Entre su amor y su obsesión - Capítulo 16
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Capítulo 16: CAPÍTULO 16
DÍA 1 – MARTES
Cuando salió del departamento de Sheryl, Valentino sintió que el cuerpo avanzaba solo, como si lo llevaran las piernas de alguien más. Cerró de un portazo y caminó hasta la calle sin registrar el trayecto.
Las manos aún le temblaban. En la mente se repetían sus propias palabras como un eco maldito.
Una semana. Vuelvo el lunes.
A Sher le brillaron los ojos cuando lo dijo, una mezcla de pánico y alivio. Él fingió que era simple, que era sólo “me voy un rato a ordenar la cabeza”.
Mentira.
No era por él.
Era por ella.
Sabía tres cosas con una claridad dolorosa: Sheryl estaba viva; Lo necesitaba entero, no medio humano; Rebb estaba muerta. No iba a volver. Nunca.
Todo lo demás era ruido.
Pidió un auto por la app, dio una dirección cualquiera, y acabó en un motel de mala muerte al borde de la ciudad. Era ese tipo de lugar donde nadie hacía preguntas mientras pagaras por adelantado.
Pidió la misma pieza de siempre, con la misma mentira de siempre.
—Una noche —dijo al recepcionista, tirando los billetes en el mostrador—. Tal vez dos.
La pieza olía a cigarro viejo, cloro barato y desinfectante con aroma a limón que no engañaba a nadie. La colcha estaba limpia “a la vista”, pero no se atrevió a pensar mucho en eso. Cerró la puerta, apoyó la espalda en la madera y dejó que el peso de la semana se le viniera encima de golpe.
Rebb está muerta.
No era una posibilidad, no era una esperanza torcida. Era un hecho. Se lo habían dicho sin adornos, sin consuelo. No hubo cuerpo, no hubo entierro, no hubo nada que la familia pudiera abrazar… pero él sabía, por la forma en que los tipos dejaron de contestar, por cómo se apagaron las pistas, por las cosas que “El Pulpo” le había contado en susurros hace un par de años.
No la devolvieron. No hay secuestro sin moneda de cambio. Si no la devolvieron, es porque ya no había nada que devolver.
Arrojó la mochila a la cama, se dejó caer al borde y se cubrió la cara con las manos. Tenía la mandíbula rígida, el pecho apretado. Veía flashes: la lista de mensajes con Rebb, la última ubicación que compartió, la llamada perdida a las 14:58 que nunca devolvió.
Una chica que confiaba en él desapareció por completo del mapa. Tres años después, el hermano seguía arrodillándose delante de su pistola pidiéndole noticias.
Y ahora Sheryl…
La universidad llena de enfermos. Los mismos pasillos. Las mismas sombras.
No volvería a cometer el mismo error. No iba a mirar hacia el lado esta vez.
Se levantó, respiró hondo, abrió la cortina un poco. Afuera, luces de neón parpadeando, autos pasando a lo lejos. El mundo seguía como si nada. Odió eso.
Sacó una libreta vieja de la mochila. En la primera página limpia escribió, con letra firme:
BAR. PULPO. TALLER.
Se quedó mirando esas tres líneas un buen rato, decidiendo por cual empezar.
Después, se tiró sobre la cama sin desvestirse, con las zapatillas puestas, mirando el techo manchado. No cerró la cortina del todo: necesitaba ver algo de luz, aunque fuera la de los focos del estacionamiento.
No durmió.
Solo se quedó quieto, oyendo su propia respiración, en pleno pie de guerra.
DÍA 2 – MIÉRCOLES
Despertó con dolor de cabeza y los nudillos palpitando. No recordó bien cuándo había apretado tanto las manos durante la noche, pero ahí estaban: rojos, tensos, como si hubieran peleado solos.
El mensaje a Sher seguía en borrador.
“¿Dormiste bien?”
Lo borró.
Bajó del motel y caminó hasta el bar del Pulpo. El barrio olía a aceite, fritanga barata y lluvia vieja. El bar estaba escondido entre calles confusas. Tenía ventanas sucias, cortinas grasientas y un letrero de cerveza medio quemado.
En la mesa más al fondo, como siempre, estaba él.
—Pulpo.
El hombre levantó la vista. Era alto, delgado, con brazos largos y tatuados hasta los nudillos. Tenía cara de haber dormido poco y vivido demasiado.
—Míralo —sonrió, enseñando un diente de oro—. El fantasma del niño bonito. Pensé que estabas muy ocupado jugando a la vida normal.
—Se acabó el juego —respondió Valentino, sentándose frente a él—. Necesito que me digas todo lo que sepas de ellos. Los del caso de Rebb.
El Pulpo se quedó un segundo en silencio. Miró alrededor, como por costumbre. Nadie los escuchaba. Nadie quería escuchar.
—Pensé que ya habíamos enterrado esa historia, El pasado en el pasado.
—Ella sí está enterrada —contestó Val, con la voz áspera—. Ellos no. Necesito saber si volvieron, si están usando el mismo tipo de lugares, la misma gente, el mismo circuito. Me lo debes, Pulpo… no quiero que otra persona desaparezca por algo que yo no vi venir.
El Pulpo soltó un suspiro viejo.
—Lo de la niña… fue sucio —admitió—. No fue un secuestro normal, fue un desastre. Plata que nunca se entregó completa, intermediarios cambiados a última hora, muchas manos metidas donde no debían. Cuando pasan esas cosas, siempre hay alguien que sale con los pies por delante.
Val apretó los dientes.
—¿Siguen en la zona?
—He oído que algunos de los contactos que se movían en esa época están más calmados —empezó—. Otros se fueron. Hay uno o dos nombres que siguen saliendo, pero nada concreto. Rumores, chismes, mierda sin pruebas. Nada que te sirva en un juicio… pero sí para meterte una bala en la cabeza.
—Dame los nombres —dijo Val.
—No —respondió el Pulpo, seco—. No voy a verte repetir la misma historia. Ya te vi hace tres años, hecho polvo, ¿de cuantos problemas con bandas te sacamos Derek y yo? No te voy a acompañar otra vez al funeral de nadie. Ni al tuyo.
—No te estoy pidiendo que vengas —contestó Valentino, con los ojos brillando de furia contenida—. Sólo dame los nombres. Lo demás es cosa mía.
—Te van a destruir —dijo al fin—. Pero ya sabemos que no hay forma de detenerte cuando te pones así.
Escribió un par de cosas en una servilleta. Se la deslizó.
Valentino la guardó sin mirar.
—Esta es la última vez —advirtió el Pulpo—. Con Rebb me quedé hasta el final. Esta vez no. No voy a mirar cómo te desangras otra vez… y algo más, chico, están vigilando universidades.
Val sintió un frío seco recorrerle la espalda. Universidades. Claro. ¿Por qué cambiar una fórmula que funcionaba?
—¿Crees que hay algún interés particular en esas Universidades?
—Si hay minas con plata, papás nerviosos y distraídos, sí. No necesitan mucho. Una fiesta, una oferta de trabajo falsa, una salida mal planificada… —Pulpo lo miró directamente—. ¿Qué estás planeando?
Valentino se pasó la mano por la nuca.
—Nada, solo necesitaba saber.
El Pulpo dudó un momento. Luego asintió, con ese gesto resignado de quien sabe que igual no lo va a poder detener del todo.
—Dame dos días. Hablaré con un par de ratas que se arrastran por ahí. Si escucho el nombre de tu campus, te llamo. Si no, de todas formas, te escribo. Pero, chico… —bajó la voz—, la niña está muerta. No vas a resucitar a nadie revisando fosas viejas.
—Lo sé —dijo Val, sin pestañear—. No quiero resucitar a nadie. Solo no quiero nuevas fosas.
Brindaron con un trago corto que sabía a veneno suave.
Val se fue con el estómago revuelto y la intuición gritando más fuerte que nunca.
DÍA 3 – JUEVES
Pasó la mañana dibujando rutas en su libreta.
Tenía anotadas direcciones antiguas: el sitio donde habían tenido retenida a Rebb, según la poca información que sacó hace años; la casa del gordo; un par de bodegas abandonadas cerca de la carretera; los alrededores del campus.
Miraba las líneas, los círculos, las flechas, como si estuviera frente a una partitura que no lograba descifrar.
Es una red, pensó. Siempre fue una red. Yo me fijé solo en el nudo que me convenía.
Al mediodía, caminó hacia uno de los barrios industriales donde, según sus recuerdos, había operado esa gente. No entró a ningún edificio. Solo caminó, observando.
La reja oxidada de un taller mecánico abandonado. Un portón grafiteado con nombres que ya no significaban nada. Una cámara de seguridad sucia en una esquina, apuntando a ninguna parte.
Volvió a las calles donde había corrido hace tres años, preguntando nombres, mostrando fotos, recibiendo portazos en la cara.
Se metió por algunos callejones, decidido a buscar pelea con alguien, quién sea.
Después de unos insultos obtuvo lo que quería, y un par de tipos lo golpearon con gusto.
Los murales estaban diferentes, pero las esquinas eran las mismas. Tiendas que ya no existían, kioscos cerrados, una farmacia nueva donde antes había una carnicería.
El lugar donde había quedado en verse con Rebb estaba igual. La parada de buses frente al campus viejo. El asiento de metal con rayas hechas por estudiantes aburridos.
Se dejó caer ahí, mirando la calle.
Cerró los ojos un momento y dejó que la memoria hablara: “Ya voy saliendo ValVal, nos vemos a las 15:00”
La llamada de Marlon horas después. Los gritos. El quiebre de una voz que ya no volvería a sonar igual.
Sacudió la cabeza como si pudiera sacar las imágenes. No funcionó.
Compró una botella de agua en un almacén, se sentó en la cuneta y se quedó ahí, observando la calle. Parecía una calle cualquiera. Niños con mochilas, una señora con bolsas, un perro sin dueño cruzando.
Pasó un auto. Luego otro. Un grupo de estudiantes cruzó la calle riendo. Una chica con el pelo del mismo tono que el de Sher se arregló la bufanda, y el corazón se le detuvo un segundo.
No es ella. Sheryl está en clases. Está viva.
Pero la imagen se repetía: Sheryl caminando sola, distraída, el teléfono sonando, un auto frenando, una mano que la empuja dentro, una puerta que se cierra.
Se levantó como si lo hubieran pinchado.
No pudo quedarse ahí más tiempo.
Volvió al motel al atardecer, con todo el cuerpo dolorido.
Se tiró a la cama sin encender la luz.
Pensó en escribirle.
“¿Comiste?” “¿Cómo te fue en clases?” “¿Me extrañas un poco?”
No escribió nada.
El silencio entre ellos esa semana no era por falta de ganas. Era por miedo. Miedo a que ella le respondiera “sí, te necesito”, y él tuviera que elegir entre quedarse a su lado y dejar la investigación… o seguir cavando en el pasado mientras algo le pasaba a Sher en el presente.
Si algo le ocurre, va a ser igual de mi culpa. Por haberla amado. Por haber estado en su vida.
Se durmió con la sensación de que en cualquier momento sonaría el teléfono con una noticia que lo terminaría de romper.
Si Pulpo iba a llamar, sería esa noche o al día siguiente. Si el nombre del campus aparecía, él quería saberlo antes que cualquiera.
No durmió bien. Sueños cortados, imágenes inconexas: un pasillo de universidad vacío, manos sobre él, una chica pelinegra llorando, otra rubia desmayada… y Rebb, siempre Rebb, con su polerón demasiado grande y su sonrisa tímida.
No voy a dejar que pase otra vez.
Lo repitió como un mantra, hasta que amaneció.
DÍA 4 – VIERNES
El mensaje del Pulpo llegó a media mañana.
“Escuché a un par nombrar un taller viejo por la zona. Dice ‘Don Lucho’ en la reja. Tú sabrás.”
Val supo.
Lo supo en el estómago, antes de que la mente pudiera juntar las piezas.
Ese taller lo conocía. Lo conocía como la palma de su mano.
Pasó por fuera primero, fingiendo que solo ralentizaba la moto para revisar el celular. Reja cerrada con candado viejo, letrero oxidado medio torcido: “Mecánica Don Lucho – Frenos, embragues, scanner”.
Las ventanas estaban sucias, pero no rotas. Eso significaba que, o alguien lo revisaba de vez en cuando, o que nadie se atrevía a acercarse demasiado.
Dio una vuelta a la cuadra. Otra. Otra más.
No vio nada raro.
Cuando se hizo de noche, volvió. Esta vez a pie. Saltó la reja con facilidad. Forzó el candado con una palanca que traía en la mochila. No hizo tanto ruido como temía.
Valentino se movió como un fantasma. Revisó esquinas, cajas, estantes. No encontró nada concreto. Sólo colillas en el suelo y latas vacías de cerveza.
Dentro, olía a aceite viejo, metal y polvo. Había autos cubiertos con lonas, neumáticos apilados, herramientas tiradas por ahí. Y un rincón al fondo, cerca de una escalera de metal, donde el piso estaba más limpio que en el resto del lugar. Como si se hubiera usado hace menos tiempo.
Ahí se instaló con navaja en mano.
Movió unas cajas, tendió su chaqueta a modo de colchón improvisado y se acuclilló en la oscuridad, apoyando la espalda en la pared fría.
Esperar.
Eso iba a hacer.
Si alguien seguía usando ese sitio como guarida, bodega o punto de encuentro, tarde o temprano tenía que aparecer. Y si no… al menos podría decir que lo intentó.
Para mantenerse despierto, pensó en Sheryl y en los detalles más nimios: cómo se le arrugaba la nariz cuando algo le daba risa de verdad, cómo pronunciaba “Valentino” cuando estaba enojada, cómo se le quebraba la voz al hablar de algo que le dolía.
Un golpe de culpa lo atravesó.
No debería haberla dejado así. Pero si no averiguaba esto ahora, nunca más iba a tener la conciencia tranquila.
Terminaron siendo más cabezadas que sueño real. Se quedó en ese limbo pesado donde cualquier ruido se convertía en amenaza.
Cuando al fin escuchó la reja abrirse, era sábado por la mañana y le dolían todos los huesos.
Pasos. Lentos, arrastrados.
Una silueta con capucha cruzó el taller directo hacia el fondo.
Val no pensó. Saltó encima.
Lo empujó por la espalda, lo estampó contra el capó de uno de los autos cubiertos y le puso el antebrazo contra el cuello, listo para clavarle la navaja.
—¿QUIÉN TE MANDÓ? —gruñó, con una rabia que no sabía si había guardado para ese momento o para todos a la vez.
El otro reaccionó rápido. Demasiado rápido para ser un cualquiera.
Se giró, le agarró la muñeca, le metió el peso del cuerpo en las caderas, y en dos movimientos impecables lo dejó de espaldas en el piso, con el brazo bloqueado y la rodilla presionándole las costillas.
—Relaja, angelito —gruñó una voz familiar—. Soy yo.
La voz le golpeó primero que el dolor.
—…¿Derek? ¿Qué mierda haces aquí? —escupió.
Derek se levantó primero y le ofreció la mano. Valentino no la tomó. Se incorporó solo.
—La pregunta es qué mierda haces tú durmiendo en un taller como un perro callejero —replicó el pelirrojo, sacándose la capucha—. Te desapareces de todos lados, no contestas el teléfono, el Pulpo me dice que andas preguntando por los mismos tipos de hace tres años… ¿y me preguntas qué hago aquí?
Val se quedó unos segundos en el suelo, respirando agitadamente, más por la mezcla de rabia y vergüenza que por el golpe.
—Tenía que ver este lugar —murmuró, incorporándose—. Tenía que saber si alguien seguía usándolo. Ahora vete.
Derek lo miró como si fuera un niño que ha intentado detener un tren con una cuchara.
—¿Y qué ibas a hacer si entraba alguien armado? ¿Recitarle poesía? ¿Clavarle tu navaja de juguete?
—¿Quieres ver si es de juguete? —soltó, amenazador.
Derek en un acto de reflejo animal le quitó la navaja y se la puso en el cuello.
Val tragó saliva, pero no respondió.
—Estás hecho mierda —concluyó, mirándolo de arriba abajo—. No has dormido, no has comido, hueles a motel y a culpa. Te das el lujo de desaparecerle a esa rubia. Y lo que es peor, viniste a meterte aquí cuando te has dejado por completo, no puedes defenderte de ni una mosca. ¿Cuándo fue la última vez que entrenaste?
Val apretó la mandíbula.
—No metas a Sheryl en esto.
—Ella ya está metida, campeón —replicó Derek, sin perder la calma—. Esta semana no te has movido por altruismo puro. Te estás moviendo porque la sola idea de que pase otra vez lo que pasó con Rebb te está arrancando la piel.
El nombre quedó flotando entre ellos.
—Mira tus manos —continuó Derek, sin suavizar el tono—. Tensas. Tiritando. Igual que cuando desapareció Rebb. Estás igual, Val. Igual de flaco, igual de pálido, igual de enfermo. Sólo que ahora hay otra chica de por medio.
Val sintió que se le trababa la garganta.
Derek apretó la navaja contra su cuello.
—Cállate —susurró Valentino.
—No. No me voy a callar. Aquella vez vi cómo te destruías buscando a una muerta. Esta vez estás intentando evitar una tragedia que todavía no existe. Y mientras tanto te estás matando igual.
Derek lo observó un largo rato, sin hablar. Luego, suspiró y bajó la navaja.
Valentino apoyó la espalda en el auto, cerró los ojos y por primera vez en mucho tiempo dijo la frase completa en voz alta:
—Rebb está muerta.
No había grito. No había dramatismo. Sólo desnudez. Un hilo de voz y un peso infinito.
—Sí —respondió Derek, serio, sin intentar endulzar nada—. Está muerta. Y tú no pudiste hacer nada. Ni yo. Ni el Pulpo. Nadie.
Los ojos de Valentino se llenaron de lágrimas antes de que él pudiera evitarlo. Las apretó, furioso consigo mismo.
—Y ahora… —su voz se quebró— siento que… que si algo le pasa a Sheryl va a ser lo mismo. Otra llamada. Otro “no la van a volver a ver”. Otra… otra… —se quedó sin aire—. No puedo, Derek. No puedo pasar por eso otra vez. No voy a sobrevivirlo. No sé cómo seguiría respirando si la pierdo también.
Se llevó las manos al cabello, tirando de él, como si quisiera arrancarse los pensamientos.
Derek lo observó en silencio un segundo. Luego se acercó y le dio un empujón en el hombro.
—Cállate.
Val lo miró, herido.
—¿Qué…?
—Cállate —repitió Derek—. Porque hablando así ya la estás matando en tu cabeza. Todavía no le ha pasado nada, y tú ya la enterraste junto con Rebb.
Val se mordió el labio hasta sentir sangre.
—Quiero protegerla —dijo, casi con rabia—. No quiero que nadie la toque. No quiero que nadie la use como moneda de cambio. Si alguien intenta llegar a mí a través de ella…
—¿Qué? ¿Los vas a matar? ¿Tú? ¿No puedes defenderte ni a ti mismo, y quieres defenderla a ella? ¿Y cómo lo harás? ¿Desde este taller? Claro, porque dormir en el suelo de un taller abandonado, paranoico y entre lágrimas es la mejor forma de hacerlo. ¿En qué momento te volviste tan débil?
Valentino sintió que las lágrimas se le escapaban, calientes, humillantes.
Enfurecido, Derek lo tomó de su chaqueta y lo sostuvo frente a él.
—¿¡DE QUE MIERDA TE SIRVEN ESAS LAGRIMAS?!
Hubo un largo silencio entre los dos.
—Tengo miedo, Derek —admitió al fin, sin disfraces—. Tengo miedo como nunca en mi vida.
Derek respiró hondo, bajó un poco el agarre, pero no lo soltó.
—Lo sé —dijo—. Pero no te voy a dejar hundirte solo. No lo hice con ella y no lo haré con Sheryl.
Lo soltó y le dio un manotazo en la nuca.
—Arriba. Nos vamos al motel. Ahora. Apuesto a que sigues pidiendo la misma habitación.
—No necesito…
—Necesitas comer, dormir y dejar de imaginar funerales —lo interrumpió—. Y también necesitas dejar de joder al Pulpo con preguntas que no van a traer a nadie de vuelta. Y entrenar.
—¿Qué dijo él?
—Algo que tienes que aceptar ya: con Rebb llegaste tarde. Pero hermano, con Sheryl aún no. No cometas el mismo error de obsesionarte con la muerte al punto de dejarla sola en vida.
Valentino bajó la cabeza. No tenía fuerzas para discutir.
—Vamos —insistió Derek, empujándolo hacia la puerta—. Si alguien tiene que vigilar a las ratas hoy, seré yo. Tú vas a descansar, aunque tenga que dormir encima de ti.
—Asqueroso —murmuró Val, medio sin humor.
—Te encantaría, maricón —rio Derek, aliviado de verlo reaccionar aunque fuera un poco.
Salieron del taller. La mañana estaba gris, pero al menos no llovía.
DÍA 5 – SÁBADO
El motel olía igual de deprimente que siempre, pero esta vez Derek llenó la pieza con ruido. Encendió la tele, puso un programa de concursos, se tiró en la cama como si estuviera en un hotel cinco estrellas.
—Desnúdate.
—¿Perdón? —Valentino parpadeó.
—Para ver los moretones, no me mires así —bufó Derek—. Si quisiera cogerte ya lo habría hecho. Camiseta fuera.
Val se la quitó a regañadientes. El pelirrojo chifló al ver el mapa de golpes, sombras moradas y marcas en su torso.
—Estás horrible.
—Se ve peor de lo que es —intentó bromear.
Derek no se rio.
—Si sigues así, el próximo que se muera no va a ser el recuerdo de Rebb, vas a ser tú.
Sacó un botiquín destartalado de su mochila —porque Derek siempre andaba con uno— y empezó a limpiarle los nudillos, el pómulo, una ceja abierta que Valentino ni había notado.
Lo hizo en silencio, con una delicadeza que contrastaba fuerte con su lenguaje.
—Tienes que parar —dijo al fin—. No digo que dejes de preocuparte por esa gente, ni por tu chica, ni por nadie. Digo que dejes de buscar redención en lugares donde lo único que vas a encontrar es más daño.
Valentino tragó.
—Te necesito en esto —soltó, casi en un susurro—. No quiero… no puedo solo.
Derek apoyó el botiquín en la mesa y se sentó frente a él.
—Te tengo en esto. Pero no como antes.
Valentino lo miró, en alerta.
—No voy a ser tu compañero para peleas ilegales, ni tu segundo en ideas de mierda donde el plan B siempre es “si me muero, al menos lo intenté”. —Derek sostuvo su mirada, serio como pocas veces—. No voy a cubrirte con mentiras si vuelven a preguntarte por Rebb. No voy a ser la mano que te pasa la pistola ni la botella. Eso se acabó.
El silencio se hizo pesado.
—¿Estás… rompiendo conmigo? —intentó aliviar con sarcasmo, pero le salió más dolido que otra cosa.
—Como socio, sí —admitió Derek—. Como amigo, no. Como hermano, menos. Te voy a seguir recogiendo del suelo las veces que haga falta. Te voy a seguir trayendo al médico. Te voy a seguir insultando cada vez que te pongas autodestructivo. Pero no voy a empujarte por el acantilado solo porque tú crees que volarías bonito.
Las palabras cayeron como ladrillos.
Valentino sintió una mezcla rara de alivio y abandono. Parte de él quería que alguien lo detuviera. Otra parte quería seguir corriendo hasta no sentir nada.
—No sé cómo… —empezó, pero la voz se le quebró.
Derek lo vio desarmarse de a poco. El tipo que siempre tenía un chiste, un comentario estúpido, una coquetería lista, estaba ahí, con los ojos vidriosos, los hombros caídos, las manos temblorosas.
—Cómo qué —preguntó, más suave.
—Cómo vivir con esto —respondió Val, al fin—. Cómo mirar a la familia de Rebb, a Marlon, sabiendo que yo soy la razón de su muerte. Cómo mirar a Sheryl sin pensar todo el tiempo que también podría desaparecer por andar cerca de mí.
Derek no lo interrumpió. Lo dejó hablar.
—Si tan solo yo no los hubiera conocido nunca, a esos desgraciados —continuó Val, cada palabra más áspera—. Nada hubiera pasado. Y ahora hay un hermano que se arrodilla delante de una pistola porque cree que yo tengo las respuestas. Y no tengo la fuerza para dárselas.
Se cubrió la cara con las manos. Las lágrimas se le escaparon por los dedos. Odió eso. Odió llorar. Odió no poder contenerlo.
Derek se movió sin pensar demasiado. Le corrió las manos de la cara y lo abrazó.
No un abrazo suave, ni frágil. Un abrazo apretado, certero, como si quisiera mantener sus huesos adentro del cuerpo.
—No la mataste—dijo, firme—. Ese cuento te lo inventaste para no aceptar que el mundo tiene gente más enferma que tú. Y sí, fuiste imprudente, fuiste egoísta, fuiste pendejo. Pero ellos son las bestias. Ellos son los culpables de todo esto. Nadie más.
Valentino lo abrazó de vuelta.
—¿Y si ahora pasa de nuevo? —susurró, ronco—. ¿Y si ahora sí que puedo detenerlo y no lo hago a tiempo?
—Entonces me vas a tener a mí al lado, no encima de un ring, sino encima de cualquiera que se le ocurra mirarla raro. —Derek se separó un poco para mirarlo a los ojos—. Pero, hermano, no puedes protegerla si no estás vivo. Y si sigues así, no llegas ni al próximo cumpleaños de Kayce.
Val soltó una carcajada rota.
—Ella te odia.
—Me desea —corrigió Derek, con una media sonrisa—. Pero ese es otro tema.
El chiste, tonto y fuera de lugar como siempre, le arrancó una mueca que casi fue sonrisa.
—¿Cómo vas con la tentación de escribirle a Sher? —preguntó.
Valentino soltó una risa breve, rota.
—Si le escribo ahora, voy a decirle que deje todo y se venga conmigo. Que no vuelva a clases, que no salga sola, que deje de respirar si no estoy mirándola.
Derek lo miró un segundo. Luego se inclinó hacia él, apoyando los codos en las rodillas.
—Lo que tienes por ella… —buscó las palabras— no es simple enamoramiento de universitario caliente. Estás intentando salvarla de fantasmas que viven sólo en tu cabeza, Val. Eso no es justo ni para ella ni para ti.
Valentino dejó caer la cabeza hacia adelante.
—No sé cómo se hace para amar sin sentir que todo lo que tocas va a romperse —confesó, apenas audible—. Siento que si el toco un poco más fuerte, se va a desintegrar. Que si la beso demasiado, la estoy marcando para la desgracia. Que si me quedo… la condeno.
Derek se movió despacio. No lo abrazó, pero le puso una mano firme en la nuca.
Val apretó los ojos. Las lágrimas le corrían sin permiso.
—Si algo le pasa a Sher… —las palabras salieron ahogadas— yo… yo no sé cómo seguiría. No puedo enterrarla. No puedo. No otra. No de nuevo. Prefiero que me borren.
Derek resopló, furioso.
—Cállate con eso —le dio un pequeño golpe en la nuca—. No vuelvas a decir algo así, ¿me oíste? Sher no necesita un héroe suicida. Necesita a Valentino. Al tipo que le da triple café, que se ríe como idiota, que le presta el polerón y la mira como si fuera el último pedazo de cielo que queda en este mundo.
Valentino lloraba en silencio, respirando a trompicones.
Derek se quedó ahí, sosteniéndole la nuca, sin soltar.
—Vas a dormir —declaró al fin—. Voy a quedarme aquí, voy a ver la puerta, voy a contestar cualquier llamada rara, y si algo pasa, te despierto. Pero por hoy, dejas de ser el vigilante del mundo. ¿Entendiste?
Val asintió, agotado.
Se recostó de lado. Derek apagó la tele. La habitación quedó a oscuras.
El miedo seguía ahí.
Pero por primera vez en días, no se sentía solo en medio de él.
DÍA 6 – DOMINGO
Despertó con olor a café.
Derek estaba sentado en la silla de plástico, con el celular en una mano y un vaso desechable en la otra.
—Pensé que habías muerto —comentó—. Duermes como si te hubieran apagado con control remoto.
Val se incorporó, con el cuerpo dolorido, pero menos en guerra consigo mismo.
—¿Qué hora es?
—Casi mediodía. —Le lanzó una bebida energética—. Toma. Y come algo. Tu chica no se merece un novio desnutrido.
Val lo miró frustrado.
—No soy su novio.
—Dilo sin llorar.
Pidieron comida barata. Se la comieron en silencio, viendo un programa de concursos con el volumen bajo. Era una escena rara: dos tipos con pinta de delincuentes, en un motel, comiendo tallarines recalentados y discutiendo si la respuesta era “Guerra Fría” o “Revolución Industrial”.
Entre bocado y bocado, Derek habló, como quien lanza piedras a un lago.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó.
—Estoy pensando —respondió Valentino— en si de verdad le hago bien a Sheryl.
—Ah, la clásica duda existencial del buen mártir —bromeó Derek, pero sin maldad—. ¿Y a qué conclusión estás llegando, oh, sabio Merlín?
Val se pasó una mano por la cara.
—Siento que… —buscó las palabras— que cada vez que alguien se ha acercado a mí demasiado, ha terminado sufriendo. Rebb. El propio Marlon. Hasta el Pulpo. Ahora tú. Y no quiero que Sher sea la próxima en esa lista.
Derek se sentó frente a él.
—Mira, te voy a decir algo desde el amor más sincero que te tengo —empezó—: No eres el centro del universo. No todo lo que pasa a tu alrededor es tu culpa. A veces la gente se cruza contigo cuando ya viene rota. A veces tú sólo eres el tipo que estaba en el camino cuando el mundo se les vino encima.
Val levantó la vista, con ojos rojos.
—No quiero ser el tipo que estaba en el camino cuando el mundo se le venga encima a ella.
—Entonces aprende a estar —contestó Derek—. Acompañar no siempre es salvar. A veces es sólo… no irte. No desaparecer en moteles y talleres mientras tu cabeza hace películas de terror.
Val apoyó la cabeza en la cabecera de la cama.
—No merezco nada de esto —murmuró—. Ni a ella, ni a ti, ni a Kayce soportándome, ni a nadie.
—Corrección —Derek le lanzó una almohada a la cara—: no lo mereces, pero lo tienes. Así que deja de llorar en automático y úsalo bien.
Val atrapó la almohada y se la devolvió.
—Estoy asustado, Derek.
—Lo sé —repitió su amigo—. Por eso no te dejo solo.
Y no lo dejó solo.
Durmieron de nuevo en la misma pieza, uno en la cama, otro en una silla, turnándose para vigilar la puerta, aunque en realidad no había nada que vigilar. La amenaza vivía más en la mente de Val que en la realidad.
Pero para él, eso no la hacía menos real.
DÍA 7 – LUNES
Salieron del motel antes de que amaneciera. El cielo estaba gris azulado, ese color de ciudad que todavía no se decide si va a ser día o seguirá siendo noche para siempre.
—Nos van a confundir con pareja infiel —bromeó Derek mientras abría el auto.
—Ya lo hacen —respondió Val, subiendo.
Derek lo llevó a su casa. Era gigante, extravagante, lujosa. A Valentino no le agradaba venir, porque sabía lo que su amigo había tenido que hacer para poder comprar todo eso.
—Bienvenido a mi humilde templo, donde traigo a todos los hombres que rescato de sus propios traumas —anunció Derek, teatral—. Ve a ducharte. Saca ropa de mi closet.
—Te falta un letrero en la puerta —replicó Val—: “Hogar de rehabilitación emocional”.
—Lo estoy mandando a hacer.
Le pasó una toalla.
—Ducha. Ropa limpia. Ahora.
Val obedeció. El agua caliente le aflojó músculos que tenía agarrotados desde hacía días. Se miró al espejo empañado: ojeras marcadas, un par de moretones, pero ojos un poco menos vacíos.
Cuando salió, Derek ya tenía un plato de comida en la mesa.
—Come —ordenó—. Después te arreglo, te peino y te dejo en la facultad como si fueras un niño de jardín.
Derek lo observó en silencio, hasta que decidió que el momento había llegado.
—Escucha. Cuando llegues al campus, no hagas la de “hola, desaparecí una semana, pero traje flores”. —Se inclinó hacia adelante—. Dile que necesitabas aire, dile que estabas lidiando con cosas del pasado, dile que quieres cuidarla sin asfixiarla. Pero no te arrodilles pidiéndole que te perdone algo que ella ni sabe que hiciste. No le cargues tu culpa todavía.
—¿Y lo de Rebb?
Derek respiró hondo.
—Lo de Rebb es una verdad pesada. Cuando se la sueltes, tiene que ser en un lugar seguro, sin olores raros, sin guardias pasando, sin exnovios tóxicos rondando. No hoy. Hoy solo asegúrale que no la estás dejando sola, aunque te hayas ido unos días.
Val asintió. Sabía que tenía razón.
En el auto, camino al campus, el silencio entre ellos era menos pesado.
—Cuando la veas —dijo Derek, mirando al frente— no le sueltes todo lo que tienes en la cabeza. No le hables de muertos, ni de bandas, ni de secuestros. No le pongas ese peso encima. Sólo… escúchala. Pregúntale cómo estuvo su semana. Déjala hablar. Y mírala como la miras siempre, pero intenta que no se note tanto, porque das pena.
Cuando la universidad apareció a la vista, el estómago le dio un vuelco.
Derek estacionó a una cuadra.
—Hasta aquí llego yo —dijo—. Si te acompaño, va a parecer que viniste con tu guardaespaldas sexy, y no quiero ponerla más nerviosa.
Val sonrió, nervioso.
—Gracias… por todo.
—Aún no me pagas —replicó Derek—. Cuando tengas tu vida más ordenada, me debes una cena cara. Y quizás dejar de prohibirme mirar a la morena.
—No se toca —repitió Val, por reflejo.
—No se toca —aceptó Derek, levantando las manos—. Lo prometí una vez, no necesito repetirlo. Anda. Antes de que me arrepienta y te secuestre a ti.
Val bajó del auto. Se quedó un segundo mirando el edificio del campus. Respiró hondo.
No me estoy yendo, se recordó. Estoy volviendo. Por ella. Por mí. Y por esa parte de mí que no quiere seguir viviendo en cementerios.
Caminó hacia dentro, con el corazón martillándole el pecho, la cabeza llena de voces.
La semana de Valentino había terminado. Lo difícil recién empezaba.
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