fotos.

La fachada de la Terminal.

Un almacén calcinado.

Una imagen borrosa de Diego, con uniforme, sacado de una toma antigua.

Otra de Valeria, entrando a un edificio de oficinas.

Otra más reciente, frente a la puerta de su departamento, con un sobre negro en la mano.

—Ellos están otra vez en medio —dijo Claudia—. Y ahora no solo por elección.

Marcos tragó saliva.

—No tienen nada que ver con nuestro trato —dijo, casi suplicando—. Yo te di lo que pediste. Documentos, contratos, nombres de minoristas. ¿Para qué los querés a ellos?

Claudia lo observó como si midiera su ingenuidad.

—Porque tus documentos son papel —respondió—. Y ellos son lo que pasa cuando el papel se moja.

Sacó otra foto.

Luna, en la puerta del café.

Brandon, apoyado en la barra, sonriendo.

—Ellos son nuevos —comentó—. No estaban en listas antiguas. Y, sin embargo, aquí están. Café C–L. Inofensivo… hasta que deja de serlo.

Marcos se inclinó.

—¿Qué querés que haga? —preguntó, con la voz más áspera de lo que habría querido.

—Lo que siempre has hecho —respondió ella—. Ser intermediario. Traducir el lenguaje de la gente “decente” al de la gente que decide.

Señaló la foto de Valeria.

—Ella todavía cree que puede elegir bandos —continuó—. Vos y yo sabemos que no. Elige ritmos, no bandos.

Marcos apretó los dedos contra la mesa.

—No la metas en esto.

Claudia sonrió, pero sus ojos se endurecieron.

—Está dentro desde que habló contigo sobre “transparencia” en aquel proyecto —dijo—. Lo único que puedes elegir ahora es si entra a ciegas… o sabiendo qué piso está pisando.

Hubo un silencio largo.

Marcos miró las fotos.

Diego, el incendio.

Valeria, el sobre.

Luna, el café.

Brandon, el tipo que llegó después.

—¿Qué querés que les diga? —preguntó al fin—. ¿Hola, trabajo para gente que cree que la Terminal es un tablero de ajedrez lleno de carne humana? ¿Confíen en mí?

Claudia se recostó en la silla.

—Quiero que hagas lo que mejor sabes —respondió—: sobrevivir lo suficiente como para ser útil. Si me das lo que te pido, puedo evitar que tu nombre aparezca en la próxima serie de sobres K.

Marcos tragó saliva.

—¿Y qué es lo que pedís?

Ella hizo una lista con los dedos.

—Ubicación actual de Valeria —uno—. Cualquier mensaje que hayas recibido de esa gente noble con la que te reúnes en nombre de la empresa —dos—. Y, sobre todo, cualquier cosa que recuerdes de las reuniones donde mencionaron la palabra “incendio” sin hablar del fuego —tres.

—¿Para qué? —susurró.

Claudia lo miró con una mezcla de cansancio y ambición.

—Porque ya no se trata de tapar lo que pasó —respondió—. Se trata de decidir quién se quema en el siguiente paso. Y créeme, si no hablamos su idioma, lo único que seremos es combustible.

Marcos y el fantasma de su propia cobardía

Cuando salió del bar, el aire frío le golpeó la cara.

Caminó sin dirección unos minutos, intentando ordenar las piezas.

La empresa.

La Terminal.

Claudia.

Los sobres K.

Valeria en el hospital, con Diego.

El hilo que conectaba todo estaba ahí, delante de sus ojos.

Y él llevaba años fingiendo que no lo veía.

Sacó el teléfono.

Tenía mensajes sin leer.

Uno de Valeria, de horas antes:

Estoy en el hospital. Cuando salga de aquí… tenemos que hablar.

Otro de un número oculto.

Solo decía:

No olvides quién te sacó del almacén esa noche.

Marcos se apoyó en una pared, mareado.

No había estado en el incendio.

No físicamente.

Pero había estado en todas las reuniones posteriores.

Había visto las caras de los que celebraron el fuego como borrador.

Y había callado.

Ahora, el fuego venía hacia él.

Y hacia ella.

Miró de nuevo la foto de Luna y Brandon, que había conseguido fotografiar con el móvil antes de que Claudia guardara la carpeta.

No los conocía.

Pero sabía que formaban parte de algo que se estaba moviendo por debajo.

—Si no hablo, la quemo —murmuró—. Si hablo, nos quemo a todos.

Por primera vez en años, Marcos entendió que no había opción limpia.

Solo distintos tipos de ceniza.

Y alguien, en algún lugar, ya estaba decidiendo quién iba a respirarla.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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