Entre el fuego y la distancia - Capítulo 86
- Inicio
- Todas las novelas
- Entre el fuego y la distancia
- Capítulo 86 - Capítulo 86: CAPÍTULO 86 — LA RESPUESTA DEL MONSTRUO
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 86: CAPÍTULO 86 — LA RESPUESTA DEL MONSTRUO
El círculo regresa
Esa noche, Luna cerró el café con la sensación extraña de haber estado todo el día en un escenario.
Cada cliente, cada pedido, cada “¿me das un latte?” había pasado por un filtro nuevo en su cabeza.
Buscaba patrones.
Miradas demasiado curiosas.
Manos con tinta roja.
Nada.
Hasta que encontró algo donde menos lo esperaba.
En la persiana metálica, del lado de afuera.
Un círculo rojo.
Más pequeño que el que vio en la puerta de Valeria aquella vez.
Más discreto.
Pero igual de claro.
No estaba relleno.
Era solo el contorno, como si alguien hubiera querido decir “esto es solo el borde de lo que viene”.
Luna sintió un escalofrío.
No llamó a nadie en ese momento.
Primero, hizo una foto.
Luego, tocó la pintura.
Estaba fresca.
Eso significaba que alguien había estado ahí mientras ella servía cafés.
Mientras hablaba con Brandon por mensajes cortos.
Mientras intentaba aparentar normalidad frente a compañeros que no sabían nada.
—Bien —murmuró, casi con rabia—. Querían que supiera que están mirando.
Valeria y la visita inesperada
En otro punto de la ciudad, Valeria revisaba correos.
Había decidido, contra el consejo de todos, presentarse en la oficina “solo para poner en orden unos pendientes”.
En realidad, quería ver cómo reaccionaban sus jefes cuando ella preguntara por las rutas C–L.
El director de proyectos entró al cubículo con su típica sonrisa de medio lado.
—Valeria —dijo—. Nos alegra verte de nuevo en la casa.
Ella sostuvo su mirada.
—A mí me alegraría más si supiera hacia dónde estamos mandando exactamente nuestras cargas “sensibles” —respondió—. Estuve revisando algunos informes. Hay rutas que no me cuadran.
Él parpadeó.
—Los detalles logísticos no son necesarios para tu puesto —dijo—. Para eso están los socios externos.
—Esos mismos socios externos aparecen en documentos del incendio de hace años —insistió ella—. Y ahora en nuevas rutas. No puedo fingir que no lo sé.
El director se aclaró la garganta.
—Esas cosas es mejor hablarlas con calma —dijo—. Fuera del horario de oficina. Hay conversaciones que se manejan mejor en espacios… más privados.
Valeria reconoció el intento de mover la charla a la sombra.
—Lo tendremos en cuenta —dijo—. Pero yo no voy a otro sitio sin copia de todo lo que firme.
Cuando salió del edificio, encontró algo pegado en el parabrisas de su coche.
No era una multa.
Ni publicidad.
Era una servilleta.
Con un círculo rojo dibujado.
Y una frase debajo:
“Dejá de mirar donde no te llaman.”
Valeria arrugó la servilleta con mano firme.
—Llegaron tarde —susurró—. Ya vi.
Un mensaje para todos
En el hospital, Lucas entró a la habitación de Diego con el ceño fruncido.
—Ana mandó algo —dijo, mostrando la pantalla del portátil.
Era una captura de una cámara externa.
Se veía la fachada del café.
La persiana con el círculo rojo.
Fecha y hora en la esquina.
—Están marcando terreno —dijo Diego—. Como perros.
—Y como incendios —añadió Lucas—. Antes de encender, señalan.
Otro mensaje entró al móvil de Diego.
Valeria.
Foto de la servilleta.
“Parece que también saben dónde estaciono.”
Poco después, Brandon envió otra.
La foto de un muro cercano a su apartamento.
No un círculo, esta vez.
Solo una línea roja horizontal, a la altura de la cintura.
“Para que sepas hasta dónde puede llegar”, decía el texto acompañado.
Diego sintió una mezcla peligrosa de miedo y determinación.
—Nos están diciendo “los vemos” —dijo—. Y lo están haciendo al mismo tiempo, en lugares distintos.
Lucas asintió.
—Es su forma de recordarnos que tienen más manos que nosotros ojos —respondió.
Cambiar el significado
Esa noche, en el chat que habían creado para coordinarse —un grupo con un nombre tan ridículo que nadie con poder se tomaría la molestia de buscarlo—, las fotos se alinearon:
La persiana del café.
La servilleta de Valeria.
El muro de Brandon.
Luna escribió primero:
“Si los círculos eran solo amenazas… podríamos borrarlos. Pero siento que son algo más. Son la forma en que ellos organizan su tablero. Marcan piezas.”
Valeria respondió:
“Pues empecemos a marcar nosotras también. No solo como víctimas. ¿Y si usamos el mismo símbolo para avisarnos de zonas vigiladas? Si lo veo, ya no es solo “ellos estuvieron aquí”. También puede ser “yo estuve, vi, no me callé”.”
Brandon añadió:
“Reapropiarnos del idioma del monstruo. Me gusta.”
Diego tardó un poco más en escribir.
“Cuidado con jugar con fuego en la misma escala. Ellos no dudan en prender. Nosotros sí. Esa es nuestra ventaja y nuestra debilidad.”
Luna envió otra foto.
La persiana del café, esta vez con algo nuevo al lado del círculo rojo.
Había dibujado, con marcador negro, un pequeño punto justo en el centro del círculo.
“Entonces hagamos esto”, escribió.
“Círculos vacíos cuando sean suyos. Círculos con punto cuando también sean nuestros. Para que sepan que ya no solo somos puertas donde dejan mensajes. También somos ojos que los devuelven.”
Nadie se rió.
Nadie dijo que era infantil.
Porque, en el fondo, todos sabían que las guerras no siempre empezaban con armas. A veces, empezaban con quién decidía el significado de un símbolo.
Y esa noche, por primera vez, el monstruo no era el único que escribía sobre las paredes.
Creation is hard, cheer me up!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com