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Entre el fuego y la distancia - Capítulo 92

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Capítulo 92: CAPÍTULO 92 — ANA EN LA LÍNEA DE FUEGO

El interrogatorio amable

Ana sabía que el día iba a llegar.

Ese en que ya no bastaría con ser la operadora modelo.

En que alguien subiría a la sala con preguntas que no se respondían con “sí, sistema estable”.

El jefe de seguridad interna apareció después del mediodía.

Traje gris, corbata discreta, sonrisa de oficina.

—Ana —saludó—. ¿Tenés un momento?

Ella asintió.

—Claro —respondió—. ¿Hay algún problema con los registros?

Él se sentó a su lado.

Miró las pantallas, no los ojos.

—Hemos notado actividad inusual en ciertas rutas —dijo—. Convoys desviados, cámaras que enfocan justo cuando no deberían, archivos antiguos que reaparecen en el sistema.

Ana puso su mejor cara de confusión controlada.

—Los sistemas están configurados para recuperar archivos cada cierto tiempo —explicó—. Quizá alguien ejecutó una búsqueda masiva.

—Eso queremos saber —replicó él—. Quién. Y por qué.

Caminar sobre la cuerda

La entrevista se trasladó a una sala más pequeña.

Una mesa.

Dos sillas.

Una carpeta.

Ana se sentó con las manos sobre los muslos, para ocultar cualquier temblor.

—Sabemos que sos de las mejores operadoras que tenemos —dijo el jefe—. Tus tiempos de respuesta son impecables. Nunca has faltado sin aviso. Nunca has pedido acceso a cosas que no necesitás.

Pausa.

—Hasta ahora.

Ana respiró hondo.

—No entiendo —dijo.

Él deslizó unas hojas.

Capturas de pantalla.

Logins.

Rutas consultadas.

El archivo de Noche Azul.

INC–07.

—Estos accesos se hicieron desde tu estación —dijo—. En horarios en los que estabas de turno. Solo queremos estar seguros de que nadie te está usando. O de que no estás… distraída.

Mentir con precisión

Ana sabía que no podía negar todo.

Eso levantaría más sospechas.

Tenía que admitir lo suficiente como para parecer humana, pero no tanto como para delatar lo otro.

—He revisado rutas C–L e INC —admitió—. Después del incidente con el contenedor perdido. Me pareció extraño que se registrara como “error de transmisión”. Tengo familiares que trabajan cerca de la Terminal. No quería que estuvieran en riesgo por un fallo que el sistema no estaba registrando bien.

El jefe la observó.

—No hiciste informe de esa preocupación —señaló.

—Quería estar segura de que no era solo un bug —replicó ella—. No soy de las que grita “fuego” por un error de tipeo.

Él sonrió apenas.

—Entiendo —dijo—. Pero a veces los incendios empiezan por cosas pequeñas. Y tenemos que estar seguros de que nadie desde dentro está… jugando con fósforos.

Pequeñas lealtades, grandes riesgos

Le mostraron más capturas.

Una en particular le heló la sangre: un log de acceso a un canal interno donde ella había dejado, sin querer, rastros de mensajes a Diego.

No texto.

Solo tiempos, IP.

Pero bastaba.

—Hay tráfico que sale de tu estación a direcciones no habituales —dijo el jefe—. Nada ilegal, por ahora. Pero queremos asegurarnos de que no abrís puertas por donde cualquiera pueda entrar.

Ana decidió jugar una carta peligrosa.

—Tengo un amigo que estuvo en el incendio del almacén —dijo—. El sistema lo dio por muerto. Pero no lo está. Cuando vi lo de INC–07, pensé que… quizás había relación. Le pregunté si había oído algo raro. No le di detalles. Solo… necesitaba saber.

El jefe la miró.

Parecía medir cuánto de verdad había en eso.

—Los muertos que no están muertos son un problema —dijo al fin—. Pero un problema menor comparado con filtraciones a la prensa o con sabotajes internos.

Se inclinó hacia adelante.

—Te voy a hablar claro, Ana —añadió—. Tenés talento. Y lealtad… hasta que me demuestres lo contrario. Si hay algo más que tenga que saber, este es el momento de decirlo. Porque cuando empiece otra gente a hacer preguntas, ya no voy a poder protegerte.

Elegir qué callar

Ana pensó en Rocío.

En Valeria.

En Luna.

En Brandon.

En Diego, con el cuerpo lleno de cicatrices.

Pensó en cuántas líneas podían rastrear si decidía contarles todo.

Y en cuántas cosas quedarían sin ningún testigo desde dentro si la sacaban del sistema.

—No hay nada más —dijo—. Solo… curiosidad. Y miedo. Como cualquiera que ha visto demasiadas noticias de incendios “accidentales”.

El jefe la estudió un momento más.

Luego cerró la carpeta.

—Vamos a monitorear tus accesos un tiempo —dijo—. No te ofendas. Viene de arriba. Hay gente nerviosa. Cuando la gente nerviosa manda, a los que estamos en medio nos toca hacer malabares.

Ana sonrió, sin humor.

—Estoy acostumbrada —respondió—. Mi trabajo es mirar números que no se alteran… sabiendo que la vida real siempre se mueve mucho más.

Cuando lo vio salir, supo dos cosas:

Que la habían puesto en la lista de “posibles problemas”.

Y que, aun así, seguían necesitando a alguien como ella mirando las pantallas.

Antes de irse, el jefe dejó caer una frase que no estaba en ningún manual:

—Ah, y Ana… Si vuelves a ver cosas raras, no se las contés a amigos muertos. Contámelas a mí.

Ella sonrió.

Pero por dentro, solo pudo pensar en una cosa:

“Si se las cuento a vos… entonces sí que me quedo sin nadie”.

Creation is hard, cheer me up!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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