Entre su amor y su obsesión - Capítulo 10
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10: Capítulo 10 10: Capítulo 10 Ella quería comenzar la conversación, pero no sabía cómo.
Buscó algo a su alrededor que la ayudara, algún puente, algún salvavidas.
Entonces vio la cafetera.
Y el pastel que Kayce había traído.
Perfecto.
Una excusa amable.
Una forma de empezar.
Con un gesto tímido, lo invitó a sentarse en la barra.
Sus manos temblaban mientras preparaba el café.
Uno triple sin azúcar.
Uno triple sin azúcar.
Lo repetía en su cabeza como si fuera un hechizo.
Sentía su mirada detrás de ella: fija, agotada, caliente.
Ese peso en su espalda la hacía erizarse.
Sabía exactamente cómo la observaba, podía imaginar sus ojos multicolor recorriéndola.
Le acercó el café y un pedazo de pastel con toda la delicadeza del mundo, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo frágil entre ellos.
Esperó que él bebiera, comiera, reaccionara.
Algo.
Pero nada.
Valentino estaba sentado con un brazo apoyado en la mesa, sosteniéndose la cabeza, como si apenas lograra mantenerse erguido.
Lucía devastado.
Y esa devastación dolía más que cualquier golpe.
—Val…
creo que tenemos que hablar de lo que pasó —dijo ella con voz suave—.
Tus manos no están bien.
¿Te viste el chichón de la cabeza?
Y tu nariz…
Déjame…
Intentó tomarle la mano, pero él la retiró otra vez.
No violento.
No brusco.
Pero sí…
desgarrador.
Como si tocarla le hiciera daño.
Como si dudar de sí mismo le doliera más que cualquier herida que llevaba.
—¿Crees que eso es lo que tenemos que hablar?
—susurró él, casi sin voz—.
¿De verdad quieres empezar por ahí?
Sher sintió cómo un escalofrío subía por su espalda.
Había vivido este tipo de silencios.
Este tipo de tonos.
Este “antes de la tormenta” disfrazado de calma.
—Yo…
sé que tenemos mucho que aclarar, pero Val…
creo que esto es la prioridad ahora…
—¿La prioridad?
—repitió él, levantando apenas la mirada—.
¿Crees que esto es la prioridad?
Su voz subió apenas un tono.
Pero fue suficiente para que su corazón entrara en alerta.
—Perfecto —dijo—.
Hablemos de esto.
Levantó ambas manos.
Nudillos rojos.
Sangre seca.
Moretones nuevos, otros antiguos.
—Le destrocé la cara a Luca Forte —informó con una media sonrisa cansada—.
Pensé que él te había hecho esas heridas.
Pero ahora veo que estabas diciendo la verdad.
Antes de que preguntes: está bien.
No se va a morir por unos golpes.
A Sheryl le tomó unos segundos procesar las palabras.
El nombre.
El golpe.
El recuerdo del baño.
Su corazón dio un vuelco.
—Luca…
—susurró, buscando su celular.
Necesitaba escucharlo.
Asegurarse de que estaba vivo.
De que podía hablarle.
De que había una puerta abierta.
Valentino se puso de pie de inmediato.
Cruzó la distancia en dos pasos.
Y con un movimiento rápido, tomó su teléfono y lo lanzó sobre el sillón.
El corazón de Sheryl se aceleró de golpe.
Él abrió los brazos, pero ella ya no estaba en el presente.
De pronto estaba de nuevo con Luca.
En discusiones donde su voz retumbaba contra las paredes.
En noches donde sus muñecas quedaban prisioneras.
En empujones contra la pared que siempre terminaban en algo que ella ya no quería.
Su cuerpo actuó antes que su mente.
Se encogió.
Alzó los brazos para protegerse.
Retrocedió como si esperara un impacto.
Como si esperara dolor.
Valentino se quedó completamente inmóvil.
Dos pasos atrás.
Las manos en alto, temblorosas.
Incrédulo.
Devastado.
—Mírame —pidió con un susurro quebrado—.
Cherry Pie…
mírame, por favor.
Ella lo hizo.
Primero apenas.
Luego un poco más.
Él tragó saliva.
—Lo único que iba a hacer era abrazarte —dijo con una voz tan suave que parecía de cristal—.
Solo eso.
Me cortaría las manos antes de tocarte un pelo.
Tiré tu teléfono porque…
necesitaba que escucharas todo lo que tengo que decir antes de tomar una decisión.
Sher…
yo nunca…
nunca te haría daño.
Yo no soy él.
La última frase lo rompió.
A ella también.
Sher, sin pensarlo, se lanzó a sus brazos.
Lo abrazó con toda la fuerza que tenía.
Él la sostuvo como si fuera lo último que le quedaba.
Enterró su cara en su cuello y aspiró su perfume, su piel, su existencia.
Valentino temblaba.
Ella también.
—No sé qué me pasó, Val…
—susurró ella, limpiándose las lágrimas contra su pecho—.
No quise asustarte.
—¿Qué dices?
Soy yo quien no quiso asustarte a ti —respondió él, acariciándole la cabeza con una ternura inimaginable—.
No sabía…
no tenía idea de que habías pasado por algo así.
Ella se apartó un poco.
Esta vez sí tomó sus manos.
Las besó en los nudillos con cuidado, como si pudiera sanar cada grieta de su piel.
—No vuelvas a golpear a nadie por mí —pidió—.
Te lo ruego.
La violencia…
debería ser el último recurso.
—¿Y si alguien lastimara a Kayce?
—preguntó él, observándola con intensidad contenida.
Sher ni lo pensó.
—Los mato.
Él rió apenas, triste.
Ella había respondido su propio argumento sin darse cuenta.
Pero la risa se apagó rápido.
Sus ojos se perdieron en recuerdos.
Más lágrimas.
Más nudos.
Demasiado dolor acumulado en un cuerpo.
Él la tomó del rostro, secándole las lágrimas con devoción.
—Princesa…
creo que necesitas sanar.
No solo esto.
Sino…
muchas cosas.
No digo que sea fácil.
Solo…
no quiero que sigas dándote contra tu propio dolor.
Ella abrió la boca para hablar, pero no salió nada.
Él respiró hondo.
—¿Qué opinas de la psicología?
No quiero que te sientas ofendida ni mucho menos avergonzada por esta sugerencia.
Tú como estudiante de Literatura debes haber leído libros al respecto.
>>No estoy diciendo que sea requisito que los hayas leído, es decir, es solo una suposición.
Ta-Tampoco creo que estés demente, todos tenemos problemas que resolver.
No-No digo que los psicólogos son solo para dementes, al contrario, creo que todos deberíamos ir alguna vez.
No-No creas que te estoy obligando, tú eres perfecta, solo que tal vez te haga bien hablar con un profesional.
Espera, no digo que no puedas hablar conmigo, por favor háblame de todo, te escucharía por años enteros.
No me refiero a que debes contarme tu vida, es solo tu elección, yo solo…
Eres perfecta, Sher.
Solo…
mereces ayuda.
Ella se rió profundamente conmovida Antes de que volviera a hablar, le puso la mano en la boca para silenciarlo.
Él besó su palma sin pensarlo.
Sin pedir permiso.
Como acto reflejo.
Sher se derritió un poco.
—Déjame pensarlo —dijo—.
Pero tienes razón.
En todo.
Y te tengo una sorpresa que creo te encantara.
Redoble de tambores.
Val golpeó sus piernas como un niño.
—¡Kayce nos inscribió a una academia de boxeo!
—anunció ella.
Él trató de hablar, pero seguía con la mano de ella en la boca.
Sacó la lengua para liberarse.
Ella mantuvo la presión.
—Necesitas algo más que eso para que te deje hablar —lo provocó.
Él alzó una ceja.
Se acercó lento.
Muy lento.
Ella sintió su respiración en la boca.
En el cuello.
En el alma.
Y entonces…
Val le metió un dedo en la nariz y se echó hacia atrás.
—¡VAL!
—gritó indignada, tapándose la cara—.
¡¿QUÉ HICE YO PARA MERECER ESTO?!
—Muchas cosas —respondió él, llevándose las manos al pecho como una diva trágica—.
Pero los dioses hoy son generosos contigo.
Sher suspiró, derrotada, y apoyó la cabeza sobre sus piernas.
Y ahí, cuando ella estaba desarmada, tranquila, pequeña sobre él…
la voz de Valentino cambió.
Desapareció lo juguetón.
Lo coqueto.
Lo torpe.
Era ese tono que ella extrañamente había comenzado a amar.
Un tono serio, determinado.
Con un trasfondo que no se dejaba ver.
Lleno de misterio.
—No habrá más romance, Sheryl —dijo—.
Y quiero que escuches muy bien esto.
Ella levantó la cabeza de golpe, protestando, pero él la volvió a bajar con firmeza suave y le cubrió la boca con la mano.
Sher se ofendió por un segundo.
Pero luego entendió.
Y se quedó quieta.
Val inhaló hondo.
—No me interrumpas.
Solo escucha…
Porque esto es algo que llevo pensando desde hace días.
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