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Entre el fuego y la distancia - Capítulo 85

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Capítulo 85: CAPÍTULO 85 — PRIMER PLAN QUE NO PARECE PLAN

La plaza sin nombre

Al día siguiente, el cielo amaneció con ese gris que no se decide entre llover o no.

La plaza elegida no tenía estatua central ni fuente bonita.

Solo algunas bancas, árboles flacos y un kiosco viejo que vendía periódicos que casi nadie compraba.

Brandon llegó primero.

Luna, a su lado, con un café en vaso desechable que no era del local donde trabajaba.

Valeria llegó cinco minutos después.

Pantalón sencillo, pelo recogido, ojeras que el maquillaje no alcanzó a tapar.

Diego apareció último, caminando más lento de lo que le habría gustado admitir. La herida todavía tiraba.

Durante unos segundos, nadie dijo nada.

Era raro ver juntos a los nombres que hasta entonces habían estado repartidos en mensajes, fotos borrosas y expedientes.

—Bueno —rompió el hielo Luna—. Supongo que este es el momento en que alguien despliega un mapa y dice “tengo un plan”.

Todos miraron a Diego.

Él alzó las manos.

—Si esperan un powerpoint, se equivocaron de trauma —dijo—. Lo que tenemos es esto.

Sacó la carpeta que Marcos había entregado.

Y la hoja que Valeria había robado.

Y la lista arrugada que Luna llevaba en el bolsillo.

Las puso sobre la banca, como si montara un pequeño altar.

Armando el rompecabezas

—Informes de empresa después del incendio —explicó Diego, señalando la carpeta—. Muestran cómo se redirigieron contratos, se “reubicaron” rutas y se justificó la pérdida de archivos físicos.

—Listados de series C–L e INC —añadió Valeria—. Indican qué tipo de carga va en qué contenedor. Algunas combinaciones no tienen sentido si fueran solo mercancía común.

—Registro de salida del convoy de anoche —intervino Luna, estirando su hoja—. Incluye tu nombre, Brandon, apuntado en el margen. Y la hora exacta en que el C–L–01 cruzó la reja.

Brandon respiró hondo.

—Y el contenedor INC–07 que logré dejar fuera del convoy —añadió—. Está en la Terminal. Marcado con una L. Si tienen prisa por usarlo, van a tener que moverlo en otra ruta.

Lucas, que había llegado un poco más atrás y los observaba sin intervenir, se acercó.

—Todo esto es valioso —dijo—. Pero separado son solo piezas de paranoia. Para que tenga peso, necesitamos dos cosas: contexto… y testigos.

—¿Testigos como quién? —preguntó Valeria.

—Como alguien que estuvo dentro del incendio y no murió —respondió Lucas, mirando a Diego—. Y como alguien que fue declarada muerta para trabajar desde adentro —añadió, pensando en Ana—. Y como alguien que, desde la “legalidad”, pueda decir que estos papeles no son invento nuestro.

¿A quién más meter en el fuego?

—Conozco una periodista —dijo Brandon, al cabo de un rato—. De las que todavía escriben cosas que molestan a gente importante. Le debo un favor. O mejor dicho, ella me lo debe a mí.

Luna lo miró, curiosa.

—¿Qué hiciste por ella?

—La saqué de un bar una noche antes de que un tipo que ahora aparece en estos informes la convenciera de que era buena idea “dejarse invitar a una reunión privada” —respondió—. Desde entonces, me cree cuando le digo “ahí no, metéte aquí”.

Diego asintió.

—Una periodista sirve para algo más que hacer ruido —dijo—. Puede almacenar copias, publicar si nos pasa algo, hacer las preguntas que la policía no puede.

Valeria miró la carpeta.

Pensó en Claudia.

—¿Y qué hacemos con ella? —preguntó—. Está jugando a los dos bandos.

—Mientras nos dé información, es útil —respondió Diego—. El día que deje de hacerlo, será problema.

—O solución —añadió Luna.

Primer acuerdo

Al final de la conversación, no tenían un “plan maestro”.

No tenían fechas exactas, ni esquemas, ni organigramas.

Tenían, eso sí, algunas decisiones claras:

Brandon hablaría con la periodista, entregándole copias de parte de los documentos, sin mencionar todos los nombres aún. Si algo les pasaba a ellos, ella publicaría. Luna seguiría trabajando en el café, pero con ojos nuevos. Cualquier cliente sospechoso, cualquier conversación extraña, cualquier círculo rojo, sería anotado. Valeria usaría su posición —aunque estuviera en pausa— para pedir explicaciones a su empresa sobre las rutas con serie K y C–L. No como acusación, sino como “preocupación por reputación”. Ver cómo reaccionaban. Diego, con ayuda de Ana y Lucas, intentaría rastrear dónde terminaban los contenedores serie INC que no “desaparecían” en incendios. Lo que no ardía, decía mucho.

No era un plan perfecto.

Ni siquiera uno bueno.

Pero era un principio.

Y, sobre todo, era algo que no habían tenido hasta entonces: un acuerdo entre personas que, aunque temblaran, habían decidido dejar de huir solas.

Mientras se despedían, el cielo finalmente decidió llover.

Nadie corrió a refugiarse.

Tal vez porque, comparada con lo que se venía, esa agua les parecía lo más inocente del mundo.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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