Entre el fuego y la distancia - Capítulo 77
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Capítulo 77: CAPÍTULO 77 — PEGATINAS SOBRE GASOLINA
La fila que no termina
Luna contó contenedores para distraerse.
Uno. Dos. Tres.
Todos con su pegatina C–L–PUERTO, todos listos para salir a un destino que nadie le explicaba.
El ruido del convoy preparando salida retumbaba al fondo, como una respiración pesada.
—Morales —gruñó el de chaleco naranja, acercándose—. Revisión de fila dos completada, ¿sí o no?
Ella miró la hoja de control que le habían dado.
—Última puerta marcada —respondió—. No falta ningún código.
Él frunció el ceño.
—¿Y el que tiene pintura corrida?
Luna sintió que se le apretaba la garganta.
—Me dijeron que ese no lo tocara —dijo—. “Ruta especial”, dijeron.
El supervisor soltó una risa seca.
—Por lo menos sabés obedecer, aunque no parezca —murmuró—. Andate al lateral. Si se cancela algo, te aviso. Si no, te vas con el grupo de salida.
Luna se alejó, pero no mucho.
No podía.
Había algo en ese contenedor con doble código que le recordaba demasiado a la palabra que nadie decía en voz alta: incendio.
Se apoyó en una columna metálica y fingió revisar sus manos, llenas de pegamento seco.
Desde ahí, veía parte del patio.
El convoy C–L empezaba a alinearse sobre la pista de salida, como un tren torpe.
Los camiones rugían uno por uno.
Y en medio de todo ese ruido, algo le pareció fuera de lugar.
Brandon fuera de lugar
Un hombre con chaleco fluorescente pero sin la postura resignada de los demás cruzaba el patio con paso demasiado alerta.
Brandon.
Luna sintió un alivio tan ridículo como peligroso. No se veía herido. No se veía perdido. Pero tampoco se veía tranquilo.
Él la vio.
Solo un segundo.
El suficiente para que sus miradas se conectaran.
Luna levantó apenas la mano, como si ese gesto minúsculo fuera un cable lanzado entre dos edificios.
Antes de poder acercarse, el mecánico que lo acompañaba lo jaló del hombro.
—Necesito que revisés la otra máquina —dijo, molesto—. Si seguimos perdiendo tiempo, nos van a sacar a ambos.
Brandon asintió, pero al girarse hacia la siguiente fila, sus ojos pasaron por encima del contenedor de pintura corrida.
INC.
Fue casi un reflejo: el mismo tipo de golpe en el pecho que había sentido la noche del incendio, cuando el techo se vino abajo y él alcanzó a ver un símbolo pintado en una pared que luego el humo se tragó.
Luna lo vio ponerse rígido.
Lo vio reconocer algo.
Y supo que ya no estaba sola en la sospecha.
El murmullo de metal
Los minutos se estiraron.
Una sirena corta anunció que el convoy estaba por salir.
—Personal eventual, despejar área de circulación —repitió el altavoz—. Cualquier retraso se descontará del turno.
El supervisor de naranja se acercó a Luna.
—Vos venís al punto de control —dijo—. Si se cae alguien del camión, lo anotás en la lista.
Luna pestañeó.
—¿Eso pasa?
Él la miró con cara de “no preguntés”.
Caminaron hacia una caseta cercana a la pista.
Desde ahí, ella podía ver mejor la línea de camiones.
C–L–01, C–L–02, C–L–03…
El 01 ya estaba en posición, con la puerta lateral de la cabina cerrada.
Luna se murió de ganas de saber si Valeria —no sabía cómo llamarla, pero la recordaba— iba en alguno de esos.
Pero no alcanzaba a ver más que siluetas.
El supervisor le puso una hoja y un bolígrafo en la mano.
—Si alguien sale o entra fuera de la lista, me lo marcás —indicó—. Y no, no es para pagarles horas extra.
—¿Entonces para qué? —preguntó ella.
Él la miró con una paciencia forzada.
—Para saber quién estuvo aquí cuando pase algo que “no tenía que pasar”.
Luna tragó saliva.
El metal crujió cuando los camiones empezaron a moverse.
Uno.
Dos.
Tres.
La Terminal tenía sus propios latidos.
Y esa noche, se aceleraban.
Un detalle en la lista
Mientras los vehículos avanzaban, Luna bajó la vista a la hoja de control.
NOMBRES. TURNOS. ASIENTOS.
No reconocía a ninguno.
Hasta que, en una esquina, vio un nombre escrito a mano.
No tenía renglón propio.
Estaba apuntado en el margen.
Brandon Álvarez – acceso puntual – MANT.
El corazón le dio un brinco.
Observó la firma al lado.
No era la de ningún supervisor.
Era un garabato que conocía demasiado bien de verla en documentos del café, en notas dejadas sobre servilletas.
Él había anotado su propia entrada.
“Para que alguien sepa que estuve aquí”, pensó.
Luna apretó el papel entre los dedos.
Brandon no estaba esperando que el sistema lo protegiera.
Estaba dejando migas de pan por si todo lo demás fallaba.
Miró el patio.
El montacargas que él revisaba se había detenido junto al contenedor de pintura corrida.
El altavoz insistió:
—Convoy C–L, salida en cinco…
El supervisor regresó a su lado.
—Morales, ¿todo en orden? —preguntó.
Luna guardó la hoja contra el pecho.
—Todavía sí —dijo.
Lo que no sabía cómo decir era otra cosa:
“Si Brandon se mete un paso más donde no debe, esto va a explotar mucho antes de que los camiones crucen la reja”.
Y el monstruo, desde sus cámaras, ya había girado una de sus pupilas metálicas directamente hacia ellos.
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