Entre el fuego y la distancia - Capítulo 87
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Capítulo 87: CAPÍTULO 87 — CUANDO EL SÍMBOLO EMPIEZA A RESPONDER
La mañana después del punto
Luna llegó al café media hora antes de su turno.
Lo primero que vio fue la persiana.
El círculo rojo seguía ahí.
Y el punto negro en medio también.
Solo que ahora había algo más.
Alrededor del círculo, alguien había añadido, con un trazo fino, casi elegante, una corona de pequeñas marcas. Como dientes diminutos.
No era un garabato de adolescente.
Era una respuesta.
—Ya te vieron —murmuró, más para sí que para cualquiera.
Sacó una foto.
La mandó al grupo.
Valeria fue la primera en contestar.
Valeria: “No les gusta que juguemos con sus juguetes.”
Brandon añadió otra imagen.
En la pared cercana a su edificio, la línea roja horizontal que había encontrado la noche anterior ahora tenía una flecha negra al final.
Apuntando hacia la puerta.
Brandon: “Parece que su diseñador gráfico interno se puso creativo.”
Diego escribió más tarde.
Él también tenía novedades.
En el hospital, en la puerta trasera por donde lo sacaban a fumar a escondidas, alguien había pintado un círculo diminuto, casi invisible, a la altura del marco.
No tenía punto.
Pero sí una pequeña X en la esquina inferior.
Diego: “Ya saben que no estoy tan muerto como querían.”
Periodista en medio de códigos
La periodista se llamaba Rocío Salmerón.
No usaba lentes, ni gabardina larga, ni sombrero como en las películas viejas. Llevaba mochila, tenis gastados y un cansancio lúcido en la mirada.
Se sentó frente a Brandon en una mesa del fondo, esa que nunca llegaba suficiente luz.
—Cuando me dijiste “incendio” pensé que ibas a hablar de corrupción normal —dijo Rocío, hojeando las copias que él le había pasado—. Pero esto no es normal. Esto es… sistemático.
Brandon la dejó avanzar.
Ella vio los informes de Marcos, los listados de Valeria, las notas de Diego sobre la noche del fuego, la hoja de control que Luna había rescatado.
—Si publico esto así como está, me cierran el medio —dijo Rocío, sin dramatismo—. O peor: lo compran. Y nadie más vuelve a oír de mí.
—No quiero que publiques todavía —respondió Brandon—. Quiero que los guardes. Que los cruces con lo que ya sabes. Y que tengas un botón listo por si a cualquiera de nosotros nos pasa algo.
Rocío lo miró, seria.
—¿Qué es “algo”? —preguntó—. ¿Amenazas? ¿Un empujón en la calle? ¿Una visita “amable” de un abogado?
Brandon pensó en Lucas golpeado, en la camilla, en el casco negro.
—Digamos que el botón se aprieta si alguien termina en un hospital… o no llega —dijo.
Rocío respiró hondo.
—Entiendo —respondió—. No te prometo héroes. Te prometo archivo. Y que, si esto termina en la morgue, no va a hacerlo en silencio.
Ana observa, sin poder aplaudir
En la sala de control, Ana vio aparecer el círculo con punto en la persiana del café.
Había ojos que se le escapaban.
Pero no ese.
Se permitió una sonrisa mínima.
El técnico a su lado no notó nada.
—Mirá esto —dijo ella, ampliando otra cámara—. Alguien está repitiendo los círculos, pero con variantes.
El tipo se encogió de hombros.
—Grafiteros aburridos —respondió—. Mientras no lo hagan dentro, que pinten lo que quieran.
Ana anotó la hora del graffiti.
El ángulo de la sombra.
El tipo de pintura.
En el monstruo, los símbolos eran órdenes.
Fuera, tal vez empezaban a ser diálogo.
Un chat que cambia de tono
Por la noche, el grupo volvió a escribir.
Luna: “Si nos están respondiendo, significa que les importa lo que hacemos. Y eso significa que estamos tocando algo sensible.”
Valeria: “O que quieren que creamos que les importa, para que nos confiemos.”
Diego: “Las dos cosas pueden ser ciertas. Lo importante es que ya no somos puntos aislados en su mapa. Somos una figura. Y las figuras se ven mejor desde arriba… y desde abajo.”
Brandon: “Rocío acepta el trato. Tiene copia de todo. Dice que su jefe no sabe aún. Prefiere mantenerlo así.”
Lucas: “Mientras menos sepan los que firman nóminas, mejor para nosotros.”
El último mensaje aquella noche fue de Ana.
Nadie la tenía registrada con su nombre verdadero.
Su usuario era un simple icono de flama azul.
Ana: “INC–07 se mueve mañana. No en convoy. Solo. Raro. Yo no di esa orden. Alguien más se adelantó.”
Silencio.
Diego: “Entonces el monstruo también tiene prisa. Eso nunca es buena señal.”
Luna miró la pantalla antes de dormir.
Sintió la mezcla conocida de miedo y excitación.
Eran pequeños, sí.
Pero no estaban quietos.
Y, por primera vez, tampoco el monstruo.
Ana, sola frente a sus monitores, vio aparecer un nuevo archivo en el sistema con un nombre que no esperaba: Y supo que el pasado estaba a punto de reescribirse… o de explotar en la cara de todos.
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