Entre el fuego y la distancia - Capítulo 74
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Capítulo 74: CAPÍTULO 74 — LA MUERTA QUE APRENDIÓ A ESCUCHAR
Ana antes del fuego
Antes de ser “la muerta”, Ana había sido muchas cosas.
Había tenido un nombre completo, un número de identificación, un expediente en una unidad que operaba sin uniforme visible.
Había tenido un compañero que la llamaba “Castillo” con una mezcla de respeto y camaradería.
Diego.
Y había tenido una misión demasiado grande para el tamaño del almacén donde todo terminó.
La noche del incendio regresaba en fragmentos, nunca en orden perfecto.
El olor a combustible.
El crujido del techo.
Las voces gritando “¡salgan!” y “¡corten las cámaras!”.
La sensación de calor subiendo desde el suelo, no bajando desde el fuego.
Nunca supo qué golpe fue el que la dejó bajo una viga, con el cuerpo a medias enterrado y el oído zumbando.
Recuerda, sí, algo que muy pocos más podrían recordar:
No fueron “ellos” los que la encontraron.
Fue alguien del equipo de “nuestras propias filas” el que la vio moverse y decidió que, en lugar de sacarla… era mejor dejarla ahí.
Después, oscuridad.
Cuando despertó, no estaba en un hospital oficial.
Ni en una morgue.
Estaba en un cuarto sin ventanas, con un ventilador ruidoso y una cámara en la esquina.
Y un hombre sentado frente a ella, con un expediente en la mano.
—Castillo —dijo, sin saludar—. Oficialmente estás muerta. Extraoficialmente… podrías ser útil.
Así empezó su vida nueva.
En la Terminal.
Ana aprendiendo a hablar otro idioma
No tardó en entender que la Terminal no era solo un puerto.
Era un idioma.
Cada código de ruta, cada sobre, cada lista.
Cada fallo “casual” de cámara.
Cada trabajador que conocía solo su pasillo y nunca el mapa completo.
Ana aprendió a escuchar.
A los operadores de montacargas que se quejaban de “los de arriba”.
A los encargados que recibían llamadas sin nombre.
A los supervisores que firmaban sobres sin leerlos.
Y, sobre todo, a los silencios.
La primera vez que oyó el nombre de Diego en boca de alguien que no lo conocía, supo que todo el juego era más grande:
—Ese Torres es un problema —había dicho un hombre en un despacho—. Debería haberse quedado muerto en el incendio.
—No estaba en nuestra lista —había respondido otro—. Pero ahora sí.
Ana guardó esa frase como quien guarda un arma.
Años después, cuando las series F, K, L empezaron a multiplicarse, entendió que el incendio no había sido un final.
Había sido un prototipo.
Algo que ahora querían repetir mejor.
Ana ahora, entre pantallas
En la sala de control, las pantallas la rodeaban como un océano de ventanas.
En una, Luna levantaba una pegatina que se le había quedado pegada en la suela del zapato.
En otra, Valeria revisaba su lista con el ceño fruncido, mientras la mujer de gafas azules la vigilaba de reojo.
En una tercera, Brandon cruzaba el patio detrás de un mecánico, fingiendo mirar solo tornillos y ruedas.
El técnico a su lado no sabía que ella escuchaba dos sonidos al mismo tiempo: el murmullo del circuito y el eco viejo de la noche del fuego.
—Tenemos alerta de revisión externa —avisó el técnico—. Mantenimiento de montacargas en quince minutos. Zona de contenedores.
Ana entrecerró los ojos.
—Ya lo vi —respondió—. Déjalos donde están.
El hombre se giró hacia ella.
—¿No deberíamos acompañarlos con seguridad? Son externos.
Ana sonrió sin humor.
—La seguridad ya está mirando —dijo, señalando la cámara donde se veía al supervisor de chaleco naranja—. No hace falta ponerle más ojos.
El técnico encogió los hombros.
Ella esperó a que él se concentrara en otra cosa para abrir un panel que no muchos conocían.
SERIES CRUZADAS.
INCENDIO — PUERTO — CONTACTOS.
Escribió un nombre:
MORALES, L.
El sistema tardó unos segundos.
Luego, como si hubiera dudado sobre si mostrarle o no la información, desplegó una línea:
CAFÉ–L — REGISTRO CÁMARAS EXTERNAS — INTERSECCIÓN CON SUJETO B. ÁLVAREZ — INTERSECCIÓN CON SUJETO D. TORRES.
Ana dejó escapar un pequeño suspiro.
—Todos los caminos llevan al maldito café —murmuró.
Escribió otro nombre:
TORRES, V.
El sistema respondió más rápido.
PROYECTOS EMPRESA SOCIA — SERIE K — VÍNCULO AFECTIVO CON SUJETO D. TORRES — DESPLAZAMIENTOS COINCIDENTES CON LOCALIZACIÓN DE INCIDENTES PREVIOS.
No necesitaba que una máquina le dijera lo que ya sabía: esta gente no estaba ahí por coincidencia.
Diego, Lucas, Brandon, Valeria, Luna.
Cada uno llevaba una chispa del incendio pegada a los talones.
Y ahora caminaban sobre gasolina.
El precio de ayudar
La llamada con Diego había sido corta, pero suficiente.
“Dos mujeres. Una en B–3, otra en zona cinco. Hacelo por ellas si no lo hacés por mí.”
Ana no lo hacía por él.
No solamente.
Lo hacía por una versión de sí misma que nunca salió del almacén, pero que había aprendido a sobrevivir en cámaras y pasillos.
—Reubicar personal eventual —escribió en el sistema, activando una clave que casi nunca usaba—. Motivo: falla de circuito.
Podía cambiar rutas.
Podía retrasar camiones.
Podía “perder” sobres durante un par de horas.
No podía sacar a nadie sin que el monstruo se diera cuenta.
—¿Cuánto tiempo podés sostener esto? —le había preguntado Diego.
Ana no lo sabía.
Pero sí sabía otra cosa: en algún momento, los dueños del tablero iban a notar que algunas piezas parecían moverse solas.
Y cuando eso ocurriera, ella iba a tener que elegir.
Otra vez.
Entre seguir siendo la muerta útil…
…o arriesgarse a vivir en voz alta.
Miró la pantalla donde Brandon avanzaba hacia la zona de contenedores.
—Elijo ahora —susurró—. Lo que venga después… lo negociamos después.
Sus dedos volaron sobre el teclado.
La Terminal parpadeó, apenas, como si hubiera sentido cosquillas.
Y en algún lugar entre metal, cajas y pegatinas, tres caminos empezaron, por primera vez, a acercarse lo suficiente como para chocarse.
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