Entre el fuego y la distancia - Capítulo 79
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Capítulo 79: CAPÍTULO 79 — CUANDO ESPERAR TAMBIÉN ES UNA DECISIÓN
Diego y el alta que no tiene firma
—No estás listo para irte —dijo la doctora, sin rodeos.
Diego se incorporó un poco en la cama. Le dolió hasta el nombre, pero no se echó para atrás.
—Tampoco estoy listo para que se repita lo del almacén —respondió—. Y eso no les impidió encenderlo.
Lucas, sentado en la silla, miró a la doctora con expresión conciliadora.
—No va a manejar —aclaró—. Ni a correr una maratón. Solo… necesita estar cerca.
—¿Cerca de qué? —preguntó ella.
Diego bajó la mirada.
—De las personas a las que ya metí en esto —dijo.
La doctora suspiró, cruzó los brazos.
—Lo único que puedo hacer es poner en el informe que saliste bajo tu responsabilidad —dijo—. Y que te recomendé reposo absoluto.
—Ponga también que le debo una —murmuró Diego.
Ella sonrió, cansada.
—Eso ya lo sé —respondió—. Solo no vuelvas a entrar por esa puerta en una camilla.
Diego tragó saliva.
No prometió nada.
Mapas sobre la mesa
En el pequeño cuarto que usaban como “sala de visitas”, Diego extendió un mapa arrugado sobre la mesa.
Trazos de rutas salían de la Terminal hacia distintos puntos de la ciudad.
Ana había enviado la imagen por un canal que Lucas prefería no entender del todo: una foto borrosa, con anotaciones hechas a mano.
Convoy C–L–01, ruta externa.
Parada intermedia, zona 23.
Redirección posible hacia depósitos grises.
—Valeria está en el 01 —dijo Lucas—. Si la bajan en la parada intermedia, ahí es donde la perdemos.
Diego siguió la línea con el dedo.
—Hidalgo dijo que no puede frenar un convoy solo porque yo tenga “un mal presentimiento” —recordó—. Necesita algo que pueda justificar.
—¿Como qué? —preguntó Lucas.
Diego miró la hoja robada que Valeria había mandado antes de entrar, una foto rápida que apenas dejaba ver tres palabras clave.
C–L.
INC.
CHISPA.
—Como que el mismo tipo de mercancía vinculada al incendio está circulando sin control otra vez —respondió—. Aunque no podamos probarlo todavía.
Lucas se apoyó en la silla.
—¿Y mientras tanto? —preguntó—. ¿Qué hacés tú? Porque no te van a dejar pasear por la Terminal.
Diego guardó silencio.
Sabía que no podía entrar.
Sabía que incluso acercarse demasiado era darles una oportunidad perfecta.
Pero también sabía otra cosa:
Que dejar sola a Valeria en un patio con camiones y hombres que hablaban de la vida como si fuera stock…
…no estaba en su lista de capacidades.
—Espero donde pueda ser útil —dijo al fin—. No en la puerta del monstruo. En el camino.
Hidalgo entre dos fuegos
El teléfono vibró en el bolsillo de Diego.
Hidalgo.
—Tenés diez minutos —dijo el oficial, sin saludo—. El convoy C–L acaba de salir. Me llegó una alerta rara de retraso por avería en patio, pero ya se solucionó.
—¿Parada intermedia? —preguntó Diego.
—Confirmada —respondió Hidalgo—. Depósitos grises en zona 23. Oficialmente, solo es control de peso y documentación.
—Extraoficialmente… —empezó Diego.
—Extraoficialmente, si se quedan con alguien de los tuyos ahí, yo no voy a enterarme por la radio —cortó Hidalgo—. Así que si pensás hacer algo, que sea antes de que entren.
Diego miró el mapa.
La zona 23 no quedaba tan lejos como para ser imposible.
—¿Cuántas patrullas tenés disponibles? —preguntó.
Hidalgo soltó una risa breve.
—Para “cosas oficiales”, dos —dijo—. Para tus incendios personales… ninguna.
Silencio.
—Pero —añadió— sí puedo estacionar un carro cerca de la salida secundaria “por casualidad” y fingir que se me ponchó una llanta.
Diego sonrió, por primera vez en horas.
—Eso me alcanza —dijo.
Elegir a quién llamar
Cuando colgó, Lucas lo miró.
—¿Y a quién más vamos a avisar? —preguntó—. ¿A Valeria? No puede contestar. ¿A Luna? No sabemos dónde está. ¿A Brandon? Está dentro también.
Diego tomó aire.
Había un nombre que llevaba rato evitando.
—A Marcos —dijo.
Lucas arqueó una ceja.
—¿Al tipo que se puso a marcar territorio en tu habitación de hospital?
—Al tipo que, aunque no me soporte, tiene una cosa que nosotros no —respondió Diego—: línea directa con la gente que cree mandar en esto. Y algo que perder si esto se hace público.
Lucas gruñó.
—No sé si eso lo hace aliado o bomba.
—Ni yo —admitió Diego—. Pero si no usamos lo que tenemos, ellos van a seguir usando lo que creen que es suyo.
Marcó el número.
Mientras sonaba, pensó que tal vez esa era la parte más difícil: no saber si estaba llamando para pedir ayuda…
…o para darle a Marcos una última oportunidad de no ser parte del mismo incendio.
La llamada se conectó.
—¿Qué querés? —fue lo primero que dijo Marcos, sin cortesías.
—Que elijas —respondió Diego—. Entre seguir tapándole los ojos a los que prenden fósforos… o ayudar a que no nos quemen a todos.
Hubo un silencio largo.
Marcos no colgó.
Y eso, de momento, era más de lo que Diego se había atrevido a esperar.
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