Entre su amor y su obsesión - Capítulo 11
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11: Capítulo 11 11: Capítulo 11 En la casa de Luca reinaban dos silencios: el silencio tembloroso de su padre, siempre a un paso de quebrarse, y el silencio eterno de Luca, ese que no revelaba nada, pero lo contenía todo.
Su padre estaba acostumbrado a verlo llegar golpeado; lo había visto así cientos de veces.
Pero nunca logró acostumbrarse.
Cada vez se preocupaba un poco más.
Cada vez se odiaba un poco más.
El problema entre ellos era grande.
Inmenso.
Imperdonable.
Y, sin embargo, su padre mantenía una pequeña esperanza, muy tenue, pero esperanza, al fin y al cabo: que algún día, su hijo volviera a llamarlo “papá”.
—¿Puedo preguntar…?
—se atrevió, dudoso.
—No, no puedes —respondió Luca desde el sofá, con una bolsa de hielo presionada en la cara.
—Podría ayudarte con los puntos…
—JA.
Se me olvidaba que tienes experiencia.
—Hijo, solo quiero ayudarte…
Luca se levantó despacio, falsa calma, y se arrodilló frente a él, rostro a rostro.
Lo observó como quien mira al enemigo más íntimo.
A la sombra que lo moldeó.
A todo lo que juró nunca convertirse.
—La única razón por la que sigo en esta casa —comenzó con una voz llena de veneno— es porque quiero joderte la vida.
Quiero que te sientas tan desgraciado e inhumano como hiciste sentir a mamá.
Como me hiciste sentir a mí.
Su padre cerró los ojos con un dolor antiguo.
—Puedes fingir que cambiaste, puedes ir a tus reuniones de alcohólicos anónimos, puedes hacerte el buen padre —continuó Luca, acercándose aún más—.
Pero no olvides NUNCA, Marco, que nada borra los puñetazos, ni los insultos, ni el desprecio que nos diste durante años.
Nada.
Marco intentó hablar: —Luca…
los hombres cometemos errores que— —¿HOMBRES?
—Luca soltó una carcajada rota—.
Tú no eres un hombre.
Ni siquiera alcanzas a bestia.
Fue hasta el refrigerador, sacó una cerveza, volvió y dejó caer un chorrito a los pies del padre.
Luego bebió un gran trago.
Marco no se movió.
No respiró.
No parpadeó.
Solo lo vio alejarse hacia su habitación, con esa mezcla de rabia, culpa y derrota que lo acompañaba desde hacía trece años.
Diez años intentando reparar lo irreparable.
Diez años soñando con un perdón que cada día se sentía más lejano.
Diez años viviendo por una mujer que ya no estaba y por unos hijos que ya no lo querían.
Por su conciencia.
Por ella.
Por nada más.
Luca se dejó caer en la cama, con la cerveza temblando en su mano.
El dolor de cabeza pulsaba fuerte, un recordatorio constante de la pelea, pero el alcohol lo apagaba un poco.
Miró al techo, vacío por dentro.
Un cascarón de rabia, culpa y cansancio.
Fue bajando la mirada, hasta que algo llamó su atención.
Sobre el clóset estaba su vieja guitarra, cubierta de polvo.
Su madre se la regaló cuando cumplió ocho años.
Recordaba sus manos pequeñas intentando sostenerla, soñando en grande.
“Voy a tener una banda, mamá.
Un día nos verás en televisión.” La inocencia te hace estúpido.
Pero también es un consuelo.
La primera felicidad simple que la vida ofrece antes de destruirte.
Luego miró hacia su izquierda.
La foto.
Él y Sheryl.
Pegada en la pared.
Intocable.
Inamovible.
Su corazón reaccionó con violencia.
Podía sentir cómo la adrenalina se le disparaba.
Nunca pudo botar nada de ella.
Cartas, regalos, fotos.
Todo guardado en un baúl que juró no volver a abrir.
Todo menos esa foto.
Esa la necesitaba para seguir sufriendo.
Sueños enteros pasaron por ahí.
Sueños donde intentaba entender cómo su hermano, su sangre, había terminado durmiendo con ella.
Tantas preguntas sin respuesta…
¿Por qué?
¿Por qué no hablaste conmigo en vez de asumir?
¿Por qué no me diste el beneficio de la duda?
Y tú…
¿De todas las mujeres tenías que fijarte en la mía?
¿Preferiste una noche con ella antes que el amor de tu hermano?
¿Por qué?
Cada noche repasaba cada error.
Cada caída.
Cada empujón que él mismo había dado hacia el abismo de su relación.
Solía llevarle flores todos los días.
Me escapaba solo para darle un beso de buenas noches.
Le escribía cartas…
tantas cartas…
La banda lo cambió.
El alcohol lo deformó.
Las drogas lo devoraron.
Se obligó a vomitar en el baño.
Necesitaba sacar todo, limpiarse, sentir algo que no fuera confusión o rabia.
Volvió a la habitación.
Tomó sus pesas y comenzó su rutina como quien intenta reconstruirse con los restos de sí mismo.
Y mientras levantaba hierro con los músculos temblando, solo un nombre cruzaba su mente: Sheryl.
Y luego otro: Val.
—Ese tipo…
“Val” …
—murmuró entre dientes—.
Ese me pagará cada golpe con el doble.
Sher seguía procesando la frase que había soltado Valentino.
No habrá más romance.
El corazón se le encogió.
—Cuando pienso en ti se me forma una sonrisa —empezó él, mirándola con una honestidad desarmante—.
No una sonrisa cualquiera.
Esta dice: “Imagina lo bien que la estarías pasando si estuvieras con ella”.
Estar contigo me hace sentir vivo, Sher.
Pero…
no es momento para poner eso sobre la mesa.
Ella quiso hablar, pero él le llevó un dedo a los labios.
—No sabes cómo me duelen las dudas que proyectas con esos ojos —continuó—.
No quiero que elijas entre él y yo.
Sé que no tengo oportunidad.
No ahora.
Lo que necesito es que pienses en ti.
Que controles tu vida.
Que aprendas a decir “no”.
Ella se levantó y se acomodó en su hombro, absorbiendo cada palabra como si fuesen cicatrices frescas.
—No quiero darte más problemas —dijo él—.
No quiero ser parte del caos en tu cabeza.
La voz se le quebraba, pero no retrocedía.
—Tú, princesa, vas a ordenar esa cabecita tuya.
Vas a disfrutar tus clases.
Las amas.
Pocos pueden hacer lo que aman.
No tienes prisa.
Tómate el tiempo que necesites.
Sher lloraba silenciosamente.
—No puedo ir al ritmo que yo quiera —susurró—.
Tú no me esperarás para siempre.
Val soltó un resoplido suave.
—¿En serio crees eso?
Apoyó su cabeza en la de ella, ambos evitando mirarse, porque sabían que si lo hacían…
se perderían.
Él cerró los ojos.
Decidió que, si debía alejarse, al menos podía regalarle una verdad hermosa.
—Sheryl —dijo con una voz que parecía salida de un rezo—.
Yo te esperaría cien vidas si así lo deseas.
Tan seguro estoy de mi amor por ti, que si todo lo que conozco desapareciera y mi mente olvidara el mundo entero, tú seguirías intacta.
Mi corazón no duda a quién pertenece.
Ella se cubrió la boca para no sollozar.
—Mi amor no reclama —continuó él—.
No exige.
No hiere.
Solo contempla.
No quiero poseerte.
No te estoy ayudando para que estés conmigo.
Tus alegrías son mi alegría.
Tu dolor es mi dolor.
Y tu sufrimiento es un desafío que quiero ayudarte a sanar.
Ella quiso creerle.
Quiso tanto.
Pero su propio corazón, roto, no se lo permitía.
—Me cuesta creerlo…
—admitió.
—Porque llevas años convenciéndote de que no vales la pena —respondió él con suavidad devastadora—.
Te tratas tan mal que hasta crees que mereces todo lo que él te hizo.
Voy a cambiar eso.
Voy a mostrarte que el amor de verdad perdona.
Que nunca daña.
Sher sintió por primera vez, en mucho tiempo, un rayo de luz dentro del pecho.
No suficiente para sanar.
Pero sí para querer intentarlo.
—Gracias, corazón —susurró ella, dándole un beso en la mejilla—.
Ven.
Vamos a dormir.
Haremos un muro de almohadas si eso te deja tranquilo.
Solo…
no quiero dormir sola esta noche.
Valentino fingió resistirse, solo para verla rodar los ojos.
Cedió con una sonrisa pequeña, rendida.
—Está bien.
El lado derecho es mío.
—Ese es mi lado…
—se quejó ella con ternura fingida.
—Me quedo en el izquierdo entonces.
Déjame buscar mi pijama.
Sheryl lo vio caminar hacia la habitación de invitados y pensó: No sé qué haría sin ti.
Y él, desde el pasillo, pensó lo mismo: No sé qué haría sin ti, Sher.
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