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Entre el fuego y la distancia - Capítulo 78

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Capítulo 78: CAPÍTULO 78 — AJUSTES QUE NO ESTÁN EN EL MANUAL

El truco del mecánico

—Esta vibración no es del eje —murmuró Brandon, agachado junto al montacargas—. Es del alma.

El mecánico resopló.

—El alma me la dejás a mí —replicó—. Vos fíjate si el perno está flojo. Nada más.

Brandon fingió concentrarse en las piezas, pero sus ojos buscaban otra cosa: la placa del contenedor que tenían justo a la izquierda.

C–L–INC–07.

El siete mal repintado, la palabra medio tapada.

—¿Este montacargas trabaja siempre con estos contenedores? —preguntó, casual.

—No —dijo el mecánico—. Hoy sí. Mañana, quién sabe. A nosotros nos mandan donde haga falta.

Brandon ajustó un tornillo con más fuerza de la necesaria.

La máquina emitió un quejido.

—Ojo —advirtió el hombre—. Si lo dejás muy duro, va a trabarse a medio giro y ahí sí nos matan a los dos.

Brandon respiró hondo.

Podía, con unas vueltas de más, forzar una “avería” que obligara a detener el movimiento del convoy unos minutos.

Nada dramático.

Nada que pareciera sabotaje.

Solo el suficiente retraso como para que alguien —Luna, él mismo, quien fuera— viera algo más.

Giró la llave media vuelta extra.

La vibración se detuvo.

—Probá —dijo.

El mecánico subió, arrancó, avanzó unos centímetros.

Todo bien.

Luego giró.

En el cuarto de giro, el montacargas se sacudió y se detuvo con un golpe seco.

—¡¿Qué hiciste?! —gruñó el hombre, golpeando el volante.

Brandon se encogió de hombros.

—Te dije que era del alma —murmuró—. No es mi culpa si se asusta.

Minutos robados

El altavoz volvió a sonar, molesto:

—Retraso en salida de C–L. Operadores de patio, informar incidencia.

El supervisor de chaleco naranja soltó una cadena de insultos.

—¡Siempre en mi turno! —bramó—. ¿Qué pasó ahora?

El mecánico levantó la mano.

—El 3 se trabó —dijo—. Tal vez sea el freno hidráulico. Cinco minutos y lo tengo.

El hombre lo miró con cara de “no me mientas”.

—Tenés tres —corrigió—. Y que no me entere de que están armando picnic detrás de los contenedores.

Luna, desde la caseta, vio la escena.

El montacargas parado.

El contenedor INC–07 detenido a medio camino.

Brandon agachado otra vez, esta vez con más libertad de movimiento.

Sus dedos buscaron el borde inferior de la puerta del contenedor.

Había un candado.

No podía abrirlo sin que todo el mundo lo viera.

Pero sí podía levantar unos milímetros la chapa inferior, solo para ver si lo que había dentro sonaba a metal, a madera o a algo más blando.

Lo hizo.

Un olor escapó por la rendija.

No era gasolina.

Ni químicos.

Era papel.

Mucho papel.

Cajas apretadas, tal vez archivadores, tal vez sobres.

Esos eran los que más se quemaban.

—¿Problemas? —preguntó el supervisor, apareciendo de pronto.

Brandon dejó caer la chapa.

—Ya casi está —dijo—. Pero este modelo es más delicado que tu humor.

El hombre lo miró con sospecha.

Luego miró al contenedor.

El siete mal repintado, la línea de pintura nueva sobre vieja.

Hizo una llamada rápida.

—El INC–07 se retrasa —dijo—. ¿Va igual en este convoy o lo mandan en el siguiente?

Una voz respondió algo al otro lado.

El supervisor colgó.

—Listo. Ese no sale hoy —informó al mecánico—. Lo dejamos a un lado y seguimos con los otros.

Luna sintió un escalofrío.

El contenedor que más le olía a incendio se quedaba.

Los demás seguían.

Brandon lo entendió igual.

Había ganado algo.

No sabía qué.

No sabía cuánto.

Pero por primera vez, una pieza que olía exactamente igual que el pasado había quedado fuera del movimiento general.

Huellas sobre el metal

Mientras el montacargas cambiaba de posición, Brandon se permitió un gesto pequeño.

Con la mano manchada de grasa, trazó una marca mínima sobre la puerta del contenedor.

No un símbolo raro.

No un código.

Solo una inicial torcida.

L.

No de Luna.

No de Lucas.

No de nada que aquellos tipos pudieran descifrar.

Era la forma en que él, de niño, marcaba las cosas que no quería olvidar.

L para “luego”.

Para “volver”.

Para “lo pendiente”.

Se apartó justo cuando el supervisor se giraba otra vez.

—¿Listo? —preguntó.

—Listo —respondió—. El resto puede salir.

La sirena sonó de nuevo.

Convoy C–L en marcha.

El 07 se quedó atrás, como un diente torcido en una sonrisa demasiado perfecta.

Luna vio cómo los camiones, incluido el 01 donde iba Valeria, cruzaban la reja.

Anotó la hora en la hoja.

Guardó el papel en el bolsillo, como si fuera algo más que un registro de salida.

Tal vez algún día alguien necesitaría saber quién estuvo ahí cuando todo empezó a moverse.

Y tal vez, cuando ese día llegara, todavía podrían elegir qué quemar.

Ojos en la pantalla

En la sala de control, el técnico señaló la columna de eventos.

—Pequeña avería en patio —informó—. El INC–07 quedó fuera del convoy.

Ana frunció el ceño.

Amplió la cámara.

Vio al montacargas trabado.

Vio a Brandon agachado.

Vio la marca de grasa en la puerta.

Sonrió.

No de satisfacción.

De reconocimiento.

—Nunca supo obedecer órdenes completas —murmuró, recordando otra escena, otro humo, otro tipo de desastre.

El técnico la miró.

—¿Lo saco del sistema? —preguntó—. El contenedor, digo. ¿Lo reprogramo para otra ruta?

Ana negó.

—No —dijo—. Déjalo quieto. A ver quién vuelve a buscarlo.

Porque si algo había aprendido en todos esos años escuchando al monstruo era esto:

Las cosas más peligrosas no eran las que se movían.

Eran las que, de pronto, se quedaban demasiado quietas.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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