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Entre el fuego y la distancia - Capítulo 88

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Capítulo 88: CAPÍTULO 88 — LO QUE QUEDA DESPUÉS DEL FUEGO

Noche Azul vuelve a encenderse

Diego se quedó mirando el nombre del archivo que Ana le había enviado como captura.

NOCHE_AZUL.

Ese bar del que nunca hablaba.

Ni siquiera con Valeria.

Ni siquiera consigo mismo.

Lucas vio el color desaparecerle de la cara.

—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Qué es ese archivo?

Diego tragó saliva.

—Es la primera vez que veo ese nombre en papel —dijo—. Hasta ahora solo existía en susurros.

Valeria, al otro lado de la llamada, escuchaba.

—¿Noche Azul fue antes del incendio? —preguntó.

—Noche Azul fue el ensayo general —respondió Diego—. Un “accidente” que nadie quiso investigar porque el dueño del local arregló todo con la aseguradora. Cuatro heridos. Ningún muerto oficial. Mucho humo. Pero en realidad fue otra cosa.

El bar que no figuraba en ninguna guía

Años atrás, Noche Azul era el sitio al que iban quienes querían hablar sin ser oídos.

Música alta, luces bajas, mesas separadas lo justo.

Diego se reunía ahí con uno de los primeros jefes de logística que tuvo, un hombre que le hablaba de rutas, de stock, de “oportunidades”.

Una noche, hubo un cortocircuito.

Eso dijeron.

Lo que Diego no solía contar era que, media hora antes del cortocircuito, vio a dos tipos con chaquetas oscuras entrar al almacén trasero con cajas que no pertenecían al bar.

Y que él mismo, al ir al baño, vio uno de esos círculos rojos por primera vez, dibujado en la pared que daba a la calle lateral.

—Ese incendio no salió en las noticias —explicó ahora—. Ni hubo investigación seria. Solo un cierre temporal, unas reparaciones rápidas… y un cambio de dueño.

—¿Y qué tiene que ver eso con la Terminal? —preguntó Luna.

—El jefe de logística que me llevó ahí terminó trabajando con los mismos socios que luego aparecieron en los papeles del almacén grande —dijo Diego—. Noche Azul fue la prueba de que podían encender un sitio, borrar papeles, cambiar nombres… y nadie iba a unir los puntos.

INC–07 y el espejo del pasado

Ana, desde dentro, mandó otro mensaje.

Ana: “INC–07 sale en 2h. Ruta corta. Sin escolta oficial. No sé qué lleva, pero todos los reportes asociados apuntan a ‘ARCHIVO FÍSICO’.”

Diego apretó el móvil.

—Si ese contenedor lleva documentos que conectan Noche Azul con el incendio y con las rutas nuevas, no lo van a dejar dando vueltas mucho tiempo —dijo—. O lo queman, o lo esconden donde nadie lo vea.

Brandon se pasó la mano por la nuca.

—Puedo seguirlo un tramo —propuso—. Si dicen que va sin escolta, un carro más detrás no destacará.

Luna frunció el ceño.

—Y si te ven… —empezó.

—Ya me vieron —la cortó él—. De todas formas pintaron una flecha a mi puerta. No hay mucho más que ocultar.

Valeria miró sus propias manos temblando.

—Yo puedo revisar desde fuera quién firma la salida de ese contenedor —dijo—. Si es alguien de mi empresa, vamos a tener un nombre nuevo para la lista.

Seguir y no ser visto

La tarde se volvió una coreografía rara.

Ana, frente a pantallas.

Rocío, frente a su propia computadora, recibiendo copias cifradas.

Brandon, en su carro, estacionado a una distancia prudente de la salida secundaria por donde INC–07 debía salir.

Diego, con Lucas, viendo el mapa moverse.

Luna, en el café, tratando de servir lattes sin temblar cada vez que el móvil vibraba.

Cuando el contenedor salió, parecía uno más.

Sin marcas nuevas.

Solo la L de grasa.

Brandon encendió el motor.

Mantuvo distancia.

Ana comentaba por el chat:

Ana: “Se dirige a la zona industrial vieja. Nada oficial dice que deba ir ahí. Esto ya es extraoficial.”

Valeria anotaba nombres:

Valeria: “Firma de salida: subcontrata de seguridad ‘Vector’. No me suena, pero apuesto a que si rasco sale alguna conexión con el mismo grupo de siempre.”

El lugar donde los papeles van a morir

El contenedor se detuvo frente a una nave industrial sin logo.

Las paredes, grises y descascaradas.

Las ventanas, cubiertas.

Brandon deslizó el carro detrás de un camión de reparto para ocultarse.

Vio cómo dos hombres abrían la puerta de INC–07.

Uno de ellos llevaba guantes.

Dentro, cajas.

No de mercancía.

De archivo.

—Ahí está —susurró, sin micrófono—. Toda una vida de papeles que alguien quiere que desaparezcan.

Tomó fotos rápidas.

No podía acercarse más.

Uno de los hombres miró hacia la calle.

Brandon agachó la cabeza.

Esperó.

Escuchó un ruido distinto al del metal.

Gasolina.

La reconoció al instante.

Ana mandó un último mensaje.

Ana: “Estoy perdiendo señal del GPS del contenedor. Están usando un inhibidor. Donde está ahora, el sistema ya casi no lo ve.”

Brandon vio la primera chispa.

El fósforo acercándose a un rastro de líquido.

Ese olor que ya conocía demasiado bien.

Y entendió que no iban a tener tiempo de nada.

Pero también entendió otra cosa:

Que, a diferencia de Noche Azul y del almacén, esta vez el fuego no iba a ser un secreto completo.

Había ojos mirando.

Cámaras improvisadas.

Y una periodista esperando del otro lado para recibir lo que fuera que lograran salvar de las llamas.

La primera explosión fue más pequeña de lo esperado.

Lo suficientemente fuerte para doblar láminas…

pero no para apagar una voz que, al otro lado de la ciudad, empezaba a grabar un audio:

«Esto no es un accidente. Y esta vez, vamos a contarlo».

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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