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Entre el fuego y la distancia - Capítulo 84

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Capítulo 84: CAPÍTULO 84 — CUANDO DOS HISTORIAS SE NOMBRAN

Un café con demasiados fantasmas

Luna cambió de ruta.

En lugar de ir directo a su casa, caminó hasta el café.

Estaba cerrado, pero las luces pequeñas del interior seguían encendidas. Uno de los privilegios de trabajar ahí era que tenía llave.

Entró.

El silencio del local contrastaba con el ruido metálico que todavía le zumbaba en los oídos.

Se apoyó en la barra, miró las mesas, el rincón donde había visto a Brandon por primera vez. Todo parecía más pequeño ahora, después de haber caminado entre contenedores.

El móvil vibró.

Un mensaje.

Brandon.

“Salí. Entero. INC–07 se queda dentro. Tengo cosas que contarte. ¿Podés abrir?”

Luna miró la puerta de vidrio.

No necesitó preguntarle cuánto demoraría.

Ya estaba subiendo las gradas.

La conversación que ya no podían postergar

Cuando Brandon entró, traía el chaleco fluorescente en la mano y el cabello revuelto.

No se saludaron con distancia.

No estaban para eso.

—Te vi en la lista —dijo ella, levantando la hoja arrugada—. Y en el patio. Y en la L que dejaste en la puerta.

Él sonrió torcido.

—Nunca supe escribir mi nombre completo en espacios pequeños —respondió.

Se sentaron en una mesa junto a la ventana.

Luna extendió la hoja.

—Esta noche aprendí más de códigos y siglas que en cualquier trabajo formal —dijo—. C–L, INC, rutas, capas. Pero sigo sin entender algo: ¿qué tiene que ver todo esto con aquel incendio?

Brandon apoyó los codos en la mesa.

—Todo —respondió—. La serie INC era la que usaban para camuflar documentos que no querían en archivos digitales. Cajas de papel que “se perdían” si algo se quemaba. El incendio fue la forma más espectacular de borrar cosas incómodas.

—Y ahora están repitiendo el truco —dijo Luna.

—Con variantes —asintió él—. Pero sí. Y lo peor… es que no somos los únicos caminando encima de esas brasas.

Sacó su móvil.

Buscó una foto.

Se la mostró.

Valeria, saliendo por una puerta lateral de depósitos.

Diego, unos pasos detrás.

—Me la mandó Lucas hace una hora —explicó—. No preguntes cómo. El punto es: no somos los únicos que estuvimos hoy demasiado cerca del monstruo.

Poner nombres

—¿Quién es ella? —preguntó Luna, mirando la foto.

—Valeria —respondió Brandon—. La mujer por la que Diego se arrastró fuera del incendio y se dejó perseguir un año entero. Aunque él todavía no lo diga así.

—¿Y él? —señaló.

—Diego Torres —dijo—. El tipo que debió haber muerto con el resto del equipo aquella noche. El que se enteró demasiado tarde de que no todos los “suyos” estaban del mismo lado.

Luna se reclinó en la silla.

—Entonces somos cuatro —murmuró—. Dos que corren desde hace años, dos que empezamos a correr hace semanas.

—Y una “muerta” que escucha detrás de las cámaras —añadió Brandon—. Ana. Si no fuera por ella, yo no estaría aquí contándote nada. Y el contenedor INC–07 ya iría camino a saber qué destino.

Luna apretó la hoja.

—¿Y ahora qué? —preguntó—. Porque esto ya no es solo “nosotros dos y nuestros traumas de balcón”. Esto huele a algo más grande.

Brandon la miró con una mezcla de miedo y admiración.

—Ahora —dijo—, si estás dispuesta, dejamos de ser solo piezas que reaccionan. Y empezamos a ser fichas que se mueven juntas.

Una llamada a medianoche

Brandon marcó.

El altavoz del móvil en medio de la mesa.

Diego contestó al tercer tono.

—Decime que estás en un sitio donde no hay detectores de humo —fue lo primero que dijo.

—En un café que ha visto peores cosas que esta conversación —respondió Brandon—. Tengo a Luna conmigo. Y una hoja con tu apellido escondido entre códigos.

Diego guardó silencio un segundo.

—Yo tengo a Valeria y a un montón de papeles que hacen ver el incendio como un ensayo —dijo—. Nos falta una mesa más grande.

Valeria se acercó al teléfono.

—Quiero saber quién es Luna —dijo.

Luna tragó saliva.

—Una barista que pensó que lo más peligroso de su trabajo era el café muy caliente —respondió—. Hasta que alguien empezó a marcar las puertas con círculos rojos y a golpear hermanos para mandar mensajes.

Hubo un silencio compartido.

Reconocimiento.

—Somos más de los que creíamos —murmuró Valeria.

—Y menos de los que necesitaríamos —añadió Lucas, desde algún lugar fuera de la llamada.

Decidieron, casi sin decidirlo, una cosa simple:

Al día siguiente, se verían en un lugar neutral.

Ni café.

Ni hospital.

Ni oficinas.

Una plaza cualquiera.

Cuatro personas que llevaban demasiado tiempo corriendo en círculos iban, por fin, a sentarse en la misma mesa.

Y el monstruo, aunque aún no lo supiera, iba a tener que empezar a enfrentarse a algo que nunca le había preocupado:

Gente que se atrevía a compartir información sin esperar permiso.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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