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ENTRE NOSOTROS - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 CAPÍTULO 10
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10: CAPÍTULO 10 10: CAPÍTULO 10 Cansado, frustrado y, sobre todo, solo, permanecía encerrado en su despacho frente a él, los papeles se acumulaban como un recordatorio constante de todo lo que era: dueño del hospital, jefe, figura de autoridad, hombre intachable ante los ojos de todos.

Firmó algunos documentos de manera automática, sin leer realmente, porque su mente no estaba allí
Su mano firmaba de manera automática, mecánica, mientras su mente estaba en otro lugar.

En Luis, estaba en Luis, en cómo todo había sucedido sin permiso, sin aviso, rompiendo el orden que había construido durante años, sabía que en su momento debió sentir culpa, tal vez miedo, tal vez arrepentimiento.

Pero ahora no había nada de eso
Solo una calma peligrosa, una liberación absoluta, dios mío
Era como si algo se hubiera roto dentro de él… o quizás, por primera vez, se hubiera acomodado en su sitio correcto, el peso moral seguía ahí, latente, esperando cobrar factura, pero ya no lo dominaba.

Había cruzado una línea invisible y, al hacerlo, había descubierto una verdad incómoda: no todos los errores se sienten como castigo
Algunos se sienten como salvación
Y eso era lo que más lo inquietaba
Pero quería seguir viéndolo comiendo de su boca, de su simpleza personalidad porque en este mundo nadie se parecía a él por ningún lado.

Como le hubiera gustado de seguir probando de su fruto: majestuoso y mortificante deseo palpitante a su placer —Luis —pensó
Repitió el nombre en silencio, analizándolo, saboreándolo, le gustó cómo resonaba en su mente, cómo parecía encajar demasiado bien en su boca como el sabor de sus labios, como si siempre hubiera estado ahí, esperando ser pronunciado
Recordó lo que ocurrió después de aquel día, no el acto en sí, sino lo que vino luego, lo verdaderamente peligroso, se vistieron despacio, evitando mirarse demasiado y, al mismo tiempo, incapaces de apartar los ojos.

Cada gesto era una despedida que dolía, cada silencio estaba cargado de besos que no se dieron, de verdades que ya no podían fingir
Luis se había convertido en todo, en el pensamiento recurrente
En la grieta por donde se filtraba la luz… y también la ruina
Ya no pensaba en el matrimonio perfecto, en la vida ordenada, en la versión correcta de sí mismo que había construido durante años.

Todo eso parecía lejano, ajeno, casi ridículo frente a la intensidad de lo que había despertado en él
Conocer a Luis fue lo mejor, lo más sensato que se podía decir perfecto, naturalmente: suyo de nadie más, que diría la iglesia si tan solo los viera.

Malditos por la eternidad, pero no importaba cuanto se metieran en sus cabezas que era bueno para los dos: eso no era así y punto, o era solo el deseo que despertaba el diablo en ellos, no importaba tampoco, eran ellos y al diablo eternamente por juzgarlos a los dos
También era y se sentía como una renuncia silenciosa a todo lo que conocían por bien.

Un punto de no retorno para ninguno
Aparte de todo eso había algo más seguro que eso
Y eso era lo más aterrador de todo… era que no quería volver atrás
Un golpe seco en la puerta quebró el silencio, nublando su pensamiento y arrancándolo de ese instante frágil en el que todo lo que existía era Luis.

El eco del llamado lo devolvió a la realidad con violencia, como si alguien hubiera rasgado de golpe el velo que lo protegía de sus propias emociones
El momento se disipó, pero el nombre siguió ahí, latiendo con fuerza en su mente, negándose a desaparecer
—Amor… ¿Qué haces, cariño?

—preguntó su esposa, María Catalina, apareciendo en el momento menos indicado
Su voz fue suave, cotidiana, demasiado real.

Bastó escucharla para que todo lo que llevaba dentro se replegara de golpe, como un crimen sorprendido a plena luz del día
Él alzó la mirada despacio, obligándose a recomponer el gesto, a recuperar el papel que llevaba años interpretando
Sonrió, una sonrisa ensayada, una mentira perfecta
Porque mientras ella estaba ahí, frente a él, lo único que aún ardía en su mente era un nombre que no debía existir entre ellos
—¿Qué haces aquí?

—dijo con una molestia que no intentó disimular
La frase cayó pesada entre ambos no era solo irritación; era distancia, ahora, después de haber probado otros labios, todo en ella le resultaba ajeno, su presencia ya no lo calmaba, no lo ordenaba, al contrario, lo incomodaba, como un recuerdo que insistía en existir cuando él ya había cruzado un límite invisible
Nada era igual y en el fondo, lo sabía, jamás volvería a serlo
—Vine por ti… estoy sola en casa y bueno… —dijo ella, dejando la frase inconclusa, cargada de una intención que ya no encontraba lugar en él
—Estoy a full, no puedo —respondió con sequedad— Demasiados papeles por firmar
Le mostró el escritorio como excusa, como si las hojas apiladas en ese lugar pudieran justificar el vacío que se había abierto entre ambos
—¡José, por favor!

— dijo, mas este no la miro — ¿Dime si estamos bien o no?

— vacío, precisó y justo fueron las palabras: ya no tenía sentía nada entre ellos
Pero ambos sabían la verdad, que no eran los documentos lo que lo retenía allí, ni el trabajo, ni las responsabilidades, era la necesidad urgente de escapar, de ella, de la vida que representaba, de todo lo que ya no sentía
—¿Por favor, que?

— volvió a decir, estaba mal, lo entendía, pero también sentía que algo había cambiado, lo sentía en ella
Mientras hablaba, su mente ya estaba lejos, huyendo hacia el único lugar donde todavía se sentía vivo, aunque ese lugar llevara un nombre prohibido, volvieron a golpear la puerta, esta vez sin esperar respuesta
Entró una enfermera —bonita, demasiado bonita—, con esa seguridad que solo tienen quienes se sienten en terreno propio
Pero no venía sola, Luis entró detrás de ella
—¡Señora Sánchez!

— dijo, pero ella volvió a mirar a José, sonrió con algo en sus ojos, estaba jugando acaso
—¿María?

—hablo, pero con la mirada de José en su cuerpo, recién había alzado su vista, para ver lo que tanto había querido ver en estos días, infernales sin verlo
La enfermera le dijo algo en el oído de Luis y algo destello en sus ojos, verdes, oscuros como el negro, estaba furioso.

Reían, con naturalidad, con esa complicidad peligrosa que no se finge, parecían viejos amigos… o algo más.

Algo que no necesitaba palabras para notarse, la escena se clavó en su pecho como una astilla lenta, hiriente
El aire cambió al instante que lo estaba asfixiando desde adentro, que estaba pasando con él, no quería saberlo porque dolía si preguntaba, si decía algo más se darían cuenta.

Mordió su lengua y apretó los puños tan fuertes, blancos del coraje, su esposa seguía ahí Luis también, y él, atrapado en medio de dos mundos que jamás debieron cruzarse, jamás
Por un segundo, todo se volvió demasiado claro, demasiado real, y entendió que aquello que había intentado encerrar en la intimidad ya estaba filtrándose hacia afuera, tomando forma, reclamando el espacio que proclamaba a Luis como suyo
Y lo peor no fue la culpa, fue el miedo de descubrirlo
Porque al verlos juntos, riendo así, sintió algo nuevo arderle por dentro: celos, crudos, e injustificados, pero inevitablemente peligroso
—¿Qué los trae por aquí?

—preguntó María
—Disculpa María, solo vine a dejar unos papeles, ella también— habló de la enfermera, quien María, volvió a mirar: era algo insignificante, pero todo en ella decía, peligro a la vista
—¿Y tú?

—su voz sonó cordial, pero había una cautela fina en el tono, como si ya presintiera que algo no encajaba
Sin embargo, su vista fue directo a José, y eso estaba claro para él, no le gusto, porque fue la mirada de José la que habló por encima de cualquier palabra, una mirada dura, fija, demasiado larga, en ella se mezclaban sorpresa, dominio y un filo oscuro que no intentó disimular, sus bellos ojos verdes en un tono más oscuro del común
Luis lo sintió de inmediato, la enfermera también, pero la de María en ella, viéndola como la enemiga perfecta, la que daña hogares, la que destruye lo bonito, pero se controló, un poco, el aire se volvió espeso, cargado de significados no dichos, porque mientras María preguntaba, José ya estaba respondiendo con los ojos: marcando territorio, reclamando, algo que no podía nombrar sin destruirlo todo, celos, crudos con significado real, pero a distintas personas, cada cual en otros ojos con dueños diferentes
Y en ese silencio tenso, todos comprendieron lo mismo, aunque nadie se atreviera a decirlo en voz alta:
algo peligroso acababa de quedar expuesto, más para José que estaba un más claro que debía hacer de ahora en adelante, cuidarlo de todos
—Ya me voy, aquí le dejo los papeles, doctor —dijo la enfermera con una cortesía apurada
No esperó respuesta y salió casi de inmediato, como si hubiera sentido el peso invisible que se había instalado en la habitación.

El miedo le apuró los pasos, dejándolos solos.

Los ojos de María volvieron a José después de haber visto a la enemiga, pero algo estaba, no supo cómo tomarlo, José no apartó la mirada de los ojos de Luis, María lo notó, Luis lo sintió
—Creo que yo también me voy— habló María, más, José no le tomo atención por lo mismo, pero María se dio cuenta de algo
—¡Adiós amor!

— se acercó a él para darle un beso, no podía hacer nada, no quería, no debía dar sospechas, pero cuando ella salió
—Adiós, cariño —dijo con menos entusiasmo en su mente
Cuando ella salió por la puerta el silencio que quedó fue denso, irreal, como si la realidad se hubiera desenfocado de pronto, las miradas se cruzaban sin permiso, cargadas de cosas que no debían existir, cada gesto parecía decir demasiado, cada segundo amenazaba con romper algo irreparable
—No quiero verte con ella— sentenció, claro, alto y bien explícito
—¿Te volviste loco?

— replicó — Es mi enfermera, mi ayudante
—No lo repito mas — se acerco a Luis, con una urgencia tan inexplicable, pero al final era urgencia real
Y en ese juego peligroso de silencios y miradas sostenidas, todos entendieron que ya no había marcha atrá, lo que había comenzado en la sombra ahora respiraba a plena luz, reclamando consecuencias

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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