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Entre su amor y su obsesión - Capítulo 12

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12: Capítulo 12 12: Capítulo 12 Luca escuchó cómo la puerta principal se cerraba con un golpe suave, casi tímido, y supo sin necesidad de mirar que Marco había salido rumbo a su reunión de AA.

Ese sonido, que para muchos sería irrelevante, le significaba a él una sola cosa: Era hora de empezar su rutina nocturna.

Luca abrió el clóset, se puso un pantalón deportivo y una chaqueta vieja, y salió a paso apurado de su habitación.

Antes de bajar las escaleras, se detuvo frente a la puerta entreabierta del cuarto de su padre.

El clavo que sobresalía del marco había atrapado otra vez un pedazo de su ropa, rasgándola.

Suspiró.

Viejo idiota.

Bajó a la bodega en busca del martillo.

Mientras lo sacaba de una caja metálica vio, por la ventanilla empapada, que había comenzado a llover con fuerza.

Lluvia gruesa, persistente.

—Al menos no hace frío —murmuró para sí.

Era un consuelo pequeño, pero necesario.

Regresó a la puerta, sacó con cuidado el clavo defectuoso y colocó uno nuevo, esta vez asegurándose de que no sobresaliera ni un milímetro.

Se tomó un segundo para contemplar el resultado.

Bien.

Suficiente.

Un desastre menos.

Volvió a la bodega para devolver el martillo y recoger lo que necesitaría esa noche: una linterna, un par de herramientas, una caja de madera y un viejo cojín que había quedado abandonado sobre un sillón polvoriento en la entrada.

Con todo en brazos, salió bajo la lluvia y cruzó a grandes zancadas hacia la casa vecina.

Saltó la valla con una agilidad casi felina.

—¿Dónde estás campeón?

—susurró, cuidando que la voz se confundiera con el golpeteo de la lluvia—.

Ven aquí, Delgado.

Soy yo.

Al principio no escuchó nada.

Luego, el sonido suave de unas patitas corriendo sobre tierra mojada.

El perro emergió de la oscuridad, empapado, con las orejas bajas.

Un pastor alemán joven, de no más de dos años, pero con una mirada tan cansada que parecía haber vivido cien vidas.

Luca sonrió triste al verlo acercarse con esa necesidad de afecto que a él le resultaba demasiado familiar.

—Amigo mío, estás hecho sopa —le dijo, acariciándole la cabeza—.

Supongo que hoy tampoco volvió, ¿eh?

Miró hacia el pequeño cobertizo destartalado donde el perro solía refugiarse.

Las goteras habían empeorado.

Mucho.

—Debes arreglar tu casa, Delgado.

Tu dueño no lo hará por ti —añadió con amargura.

El perro ladeó la cabeza, como si intentara descifrar las palabras.

Ese gesto siempre lograba arrancarle una sonrisa genuina a Luca, por más mal día que hubiese tenido.

Llenó los platos de comida y agua, y el animal se lanzó a devorar todo con desesperación.

Estaba sediento, hambriento, abandonado.

Luca le revolvió el pelaje con cariño, mientras sacaba del suelo unos cartones mojados y acomodaba la caja que había traído en un punto donde caían menos gotas.

Colocó el cojín dentro, creando una especie de nido cálido.

—Listo, muchacho.

Tienes una cama envidiable.

Si no te acuestas te la robaré para mí —bromeó.

Luca se sentó junto a su cama.

Su cabeza apoyada en la pared.

Estaba exhausto.

El perro, sin embargo, prefiriendo treparse sobre las piernas de Luca y echarse ahí, como si ese fuera el único lugar seguro del mundo.

—Vamos, Delgado, te hice una cama.

¿De verdad vas a desperdiciar tu noche mojándote conmigo?

—intentó apartarlo suavemente.

Pero el perro emitió un pequeño quejido, casi infantil, y se acurrucó aún más.

Luca suspiró resignado.

—Muy bien, tú ganas.

Estoy demasiado cansado para pelear contigo.

Se quitó la chaqueta y la puso sobre ambos, intentando cubrirse de las goteras más gruesas.

La lluvia golpeaba con insistencia el techo, creando un sonido rítmico y envolvente que casi lo adormecía.

Se quedó mirando al vacío, mientras su mente volvía inevitablemente a lo ocurrido ese día.

A la pelea.

A Val.

A las palabras que le había lanzado como cuchillos.

—Me dijo que la golpeé —murmuró, sin esperar respuesta—.

¿Puedes creerlo?

Qué le habrá pasado por la cabeza…

Delgado respiraba profundamente, completamente rendido al sueño.

Su calor, su inocencia, su lealtad silenciosa eran la única compañía capaz de calmar un poco la tormenta interna de Luca.

—¿Crees que estaría mal si la llamo para saber cómo está?

—susurró, como si el perro pudiera opinar.

Silencio.

—Tienes razón —contestó él mismo, con ironía amarga—.

Después de todo, ahora lo tiene a él.

La lluvia comenzó a golpear más fuerte la chapa del cobertizo.

Luca cerró los ojos.

Val.

Ese idiota perfecto.

Ese tipo que apareció de la nada para ofrecerle a Sheryl todo lo que él dejó de darle.

Cocinarle, cuidarla, escucharla, hacerla reír.

Sentía punzadas en el pecho al imaginar a Sheryl sonriéndole.

Mirándolo como lo había mirado a él tantos años atrás.

Con esa fe ciega que él no supo honrar.

La lluvia arrecia, como si quisiera ocultar el temblor en sus manos.

—Supongo que esta noche —murmuró, apoyando nuevamente la cabeza contra la pared húmeda— somos solo dos perros mojados bajo la lluvia, viejo amigo.

Dos almas abandonadas en el mismo temporal.

Mientras tanto, en el departamento de Sheryl, la noche era tan larga como inquieta.

Ella no podía dormir.

No cuando Valentino estaba ahí, respirando suave al otro lado del muro de almohadas que habían construido.

Un muro simbólico, inútil, que no impedía que cada sensación de él irradiara hacia ella como un imán desesperado.

Lo observó en silencio, bajo la tenue luz que entraba desde la ventana.

Tenía una mano apoyada sobre su estómago y otra bajo la almohada.

Una posición extraña, infantil.

Le pareció tierno.

Pero el torbellino emocional dentro de su pecho no se calmaba.

Las palabras de él, las confesiones, su amor sin condiciones…

todo eso le retumbaba en la cabeza como un eco interminable.

No es normal que alguien sea tan perfecto.

No es normal que alguien no se equivoque nunca.

No es normal que alguien tenga esa resistencia, esa contención, ese amor sin fisuras.

Había algo en Val.

Algo que la conmovía y la atemorizaba al mismo tiempo.

Valentino es una bomba de tiempo, pensó con un escalofrío suave.

Con un detonador que nadie sabe dónde está.

¿Sabría él siquiera cuánto podía aguantar antes de romperse?

Volvió a mirarlo.

Su respiración era calma, constante.

El cabello le caía suavemente sobre la frente.

Sus labios, esos labios rosados que tanto la desconcertaban, seguían tan perfectos como el primer día.

Sin pensarlo, estiró la mano, apenas unos centímetros, queriendo rozarlos.

Pero en el instante en que estuvo cerca…Valentino abrió los ojos.

De golpe.

Sin moverse.

Como si llevara despierto un rato, observándola sin verla.

Ella retiró su mano precipitadamente.

—No puedo dormir —susurró.

Él giró un poco la cabeza hacia ella, y con esa voz cálida, rasposa y suave que la derretía, respondió: —Yo tampoco.

El silencio volvió.

Ligero.

Cargado.

—¿Por qué no duermes?

—preguntó ella.

El la miró y aquellos ojos de ángel desarmaron todas sus barreras.

Ella estaba esperando algo que se prometió no darle.

Pero hay veces donde el corazón llega más rápido a su boca que la razón.

—Porque estoy pensando en ti.

Las palabras le cayeron como una caricia directa al corazón.

Val estiró su mano por encima de las almohadas.

Ella no dudó en tomarla.

Sus dedos se entrelazaron lentamente, como si se hubiesen buscado toda la vida.

Y así, de la manera más tranquila del mundo, ambos se quedaron dormidos.

Mano con mano.

Pulso con pulso.

Como si hubiera algo inevitable en su unión.

A las cinco de la mañana, Luca dejó a Delgado durmiendo en la cama improvisada.

La lluvia había parado, y el cielo comenzaba a teñirse de un gris claro que anunciaba la llegada del sol.

—Disfruta el día, chico —dijo con una media sonrisa—.

Hoy no llueve.

Apenas entró a su casa, escuchó la puerta cerrarse detrás de él.

Marco había regresado también.

—¿Por qué estás así?

—preguntó con humor—.

Pareces un perro mojado.

Luca reprimió la sonrisa que quiso escaparse.

Oh, la ironía.

—El perro —contestó secamente—.

Su dueño volvió a dejarlo solo.

Van dos semanas.

Marco frunció el ceño.

—Me crucé con él antes de entrar.

¿No lo viste?

Llegaron juntos.

Luca sintió un golpe de electricidad recorrerle el cuerpo.

Corrió a su habitación, abrió la cortina y buscó con desesperación la figura del perro.

Y lo vio.

Lo vio acercarse con emoción a su dueño…

y lo vio recibir un pisotón en la pata.

No intencional, sí.

Pero tampoco importante, no para su dueño.

El hombre solo lo miró, molesto, y siguió caminando.

Delgado reculó cojeando, con un aullido pequeño, y volvió a su cama improvisada para lamerse la herida.

El corazón de Luca se abrió como una grieta profunda.

Bajó las escaleras con furia contenida.

Iba a destrozar a ese desgraciado.

A destrozarlo.

Pero Marco lo detuvo.

Lo tomó del cuello con un movimiento rápido.

Un mataleón.

Firme.

Preciso.

La técnica que le había enseñado a su hijo cuando este era apenas un niño.

—Otro arresto y te meten al bote —le recordó con dureza—.

Esta es tu última advertencia.

Piensa.

No actúes en caliente.

Los puños no solucionan nada, Luca.

Ese no es el camino.

Luca respiró con esfuerzo.

La rabia le quemaba las entrañas.

Pero se calmó lo suficiente como para liberarse del agarre.

Fue por una cerveza.

—”Los puños no solucionan nada” —repitió con ironía venenosa mientras abría la lata—.

Si tú lo dices, Marco…

entonces debe ser verdad.

Marco continuó, intentando sonar razonable: —No somos nadie para reclamar por ese perro.

Legalmente él tiene todos los derechos.

Si llamamos a la policía, solo verán que el animal está alimentado.

De hecho, verán la comida que tú mismo le dejaste.

Y no tiene golpes visibles.

¿Qué vamos a decir?

“Le pisó la pata”.

Luca apretó los dientes.

—¡Pero lo maltrata!

Tengo absoluta certeza.

—Certeza no es prueba.

Luca sintió un temblor de frustración atravesarle la columna.

Se mordió la mejilla hasta sentir sangre.

—Hasta cuándo debe sufrir un niño por los problemas de los demás…

—¿Un niño?

—preguntó Marco, desconcertado.

Luca sonrió amargamente.

—Olvídalo.

Subió las escaleras con la cerveza en la mano.

Se dejó caer en la cama.

Y dejó que horas enteras se deshicieran entre botellas.

Hasta que, entrada la noche, un gemido de dolor lo despertó.

Delgado lloraba.

Cojeaba.

Sufría.

Su corazón se rompió con un golpe sordo.

Una infracción más y termino en la cárcel.

Una infracción más y…

¿quién lo cuidará?

¿Quién lo protegerá?

Volvió a escuchar el gemido.

Y cerró los ojos con fuerza, ahogándose por dentro.

No puedo hacer nada.

No puedo hacer nada.

No puedo…

no puedo…

No puedo.

Pero sabía, muy dentro, que esa frase sería la última mentira que se permitiría decirse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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