Entre su amor y su obsesión - Capítulo 15
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15: CAPÍTULO 15 15: CAPÍTULO 15 —Ven, muñeca.
Muérdeme también si quieres.
La frase cayó como gasolina en una fogata.
Sheryl sintió cómo su alma abandonaba su cuerpo, su amiga, en cambio, estaba más presente que nunca.
—¿Que te muerda…?
—repitió con una sonrisa, manos en la cintura y mirada al suelo—.
¿Quieres que te muerda?
Sher tragó saliva.
Tal vez esto si fue una mala idea.
—Kay…
por favor, cálmate…
—NO —Kayce se sacó el polerón como si fuera la capa de un torero—.
HOY NO ME CALMO.
NO CON ESTE IMBECIL.
Y cargó directa hacia Derek.
Pero antes de que quedaran frente a frente, una figura se interpuso entre ambos.
Sheryl.
—¡KAYCE, NO!
¡NO TE LE TIRES ENCIMA!
Kayce intentó esquivarla por la derecha.
Sheryl la interceptó.
Intentó por la izquierda.
Sheryl la atrapó del brazo.
Intentó pasar por debajo.
Sher cerró su postura, bajando el centro de gravedad para bloquearle el paso.
—¡Suéltame!
SUÉLTAME, SHERYL, ¡ESE IMBÉCIL TIENE LOS DÍAS CONTADOS!
Y ahí, detrás de Sheryl, Derek observaba…
fascinado.
El brillo en sus ojos era puro entretenimiento.
Como niño al que le dieron un nuevo juguete.
Se mantuvo estoico, sin mover un pelo, mientras Sher la contenía de manera impecable.
Es como un gato rabioso, pensó Derek.
Y entonces: —Interesante.
La voz del entrenador retumbó desde la puerta.
Todos se quedaron quietos.
Todos menos Kayce.
El hombre los miró uno por uno, evaluando, juzgando, y extrañamente aprobando.
—La pelinegra —señaló a Kayce—.
Explosiva.
Imprudente.
Tenaz.
No le tiembla un pelo.
Va a matar.
Eso se puede pulir.
Kayce abrió la boca para insultarlo, pero Sher puso la mano en la boca.
—La rubia —miró a Sheryl—.
Rápida.
Instintiva.
Tiene reflejos de boxeadora, solo hay que darles la dirección correcta.
Fascinante.
Derek frunció el ceño.
¿La barbie?
¿REFLEJOS?
—Ángelo, no creo que estés viendo bien.
¿La barbie, reflejos?
—protestó Derek.
—Ohh mis ojos están muy bien Derek.
Pero te quedaste tan embobado con la pequeña bestia que tienes ahí saltándote al cuello que no viste el potencial.
Por idiota, tienes un gran trabajo ahora.
Metió las manos en los bolsillos.
—La universidad quiere una selección femenina para el campeonato anual.
Estas dos sirven.
Entrénalas.
Silencio absoluto.
Solo Kayce respiraba, rápido, indignada, furiosa, confundida.
—¿Entrenarlas yo?
—preguntó Derek, genuinamente sorprendido.
—¿Ves a algún otro idiota aquí?
—comentó exasperado—.
Buena suerte, hijo, la necesitarás.
Al menos con esa bestia.
Señoritas, las dejo en manos de un caballero.
Sher y Derek se quedaron congelados.
Kayce, en cambio no desperdició un segundo.
Movió a Sheryl de su camino y ¡BUM!
Patada en la ingle.
Derek cayó de rodillas, mordiéndose un gruñido que cualquier otro habría gritado.
—Ay…
—canturreó Kayce con una falsa expresión de preocupación—.
¿La patada de la muñeca te dolió?
Hmm…
supongo que en boxeo no enseñan a defenderse de muñecas ni ricitos de oro.
Mi culpa.
Sher la agarró del cuello de la polera.
—¡TÚ NOS QUIERES MUERTAS!
¿¡QUÉ PASO CON TODO LO QUE HABLAMOS!?
MIERDA, SALGAMOS DE AQUÍ.
El entrenador contempló desde la puerta la divertida escena y se echó a reír.
Una risa grave.
Larga.
Divertida.
—Estas son, Derek —dijo entre carcajadas—.
Con estas hasta ganaremos el campeonato.
Trátamelas bien…
o harás sparring conmigo.
Y se fue.
Derek, aun arrodillado, tragó duro.
Miró a Kayce con los ojos encendidos.
—Vas a pagar por eso, muñeca…
Kayce sonrió.
—Inténtalo, tomatito.
Derek seguía arrodillado, mordiéndose un gruñido de dolor como si fuera orgullo.
Respiraba hondo, concentrado, intentando recomponerse sin perder la compostura que tanto le costaba mantener.
Kayce, con esa sonrisa de gata vengativa, lo observaba como si hubiese ganado una medalla olímpica.
Sheryl, en cambio, estaba dos segundos de sufrir un infarto.
—Silencio los dos —ordenó, firme.
Kayce obedeció de inmediato.
Derek también…
aunque con una sonrisa torcida que decía sí, pero solo porque tú lo dijiste, princesa.
El entrenador se fue.
El eco de sus pasos todavía vibraba en las paredes.
Sheryl respiró aliviada…
Hasta que Derek se puso de pie.
Muy lento.
Muy en silencio.
Muy…
Derek.
La expresión del pelirrojo era pura comedia para quien no lo conociera.
Pero Kayce, que tenía instinto de supervivencia, retrocedió medio paso.
—Eso me dolió, muñeca —dijo él mientras se acomodaba los guantes y se estiraba el cuello—.
Pero también debo admitir…
que tienes un estilo encantador.
Kayce lo miró con indignación absoluta.
—¿Encantador?
Te acabo de desactivar el sistema reproductivo, tomate podrido.
Derek sonrió, esa sonrisa peligrosa que promete problemas.
—Si me querías dejar sin hijos, muñeca, dilo de frente.
No hace falta usar la violencia.
Sheryl le lanzó un manotazo en el brazo.
—¡Basta!
Kay, necesito esto, por favor.
Kayce miró a su amiga con resignación.
—Solo porque tú me lo pides, Sher.
Derek miró en serio a Sheryl por primera vez desde que el caos había empezado.
Y ahí…
Se detuvo.
Completamente.
Como si hubiera visto un fantasma, un recuerdo, una señal.
—…Un momento —dijo despacio, casi en un susurro—.
¿Cómo dijiste que te llamas?
Sheryl parpadeó.
—Sheryl.
Él no respondió.
Solo la miró.
Una, dos, tres veces.
Luego, muy despacio, muy Derek, giró la cabeza hacia Kayce.
—¿Esta Sheryl…
es esa Sheryl?
¿La Sheryl?
Kayce levantó ambas manos como si estuviera arrestada.
—Yo no dije nada.
Nada.
Cero.
Pero sí.
Ella es ella.
Derek dejó caer los brazos a los costados.
—…La ex del ninja.
Sheryl tragó saliva.
—¿Te refieres a Luca?
—…La mujer por la que Val se quería arrancar el corazón con las manos.
Sheryl abrió la boca, pero Derek ya estaba haciendo conexiones a la velocidad de la luz.
Su postura cambió.
Su aura cambió.
Hasta la forma en que respiraba cambió.
Era como ver a un lobo darse cuenta de que la persona enfrente no es solo alguien…
sino la prioridad absoluta de su manada.
—Perfecto —dijo finalmente, cruzándose de brazos—.
Ok.
Entiendo.
Todo claro.
Kayce entrecerró los ojos.
—¿Qué entiendes exactamente?
Derek se pasó una mano por el cabello rojo y suspiró, casi resignado.
—Que mi mejor amigo está enamorado hasta los huesos de una chica que no sabe defenderse ni de una mosca, y que ahora…
—miró a Sher de arriba abajo— …yo soy el idiota encargado de que no le pase nada mientras él se recupera de todo lo que está cargando encima.
Sheryl sintió un nudo en el estómago.
Kayce sintió ganas de pegarle otra patada.
Y Derek, con toda su arrogancia invencible, añadió: —Muy bien, princesa.
A partir de hoy, estás bajo mi jurisdicción.
No te me desmayes, no llores sin avisar, no te rompas, no te enredes en problemas, y si tienes problemas con alguno de estos tipos, házmelo saber.
No porque tú seas especial —le guiñó un ojo— sino porque él me mataría si algo te pasa.
Y si para Val eres importante, entonces para mí también.
Sheryl parpadeó varias veces.
Kayce bufó con risa incrédula.
Derek chasqueó los dedos.
—Muy bien.
En guardia.
Hora de entrenar.
La transición fue inmediata.
Un clic.
Un cambio de energía que se sintió en todo el gimnasio.
Derek caminó al centro del tatami con la seguridad de quien nació sobre uno.
—Escuchen.
Las dos.
Ustedes no están aquí para hacer cardio.
Ni para quemar calorías.
Ni para impresionar a nadie.
Sheryl y Kayce enderezaron la espalda.
—Van a aprender a golpear.
Van a aprender a resistir.
Van a aprender a caer sin romperse.
Y sobre todo…
Se acercó a Sheryl, sin invadirla, pero con esa presencia tan fuerte que se sentía como un muro.
—…van a aprender a no necesitar que nadie las proteja.
Ni Val.
Ni yo.
Ni nadie.
Kayce respiró hondo.
Por primera vez, estaba tomando esto en serio.
Derek le lanzó los guantes a Sheryl.
—Póntelos, princesa.
—Deja de decirme princesa…
—Gánate otro apodo entonces —respondió él, tranquilo.
Kayce soltó una risita.
—¿Y yo?
¿Qué apodo me toca a mí?
Derek la miró sin pestañear.
—Tú eres muñeca.
Para ti no existe otro.
No hasta que te lo ganes.
Kayce abrió la boca para protestar, pero Derek no estaba dispuesto a escuchar.
—Me importa una mierda si te afecta la moral.
Cuando entrenes a alguien podrás llamarlo como quieras.
—Muñeca…
¿es así como les dices a las que te encantan?
—Tal vez.
—Entonces…
¿a los pitos también les dices muñeca?
Sheryl se partió de la risa.
Kayce le sonrió de oreja a oreja con un aire de suficiencia.
Derek, por su lado, estaba entre la risa y el terror.
Morena y graciosa…
Val, amigo, quizás si Sheryl me autoriza me dejarías coquetear con esta chica…
y algo más.
___________________________ El entrenamiento fue brutal.
Kayce aprendía rápido.
Sheryl tenía técnica natural y reflejos sorprendentes.
Derek era un genio enseñando: corregía sin humillar, empujaba sin romper, exigía sin gritar, veía cosas que ellas no veían, y sobre todo, convertía todo en algo personal…
pero sano.
Cada vez que Sheryl hacía un movimiento bien, él decía: —Eso es.
Val estaría orgulloso.
Y cada vez que Kayce lo hacía mal: —Golpea como si mi cara estuviera en ese saco, muñeca.
Pon el alma.
Cada vez que alguna flaqueaba: —De pie.
Son mujeres, no vidrio.
Vamos.
Es…
fantástico.
Entonces, ¿por qué alguien lloraría por entrenar con él?
No tiene sentido.
Se preguntó Kayce.
_____________________________________ Al final del entrenamiento, cuando las dos estaban tiradas en el suelo recuperando el aliento, Derek se dejó caer entre ellas.
—Bien.
No lo hicieron tan mal.
No me avergüenzan…
todavía.
Kayce le lanzó una botella vacía.
Él la esquivó sin esfuerzo.
Sheryl lo miró con curiosidad.
—Derek…
¿Val está bien?
Ha estado tan raro.
Se fue sin decir mucho.
Derek abrió la boca para contestar un “no te preocupes”, pero algo en la mirada de Sheryl lo desarmó.
Su silencio lo traicionó.
Su expresión lo traicionó.
Kayce lo notó primero.
—¿Qué sabes?
Derek apretó la mandíbula.
—No es asunto suyo.
Sheryl se incorporó, alarmada.
—Derek…
¿está en peligro?
—No.
Demasiado rápido.
Kayce entrecerró los ojos.
—¿Entonces por qué tardaste en responder?
Una sombra cruzó el rostro de Derek.
—Porque…
—respiró hondo— porque Val no es el tipo de persona que desaparece por gusto.
Y cuando él se va así…
Sheryl sintió un vacío en el pecho.
—¿Qué?
Derek la miró directamente.
Sin sonrisa.
Sin burla.
Sin muro.
Y antes de que pudieran preguntarle más, se puso de pie.
—Entrenamiento terminado.
Recojan sus cosas.
Las iré a dejar a sus casas.
Y si Val aparece…
no lo presionen.
Se alejó.
Pero se detuvo en la puerta.
Sin girarse, añadió: —Sé por qué están aquí.
Pero vinieron con la persona incorrecta.
Me cortaría la lengua antes de decir algo contra él.
Y se fue a las duchas.
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