Entre su amor y su obsesión - Capítulo 14
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14: CAPÍTULO 14 14: CAPÍTULO 14 —Esta sala tiene un olor muy particular —dijo Kayce tapándose la nariz.
—Cables quemados —dijeron Sher y Leo al unísono.
Se miraron por un instante.
Leo con una sonrisa nostálgica, Sher en cambio, solo desvió la mirada con desdén.
La sala estaba casi vacía ahora, excepto por un par de amplificadores cubiertos con mantas y una batería incompleta en la esquina.
—Habla —ordenó Sher rompiendo el silencio.
Leo se recargó en la pared.
Se frotó la cara con ambas manos nervioso.
—No sé por dónde empezar…
—Por donde te duela más —contestó Sheryl en corto.
Leo levantó la vista.
Ese brillo de siempre, el de chico perdido queriendo ser mejor, volvió a aparecer.
Pero ahora estaba cubierto de cansancio, vergüenza…
y miedo.
—Sobre Valentino…
—comenzó, midiendo cada palabra—.
no sé si es quien creo que es.
¿Entiendes?
Yo escuché rumores cuando estaba en la banda.
Rumores sobre dos tipos…
un pelirrojo y otro más callado.
Cosas feas.
Pero rumores, Sher.
Nada confirmado.
Y no voy a acusar a alguien que quizá ni siquiera es él.
Ahora, si me dejas averiguar…
—¿Rumores de qué?
—preguntó Sheryl.
Leo bajó la mirada.
—Peleas.
Trabajo con gente turbia.
Y…
un secuestro.
La historia corría por todos lados, pero nadie tenía información real.
Solo “dicen que”, “escuché que”, “me contaron que”.
Y yo no voy a repetir nombres hasta saber si ese tal Valentino es este Valentino.
Sher no pestañeó, pero el momento entre ella y Val en la mañana volvió a su mente.
¿Qué puede ser tan grave de este caso que no me lo puedes contar?
¿Qué tan seguro estás de que yo no entendería este malentendido?
O quizás, ¿no es un malentendido?
¿Es esto por lo que huiste de mí?
¿Qué harás esta semana?
Kayce cruzó los brazos, con la mirada filosa como una aguja.
—¿Y Derek?
—apuntó Kay—.
Porque ese sí que tiene pinta de ser el anticristo.
Leo bufó, agotado.
—Derek…
yo lo conocí recién entrando a la universidad.
No es mi amigo, Sher y…
amiga de Sher.
Ni mi grupo, ni mi mundo.
Solo…
—apretó los labios, incómodo— solo le compro.
Ya sabes.
Pero eso es todo.
Kayce abrió los ojos como si hubiera visto una araña.
—¿Me estás diciendo —dijo con las manos en el pecho— que te estás metiendo con un tipo que podría enterrarte en el bosqu- —Kayce —advirtió Sher.
—Me callo —dijo rendida levantando las manos.
—Sé que él se mueve en cosas turbias, pero yo no sé nada de su vida.
No sé de quién era amigo, ni qué hizo en el pasado.
Los rumores que escuché eran de otro tiempo.
Cuando comenzamos la banda y frecuentábamos los bares empezaron a llegarme historias de ese dúo…
el pelirrojo y su compañero.
Pero nunca los vi, nunca traté con ellos.
Leo respiró profundo.
—Sher…
no sé si tiene algo que ver.
Lo juro.
Lo del secuestro lo escuché como un mito, una historia que nadie sabía si era real.
No estuve ahí.
No vi nada.
No sé quién era la chica.
Solo sé que muchos creían que ese dúo estaba mezclado en cosas que…
es mejor no mencionar.
Y si Val es o no ese tipo…
no puedo confirmarlo.
Todavía.
Sher lo miró con decepción.
No por la poca información que Leo tenía, sino porque estaba consumiendo otra vez.
Tanto esfuerzo por limpiarte…
cuantas noches pasamos tú y yo orándole a Dios la fuerza para resistir…
ay, Leo.
—¿Podrías confirmarlo por mí?
—Por ti lo que quieras, Sunny.
—Ya no soy más “Sunny” —contestó cortante, pero escuchar ese apodo le tocó las fibras del corazón.
Un golpe a la nostalgia—.
Quiero la verdad, Leo.
Y quiero que no me ocultes nada…
nunca más.
Leo asintió, tragando el nudo en la garganta.
—Y quiero que vayas a tu casa y te mires al espejo.
Mírate largo y tendido.
Cuando veas en lo que te has convertido, cuestiónate si tus amistades valen la pena.
Leo levantó el rostro, serio por primera vez en mucho tiempo.
Solo su amiga, solo Sher sabía llegar a él.
Su voz de la razón.
—Lo haré.
Kayce suspiró, cruzándose de brazos otra vez.
—Perfecto.
Genial.
Ahora tenemos a un ex–baterista arrepentido haciendo espionaje para nosotras, ¿Qué sigue?
¿Interrogar al pelirrojo con aires de Al capone?
Leo la miró divertido.
Sus ocurrencias le recordaban a Sher, cuando ella era feliz…
cuando era Sunny.
—Derek tampoco es cualquier cosa —cruzó los brazos y señaló la puerta invitándolas a investigar—.
Es el favorito del entrenador de boxeo de la Universidad.
Le dicen su “protegido”.
Incluso escuché que le da clases a los nuevos.
Ese nivel de confianza estamos hablando.
Sher no ocultó su sorpresa, y Kayce tampoco.
—¿Protegido?
—repitió Sher, afilando la palabra como una cuchilla.
Miró a Kayce de reojo, pero ella aún no se enteraba de nada.
Leo asintió con firmeza.
—Sí.
Dicen que desde que entró hace cuatro años el entrenador lo tiene metido en todas las clases, todos los entrenamientos, todos los horarios especiales.
Abre el gimnasio solo para él a veces.
No sé si entrenan boxeo…
o si entrenan otra cosa.
Pero…
es intenso.
Mucho más que con cualquier estudiante normal.
O al menos eso es lo que escuché.
—Tú escuchas muchas cosas, ¿cierto?
—Kayce descubrió que después de todo, este tipo podría ser muy útil.
Leo subió los hombros con cara de orgullo.
Le gustaba ayudar, aunque sea con chismes.
Sher entrecerró los ojos.
—¿Y Valentino?
¿Alguna relación con ese entrenador?
Leo negó con rapidez.
—No.
Nunca lo vi por ahí.
Derek va solo…
o con otros tipos.
Pero nunca con él.
Kayce chasqueó la lengua.
—Les daré un consejo, solo algo que escuché también: si quieren saber quién es realmente Derek…
no pregunten en las clases.
Vayan a los entrenamientos cerrados.
Ahí es donde él…
cambia.
Dicen que hay chicos que salen llorando.
Eso me hace pensar…
bueno, considerando todo lo que dicen, no sé si el entrenador lo disciplina o…
lo forma.
Una vez, cuando pasé por fuera del gimnasio, las puertas estaban cerradas con candado, pero adentro…
adentro se escuchaban gritos, golpes y…
y otras cosas.
Sher giró la cabeza lentamente hacia su amiga, la que poco a poco comenzaba a entender que es lo que estaba pasando por su mente.
—¡NO!
—¡SI!
—NO SHERYL, ESTO ES DEMASIADO.
—TU QUERÍAS PRACTICAR BOXEO, AHÍ LO TIENES.
—NO ENTRARÉ A UN GIMNASIO DONDE ESE HOMBRE ES REY.
MORIREMOS.
Sher sonrió apenas, con fuego en la mirada.
—No vamos a morir.
Kayce la miró indignada y señaló a Leo.
—¡Moriremos!
¡Y este imbécil será testigo en mi funeral!
Leo levantó las manos.
—Yo no las estoy obligando a meterse ahí…
—¡Tú te callas!
—Kayce lo señaló una vez más y Leo miró hacia el cielo inocente.
Le gustaba esta dinámica, a pesar del oscuro trasfondo.
Es Sunny, esta chica en serio es Sunny—.
Sher…
no me hagas esto, no me gusta ese sujeto.
Es demasiado…
atrevido.
De caballero tiene cero, te lo digo en serio.
Y ya escuchaste a tu amigo, lo pintan como un psicópata en potencia.
—A Val también me lo pintaste así y resultó ser un sol, ¿recuerdas?
Kayce quería replicar, pero no sabía cómo.
Tiene razón, por desgracia.
—Está bien Sheryl, tú ganas otra vez.
Pero tengo una condición —Sher la miró expectante.
Nunca podré encontrar una mejor amiga que ella—.
Cuando yo sienta que estamos arriesgándonos demasiado, nos retiramos.
Sher la abrazó fuerte, con todo el amor que podía demostrar.
—Te amo, guapa —susurró Kayce.
—Te amo, Kay.
Qué haría yo sin ti.
Leo carraspeó un poco, llamando la atención de las chicas.
—Sher, gracias por darme esta oportunidad de redención.
Que hables conmigo, aun en estas circunstancias, es un gran consuelo para mí.
—No estoy aquí para consolaciones, Leo.
Estoy aquí porque confié en ti.
Confié y tú solo…
—Era incapaz de terminar la frase.
La herida aun dolía, jamás cerró—.
No vuelvas a fallarme.
—Si…
si, lo entiendo.
No te fallaré otra vez.
Kayce no escuchó nada de eso.
Estaba totalmente sumergida en sus pensamientos.
Sus precavidos y fatalistas pensamientos.
Ese pelirrojo, ese estúpido pelirrojo.
Engreído.
Engreído e indecoroso.
No olvidaré cómo me tomaste esa vez.
Como si yo fuera una muñeca…
¡Muñeca!
¡Que apodo mas denigrante!
Maldito atrevido.
Delincuente y atrevido.
Ojalá borrarle su sonrisa de suficiencia de un puñetazo.
Ya verás imbécil, ya verás a quien estás entrenando.
Muñeca…
muñeca…
¿Quién demonios se cree que es?
Muñeca tu madre.
—Tierra a Kayce —Sher intentaba que reaccionara pasando una mano frente a su cara, pero nada.
Con prisa, apretó su nariz con suavidad, sacándola de su trance—.
Kay, debemos irnos, perderemos las clases.
—¡Por Dios!
¡Mira la hora!
¡Corre!
Kayce tomó a su amiga del brazo y salió corriendo con ella.
Sher miró a Leo por última vez y este se despidió con una tímida sonrisa.
Ojalá sonrieras más a menudo, mi amigo.
Las clases pasaron lentas para Sher, tensas.
Para su amiga, en cambio, fueron un parpadear de ojos.
Kayce creció en una familia muy correcta, ricos, sin una mala palabra o mal gesto en su casa.
Odiaba a sus padres por hacerla crecer en una burbuja, y a pesar de que intentó alejarse todo lo posible de sus padres estirados y snobs, la actitud y los prejuicios inculcados por años son algo muy difíciles de cambiar.
Estaba ansiosa, nerviosa, furiosa.
Su mente tenía tantas emociones encontradas que no había tiempo suficiente que la preparará para lo que tendría que hacer.
Muñeca…
muñeca.
Se repitió en su cabeza sin cesar.
Cuando el reloj marcó las seis, la hora en que comenzaban los entrenamientos cerrados, ambas se encontraron frente al edificio deportivo.
—Sher…
última oportunidad para huir.
Podemos ir por el helado que te prometí.
O por sushi.
¡El top!
¡Vamos a ver el top para tu conjunto!
—Vamos —dijo Sher, sin una gota de duda.
—¿Por qué haces esto?
—gimió Kayce poniéndose el polerón que un amigo le prestó como si fuera un escudo antibalas.
—Porque quiero respuestas, Kay.
Y tú dijiste que vendrías conmigo.
Kayce resopló resignada, murmurando maldiciones en lenguajes inventados.
—Si morimos, me aseguraré de que mi espíritu te persiga a donde sea que vayas.
Se prudente amiga, por favor, no llamemos la atención —declaró solemne.
Sher sonrió apenas.
—No moriremos.
Seré prudente, tú tranquila.
Esto saldrá suave como la seda.
Pero cuando empujó la puerta del gimnasio y el eco de los golpes retumbó en el aire, incluso ella sintió un pequeño escalofrío.
El gimnasio estaba casi vacío.
Solo se escuchaban los golpes sordos de un saco reventándose a puñetazos…
Sher se detuvo primero.
Kayce la imitó un segundo después, pero cuando entendió lo que veía, su alma abandonó el cuerpo.
Derek.
Camiseta sin mangas, manos vendadas, sudor cayendo por su frente mientras el saco se movía como si fuera una pluma.
Cada golpe era una amenaza hecha carne.
—Moriremos, Sheryl.
Te dije que moriremos aquí.
Nos usará como ese saco.
Míralo, se ve que está gastado, seremos el reemplazo Sheryl, vámonos —Susurró con un temblor en las manos.
—Quieta.
Si nos comportamos no pasará nada.
De pronto, los golpes cesaron.
Derek las vio.
Primero a Sher.
¿Qué hace aquí ese prototipo de barbie?
¿Confundió este con el gimnasio de voleibol?
Luego a Kayce, y su sonrisa apareció lenta.
Insolente.
Esa que Kayce tanto odia.
Esa sonrisa de suficiencia.
El pelirrojo bajó los puños y ladeo la cabeza, disfrutando del momento.
—Vaya, vaya…
—su voz retumbó en el gimnasio vacío—.
Pero si no es la muñeca y…
¿ricitos de oro?
Kayce sintió cómo se le activaba cada instinto de homicidio.
Sher la observó y se asustó.
Conocía esa mirada.
Nos jodimos.
—¿Muñeca?
—dijo Kayce con una sonrisa—.
Muñeca…
claro.
Sher vio cómo el párpado de su amiga temblaba frenético.
Nos jodimos bien jodidas.
—Kay —susurró Sher llamando a la prudencia.
—¡MUÑECA LA PUTA DE TU MADRE, DESGRACIADO!
Derek arqueó una ceja, fascinado.
Finalmente, alguien que no se le arrodillaba.
Qué divertido.
Caminó hacia él a paso fuerte.
Sher intentaba frenarla por todos los medios, pero no había caso.
Derek sonrió aun más amplio, como si acabara de ganarse la lotería.
Finalmente, me arreglaste el día, muñeca.
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