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ENTRE NOSOTROS - Capítulo 9

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9: CAPÍTULO 9 9: CAPÍTULO 9 Sentados en medio de aquel lugar, Luis sentía que algo dentro de él se resquebrajaba sin posibilidad de reparación su mente no corría: se desbocaba, chocando contra recuerdos, culpas y deseos que ya no podía contener.

El bien y el mal dejaron de tener forma; se diluyeron en un beso tibio que le quemaba el centro del pecho, como una herida abierta que se negaba a cerrar
Su corazón latía con violencia, como si quisiera escapar de su propio cuerpo.

El vacío que se abría en su interior no era silencioso: rugía, exigía, reclamaba más.

No había paz en lo que sentía, solo una falsa calma nacida del pecado compartido, una tregua breve antes de la ruina
Ambos estaban atados por promesas rotas antes incluso de ser pronunciadas.

Eran prisioneros de vidas que ya no les pertenecían, y aun así se buscaban, se necesitaban, se condenaban.

Saber que lo amaba era una sentencia; descubrir que ese amor era correspondido, la ejecución final.

No había salvación posible, sólo la certeza de que cuanto más intentara huir, más profundo caería en ese abismo que ya llevaba su nombre
—¿En qué piensas, Luis?

—le preguntó, buscando sus ojos.

Luis no bajó la mirada.

No por orgullo, sino porque sabía que, si lo hacía, todo se derrumbaría había demasiado miedo, demasiado deseo, demasiado de todo
—¿Y si esto está mal?

—dijo al fin, dejando escapar la verdad en su forma más cruda, sin adornos ni excusas
Hubo un silencio espeso, casi violento
—¿Y qué si lo está?

—respondió la otra voz, firme, desafiante, aunque por dentro temblaba—.

Lo sientes igual que yo.

No finjas que no
Luis tragó saliva aquellas palabras no lo tranquilizaban; lo hundían más.

Sentía el peso de lo inevitable aplastándole el pecho
—Solo… solo quiero que esto no termine mal —murmuró, más para sí mismo que para el otro
Pero en el fondo, muy en el fondo, lo sabía, sabía que ya era tarde para todo y para todos, que desde el momento en que se eligieron, el final estaba escrito desde ese momento, hace tiempo atrás, y que no importaba cuánto lo deseara… aquello no podía acabar bien
Lógicamente, Luis estaba nervioso no era un temblor visible, sino uno que le recorría por dentro, pesado, asfixiante.

No dijo nada, no hacía falta su mirada lo decía todo: el caos, la culpa, el deseo, el miedo acumulado como una condena sobre su pecho
Suspiró, como si ese simple gesto pudiera aliviar el peso que llevaba encima, y se acercó.

Muy despacio
Demasiado lento para alguien que quería huir, demasiado decidido para alguien que sabía que no debía hacerlo.

Cada paso era una traición más a todo lo que creía correcto
Lo miró de cerca
Demasiado cerca
Los labios estaban ahí, a una distancia cruel: tan próximos que dolían, tan lejanos como la salvación que ya no existía.

Ambos deseaban que todo fuera distinto, que en algún lugar —en otro tiempo, en otra vida— aquello no estuviera manchado.

Pero no.

Allí, donde el todo se mezclaba con la nada, lo suyo nacía torcido
Era incorrecto
Era corrupto
Y, aun así, era amor
Un amor condenado desde el inicio, compartido por dos almas que sabían perfectamente que estaban cruzando una línea sin retorno.

Pecadores de lo prohibido, sí… pero igualmente enamorados con el mismo final escrito, aunque ninguno tuviera el valor de pronunciarlo en voz alta
No supo en qué momento ocurrió exactamente, solo que cuando sintió los labios del otro sobre los suyos, todo lo demás dejó de existir.

Las reglas, los límites, la noción de lo correcto o lo aceptable se disolvieron como ceniza.

Ya no había bien ni mal, solo estaba el sentir crudo, inevitable, compartido entre los dos
En ese instante no eran dos personas separadas, sino una sola presencia partida en dos cuerpos.

Un mismo pulso, una misma caída, pero incluso en medio de ese calor silencioso, la condena estaba ahí, latente, respirando entre ambos
Sabían que no había marcha atrás
Que ese beso era el inicio de algo que no tendría absolución
Desde ese momento, estaban destinados a cargar con la culpa de todo lo que vendría después, no como víctimas, sino como responsables.

Como cómplices de un deseo que no pidió permiso y de un amor que nació torcido, pero real
Y aun así… ninguno de los dos quiso detenerse
José lo recostó con una delicadeza casi cruel sobre la hierba húmeda de aquel paraje oculto, entre ramas vivas y verde palpitante.

La naturaleza parecía contener el aliento, como si supiera que estaba siendo testigo de algo que no debía existir
El contraste era casi insoportable: la piel de Luis, pálida como porcelana, brillando bajo la sombra temblorosa de las hojas, demasiado puro para el pecado que ardía entre ambos
No estaba mal
No estaba bien
Simplemente era, perfecto
El fuego del infierno les corría por las venas, lento y denso, como una sentencia aceptada.

José tomó su rostro con una sola mano, firme pero reverente, como si temiera romperlo
Lo besó con un amor contenido durante demasiado tiempo, uno que ya no pedía permiso para salir.

Sus labios se encontraron con hambre callada, y cuando sus lenguas se rozaron, no hubo triunfo, solo rendición mutua
La mano descendió por su cuello, marcando un camino invisible que quemaba a su paso, dejando huellas que no se veían, pero se sentían
Luis tembló, pero no de miedo, sino de deseo reprimido.

Uno a uno, los botones de su camisa comenzaron a ceder, como si incluso la tela supiera que resistirse era inútil
Luis no habló
Solo suspiró
Y en ese suspiro entregó todo lo que aún no se atrevía a decir en voz alta
Recorrió con sus dedos cada fragmento de piel que iba quedando expuesto, como si cada poro le perteneciera, como si su tacto fuera una marca invisible imposible de borrar
No buscaba solo sentirlo, quería dejar huellas, memorias grabadas en la piel, cicatrices suaves que ardieran incluso después, los besos no cesaban; se volvían más hondos, más desesperados, cargados de todo lo que nunca se habían permitido decir
Los brazos de Luis se cerraron alrededor de su cuello, aferrándose a él como si soltarlo significara caer al vacío.

No había vuelta atrás, el mundo se redujo a ese instante suspendido, al roce de respiraciones agitadas y al temblor que recorría su cuerpo sin pedir permiso
Las manos de José, seguras y decididas, terminaron de abrir la camisa, liberándola del encierro de los pantalones.

El gesto fue lento, casi reverente, como si supiera que cada segundo añadía peso a lo que estaba ocurriendo
Luego, sus dedos buscaron la correa, deshaciendo el seguro con una calma peligrosa, una que no dejaba espacio para la duda
Luis no lo detuvo, pero el miedo lo atravesó
No era miedo al cuerpo del otro, ni a su cercanía, sino a lo que vendría después.

Al desastre inevitable, a lo que se rompería cuando el deseo terminara de arrasar con todo.

Aun así, permaneció allí, respirando hondo, con el corazón golpeándole el pecho, sabiendo que ese instante —ese pecado— lo marcaría para siempre
Porque a veces, el mayor terror no es caer… sino descubrir que ya no quieres levantarte
—Por favor… dime si lo quieres tanto como yo —pidió, con la voz quebrada por una locura que ya no intentaba contener, estaba perdido, sí, pero en ese abismo todo parecía valer la pena
—Sí —respondió Luis.

El miedo seguía allí, latiendo con fuerza, pero el deseo lo superaba, empujándolo sin piedad
Ese fue el inicio del final
José no tardó más que un par de segundos en cubrir por completo el cuerpo de Luis.

No fue brusco, fue inevitable.

Luis sintió el peso sobre él y, lejos de asustarse, lo recibió como si hubiera estado esperando ese instante durante años.

No se movió.

No huyó.

Solo se rindió
José lo besó con todo lo que había callado, con cada pensamiento prohibido, con una necesidad que llevaba demasiado tiempo creciendo en silencio.

No era solo deseo; era una promesa peligrosa, una condena compartida.

Luego se apartó apenas, lo suficiente para desprenderse de la ropa, dejándola atrás como si quemara, como si ya no perteneciera a ninguno de los dos.

Luis observó sin parpadear, respirando hondo, sus ojos azules ardían, cargados de una mezcla devastadora de anhelo y temor
Nunca imaginó que José escondiera algo así.

Nunca imaginó que desearlo dolería tanto… ni que le resultaría imposible arrepentirse
Cuando todo volvió a encenderse en ese deseo silencioso, los móviles de ambos comenzaron a vibrar, rompiendo una de las escenas más intensas que jamás creyó vivir.

Quiso ignorar la llamada.

No valía la pena.

Nada afuera importaba en ese instante
Pero era una llamada de emergencia
Maldijo en voz baja antes de contestar, con la mirada fija en el cuerpo ajeno, recorriéndolo lentamente, como si necesitara grabarlo en la memoria, como si supiera que tal vez no habría otra oportunidad.

Cada segundo robado era un acto de rebeldía, cada latido un recordatorio de que aquello estaba condenado desde el inicio
El mundo reclamaba su atención… pero su corazón ya había cruzado un punto sin retorno

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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