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Entre su amor y su obsesión - Capítulo 17

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17: CAPÍTULO 17 17: CAPÍTULO 17 Kayce roncaba con la boca entreabierta, tirada en cruz sobre la cama, cuando Sheryl abrió los ojos.

Tardó unos segundos en ubicarse.

Techo blanco, cortinas medio abiertas, la luz gris de la mañana colándose por la ventana, el peso del cuerpo de su amiga aplastando la mitad de la manta.

Su departamento.

Otra vez.

Suspiró despacio.

La cabeza no le dolía tanto como otros días.

Los ojos sí, un poco hinchados, pero no ardían.

Había dormido.

Más de lo que esperaba.

Al lado, Kayce soltó un ronquido tan escandaloso que habría despertado a un muerto.

—Dios…

—murmuró Sher, llevándose una mano a la cara.

Se quedó ahí unos segundos, tumbada, escuchando el ruido lejano de autos, las voces apagadas de algún departamento vecino, la respiración pesada de Kayce.

Una semana atrás, despertaba con el pecho hecho trizas y la garganta cerrada.

Hoy…

hoy solo sentía un cansancio hondo, pero manejable.

No pensó su nombre de inmediato.

Valentino.

Llegó unos segundos después, como siempre.

Como si la mente ya supiera que, tarde o temprano, iba a aparecer.

Una semana.

Una semana sin verlo en la facultad.

Una semana desde el “me voy, vuelvo el lunes”.

Y hoy era lunes.

No sabía si sentirse aliviada o más nerviosa.

Kayce se movió a su lado, murmurando algo inentendible.

Sheryl la miró.

El pelo negro le cubría media cara, un mechón pegado en la boca.

Tenía una mano sobre la barriga, la otra estirada hacia el vacío, como si hubiera intentado agarrar algo en sueños.

Sheryl se incorporó con cuidado, para no despertarla.

Logró escapar de la cama, arrastrando la manta, y fue directo al baño.

El agua caliente resbaló por su espalda.

Cerró los ojos.

Dejó que la rutina hiciera efecto: jabón, shampoo, respiración lenta.

Pensó en Luca un segundo —en el baño, en el golpe seco de la puerta, en el “déjame en paz”— y apartó la imagen a empujones.

No hoy.

Hoy, por una vez, no quería revolcarse en lo mismo.

Salió envuelta en una toalla, el vapor llenando el pasillo.

Bajó la mirada al piso y contó sus pasos, como si eso le diera orden a algo.

Uno.

Dos.

Tres.

Y, en el cuatro: —¿Por qué huele a champú barato en esta casa?

—murmuró una voz ronca desde la cama.

Sher sonrió sin darse cuenta.

—Buenos días a ti también —replicó.

Kayce se sentó con esfuerzo, despeinada, ojos achinados.

—No son buenos —dijo, mirando la hora en el celular—.

Son tempranos.

¿Por qué estamos despiertas?

¿Nos odias a las dos o te odias solo a ti?

—Clase a las nueve —recordó Sher.

—Renuncio a la educación superior —gruñó Kayce, dejándose caer de nuevo—.

Hazte millonaria con tus traumas y me mantienes.

Sher dejó la toalla en el respaldo de la silla y comenzó a vestirse.

—Hoy quiero ir a la universidad sin parecer un cadáver —dijo—.

Me prometiste café, ¿te acuerdas?

Kayce bufó, pero la miró con más atención.

Sheryl se estaba peinando frente al espejo del comedor.

El cabello oscuro caía algo húmedo sobre sus hombros.

Había ojeras, sí, pero menos profundas.

La boca no estaba apretada en esa línea fina de los últimos días.

Estaba cansada.

No destruida.

—Te ves menos muerta —admitió Kayce, frotándose los ojos—.

Eso me asusta.

¿Qué planeas?

—Sinceramente…

—Sher tomó aire— sobrevivir al lunes.

Kayce la observó un segundo más, como si buscara alguna grieta nueva.

Desde que Valentino se había ido “a ordenar la cabeza”, habían pasado demasiadas cosas en paralelo: entrenamientos con Derek, dolores viejos removidos, silencios largos en el sillón, la culpa rondando como mosca.

Derek no había dicho casi nada, excepto ese “no lo presionen” que a Sher le taladró la mente.

Lo único claro era que Val no estaba bien.

No estaba.

Punto.

Y sin embargo, Sheryl se había aferrado al golpe de los guantes contra el saco, a las instrucciones bruscas de Derek, a la voz de Kayce insultando a medio mundo, a las duchas calientes después de cada entrenamiento.

Micro rutinas que no devolvían a nadie, pero la mantenían de pie.

—Tengo una propuesta —dijo Kayce, poniéndose de pie al fin—.

Hoy, regla absoluta: no llorar por hombres.

Ni por ex, ni por casi algo, ni por pelirrojos nefastos que se creen entrenadores de Rocky.

Nada.

Si lloras, que sea por un ramo reprobado.

—Ya reprobé uno —respondió Sher.

—Entonces por otro —Kayce se encogió de hombros—.

Ven, ponte los zapatos.

Te invito un café indecentemente caro con el poco dinero que me queda.

Lo gastaré en drogarnos de cafeína en vez de terapia.

Es lo más sano que he hecho en mi vida.

Sher se rió bajito.

—Está bien —cedió—.

Pero tú pagas.

—Siempre termino pagando —rezongó Kayce, pero sonreía.

El cielo estaba plomo cuando salieron del edificio, pero el aire era agradable.

Frío, sí, pero no cortante.

Sheryl se acomodó la mochila sobre un hombro.

Kayce caminaba a su lado, hablando sola la mitad del tiempo.

—…y si vuelvo a ver al pelirrojo, te juro que le voy a— —Kay —la interrumpió Sher, paciente—.

Nos está enseñando a boxear gratis.

Podríamos no golpearlo por un día.

—Nos está enseñando a boxear porque alguien —alzando las manos dramáticamente— decidió que era buena idea entrenar con un hombre que le dice muñeca a todo lo que respira.

Sheryl negó con la cabeza.

—Te lo dice solo a ti.

—Peor todavía —se quejó Kayce—.

Encima selectivo.

Recordó el último entrenamiento: el sudor, los golpes al saco, los gritos de Derek marcando el ritmo.

Golpea como si mi cara estuviera ahí, muñeca.

Pon el alma.

Y Kayce lanzando una patada que casi le arranca la respiración.

Derek riéndose, fascinado, como si en vez de dolor hubiera recibido un regalo.

Aun así, seguían yendo.

Porque funcionaba.

Porque dormir después de ese nivel de cansancio era más fácil.

Porque Sheryl, a pesar del miedo inicial, había descubierto algo parecido a fuerza en sus propios puños.

—Igual…

—admitió Kayce, bajando la voz— entrenar con él no es tan terrible.

Es un imbécil, pero un imbécil útil.

—¿Eso es un cumplido?

—preguntó Sher.

—No abuses —respondió Kayce—.

Ven, vamos a la cafetería antes de que se llene de zombies.

Entraron al campus.

El murmullo de estudiantes las envolvió: mochilas, risas, voces, pasos rápidos.

Sher sintió un pinchazo raro en el pecho.

Llevaba una semana caminando esos mismos pasillos sin verlo.

Había aprendido a no buscarlo con la mirada.

A no detenerse frente a su puerta.

A no pensar en sus manos sosteniendo una taza o en el brillo ridículo de sus ojos cuando sacaba un tabaco.

Hoy, sin embargo, la expectativa rozaba la superficie de la calma que tanto le había costado construir.

Vuelve el lunes.

Lo dijo en serio.

¿Lo habrá hecho?

Sacudió la cabeza.

Una cosa a la vez.

La cafetería estaba medio llena, pero no abarrotada.

El olor a café, pan y azúcar la golpeó de lleno.

Kayce emitió un sonido que parecía un gemido religioso.

—Si Dios existe, huele a esto —declaró—.

Ponte en la fila, yo busco mesa.

Y no pidas café negro.

Estás prohibida de pedir café que se vea deprimente.

—No tengo nada contra el café negro —protestó Sher.

—Yo sí —sentenció Kayce—.

Te ves como viuda italiana cada vez que lo tomas.

Hoy quiero cara de estudiante promedio, no de tragedia griega.

Se alejó, abriéndose paso entre las mesas con la seguridad de alguien que estaba lista para pelear con cualquiera que se le pusiera delante.

Sheryl se quedó en la fila, mirando el menú sin verlo del todo.

Latte, capuccino, mocaccino, americano.

¿Qué toma una persona que pretende estar bien?

—Ese tiene chantilly, tal vez demasiado —murmuró en voz baja, para sí misma, leyendo las opciones.

—Tú mereces demasiado —respondió una voz a su espalda.

No necesitó girar para saber quién era.

El corazón le dio un salto absurdo, como si hubiera estado corriendo y de pronto se hubiera frenado en seco.

Aun así, se obligó a voltear despacio.

Valentino estaba allí.

No como la última vez que lo vio en persona —desbordado, rapado, clavado en su sillón como si se mantuviera a la fuerza en esta realidad— sino distinto.

El cabello, aunque corto, ya no era el rapado agresivo del otro día; un par de mechones rebeldes empezaban a crecer desordenados.

La ropa era sencilla: polerón gris, jeans oscuros.

Ojeras, sí, pero no profundas como sombras; más bien un recordatorio de que aún no dormía bien, pero lo intentaba.

Lo que más la golpeó fue otra cosa.

La forma en la que la miraba.

Como siempre, y no como siempre.

Sus ojos tenían esa devoción descarada que la hacía sentir expuesta, pero había algo más calmo en el fondo.

Como si, por primera vez en mucho tiempo, no estuviera a punto de desbordarse.

—Llegaste —dijo ella, idiota, porque era lo único que se le ocurrió.

Él sonrió apenas, algo nervioso.

—Te lo prometí —respondió.

El silencio que siguió fue extraño.

No incómodo…

pero pesado de cosas que ninguno se atrevía a decir ahí, frente a una máquina de café y estudiantes medio dormidos.

Valentino desvió la mirada hacia el menú y carraspeó.

—No sabía qué tomabas —admitió—.

Siempre te veo con tazas diferentes.

Eres impredecible, es insultante.

—No siempre me estás viendo —lo pinchó Sher, suave.

—Más de lo que debería —la contradijo él, sin vergüenza—.

Así que…

—alzó la mano, llamando al barista— voy a usar mi instinto.

Pidió por los tres.

Algo con espresso, leche, un toque de vainilla y crema.

Mientras hablaba con el barista, Sheryl lo estudió.

Tenía un corte en la ceja.

Un pequeño moretón bajo el ojo izquierdo.

El polerón caía suelto, ocultando cualquier huella.

Su postura era menos tensa que las últimas veces, pero la mandíbula se le apretaba cada tanto, como si estuviera conteniendo algo.

No voy a preguntarle, decidió.

No aquí.

No ahora.

Le extendió el vaso cuando llegó.

—Si no te gusta, miento y hago como que acerté.

—¿Y si sabe horrible?

—preguntó ella, tomando el vaso.

—Entonces me lo tomo yo y lloro en el baño —respondió con una media sonrisa—.

Gano igual.

Se le escapó una risa.

Pequeña, pero real.

Probó el café.

Dulce, tibio, con ese toque justo de amargor que no empalagaba.

—Está rico —admitió.

Valentino hizo un gesto triunfal exagerado.

—Punto para mí.

—No estamos compitiendo —murmuró Sher.

—Tú no —dijo él, mirándola de reojo—.

Yo sí.

El estómago de Sheryl se apretó como si alguien le hubiera tirado de un hilo invisible.

Antes de que dijera algo más, escuchó la voz de Kayce a sus espaldas.

—Muy bien, linda, encontré una mesa al lado de la ventana y— Se detuvo en seco.

Sheryl no necesitó verla para imaginarle la expresión: cejas levantadas, ojos entrecerrados, ese gesto de “no me sorprendiste, pero igual quiero explicaciones”.

—Hola, Kayce —saludó Valentino, girándose.

—Mira tú —replicó ella, cruzándose de brazos—.

El fantasma decidió dejar de hacerme gastar en velas.

Val se llevó la mano al pecho.

—Me extrañaste.

Lo sabía.

Y mira, te compré café.

Una ofrenda a Satanás.

—Extrañaré la tranquilidad que teníamos —contrarrestó Kayce—.

Pero ya que volviste, trae tu culo a la mesa de Satanás.

No quiero que Sher se me desmaye en la fila.

Los tres caminaron juntos hacia la mesa junto a la ventana.

Afuera, el cielo seguía gris, pero había algo casi amable en la luz.

Se sentaron: Sher y Kayce de un lado, Val frente a ellas.

Por unos minutos, hablaron de cosas pequeñas.

De un profesor que se había confundido de diapositiva y terminó dando media clase de otro ramo.

De una compañera que había llegado con la chaqueta al revés.

De lo mala que era la música de fondo en la cafetería.

Valentino escuchaba más de lo que hablaba.

Hacía comentarios cortos, a veces torpes, a veces coquetos sin querer.

Miraba a Sheryl como si quisiera memorizar cada gesto, cada movimiento de sus manos alrededor del vaso.

—Te dejaste crecer las uñas —comentó en un momento, sin pensar.

Ella lo miró, desconcertada.

—¿Qué?

—Tus uñas —señaló—.

Siempre las tienes cortas para poder escribir mejor.

Sheryl parpadeó.

—No he escrito mucho últimamente —se encogió de hombros—.

No he tenido cabeza.

Valentino bajó la mirada a su café.

—Lo siento —dijo en voz baja.

—No es tu culpa —respondió rápido.

No lo es del toda tuya, se corrigió en silencio.

Kayce los observaba a los dos, apoyando la barbilla en una mano.

Tenía ganas de sacudirlos a los dos por los hombros hasta que se dijeran todo de una vez, pero también sabía que, después de lo que fuera que hubiera pasado en esa semana, presionar podía hacer más daño que ayudar.

Además, había alguien más de quien podía desquitarse.

La voz de Derek llegó como música para sus oídos.

—Quién lo diría, mi mejor amigo y dos bellas mujeres.

Sheryl levantó la vista.

Derek se acercaba con las manos en los bolsillos de la chaqueta, el cabello rojo desordenado de cualquier forma, esa postura relajada que engañaba a quienes no lo conocían.

A ella ya no la engañaba.

Bajo ese gesto de comedia siempre había algo atento, evaluando todo.

Kayce apretó la mandíbula.

—Llegó tomatito —murmuró.

—Muñeca —la saludó Derek, inclinado la cabeza con una sonrisa—.

Morenita.

¿No hay beso de buenos días para el entrenador?

Se sentó al lado de Valentino y le enredó un brazo alrededor del cuello con familiaridad.

—¿Te portaste bien?

—le susurró al oído—.

¿No hablaste de cadáveres, secuestros ni cosas feas?

—Ya lo estás haciendo —replicó Val entre dientes, empujándolo.

Sher frunció el ceño.

No tenía idea de qué se traían esos dos.

Derek soltó el cuello de Val y apoyó una mano en la mesa, inclinándose hacia Sheryl y Kayce.

Llevaba el mismo olor de siempre: jabón caro, un toque de tabaco que se resistía a irse, algo entre madera y metal.

Era un aroma discreto, pero fuerte cuando estaba cerca.

Kayce lo notó, igual que en el taller cuando entrenaban y él se acercaba a corregirle la guardia.

Y, sin pensarlo mucho, las palabras se le escaparon.

—Hueles a Derek —dijo, mirando a Valentino.

Val parpadeó.

—¿Qué?

Sheryl abrió los ojos como plato.

Derek arqueó una ceja, satisfecho.

—¿Perdón?

—preguntó, divertido—.

Repite eso, muñeca.

Kayce sintió el calor subirle a las mejillas.

Ya estaba dicho.

Muy tarde para echarse atrás.

—Que…

él —se aclaró la garganta y señaló a Valentino— huele a ti.

Por un segundo, nadie dijo nada.

Valentino vio como Kayce se moría en vergüenza y decidió fingir que eso era imposible, aunque llevaba la ropa de su amigo.

Bajó la mirada, olfateándose confuso.

—Uso el mismo jabón barato de siempre —murmuró—.

¿Desde cuándo huelo a pelirrojo rico?

Derek sonrió más amplio.

Oh, gracias Val.

Esto es oro.

—Buena pregunta —dijo—.

Más importante aún: ¿cómo sabes tú a qué huelo yo, Kayce?

Ahí sí sintió que quería desaparecer debajo de la mesa.

Se pasó una mano por la nuca, incómoda.

—Porque…

—empezó, mirando a cualquier lado menos a él— porque entrenamos.

—¿Entrenamos?

—repitió Val, girando la cabeza de golpe.

Derek soltó una carcajada.

—Ay, morena…

—se enderezó—.

Eso fue casi tierno.

Kayce alzó ambas manos, indignada.

—¿No le dijiste a tu amigo que nos estás entrenando?

Valentino miró a Derek con reproche.

—¿La estás entrenando tú?

—preguntó en voz baja.

—Relájate, hermano —respondió Derek, alzando las manos—.

Nada raro.

Solo saco de arena, técnica y algunos gritos motivacionales.

Además, la muñeca —señaló a Kayce— pega mejor que tú.

—Eso sí es posible —admitió Val sin orgullo.

Sheryl lo miró un segundo, preocupada por cómo se le había tensado la mandíbula.

—Me hace bien —dijo, refiriéndose al boxeo—.

Golpear algo que no siente.

Ayuda.

Valentino respiró hondo, como si esa frase le hubiera soltado un poco la rabia.

—Entonces…

gracias —le dijo a Derek, con sinceridad forzada—.

Por entrenarlas.

Derek lo observó un segundo más, como evaluando cuanto decir.

—Se hace lo que se puede—respondió—.

No me gusta ver a la chica de mi mejor amigo sin saber tirar un buen golpe.

Kayce resopló.

—Qué poético —bufó—.

¿Vienes a decir algo útil o solo a arruinar el aire?

—Vine a secuestrar a Valentino —anunció él—.

Tenemos un par de cosas que hacer antes de que se haga tarde.

Valentino puso los ojos en blanco.

—No soy un niño —protestó.

—Te comportas como uno, así que da igual —replicó Derek—.

Vamos Val tomó su vaso, bebió el último sorbo y se puso de pie.

Antes de irse, miró a Sheryl.

No dijo nada al principio.

Solo la miró.

Como si quisiera decir demasiado y supiera que ninguna palabra iba a alcanzarle.

Al final, fue simple.

—¿Te veo mañana?

—preguntó.

Sher tragó saliva.

Recordó la promesa muda de no presionarlo, el miedo a ponerle más peso encima del que ya cargaba.

—Si quieres…

—dijo— yo estaré.

Él sonrió apenas.

—Quiero —aseguró.

Kayce carraspeó, cruzando y descruzando las piernas bajo la mesa.

—Necesito hablar contigo mañana, y si huyes —advirtió—, voy a usar todo lo que me enseñó tu amigo el tomatito —señaló a Derek—.

¿Me oíste, rubia?

Derek parecía divertidísimo.

—Me encantas, muñeca —comentó.

—Cállate —replicó ella.

Valentino se inclinó un poco hacia Sheryl, sin tocarla, pero acercándose lo suficiente para que solo ella escuchara.

—Me alegra verte menos triste —susurró—.

No sé cuánto logré hacer…

pero quiero que tengas más días así.

Sher sintió algo calentarse en el pecho.

—Hoy no duele tanto —respondió, con honestidad—.

No sé mañana.

Pero hoy…

no tanto.

Él asintió, como si fuera suficiente.

Como si, por hoy, eso fuera una victoria.

—Entonces ya ganamos algo —dijo.

Se apartó.

Derek le pasó un brazo por los hombros mientras se alejaban, arrastrándolo hacia la salida.

Kayce los siguió con la mirada hasta que desaparecieron entre la gente.

—Es raro verlos juntos—admitió.

—Es raro todo en general —corrigió Sher.

Se quedaron un rato más en la cafetería, hablando de cosas sin importancia.

Kayce se quejó del precio del café, del profesor de ética, del mal gusto de la chica que se había teñido media cabeza de rubio.

Sheryl escuchaba, sonriendo cada tanto, la taza entre las manos.

Cuando salieron de la cafetería, el aire estaba un poco más frío.

Cruzaron el patio central.

Sheryl estaba tan concentrada en no resbalarse con las hojas húmedas que no se dio cuenta.

Kayce, sí.

Lo vio de reojo, sentado en una banca cercana a los estacionamientos, una botella de agua cerrada entre las manos.

La postura hundida, la espalda encorvada, las ojeras mucho peores que las de Val.

Ropa arrugada, mirada perdida en un punto fijo del piso.

Luca.

Por un instante, el corazón se le subió a la garganta.

Se veía mal.

No mal como “me levanté tarde y no alcancé a peinarme”.

Mal como “no he dormido, no he comido, no sé en qué día vivo”.

La piel pálida, los dedos temblando apenas alrededor de la botella.

No miraba a nadie.

Los estudiantes pasaban a su lado sin prestarle atención, como si fuera parte del mobiliario.

Kayce apretó los dientes.

Una parte de ella quiso señalarlo, gritar “míralo” para que Sher lo viera también.

Otra parte, la más leal, la más cansada, dijo que no.

No hoy.

Hoy Sheryl había reído.

Había tomado café dulce.

Había dicho “no duele tanto”.

No iba a destruir eso con una sola escena.

Sher tiró de su mochila, llamando su atención.

—Kay, apúrate —pidió—.

Si llego tarde no me dejaran entrar.

Kayce apartó los ojos de Luca.

—Voy —respondió.

Mientras caminaban hacia el edificio, sintió su mirada clavarse un segundo en la espalda de ellas.

No estaba segura.

No se giró para confirmarlo.

Hoy no, pensó.

Mañana, tal vez.

Pero hoy no.

La mañana pasó sin grandes catástrofes.

Hubo un profesor que confundió los nombres de la lista, una compañera que se desmayó porque no había desayunado, un chiste malo que alguien hizo atrás.

Lo normal.

Sher tomó apuntes.

Miró por la ventana.

Pensó en Val algunas veces, pero no tanto como otros días.

Cada vez que la mente intentaba arrastrarla de vuelta al baño con Luca o a los silencios pesados del sillón, se obligaba a recordar la cafetería.

El café con vainilla.

El “quiero verte mañana”.

Al mediodía, Kayce insistió en que almorzaran juntas.

No siempre lo hacían, pero hoy se aferró a la idea como a una misión.

—Tenemos que aprovechar que estás en modo medio funcional —dijo—.

Te voy a engordar el alma a punta de carbohidratos.

Comieron, rieron un poco, hablaron de cosas que no tenían que ver ni con Val ni con Luca ni con Derek.

Películas, ropa, memes, el nuevo tatuaje que Kayce quería hacerse y que sus padres odiarían.

Era casi como antes.

Antes de que todo se enredara tanto.

Al final del día, cuando el cielo empezaba a oscurecer y el aire se había vuelto más frío, salieron por la entrada principal del campus.

Un auto conocido estaba estacionado a pocos metros.

Derek apoyado contra el capó, cigarro apagado entre los dedos, como si estuviera esperando desde hacía rato.

Valentino estaba a su lado, las manos en los bolsillos, el cabello alborotado por el viento.

Kayce chasqueó la lengua.

—¿No tenía cosas que hacer este par?

—murmuró.

Sheryl se detuvo un segundo.

Valentino levantó la mirada en ese mismo instante, como si la hubiera sentido antes de verla.

El gesto que cruzó su cara fue tan simple como devastador: alivio.

Levantó una mano en saludo.

Sher respondió con la suya, tímida.

No se acercaron esta vez.

Era suficiente.

Derek hizo un gesto general con la mano, algo entre saludo y burla.

—Niñas —dijo, alto—.

No se metan en problemas.

—La hipocresía es tremenda —respondió Kayce, automática.

Él rio.

Subieron al auto.

El motor rugió.

Sheryl vio cómo se alejaban, una mezcla rara de gratitud y miedo revolviéndose en el estómago.

Kayce le dio un pequeño empujón con el hombro.

—Hoy sobreviviste —dijo—.

Y no lloraste.

Misión cumplida.

—Aún falta la noche —recordó Sher.

—Voy a quedarme en tu casa —anunció Kayce—.

No pienso dejarte sola con tus pensamientos hasta que tengas, no sé, cuarenta años.

Sher sonrió, cansada.

—Qué romántica.

—Llámalo terapia —respondió Kayce—.

Vamos.

Te debo una película ridículamente mala.

Esa noche, el departamento olía a comida reconfortante y a mantas limpias.

Pusieron una película tan absurda que Sheryl se preguntó quién había aprobado el guion.

Kayce se dedicó a insultar a cada personaje que tomaba una mala decisión, lo que equivalía a casi toda la película.

Sheryl reía a ratos, con la cabeza apoyada en el respaldo del sillón, las piernas cubiertas con la manta.

El cuerpo le dolía un poco del entrenamiento de días anteriores, pero era un dolor manejable.

“Estás viva”, parecía recordarle cada músculo.

Cuando Kayce se quedó dormida en medio de una escena particularmente ridícula, roncando suave, Sher bajó el volumen y se quedó mirando la pantalla sin mucha atención.

El día se reproyectó solo.

El café.

La mirada de Val.

El “quiero verte mañana”.

El olor a jabón caro pegado al polerón de él.

No era que el dolor se hubiera ido.

Solo…

había perdido filo.

Como un cuchillo gastado que aún cortaba, pero no tan profundo.

Se levantó para apagar la luz del comedor.

Antes de entrar a la pieza, se apoyó un segundo en el marco de la puerta y susurró, casi sin voz: —Hoy no.

No a la culpa.

No a la necesidad de destruirse.

No a la costumbre de llorar hasta quedarse sin aire.

Hoy no.

Se metió en la cama junto a Kayce, que rodó un poco hacia ella, como siempre.

Cerró los ojos.

Tardó unos minutos en dormir, pero cuando el sueño llegó, lo hizo sin lágrimas.

Por primera vez en mucho tiempo, la noche se le sintió un poco menos larga.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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