Entre el fuego y la distancia - Capítulo 93
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Capítulo 93: CAPÍTULO 93 — LA TRAMPA EN LA TERMINAL
Invitación envenenada
Un correo llegó a Valeria desde la dirección corporativa de la Terminal.
“Asunto: Mesa de diálogo sobre seguridad y transparencia. Invitación”.
El texto era impecable.
Habían tomado nota, decían, de sus “preocupaciones legítimas”.
Querían reunir a representantes de empresas, sindicatos, prensa y autoridades para “conversar abiertamente”.
Rocío recibió otro correo similar.
Brandon, una llamada de un supervisor “bien intencionado” que le habló de “reunión de trabajadores críticos”.
Diego, un mensaje reenviado por Hidalgo: “Me están invitando a una mesa donde supuestamente vamos a revisar protocolos. Huele raro. O es trampa… o es la primera grieta pública.”
Decidir si entrar
Se reunieron, otra vez, en el café.
—Es demasiado perfecto —dijo Luna—. Justo después de que Rocío preguntara en público, justo después de lo de INC–07… ¿Y ahora quieren escuchar?
Rocío estaba dividida.
—Parte de mi trabajo es estar donde están las declaraciones oficiales —dijo—. Si no voy, se lo pierden.
—Y parte del nuestro es no meternos donde nos encierran con candado —añadió Brandon.
Valeria miró el correo.
—Si vamos, por lo menos vemos sus caras —dijo—. Vemos quién se presenta como “responsable”. Quién habla. Quién calla. Quién se incomoda.
Diego apretó la mandíbula.
—Es trampa —dijo—. Pero a veces conviene ver la trampa desde dentro. Siempre que tengas una salida clara.
Hidalgo mandó un audio.
—Yo voy a estar ahí igual —dijo—. Me conviene como policía, como ciudadano y como alguien que ya se cansó de ver informes mal hechos. Si entran, nos sentamos cerca. Si pasa algo raro, que no nos agarre separados.
La mesa
La sala de reuniones estaba demasiado pulcra.
Pantallas grandes.
Agua en botellas pequeñas.
Café caro.
En la cabecera, un representante de la Terminal.
A su lado, alguien del ministerio.
Más allá, un directivo de la empresa de Valeria.
Rocío se sentó en el lado donde estaban los periodistas.
Brandon y otros trabajadores, frente.
Valeria, en la zona de “empresas socias”.
Diego no aparecía como tal.
Entró con Hidalgo, con la excusa de “asesor externo”.
Ana, desde las cámaras, lo vio.
Marcó sus rostros en su mente.
—Bienvenidos —empezó el representante—. Sabemos que ha habido inquietudes. Queremos disipar rumores y demostrar que aquí no hay nada que ocultar.
Rocío apretó el bolígrafo.
—Genial —pensó—. Eso mismo dicen siempre antes de no decir nada.
El giro
Durante los primeros minutos, todo fue teatro.
Presentaciones.
Palabras como “compromiso”, “transparencia”, “confianza”.
Hasta que uno de los sindicalistas levantó la mano.
—Si hay tanta transparencia, ¿por qué un convoy con serie INC fue a parar a una nave sin registro y ardió sin que nadie lo reportara? —preguntó.
Silencio.
Ojos hacia el director.
Valeria vio el sudor en su frente.
Rocío tomó nota.
El representante sonrió forzado.
—Estamos investigando ese incidente —dijo—. Parece haber sido un malentendido de rutas. Nada indica que hubiera material sensible.
Diego no aguantó.
—¿Y Noche Azul también fue un malentendido? —preguntó, alto.
Varias cabezas se giraron.
El nombre no estaba en la agenda.
El director lo miró.
—¿Quién es usted? —inquirió.
—Alguien que estuvo dentro —respondió Diego—. Y que ahora ve los mismos patrones repetirse. ¿También va a decir que las cajas quemadas no tenían nada importante?
Se cierra la jaula
En ese momento, las puertas se cerraron con un sonido que ninguno esperaba.
No fue solo la del salón.
Fue un bloqueo general.
Ana lo vio desde su consola.
Nivel de seguridad elevado.
Puertas internas cerradas.
—Mierda —susurró—. La “mesa de diálogo” tiene modo trampa.
En la sala, el representante hizo un gesto al jefe de seguridad.
—Por favor, mantengamos la calma —dijo—. Ha habido amenazas de sabotaje. Es por su propia seguridad.
Hidalgo se puso de pie.
—Nadie me informó de ningún protocolo de cierre total —dijo—. Y menos en una reunión con prensa dentro.
El jefe de seguridad fingió sorpresa.
—Órdenes de arriba —respondió—. Solo será un momento.
Diego sintió que la piel le ardía.
Valeria buscó la mirada de Luna, que se había colado como “asistente”.
Rocío miró las puertas, calculando cuántos minutos de oxígeno simbólico quedaban antes de que aquello se convirtiera en un show controlado.
En la consola de Ana, apareció una alerta roja que nunca había visto antes:
“PROTOCOLO CENIZA — ACTIVADO.”
Y debajo, una nota que le heló la sangre:
“Prioridad: mantener imagen.
Daños colaterales aceptables.”
Algo iba a ocurrir en esa sala.
Algo que no estaba en ninguna invitación.
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