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Entre el fuego y la distancia - Capítulo 76

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Capítulo 76: CAPÍTULO 76 — EL CAMIÓN QUE NO SABE REGRESAR

El retorno que no es retorno

El motor del camión vibraba más de lo necesario. Valeria lo sentía en la espalda, pegada al asiento duro de la cabina trasera. Frente a ella, los otros dos “eventuales” miraban al frente con la expresión típica de quien se ha acostumbrado a no hacer preguntas.

El chofer tenía la radio encendida, pero el volumen bajo. Una voz hablaba de tráfico, lluvia en la periferia, un choque menor en una salida. Nada del puerto. Nada de firewalls humanos que separaban el adentro del afuera.

Valeria miró por la ventanilla pequeña. La Terminal se hacía más pequeña a sus espaldas, un monstruo de luces blancas y torres de metal que parecían despedirla con cierta desgana.

“Capa patio”, había dicho el supervisor.

“Convoy de retorno”.

Pero la ruta que tomaban no le resultaba familiar. Ni siquiera como un eco lejano de alguna vez que hubiera ido a visitar a Marcos a una de sus reuniones.

El camión giró hacia una carretera secundaria, lejos de las autopistas iluminadas.

—¿Siempre salimos por aquí? —preguntó uno de los eventuales, el de la gorra.

El chofer se encogió de hombros.

—Hoy sí —dijo—. Nos mandaron por ruta corta. Menos cámaras, dicen.

A Valeria se le congeló el estómago.

Menos cámaras.

Significaba menos registros.

Y menos testigos.

La conversación a media voz

El hombre de la gorra se inclinó hacia ella.

—¿Primera vez? —susurró.

Valeria dudó.

—En este camión, sí —respondió.

Él soltó una risita breve.

—No te preocupés. Casi siempre nos devuelven donde nos recogieron.

Casi.

Esa palabra se quedó colgando en el aire como una advertencia que nadie quiso subrayar.

El tercero, una mujer de cabello corto, habló por primera vez:

—Mientras no nos pidan firmar nada raro al llegar, vamos bien.

Valeria se tensó.

—¿Te ha pasado?

La mujer giró el rostro hacia la ventanilla.

—Una vez —dijo—. Otro turno. Otra empresa. Nos hicieron firmar que habíamos visto menos de lo que vimos. La mitad aceptó. La otra mitad… no volvió a ser llamada.

La camioneta se llenó de un silencio espeso.

Valeria bajó la mirada a sus manos. Los dedos aún recordaban la textura del sobre negro, el borde de la foto, la tinta roja.

En el bolsillo interior del chaleco, una esquina de papel asomaba.

Había robado un recorte del listado que revisaba en zona de contenedores: una hoja con códigos de serie C–L e INC, y una columna de “destino final” que no había alcanzado a leer completa.

“Si salgo viva de esto”, se dijo, “Diego va a ver esto primero”.

El camión redujo velocidad. Valeria pegó la frente al cristal.

No estaban entrando a la ciudad.

Se acercaban a una zona de naves grises, sin letreros visibles, solo números grandes pintados en las paredes: 21, 23, 25.

No había tráfico.

Solo otros camiones similares.

Y un portón que se abría desde adentro.

La parada intermedia

—¿No vamos directo? —preguntó la mujer de cabello corto.

El chofer no se molestó en inventar:

—Parada de control —dijo—. Hoy toca.

El portón se abrió del todo. El camión entró en un patio amplio, pero mucho más pequeño que la Terminal. Dos focos anaranjados iluminaban un contenedor aislado en una esquina.

Al lado, un auto negro.

No tenía logo.

No necesitaba.

El chofer frenó.

—Se quedan aquí hasta que lo diga el de afuera —ordenó—. No se bajan, no hablan, no miran raro.

Demasiado tarde para eso, pensó Valeria.

Una figura se acercó desde el auto. Llevaba chaqueta oscura, manos en los bolsillos, andar sin prisa.

No era el encapuchado.

Era peor.

Era alguien que no necesitaba cubrirse el rostro para resultar amenazante.

Valeria reconoció la manera en que miraba el camión, como si fuera una caja más que se evaluaba por su peso.

El hombre habló con el chofer un instante, en un murmullo que no alcanzaban a oír.

Luego rodeó el vehículo y se asomó a la ventanilla de atrás.

Tres pares de ojos lo miraron a la vez.

—Buenas noches —dijo, con una voz sorprendentemente amable—. Lamento la parada. Hoy necesitamos confirmar algo.

Sus ojos se detuvieron en cada uno.

En el de la gorra.

En la mujer.

Y luego en Valeria.

Cuando la miró, sonrió apenas.

—Vos te quedás —dijo.

Seleccionada

El corazón de Valeria dio un vuelco.

—¿Perdón? —alcanzó a decir.

—Bajá —repitió él, con paciencia helada—. Solo necesito hacerte unas preguntas. Los demás siguen camino.

El hombre de la gorra abrió la boca, como si fuera a protestar.

—Ella no tiene nada…

Una mirada del desconocido bastó para que se callara.

La mujer le apretó el brazo al compañero, evitando que siguiera.

Valeria sintió cómo el cuerpo le decía que no.

Que no bajara.

Que se quedara pegada al asiento hasta fundirse con la tela.

Pero otra parte, esa que había decidido entrar en el hospital a ver a Diego, esa que había ido a buscar a Lucas al hospital, esa que no sabía más hacer que caminar hacia el fuego, movió las manos.

Abrió la puerta.

Bajó.

El aire del patio tenía un olor raro, mezcla de gasolina y algo dulce.

El hombre señaló el contenedor aislado.

—Solo un momento —dijo—. Quiero que veás algo.

Valeria levantó la barbilla, buscando fuerza en algún sitio.

—Si es otra advertencia, ya tengo suficientes —respondió.

—No —replicó él—. Esta vez es invitación.

Y caminó hacia el contenedor, esperando que ella lo siguiera.

En algún lugar, sin saberlo, Diego apretó un teléfono que todavía no sonaba, y Ana miró un mapa de rutas donde un punto en rojo empezaba a parpadear.

Nada de eso llegaba hasta el patio.

Ahí solo estaban Valeria…

…y un hombre que sabía demasiado de incendios.

Creation is hard, cheer me up!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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