Entre el fuego y la distancia - Capítulo 90
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Capítulo 90: CAPÍTULO 90 — LA OFERTA QUE NADIE DEBERÍA ACEPTAR
Claudia cambia de tono
Valeria encontró a Claudia esperándola en la salida menos concurrida del edificio.
No llevaba el traje impecable de siempre. Jeans, chaqueta de cuero, gafas en el cabello.
Pero seguía oliendo a poder.
—Pensé que ya no te gustaba hablar conmigo —dijo Valeria, frenando a unos pasos.
Claudia sonrió.
—No me gusta discutir en pasillos con cámaras —respondió—. Pero sí me gusta que la gente que me interesa se mantenga viva.
Valeria cruzó los brazos.
—¿Y desde cuándo te intereso como algo más que una variable molesta? —replicó.
—Desde que decidiste no hacerte la tonta —dijo Claudia—. Eso te vuelve peligrosa. Y las personas peligrosas son más útiles al lado que enfrente.
Un café sin azúcar
Fueron a una cafetería pequeña, lejos del centro.
Claudia pidió espresso doble.
Valeria, agua.
—Voy a ser directa —empezó Claudia—. Estás en medio de un tablero que no diseñaste. Esa es la mala noticia. La buena es que todavía tenés margen para elegir en qué casilla quedarte.
Valeria levantó una ceja.
—¿Me estás ofreciendo trabajo? ¿Protección? ¿Un círculo rojo con garantía extendida?
Claudia soltó aire por la nariz.
—Te estoy ofreciendo información —dijo—. Y un trato.
Sacó una tablet.
Mostró documentos.
Fotos.
Contratos.
—Puedo demostrarte que el mismo grupo que movió cargas bajo la serie INC estuvo detrás de Noche Azul y del incendio grande —explicó—. Puedo darte nombres de intermediarios, de compañías pantalla, de políticos que firmaron sin leer. Pero a cambio necesito algo de vos.
Valeria se inclinó hacia adelante.
—¿Qué? —preguntó.
El precio
—Distancia —respondió Claudia—. De Diego. De Brandon. De Luna. De cualquier movimiento que no pueda controlar. Mientras estés cerca de ellos, vas a seguir siendo punto débil y moneda de cambio. Y eso… nos complica a todos.
Valeria se quedó en silencio.
No era la oferta que había esperado.
No era “te compro”, ni “te callo”.
Era “aléjate de los tuyos”.
—¿Y por qué te preocupa que ellos se metan? —preguntó—. ¿No te conviene que vayan rompiendo cosas para que el monstruo se debilite y vos puedas negociar mejor?
Claudia la miró un rato largo.
—Porque yo también estoy en la boca del monstruo —dijo—. Y a veces, cuando alguien le clava un cuchillo desde fuera sin mirar, no distingue bien a quién muerde.
Elegir fuego
Valeria pensó en Diego.
En el hospital.
En su mano alrededor de la suya.
Pensó en Marcos.
En los informes que había entregado.
En Rocío.
En Luna dibujando puntos negros.
—Si acepto —dijo al fin—, ¿qué pasa?
Claudia se encogió de hombros.
—Te doy archivos. Te digo dónde mirar. A cambio, no te veo en reuniones con ellos. No aparecés en videos con contenedores, ni en chats imprudentes, ni en plazas públicas hablando de conspiraciones.
—Y si no acepto… —dejó la frase abierta.
—Entonces vas en la misma bolsa —respondió Claudia, sin adornos—. Y si el monstruo decide cortar la cuerda, yo no voy a poder evitar que caigás con el resto.
La respuesta que no es simple
Valeria miró su vaso de agua.
Pensó en algo que Diego le había dicho en el hospital:
“Prefiero saber a qué le tengo miedo que seguir imaginando cosas peores.”
—Te voy a contestar ahora —dijo, levantando la vista—. Para que no pensés que estás negociando sola.
Claudia esperó.
—Voy a seguir viendo a Diego, a Luna y a Brandon —dijo Valeria—. No porque me guste estar en la mira, sino porque ya lo estoy. Si me alejo de ellos, no desaparece el círculo en mi puerta. Solo me quedo sola con él.
Claudia no pareció sorprendida.
—Lo imaginé —respondió—. Por eso traje esto.
Le deslizó una memoria USB.
—Aquí tenés lo que prometí —dijo—. Contratos, nombres, conexiones. Úsalo bien. O úsalo mal. Pero acuérdate de algo: cuanto más ruido hagan ustedes, más probable es que alguien, en algún punto, decida que la forma más fácil de apagar el fuego es volar todo.
Valeria tomó la memoria.
Estaba fría.
Ligera.
Peligrosa.
—Vos también estás en esa explosión —le recordó.
Claudia sonrió, por primera vez de verdad.
—Cariño —dijo—, yo llevo caminando sobre dinamita desde antes de que vos aprendieras a encender una estufa.
Esa noche, al conectar la memoria al ordenador de Diego, apareció una carpeta con un nombre que ninguno esperaba:
Y entre los nombres, uno resaltó como si brillara solo:
un apellido que ya pertenecía a alguien demasiado cerca de ellos.
Creation is hard, cheer me up!
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