Entre el fuego y la distancia - Capítulo 75
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Capítulo 75: CAPÍTULO 75 — CUANDO DOS DESCONOCIDAS SE RECONOCEN
El contenedor equivocado
Luna pegó la última etiqueta de su rollo y se detuvo a tomar aire.
El montacargas se había alejado unos metros para hacer otra maniobra. Por primera vez desde que había llegado a zona de contenedores, el ruido era soportable.
Miró el código en la puerta frente a ella.
C–L–PUERTO–07.
Su dedo, casi sin querer, siguió la línea del número siete, donde la pintura estaba un poco corrida.
Debajo, se veía otro trazo, más viejo.
C–L–INC.
INC.
Incendio.
Alguien había repintado la puerta sin borrar del todo el código anterior.
—Morales, ¿qué hacés ahí parada? —gritó el hombre del chaleco naranja—. Ese contenedor ya está marcado. Andate a la fila dos. Te toca revisar que nada se haya quedado sin etiqueta.
Luna asintió.
Pero el frío en la nuca ya no se iba a ir.
Se giró para cambiar de fila.
En el camino, casi chocó con otra persona que venía del lado contrario, con una tabla de clip y hojas llenas de códigos.
—Perdón —dijeron las dos al mismo tiempo.
Se miraron.
Esta vez sin montacargas atravesándose en medio.
Cabello recogido.
Ojos cansados.
Ropa neutra de “personal eventual” que no les quedaba del todo natural.
—Vos sos la de antes —dijo Luna, sin pensarlo.
Valeria parpadeó.
—Y vos… no tenés cara de trabajar aquí —respondió.
Hubo un segundo extraño, una especie de reconocimiento sin antecedentes.
Dos desconocidas que, de alguna manera, se sabían del mismo lado.
—Me llamo Luna —se presentó, en voz baja.
Valeria dudó.
—Valeria —dijo al fin.
La palabra “Torres” se le quedó atascada en la garganta. No era el momento.
Luna miró alrededor.
Nadie las observaba de cerca. Pero en un lugar como ese, “nadie” nunca era del todo cierto.
—¿A vos también te reclutaron de la nada? —preguntó Luna.
—Digamos que no fue una feria de empleo normal —respondió Valeria—. Me avisaron que “necesitaban manos” para clasificar unas rutas.
Se miraron como si compartieran un chiste cruel.
Luna bajó la voz aún más.
—No sé qué estás buscando acá dentro… pero si ves algo con la palabra INCENDIO en la caja —dijo—, andate. Podés perder más que el turno.
Valeria sintió la advertencia como una confirmación.
No estaba loca.
La Terminal no era solo un puerto.
—Y vos —replicó—, si ves tu apellido en una lista… no firmes nada. Ni aunque te lo pidan sonriendo.
Luna frunció el ceño.
—Ya me vieron bastante curioso el nombre como para agregarle el apellido —murmuró—. Gracias por el consejo igual.
Casi rieron.
Casi.
Pero un pitido agudo cortó ese hilo de posible complicidad.
El altavoz anunció:
—Salida de convoy C–L en diez minutos. Personal eventual, despejar zona de circulación. Repetimos…
El hombre del chaleco naranja se giró hacia ellas.
—¡Morales! —bramó—. Fila dos, ya. Y vos —señaló a Valeria—, con el supervisor de ruta. Te van a subir al primero de los camiones de retorno.
—¿Retorno… a dónde? —preguntó Valeria.
—A donde estabas antes de meterte aquí —contestó—. O eso dicen.
Valeria le lanzó a Luna una última mirada.
Había mil cosas que podría haber dicho.
No digas mi nombre.
Si salís primero, avisale a Diego.
Si ves a un tipo con cara de incendio y ojos cansados, confiá.
No dijo ninguna.
Solo:
—Si volvés a entrar a un sitio así… hacelo con alguien que sepa de qué va.
Luna asintió.
—Ya no sé hacer nada sola, parece —respondió.
Se separaron.
Dos líneas diferentes otra vez.
Pero el hilo estaba ahí.
Y las dos lo sabían.
Brandon entre ruedas y sombras
Brandon caminaba al lado del mecánico, fingiendo escuchar la explicación sobre discos de freno y sistemas hidráulicos.
En realidad, cada uno de sus sentidos estaba dirigido hacia otro lado.
El olor a mar mezclado con aceite.
Los códigos en las puertas.
Las voces de supervisores.
Y, sobre todo, la posibilidad de ver a Luna en cualquier esquina.
—Este es el montacargas que vibra raro —dijo el mecánico, señalando una máquina estacionada cerca de la fila central—. Revisá los pernos mientras yo veo la presión.
Brandon se agachó.
Metió la cabeza entre ruedas y metal.
Desde ese ángulo, podía ver el pasillo entre dos filas de contenedores.
Una figura familiar, de sudadera y cabello recogido, corría hacia la fila dos.
Luna.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Salió de debajo del montacargas tan rápido que casi se golpea la cabeza.
—¿Qué hacés? —reclamó el mecánico—. ¿Querés morir aplastado?
Brandon fingió toser.
—Necesito una llave que dejé en la caja del carro —improvisó—. Vuelvo.
No esperó respuesta.
Corrió.
Luna lo vio llegar y por un momento pareció que el tiempo se doblaba.
La Terminal, con su ruido, sus códigos y su monstruo de metal, se difuminó un segundo.
Solo quedó él.
—¿Qué…? —alcanzó a decir ella.
—No tenía otra forma de entrar —dijo él, aún jadeando—. Estás bien?
—No estoy muerta, si a eso te referís —respondió—. Lo demás lo hablamos si salimos de acá.
Iba a decir algo más, pero un grito los cortó.
—¡Usted! —el supervisor de chaleco naranja señalaba a Brandon—. Mantenimiento no tiene nada que hacer en este pasillo. Vuelva a su máquina.
Brandon se obligó a no mirarlo con odio.
—Me perdí —mintió.
El hombre lo midió.
—Aquí nadie se pierde —dijo—. Solo se mete donde no le llaman.
Miró a Luna.
—Morales, fila dos. Si te tengo que repetir la orden otra vez, vas a desear estar contando tornillos mejor que cajas.
Brandon dio un paso atrás.
Sus ojos buscaron los de ella.
Una promesa silenciosa pasó entre ambos.
“Te espero afuera.”
“Llegá.”
Era todo lo que podían decir.
Se separaron cuando el altavoz anunció:
—Convoy C–L en posición. Preparar salida.
Valeria y el camión que no quería tomar
El supervisor de ruta revisaba una lista en una tablet.
—Torres, Valeria —leyó—. Camión uno. Retorno.
Valeria se acercó al vehículo señalado.
No tenía nada de especial.
Un camión blanco, con el logo discreto de una empresa cualquiera y un contenedor C–L enganchado detrás.
El mismo código que había visto en sobres, en listas, ahora en la puerta que iba a tener a sus espaldas.
—¿De verdad esto me saca de aquí? —preguntó.
El supervisor se encogió de hombros.
—Te saca de esta capa —dijo—. Lo que hagas después no es asunto nuestro.
Valeria apoyó la mano en la barandilla de acceso.
Miró la cabina.
Vacía.
Miró el contenedor.
C–L–PUERTO–01.
Por un segundo, pensó en bajar la mano y quedarse.
Seguir rutas, listas, sobres, hasta entender cada rincón.
Pero una imagen la atravesó.
Diego en la cama de hospital, con cables y moretones.
Luna —no sabía su nombre, pero la recordaba— corriendo con pegatinas.
Brandon, el tipo del café, metiéndose en problemas por amor.
Y ella.
En el medio de todos los fuegos.
Subió.
Se sentó en la parte trasera de la cabina, donde otros dos “eventuales” ya esperaban en silencio.
La puerta se cerró.
El motor arrancó.
La Terminal empezó a alejarse, lenta, como si no quisiera dejarla ir del todo.
Valeria apoyó la cabeza en la ventana pequeña.
No sabía que, un par de filas más allá, Luna veía moverse ese mismo camión y sentía algo parecido a una despedida sin palabras.
Ni que, en la sala de control, Ana seguía el icono del convoy en la pantalla, con la mandíbula tensa.
La Terminal toma nota
En la oscuridad del despacho sin ventanas, el hombre que había observado fotos, listas y cámaras tantas veces abrió un nuevo informe.
INCIDENCIA MÍNIMA — TURNO NOCTURNO.
Falla de circuito parcial en zona tres y cinco.
Reubicación de personal eventual.
Abajo, algunas líneas automáticas:
Morales, L. — Capa patio — Convoy no asignado.
Torres, V. — Capa patio — Convoy C–L–01 — Retorno.
El hombre tomó un bolígrafo y escribió a mano en el margen:
Los hilos empiezan a juntarse solos.
El encapuchado —esta vez sin capucha, pero con la misma calma inquietante— se sentó frente a él.
—¿Problemas? —preguntó.
—Variables —corrigió el hombre—. Gente que entra por donde no la llamamos y sale por donde no estaba previsto.
Sonrió, casi divertido.
—Lo curioso —añadió— es que a veces las variables son las que nos dan mejores resultados.
Señaló los nombres.
—Mantenelos vivos, de momento —ordenó—. Quiero ver hasta dónde son capaces de llegar sin empujar demasiado.
El encapuchado lo miró, sin disimular la duda.
—¿Y si empiezan a quemar cosas que no queremos que se quemen?
El hombre apoyó la espalda en la silla.
—Entonces haremos lo de siempre —dijo—. Direccionamos el fuego.
Cerró el expediente.
En la pantalla, los puntos que representaban a Luna, Valeria y Brandon seguían moviéndose.
Muy lentamente.
Pero moviéndose.
Y, aunque ninguno de ellos podía verlo, la partida acababa de cambiar de fase.
Ya no eran fichas que se cruzaban por accidente.
Eran piezas que el monstruo había decidido observar de cerca.
Y el fuego que los unía, esa mezcla de pasado, amor y culpa, estaba a punto de encontrar más gasolina.
Creation is hard, cheer me up!
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