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Entre el fuego y la distancia - Capítulo 82

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Capítulo 82: CAPÍTULO 82 — CUANDO LAS HISTORIAS EMPIEZAN A CRUZARSE

Luna y el mapa en la cabeza

Cuando el convoy desapareció tras la reja, Luna sintió algo parecido a un vértigo.

Era como ver entrar a alguien al mar sabiendo que hay corriente.

No se veía desde la orilla.

Pero estaba ahí.

Guardó la hoja con los nombres y las horas en el bolsillo interno de la sudadera.

No sabía aún qué haría con eso, pero sabía que no podía dejarlo tirado en la caseta como un papel más.

—Turno terminado —anunció el supervisor de naranja, casi sin mirarla—. Los eventuales se van por la puerta tres. Si los vuelven a llamar, mejor que sigan obedeciendo igual de rápido.

Luna pensó en responder algo sarcástico.

No lo hizo.

Solo asintió y caminó hacia donde señalaban las flechas.

Pasó por delante de la fila donde el contenedor INC–07 se había quedado.

El montacargas ya no estaba.

El contenedor sí.

La marca de grasa en la puerta seguía ahí.

Una L torcida.

Luna pasó la mano sobre la chapa, como si quisiera memorizar la textura.

—No te olvidés de mí —susurró, sin saber si se lo decía al metal, a Brandon o a sí misma.

Un mensaje a deshora

Fuera de la Terminal, el aire olía diferente.

No mejor.

Solo menos controlado.

Luna caminó hasta la parada de buses improvisada que usaban los turnos de noche. Un par de personas más esperaban, con la misma cara de siempre: cansancio resignado.

Sacó el teléfono.

Tenía un mensaje antiguo de Brandon, de la noche en que le dijo que tenían que dejar de verse “para protegerla”.

Otro, más reciente:

“Voy a entrar. Si todo sale mal, por lo menos sabrás que lo intenté.”

Respiró hondo y le escribió:

“Espero que hayas sido vos el que arruinó el montacargas. Tengo tu nombre en la hoja de control. Y una L en la puerta correcta.”

Lo envió.

No sabía si él tendría el móvil encima.

No sabía si lo leería esa noche.

Pero las palabras, una vez fuera, se sentían como un cable lanzado hacia alguien que todavía no veía.

Valeria en la intersección

El camión volvió a moverse.

No hacia la ciudad.

No hacia la Terminal.

Hacia un conjunto de depósitos más pequeños, en un complejo que olía a polvo viejo y olvido.

Casi como el lugar donde había empezado todo para Diego.

En el 23–B, un guardia medio dormido les indicó dónde estacionar.

—Los de arriba quieren revisar la carga antes de que siga —explicó—. Seguro es otro papel mal firmado. Ustedes se quedan en la cabina hasta que digan lo contrario.

Valeria sintió cómo cada fibra de su cuerpo gritaba “no”.

Miró por la ventanilla.

A lo lejos, distinguió un carro policial.

Y dos siluetas conocidas.

Diego.

Lucas.

Cuando el chofer se giró para comentar algo con el guardia, Valeria aprovechó la distracción.

—Necesito ir al baño —dijo, sin pensarlo demasiado.

El guardia hizo una mueca.

—No estás en un centro comercial —respondió—. Aguantá un poco.

—Si vomito aquí, después van a hacer otro informe por daño de mercancía —replicó ella.

Él resopló.

—Tenés dos minutos —cedió—. Baño del módulo dos. Te acompaño hasta la puerta.

Ella bajó.

No miró hacia el patrulla.

No hizo ningún gesto raro.

Solo caminó como alguien que realmente necesita un baño.

La esquina entre dos decisiones

El pasillo hacia el módulo dos estaba mal iluminado.

Olor a humedad, azulejos viejos, la típica sensación de “provisorio que se volvió permanente”.

El guardia la dejó en la puerta.

—Dos minutos —recalcó.

Valeria asintió y entró.

Dentro, azulejos rotos y un espejo que apenas reflejaba algo.

Cerró la puerta.

No fue al baño.

Sacó el teléfono.

Un mensaje de Diego entró justo en ese momento.

“Estamos en 23–B. Si podés, salí por la puerta del fondo del módulo. No vuelvas al camión sin verme.”

Valeria miró la pared.

Había una puerta al fondo, semioculta detrás de un cartel de “Solo personal”.

Se acercó.

No estaba cerrada con llave.

—Claro —susurró—. Porque nadie espera que a alguien se le ocurra usarla.

La abrió apenas.

Afuera, un corredor que daba al lateral de los depósitos.

Y, más allá, la silueta de alguien que reconocería incluso entre sombras: Diego, apoyado en la pared, fingiendo estar revisando algo en el móvil.

Valeria sintió un impulso de risa histérica.

“Siempre encontrando salidas donde no las hay”, pensó.

Y por primera vez en mucho tiempo, en lugar de volver a la cabina obedeciendo, decidió exactamente lo contrario.

Salió por la puerta del fondo.

Y el mapa empezó a cambiar.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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