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ENTRE NOSOTROS - Capítulo 11

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11: Capítulo 11 11: Capítulo 11 El amor sano no da terror constante, no te hace vivir escondido, no te rompe por dentro …y, aun así, Luis seguía allí, detenido en el centro exacto del desastre
El amor sano no da terror, se repetía como un rezo inútil, pero lo que sentía ya no sabía llamarlo amor.

Era hambre, era vértigo, era esa necesidad enfermiza de tocar algo que quema aun sabiendo que deja cicatriz, todo en él era una contradicción: quería huir y, al mismo tiempo, quedarse enterrado en ese incendio hasta desaparecer
Luis sabía que todo estaba por explotar
Las miradas demasiado largas
Los silencios que gritaban nombres prohibidos
Las manos que se buscaban incluso cuando los demás no debían nada
Era una bomba de tiempo, sí, pero lo peor no era la explosión… era que una parte de él deseaba escucharla estallar, porque cuando el mundo se derrumbará —cuando las mentiras se rompieran como vidrio bajo los pies— al menos ya no tendría que fingir.

Ya no tendría que vivir escondido entre pasillos, excusas y noches robadas, el miedo lo asfixiaba, pero la idea de volver atrás lo mataba aún más lento
Luis cerró los ojos, pensó en todo lo que podía perder, pensó en todo lo que ya había perdido sin darse cuenta, y comprendió algo terrible
No estaba luchando entre lo correcto y lo incorrecto.

Estaba luchando entre la calma vacía y el caos que lo hacía sentir vivo, el dilema no era qué debía hacer, el dilema era si tendría la fuerza suficiente para sobrevivir a la decisión
Porque amar así —oscuro, clandestino, tormentoso— no te salva
Te marca, te quiebra, y te cambia para siempre
Su esposa entraba en la habitación para poder hablar con él
Diana no creyó lo que estaba viendo, hace tan poco este hombre era otra persona, ahora aprecia una sombra de su propia sombra, sabía que estaba ocultando algo, pero no decía nada no porque tuviera pruebas, sino porque el amor reconoce cuando algo se rompe en silencio
Lo miró con detenimiento, como quien observa una grieta nueva en una pared que conoce de memoria.

Luis evitó sus ojos; ese gesto mínimo fue suficiente para que el aire cambiará.

Ya no estaban hablando de cansancio.

Estaban hablando de ausencias
—No, ¿no es solo cansancio?

—dijo ella al fin, con una voz más baja, más peligrosa—.

Estás aquí, pero no estás conmigo
Luis apretó la mandíbula ahí estaba el verdadero problema: no sabía dónde estaba.

Su cuerpo cumplía rutinas, sonreía cuando debía, respondía preguntas simples, pero su mente… su mente vivía en otro lugar, con otro nombre pronunciándose en su pecho como una culpa dulce
—Diana, ¡por favor…!

—pidió, no como esposo, sino como alguien que se estaba hundiendo
Ella dio un paso atrás, como si necesitara espacio para no tocar una verdad que quemaba —Cuando alguien dice “no es nada”, casi siempre es todo
Silencio, un silencio denso, viscoso, de esos que no se llenan con palabras
Luis sintió algo peor que el miedo: vergüenza.

No por amar a otro, sino por seguir aquí, sosteniendo una vida que ya no sentía suya.

Jugar a ser el hombre correcto mientras por dentro se desmoronaba en pedazos
—Estoy cansado —repitió, pero ahora la voz le tembló—.

De pensar, de sentir, de no saber qué hacer con lo que llevo adentro — afirmó, pero todo estaba mal desde hace tiempo
Diana lo miró con los ojos brillosos, pero no lloró y eso fue lo más aterrador que saber que tenia un cómplice en todo lo que cargaba
—El cansancio se cura durmiendo —respondió—.

Lo que tú tienes… no — no supo cómo decirle, “ya lo sé” pero era mejor callar, ¿hasta cuando!, ¡quien sabía!

Luis supo, en ese instante, que ya había cruzado un punto sin retorno, desde ese plan perfecto, los secretos hechos realidad, nada podía salir bien, aunque no confesara nada.

Aunque negara todo, aunque mañana siguiera actuando igual
Algo estaba muriendo entre ellos y todo lo que habían hablado, confesado, todo eso estaba peligro desde ese día
Y algo más —más oscuro, más prohibido— seguía creciendo dentro de él como una sombra con nombre propio, José, el único con ese poder demoníaco para hacerlo perder la razón
Cuando Diana salió de la habitación, Luis se quedó solo con ella, en esa soledad, el pensamiento volvió, insistente, cruel: Si todo va a romperse… ¿por qué no elegir al menos aquello que lo hacía sentir vivo?

El problema no era perderlo todo, el problema era que ya no temía perderlo, porque ya se había perdido en el mismo deseo, el mismo sentimiento que José y como una cosa de no creer: le comió la mente y se perforó muy adentro
Porque si él estaba mal entonces los de afuera iba a estar peor cuando todo estallará, miedo no tenia porque estaba obligado a ser alguien que no quería, pero el miedo perderlo a él, ese si mataba por completo: único loco perdido por el mundo
—Perdónenme— no sabía, no entendía a quien pedía perdón, si sabia bien las cosas, solo no entendía bien
José llevaba horas caminando por los pasillos del hospital como un fantasma con bata blanca, firmaba papeles que no leía, respondía preguntas que no escuchaba.

Su nombre sonaba lejano incluso cuando lo llamaban con urgencia.

La culpa ya no pesaba… lo que pesaba era la ausencia
Ese vacío le raspaba por dentro, le desordenaba el pulso, lo volvía torpe, y su amigo lo notó
No era estúpido.

Nunca lo había sido
—Estás hecho mierda —le dijo sin rodeos, apoyándose en el marco de la puerta de su despacho—.

Y no es por trabajo —José ni siquiera levantó la vista para mirarlo más que sea
—No empieces, Marcos en verdad estoy cansado — fingía, totalmente bien o eso trataba de hacer
—No empiezo nada —sonrió, pero no había humor ahí—.

Solo observo, Luis, llegas tarde, te vas antes, te quedas mirando el celular como si fuera una tabla de salvación… y cuando aparece él, se te cae el mundo de las manos
Ese “él” quedó flotando en el aire como una sentencia, José apretó el bolígrafo con fuerza no queriendo decir más, este había la locura que llevaba por dentro, pero ahora que empezó solo: no sabía cómo detenerse o ponerle un freno
—No sabes de lo que hablas— volvió a decir, pero alzo la mirada hacía otro lado menos a su amigo de todos los tiempos, el mejor de todos
—Claro que lo sé, José —dio un paso más adentro, cerrando la puerta con cuidado—.

Te conozco desde antes de que fueras el hombre perfecto.

Y ahora mismo no lo eres.

Estás roto… y enamorado, eso ya lo sabíamos sólo había que empezar con el plan, pero, parece: que el plan está acabando contigo
Silencio total en la habitación, solo tictac del reloj crujía y aun así ese silencio era uno peligroso
—Ten cuidado —añadió en voz baja—.

Aquí todo se ve, las paredes oyen.

Las miradas hablan, y tú ya no sabes esconderte— José levantó la vista por fin de donde la tuviera, sus ojos estaban oscuros, cansados, hambrientos por él
—¿Y qué quieres?

¿Que lo niegue?

¿Qué me arranque esto del pecho?

— proclamó, cansado y harto de llevar esta escena del matrimonio perfecto, mientras debía callar la obsesión que cargaba dentro, ese animal loco que era desde que lo vio a él
—Quiero que entiendas algo —se inclinó un poco hacia él—.

Esto no es una aventura.

No es deseo.

Es obsesión.

Y las obsesiones… siempre cobran, muy caro mi amigo
José tragó saliva, pero no había vuelta atrás.

Porque lo sabía, sabía que ya no era solo amor, era necesidad, era dependencia, era miedo a perder algo que ni siquiera debía existir
—Si sigues así —continuó su amigo—, No vas a destruir solo tu matrimonio, falso, pero matrimonio, vas a destruirlo a él también.

Y cuando eso pase… ¿crees que vas a sobrevivir?— José no respondió
Porque en el fondo, una parte suya —la más oscura, la más sincera— ya había aceptado algo terrible:
Si todo iba a arder, prefería quemarse con Luis antes que seguir viviendo en frío
Y eso… eso lo hacía verdaderamente peligroso
Marcos salió de su despacho dejándolo solo: con sus miedos ya resuelto, pero con la obsesiva cosa que nada debía pasar de largo, ya lo había escogido muchos antes, ahora era tarde para seguir con este tema: Luis era suyo y punto
Saco el móvil y mando el mensaje que debía dejar en claro todo
(Empieza los preparativos para el siguiente pasó, lo quiero para mi)
El mensaje fue enviado sin releerlo otra vez, para que si ya sabía a quién iba dedicado, totalmente decidido a todo
Además, no hacía falta, cada palabra venía cargada de una urgencia que le quemaba las manos y le aceleraba el pulso.

No era amor lo que lo empujaba a escribir así… era necesidad, una que ya no pedía permiso
Lo quiero solo para mí
La frase no apareció escrita, pero vibraba entre líneas, latente, peligrosa por escribirla y dejar en claro todo
José apoyó el teléfono sobre el escritorio y respiró hondo, como si eso bastará para calmar la tormenta que se le había ENCIMA de su cabeza e instalado en el pecho.

Pero no, ya era tarde para la calma su mente había cruzado un punto del que no se vuelve
Empezó a pensar en pasos, en tiempos, en silencios necesarios
Primero, aislar, que Luis dejara de apoyarse en otros, que las voces ajenas se apagaran una a una, amigos, rutinas, pequeñas libertades que parecían inocentes pero que, para José, eran amenazas.

Nadie más debía tocarlo, entenderlo, mirarlo como él lo hacía
Después, proteger, porque así lo justificaba, protegerlo del escándalo, del juicio, de un mundo que no los aceptaría.

Si el mundo era cruel, entonces había que cerrar filas.

Crear un refugio… o una jaula, la diferencia era mínima cuando el deseo mandaba
Se levantó y caminó por el despacho.

Cada paso era una decisión que tomaba forma
—Es por tu bien —murmuró, como si Luis pudiera escucharlo—.

No entiendes lo que te harían si supieran — El teléfono vibró, un nombre.

Luís
José sonrió despacio, pero no había ternura ahí.

Era una sonrisa tensa, afilada, de alguien que ya había elegido un camino y estaba dispuesto a recorrerlo hasta el final
Respondió con calma ensayada, palabras suaves, casi normales, por fuera, el hombre atento, por dentro, el arquitecto del desastre
Porque el siguiente paso ya estaba en marcha, y cuando todo estuviera listo, cuando las salidas se cerrarán sin que nadie lo notara… Luis no tendría a dónde ir, ni a quién volver
Solo a él y ese era el desastre que Luis había desatado, no intencionalmente, pero si inconsciente, aquella noche, aquel día, en su boda, fue la presa del depredador, solo que no se había dado cuenta de la trampa: la traición siempre viene de quien menos lo imaginas

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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